Homilia, Reflexión

Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

Standard
Homilia, Reflexión

Construir sobre arena

En una ocasión le pregunté a un arquitecto si era posible construir sobre arena. “Claro que es posible”, me respondió, “de hecho no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”; y añadió, “sobre la arena es más difícil y más caro, pero no imposible”.

Cuando le hice la pregunta tenía en mente la famosa parábola del evangelio, aquella en la que Jesús recomienda construir sobre roca para evitar que, cuando lleguen las lluvias, se lleven la casa por delante. Es evidente que la metáfora –tomada del mundo de la construcción– le sirvió para establecer una comparación sencilla entre la experiencia cotidiana de la gente de su época y la importancia de reflexionar sobre aquello que es más importante en la vida.

Ante los inevitables envites de la existencia, más vale no poner los fundamentos sobre algo o alguien que se pueda hundir y arrastrarnos en la caída.

Sin embargo, esto es más fácil de decir que de vivir. La vida nos da golpes inesperados que nos descolocan o nos derrumban por completo, por muy preparados que estemos o muy fuertes que nos creamos: la enfermedad, la muerte de un ser querido, las dificultades económicas o el fracaso de una relación nos hacen a todos, tarde o temprano, enfrentar nuestra enorme fragilidad. Por eso quizás la respuesta del arquitecto siguió rondándome durante un tiempo, sobre todo la afirmación –fruto de su larga experiencia construyendo edificios– “no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”.

Uno de los sociólogos más conocidos de nuestro tiempo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, ha popularizado una expresión que formula bien la provisionalidad de la experiencia humana poniendo de relieve la dificultad que tenemos para construir nuestras vidas sobre roca firme.

Frente a la (aparente) solidez de otras épocas, vivimos en un tiempo líquido, habitado por personas líquidas con convicciones frágiles. Casi nadie trabaja toda su vida en la misma empresa, ni permanece en el mismo lugar que le vio nacer, ni vive en un mundo homogéneo a nivel religioso, político o cultural. El pluralismo, la globalización y el cambio permanente son los rasgos que definen nuestra época.

De ahí que no hablemos ya de rocas firmes, de raíces profundas o de opciones de vida estables. Preferimos referirnos a modas pasajeras, compromisos temporales y amores que duran mientras no haya dificultades. Parece como si no pudiésemos encontrar un fundamento sólido y definitivo para nuestros ideales, relaciones y creencias. Construimos nuestras vidas sobre arena.

Por ello Bauman, frente a la metáfora del árbol que, estableciendo raíces profundas en el suelo, es capaz de encontrar un anclaje sólido para resistir las tormentas, propone otra más acorde a la realidad de nuestro tiempo: la del ancla que, en medio de las inevitables tempestades, ofrece al menos una estabilidad provisional ante las fuertes corrientes permitiéndonos llegar al siguiente puerto sin ser arrastrados a mar abierto.

Las películas de Woody Allen –cineasta postmoderno por antonomasia– reflejan bien el carácter voluble, inseguro y cambiante del hombre y la mujer contemporáneos al que se refiere Bauman. Ante una dificultad inesperada, ante un nuevo deseo o ante el mero azar, todo puede cambiar de forma repentina. Los protagonistas de sus películas lo comprueban y lo viven una y otra vez: nada permanece, nada es estable, nada es nunca del todo cierto.

Pero un creyente no puede resignarse a aceptar esta visión del mundo y por eso insiste en que Dios ha sido, sigue siendo y será la tabla de salvación y el fundamento sólido en el que vale la pena permanecer. Aunque andemos sobre arenas movedizas o nos arrastren poderosas corrientes, Dios permanece y acompaña de un modo no siempre fácil de percibir.

Volviendo a la conversación con que iniciamos esta reflexión y al pasaje del evangelio que la motivó: ¿Qué hubiera dicho Jesús respecto de la observación del arquitecto? ¿Hubiese reconocido la posibilidad –e inevitabilidad– de construir sobre arena? ¿Hubiera aceptado que a menudo no queda otra –como afirmaba resignadamente Bauman– que vivir en tiempos líquidos, con muy pocas certezas, expuestos a la imprevisibilidad de la condición humana?

Ciertamente el carpintero de Nazaret fue consciente de la fragilidad de la vida y de la debilidad de los hombres. Oportunidades para comprobarlo no le faltaron, de principio a fin de su vida. Desde la crisis de Galilea en que es abandonado por muchos de sus seguidores hasta el juicio popular y político en Jerusalén en que es injusta y falsamente condenado, comprobó la dificultad de su misión y la aparente inutilidad de sus esfuerzos. En el huerto de los olivos expresó confundido su desconcierto, llegando incluso a pedir al Padre que “pase de mi este cáliz”.

Los creyentes que han vivido situaciones extremas –de persecución, guerra, martirio o degradación profunda de la convivencia– suelen denunciar una visión edulcorada y falsa de la fe que prostituye su sentido más profundo para recordarnos la radicalidad que supone mantenerse fiel a las propias convicciones en medio de la tempestad. Ellos nos muestran que, en las aguas revueltas de la violencia y en las arenas movedizas de la enfermedad y de la duda, sólo podemos agarrarnos al Dios vivo y personal revelado en Jesús. En su aparente ausencia el Espíritu de Dios sigue presente en nuestro interior: consolando, acompañando, dando fuerzas.

Jesús, además de invitarnos a construir sobre roca firme, resistir las tentaciones y servir al único Dios verdadero, nos consuela también ofreciéndonos un ancla: “cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, nos recuerda.

Cuando se pierde el sentido, cuando las convicciones fallan, cuando todo se tambalea, cuando no queda otra que seguir caminando en la incertidumbre, nos queda siempre la palabra de Dios.

Construir sobre arena no es fácil ni ideal, pero en muchos momentos de la vida es la única alternativa que tenemos. En esas ocasiones, recordemos las palabras de Jesús y abracémonos a ellas, para que nos sostengan y nos mantengan firmes en la fe.

Jaime Tatay, SJ

Standard
Reflexión

Palancas de cambio

Tanto la sicología como la espiritualidad coinciden en un punto: no podemos modificar muchos aspectos de nuestra vida de golpe. Lo que sí podemos hacer es dar pequeños pasos que actúen como palancas de cambio en otros ámbitos. Partiendo de ellos, poco a poco, salimos del círculo vicioso en el que estamos instalados e –incluso, si nos damos tiempo– entramos en otro virtuoso.

Por ejemplo, resulta muy improbable que alguien deje el tabaco, empiece a hacer ejercicio y modifique su modo de comer de la noche a la mañana. Sin embargo, una sola de estas decisiones –sostenida en el tiempo– puede y suele conducir a las otras dos. Los detonantes que llevan a emprender el camino de salida son muy diversos: un problema de salud, un cambio repentino en el trabajo, un traslado, una seria advertencia del médico o el efecto contagio de un amigo o familiar cercano. Siempre hay “algo” o “alguien” que empuja a dar el primer paso.

En la vida espiritual sucede como con la salud y con el cuidado del cuerpo: son muchos los  que desearíamos tener una vida de fe más auténtica e integrada con el resto de aspectos cotidianos. Otros querrían poder iniciarla por completo, encontrar un motivo que les ayude a crecer y profundizar en su experiencia religiosa. En todos los casos, sin embargo, ayuda empezar por un aspecto muy concreto si no queremos llevarnos a engaño, frustrarnos y enterrar antes de hora los buenos propósitos.

En este sentido, los relatos de conversiones resultan iluminadores. En cada uno de ellos encontramos una palanca distinta que actúa como detonante de la transformación personal. Si nos fijamos en los evangelios, comprobamos que todas las personas que se acercan a Jesús han tomado clara conciencia de la necesidad de reorientar sus vidas y de iniciar algo nuevo.

A Zaqueo, a María Magdalena, a la hemorroísa, al centurión romano o al hombre rico, ¿no les impulsa el deseo de cambiar algo en sus vidas?,  ¿no tratan de integrar piezas que andan sueltas?, ¿no buscan llenar un vacío? A cada uno, sin embargo, se le sugiere un camino diferente, una palanca de cambio distinta.

Es por eso que Jesús, en su encuentro personal con los hombres y mujeres de su tiempo, primero les escucha y luego les pide que empiecen, precisamente, por el aspecto que les ha impulsado a dar el primer paso: la codicia de riquezas, el desorden de los afectos, la frivolidad de las relaciones, el olvido de Dios, la excesiva preocupación por el bienestar, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Cada uno sabe bien qué necesita abordar antes.

De hecho, Jesús nunca pide que revisemos toda nuestra vida. No nos pide que hagamos tabla rasa y empecemos de cero. Sabe bien que eso es imposible. Al contrario, propone que construyamos desde donde estamos: partir de nuestra situación concreta y abordar primero aquello que nos ha removido por dentro. El resto vendrá luego.

No podemos usar recetas cuando hablamos de personas, aunque sí podemos inspirarnos en la experiencia de otros creyentes. La pedagogía de la fe requiere paciencia, pero sobretodo una estrategia: la sencillez de la paloma se combina –también aquí– con la astucia de la serpiente. Frente a las resistencias interiores que frenan la maduración espiritual, se hace necesaria una especie de acupuntura espiritual que incida primero allí donde la parálisis es más aguda.

Jesús era un maestro en el arte de combinar ambas habilidades, sabía acompañar compasivamente y aconsejar astutamente. Fruto del encuentro personal con Jesús, el recaudador Zaqueo decide devolver cuadruplicado “el dinero que he defraudado”, Magdalena se compromete a no pecar más, el centurión reconoce que no es “digno de que entres en mi casa” y la mujer siro-fenicia intuye que “con solo tocarle el manto, curaré”.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar el fruto de unos encuentros que narrativamente duran un instante pero que, sin duda, implicaron un largo proceso de maduración y conversión.

Al inicio del año que inauguramos –cuando hacemos propósitos de año nuevo y de vida nueva– pueden iluminarnos estos relatos para meditar sobre nuestro deseo de renovación y nuestra propia necesidad de conversión.

Desear una mayor calidad en la oración, examinar nuestras vidas con más detenimiento, ejercitarnos en pedir perdón, buscar una lectura espiritual que nos alimente, quitarnos algo de lo mucho que nos sobra, encontrar momentos para contemplar la creación, dedicar parte de nuestro tiempo al servicio del prójimo: son pequeños ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia recomienda. Son palancas de cambio que pueden desencadenar transformaciones mayores. De nosotros depende utilizarlas.

Arquímedes decía “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El refranero popular afirma que “todo largo camino empieza con un primer paso”. La sabiduría de nuestros antepasados coincide en este aspecto con la del evangelio.

Ambas nos invitan a la humildad y a la constancia –a ser como palomas– pero también a la astucia y a la inteligencia –a ser como serpientes– con un objetivo: convertirnos, como Jesús, en palancas de cambio en nuestro mundo. Porque transformándonos nosotros, poco a poco, el Reino de Dios se hará presente.

Jaime Tatay, SJ

Standard
Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Foto: paperblog.com

Standard

En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

 

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

 

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Homilia, Reflexión

El Dios pirómano

Image
Homilia

Corpus Christi – La viralidad del mensaje cristiano

Las redes sociales han popularizado un nuevo término de origen inglés: viralidad. Está relacionado con la palabra virus y, aunque todavía no está aceptado por el diccionario de la RAE, podríamos definirlo como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus”. En el mundo de la comunicación digital, se refiere a la difusión acelerada de un contenido entre internautas.

Este neologismo nos ayuda a entender por qué la fe en Jesús se extendió de forma viral en su época, hasta llegar a nosotros.

Sabemos que, tras su estrepitoso fracaso y su muerte humillante, Jesús fue reconocido como alguien digno de fe. Los primeros cristianos, a pesar de la dificultad de predicar a un Dios crucificado y a un Mesías pobre, consiguieron transmitir su mensaje con gran éxito, haciéndolo viral. De hecho, la primera comunidad cristiana se propagó a gran velocidad alrededor del mediterráneo, llegando a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano.

¿Cómo fue posible? ¿Cómo prosperó una religión, en apariencia absurda, que predicaba a un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo triunfó un proyecto condenado al fracaso de antemano?

Una posible manera de responder a estas preguntas es acercándonos a los relatos de la eucaristía. Estas narraciones, en especial el relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces -el evangelio escogido en el día de Corpus Christi- permiten iluminar las claves del éxito del cristianismo, su sorprendente viralidad.

Las palabras, gestos y acciones de Jesús tenían algo que las hacía contagiosas. En su tiempo, muchos le siguieron, incluso en medio del campo. En una de esas ocasiones, ante la muchedumbre hambrienta, Jesús pronunció tres palabras fundamentales. Tres palabras que aparecen en el relato de la institución de la eucaristía y que el sacerdote repite en la consagración: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir. Partir. Dar. Tres palabras que ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta. Tres palabras que explican la rápida difusión del cristianismo.

Bendecir

A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de las personas y de la realidad. Hay demasiadas noticias malas y demasiadas frustraciones acumuladas, tanto hoy como en la Palestina del siglo I. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice: espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza y “dice bien” (ben-dice). Y pide a los discípulos atravesar la dura costra de la realidad para llevar adelante una misión imposible. “Dad de comer a la gente”, les dice.

No es extraño que los discípulos respondiesen sorprendidos, “no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Aun así, Jesús les pide que no tiren la toalla y busquen alternativas.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema enfrentado por los discípulos: ¿Cómo dar trabajo a millones de parados? ¿Cómo transformar un modelo económico basado en un consumo desenfrenado que degrada el planeta? ¿Cómo devolver la dignidad a millones de refugiados? ¿Cómo reducir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres?

Todas estas tareas no son muy diferentes del intento de alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces”.

Ahora bien, los discípulos buscaron una solución aquella tarde. Primero, fueron capaces de parar y tomar distancia de lo inmediato. Luego, se organizaron en grupos y miraron la realidad con ojos nuevos. Finalmente, aprendieron a consultar y deliberar. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de una abundancia compartida todavía sin descubrir.

Esta es la primera invitación de la mística eucarística: aprender a decir bien de la realidad (ben-decir)  y a pensar juntos.

Partir

Pero si bendecir nos abre el horizonte y nos ayuda a “mapear” juntos la realidad, partir nos permite explorar nuevas posibilidades, perforar la realidad y descubrir las grietas del muro por las que podemos colarnos.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero se confunden en la misa. Allí se nos invita a partir la realidad y compartirla, como hacemos con el pan y con el vino.

También en estos tiempos nuestros, desesperanzados y desconfiados, no dejan de surgir iniciativas que apuntan en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos o protestar ante una injusticia, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear con poco dinero, ciudades y organizaciones que abren sus puertas a los refugiados, etc.

La propuesta de la economía del bien común y el auge de la economía colaborativa posibilitada en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo digital. Una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a fiarse unos de los otros, “partir” la realidad y soñar caminos alternativos.

Esta es la segunda invitación de la mística eucarística: explorar nuevas posibilidades y perforar la realidad juntos.

Dar

La dinámica del bendecir y del partir lleva, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque para el cristiano nada es nunca del todo suyo. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del dar, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado primero.

Como recuerda Pablo en otro lugar, “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Como nos narra el evangelista Lucas en el relato de la multiplicación, “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente”. Como escuchamos durante la consagración, “Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto en memoria mía”. Cuando vivimos de este modo, dando gratuitamente, la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia.

Por ello la Doctrina Social de la Iglesia afirma que los bienes tienen “un destino universal” y que sobre ellos grava una “hipoteca social”. Esta es una convicción eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la política y la sociedad.

Esta es, en definitiva, la tercera y última invitación de la mística eucarística: dad (o devolved) lo que se os dio primero. Convertíos en canales, no en presas.

Y al hacerlo, se obrará el milagro: los dones se multiplicarán, la eucaristía se pondrá en práctica y su mensaje se hará viral.

Homilía en la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Lucas 9, 11-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Standard
Homilia

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir, así, progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencio y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona.

¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos  pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Al final de la vida de Jesús, Pedro y el resto de discípulos –paralizados por el miedo y la duda– le abandonaron también. Pero incluso después de la resurrección la duda siguió acompañando a Tomás:”Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás, símbolo de todos y cada uno de nosotros, reconoce su incredulidad.

Caravaggio_Tomas

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que han resonado a lo largo de la historia del cristianismo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre, poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra.

Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano.

Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando afirmó: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que duda– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello Tomás resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer nuestra falta de argumentos.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero.

Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Homilía del Domigno 2º de Pascua

Jaime Tatay, SJ

Foto: La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio (1602)

—-

Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Standard