Homilia, Reflexión

El síndrome de Peter Pan y la maduración espiritual

Si en algo se diferencia mi generación de la de mis abuelos es en el número de oportunidades que nos ofreció la vida: ellos no pudieron estudiar, nosotros accedimos a la universidad; ellos crecieron en un país dividido y lucharon en una sangrienta guerra civil, nosotros dimos por supuesta la paz y la democracia disfrutando de los beneficios de una educación universal y una sanidad pública; ellos nunca salieron del país ni dispusieron de tiempo para el ocio, nosotros hemos viajado a sitios lejanos y disfrutado de muchas oportunidades para formarnos y orientar nuestras vidas.

La lista continúa, pero basta esta breve enumeración para ilustrar la enorme transformación social, política y económica experimentada en nuestro país en el siglo XX y el gran salto generacional que supuso. Hay, sin embargo, otros ámbitos en los que no está tan claro qué generación salió más beneficiada, si la de ellos o la nuestra. Una anécdota familiar sirve para iluminar las diferencias de opinión sobre esta cuestión.

En una ocasión, mi abuelo materno nos dijo de forma tajante durante la sobremesa, tras una larga conversación sobre la adolescencia, “en mi época, no había adolescencia”. Su afirmación no era fruto de un estudio sociológico ni de una detallada investigación histórica. Más bien provenía de su propia experiencia. Nacido en 1920 en un pueblo de Castilla, el pequeño de siete hermanos no sólo quedó huérfano de padre y madre antes de llegar a la (supuesta) adolescencia, sino que fue llamado a filas en la conocida “quinta del chupete” para luchar junto a las tropas nacionales (mi otro abuelo valenciano, por cierto, luchó junto a los republicanos en Teruel).

Tras la guerra, no hubo tiempo ni para estudiar ni para viajar ni para conocer el mundo. A diferencia de sus nietos, empezó a trabajar inmediatamente, se casó, emigró y siguió trabajando para sacar adelante a su familia hasta el día de su jubilación. Y en efecto: él, como tantos otros de aquel entonces, no tuvo adolescencia (ni probablemente conoció la existencia del término hasta mucho después). A los ochenta años, poco antes de fallecer, tampoco parecía echarla de menos.

La reacción de mi abuelo me hizo pensar y me ayudó a reflexionar sobre uno de los aspectos en los que quizás nosotros –los nietos y biznietos de aquellos hombres y mujeres, los hijos de la transición y la democracia– no hayamos resultado tan favorecidos como creemos. Se trata de la cuestión de la maduración humana y espiritual, vinculada no sólo a nuestras propias decisiones personales, sino también al contexto cultural e histórico en el que nacemos y crecemos.

Ortega y Gasset decía, identificando las dos fuerzas que moldean nuestras vidas, “yo soy yo y mi circunstancia”. Y así es, la circunstancia, en algunos casos, hace madurar de golpe (o a golpes); en otros, retrasa la maduración durante años. Los psicólogos hablan de un trastorno del desarrollo de la personalidad en el que la persona se niega a asumir el paso del tiempo y desempeñar el rol de adulto. Le llaman el síndrome de Peter Pan. La primera vez que escuché la expresión, años después de la conversación familiar a la que me he referido, pensé: ¿qué hubiese dicho mi abuelo sobre esta patología? Estoy casi seguro que, de haberle preguntado, hubiera respondido: “en mi época no existía el síndrome de Peter Pan”.

Es verdad que hasta la década de 1980 –cuando la acuñó el sicólogo Dan Kiley– no se utilizaba la expresión. Pero lo que sí es indudable es que el ser humano siempre ha necesitado madurar, de un modo u otro.

Hay un famoso pasaje del evangelio en el que se apunta en esta dirección. Se trata del diálogo en el que Jesús pregunta tres veces a Pedro si le quiere. Hay varias maneras de interpretar esta escena, por supuesto. Las preguntas reiterativas son un recurso literario que trata de anticipar las posteriores tres negaciones de la Pasión, formando una especie de díptico sobre la vida de Pedro. Incluso podríamos llegar a sugerir que en el diálogo resuenan también las tentaciones de Jesús, poniendo de relieve la enorme diferencia entre maestro y discípulo (el primero dice “no” tres veces al demonio para poder decir sí al final a su Padre, mientras el segundo dice “sí” tres veces para acabar negando al maestro).

Pero también podemos interpretar el diálogo en clave pedagógica, como expresión de la progresiva maduración espiritual de Pedro y de todo creyente. La repetición, tan valorada por San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, es un poderoso instrumento de profundización espiritual al que Jesús recurre en múltiples ocasiones. Aunque la intuición no es exclusiva de Jesús. La Biblia está plagada de repeticiones, de oportunidades para volver una y otra vez a las grandes cuestiones que nos permiten crecer como personas y como creyentes: el perdón, la celebración, la muerte, la vida, la verdad, el pecado, la comunidad, la oración, etc. A todas ellas necesitamos regresar periódicamente si no queremos acabar estancados espiritualmente.

Sin duda algunas personas en nuestro tiempo, especialmente en las sociedades más industrializadas, tenemos problemas de maduración y somos presas del síndrome de Peter Pan. En nuestro país se ha popularizado el término “ni-ni” para referirse a los jóvenes adultos que ni trabajan ni estudian y que –a menudo– siguen viviendo en casa de sus padres. Sería injusto colgar el sambenito de Peter Pan a todos los ni-nis, cuando muchos son víctimas de la precariedad laboral, pero también resultaría imprudente negar la parte de dejación personal y social que hay tras algunas de estas situaciones.

La solución, en cualquier caso, no consiste en negar la existencia del problema o retrotraerse a un periodo en el que no había tiempo para hacerse preguntas. El camino de salida, al menos en el ámbito espiritual, no es otro que enfrentar la vida, con todas sus ambigüedades e incertidumbres. El propio Pedro, el del evangelio, tenía algo de Peter Pan y necesitó una confrontación directa con su propia cobardía para poder crecer.

Para el cristiano, la pregunta por la maduración espiritual conduce inevitablemente a la Pascua, a la realidad de la muerte y la resurrección. Si algunas personas no tienen ni idea de lo que es el síndrome de Peter Pan es porque, quizás, desde muy pronto, se topan de bruces con la cruda realidad de la muerte, la guerra y la pobreza. Quizás también por ello Pedro, como todos los discípulos, tuvo que esperar a la experiencia pascual para avanzar en su propio proceso de crecimiento, para poder comprender los anuncios de la pasión y poder interpretar la insistencia de Jesús al preguntarle, hasta tres veces, “¿me quieres?”.

Preguntémonos también nosotros repetidamente por nuestra propia maduración espiritual, hasta que podamos decir –como Pedro– “tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.

Jaime Tatay, SJ

Foto: @adilolli

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“La pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.”

La viuda de Naín y la vida antes de la muerte

La primera causa de muerte no natural en nuestro país es el suicidio, una “epidemia silenciosa” de desesperanza que se lleva por delante a diez personas cada día. Detrás de esa cifra escalofriante hay muchas situaciones límite, muchas vidas rotas, muchos muertos vivientes; personas que –como la viuda de Naín, protagonista del evangelio de hoy– piensan que su vida vale muy poco y no les queda ya nada que esperar.

Albert Camús afirmó que el suicidio es el único problema filosófico realmente serio. Para las religiones, la pregunta por el valor último de la vida y la importancia de preservarla es también una cuestión central. Los filósofos no se han puesto del todo de acuerdo respecto a la cuestión; los cristianos sí: el Dios cristiano es un Dios que ama la vida, un Dios que para los cortejos funerarios y reanima a los muertos. Dicho en palabras de Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la gloria de Dios.” La afirmación del valor de la vida es una convicción religiosa central y la respuesta cristiana a la inevitable pregunta por la muerte.

Corcovado jesus

Corcovado jesus (Photo credit: @Doug88888)

Una reflexión similar a la planteada por Camús es la que nos narra la historia de la viuda de Naín, una historia que no habla de muertos que vuelven a la vida, sino de vivos que parecen muertos, vivos que se preguntan por el valor de la vida en una situación desesperada. En el encuentro de Jesús con el cortejo el protagonista no es el joven fallecido que despierta gracias a la acción milagrosa de Jesús, sino la viuda “muerta en vida,” reanimada por Jesús.

Cuentan que en el lavabo de un bar apareció una vez escrito: “la pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.” Esa es, también, la pregunta que hoy nos plantean las escrituras. Las lecturas de este domingo hablan de muertos que vuelven a la vida pero hablan, sobre todo, de vivos que re-descubren el valor de la vida.

Jesús sólo devolvió a la vida a tres muertos durante sus años de predicación itinerante: a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga; a Lázaro, su amigo; y al hijo de la viuda de Naín, nuestra protagonista de hoy. El caso de la viuda, sin embargo, es algo distinto de los otros: es el único de los tres en que Jesús toma la iniciativa –sin que nadie interceda o pida ayuda– y es, también, el único fallecimiento de un varón hijo único de una viuda. Estas dos diferencias hacen de esta escena un lugar especial en el evangelio de Lucas.

Efectivamente, a diferencia de la mayoría de leprosos, inválidos, ciegos y endemoniados que gritan pidiendo ayuda a Jesús, la viuda de Naín no pide nada y nadie intercede por ella. Es Jesús quien se tropieza con la dramática escena del entierro y quien toma la iniciativa, es Jesús quien detecta la urgencia de la situación, quien se acerca y quien recompone esa realidad rota. Es Jesús quien decide pasar de ser un observador a ser un actor, movido por la compasión.

¿Y qué decir respecto a la segunda diferencia? ¿Qué significaba la muerte del único hijo varón para una viuda en la sociedad patriarcal de la Palestina del siglo I? Significaba que esa mujer quedaba desprotegida, social y económicamente desahuciada; significaba el final de la historia de esa familia. Significaba, como nos recuerda insistentemente la Biblia hebrea, que huérfanos, emigrantes y viudas eran (y siguen siendo) los grupos más vulnerables, los tres colectivos en mayor riesgo de exclusión social, las personas más necesitadas de compasión, compañía y ayuda.

Adolfo Nicolás, Superior General of the Societ...

Adolfo Nicolás, Superior General of the Society of Jesus (Photo credit: Wikipedia)

El padre general de los jesuitas, Adolfo Nicolás, eligió recientemente la jirafa como metáfora para expresar lo que se espera de un creyente en nuestro tiempo: alguien con amplias miras y gran corazón, capaz de ver la realidad con perspectiva, capaz de compadecerse y capaz de “bombear sangre” a gran altura. En la historia de este domingo, Jesús se sitúa ante la realidad como las jirafas y nos invita, a todos, a imitar la estrategia de la jirafa: tener grandes miras, observar cuidadosamente la realidad atravesando la costra de la desesperanza, desarrollar un gran corazón y bombear sangre (vida) a gran altura. Nos invita a descubrir vida donde sólo parece haber muerte. Para poder acercarnos a situaciones desesperadas, como la de la viuda de Naín –o la epidemia silenciosa de la desesperanza– la recomendación de Adolfo Nicolás es oportuna: estiremos el cuello y desarrollemos un gran corazón. Quizás así podremos esperar “contra toda esperanza” (Rom 4, 18) y ofrecer esperanza donde parece que no la hay.

Jesús, el hombre que venía de Dios, el hombre de amplias miras y gran corazón, el hombre capaz de ver la realidad desde la altura que ofrece la esperanza, nos invita a vivir esperando y a vivir de esperanza. Esa fue la invitación que Jesús hizo a sus apóstoles el domingo pasado al invitarles a bendecir, partir y compartir lo que tenían en el relato de la multiplicación de los panes y los peces: frente a la aparente escasez, desorientación y muerte, busquemos bendición, sentido y vida. Este es el mensaje que se nos vuelve a enviar este domingo. La lucidez de la esperanza nos ayuda a mirar de nuevo, nos ayuda a bendecir, nos muestra ventanas de oportunidad donde parece que sólo hay oscuridad.

El creyente protege la vida y rechaza el suicidio porque es un mandato divino, pero sobre todo, y principalmente, porque la vida humana es reflejo de la gloria de Dios. Dios desea que vivamos plenamente y nos recuerda que hay vida, y vida en abundancia, ya antes de la muerte. “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

Homilía – 10º domingo T.O. (C)

1R 17, 17-24; Gal 1, 11-19; Lc 7, 11-17

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El efecto multiplicador

CORPUS CHRISTI – El efecto multiplicador y la viralidad del mensaje cristiano.

Gn 14, 18-20; 1Cor 11, 23-26; Lc 9, 11-17

Las redes sociales han popularizado un nuevo término, de origen inglés: “viralidad”. Está relacionado con la palabra virus y, aunque no tiene (todavía) una entrada en el diccionario de la RAE, podríamos definir la viralidad como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus.” En el mundo de las comunicaciones digitales se refiere a la difusión de un contenido de persona a persona. Este neologismo nos ayuda a entender por qué muchos de los gestos y palabras de Jesús se extendieron de forma “viral” hasta llegar a nosotros.

Las parábolas, gestos y acciones de la vida de Jesús tienen algo que las hace contagiosas; en la historia del cristianismo también hay algo que le hace extenderse como las epidemias. Jesús, a pesar de su estrepitoso fracaso y muerte humillante, es reconocido como alguien digno de fe; los primeros cristianos, frente a la dificultad de predicar sobre un Dios crucificado, consiguen transmitir su mensaje a propios y extraños; la primera comunidad cristiana, frente a todo pronóstico, se propaga a gran velocidad alrededor del mediterráneo; los discípulos, frente a todo cálculo, alimentan una multitud con muy poca comida.

Pero, ¿Cómo sucede algo así? ¿Cómo triunfan proyectos condenados al fracaso de antemano? ¿Cómo prospera una religión absurda, que predica un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo se alimentan muchos con muy poco? Hoy el evangelio nos da pistas para tratar de responder a estas preguntas.

La clave principal es que estas preguntas hay que situarlas en el contexto de la eucaristía. Jesús pronuncia, en la escena de la multiplicación de los panes y los peces, tres palabras que son fundamentales. Tres palabras que aparecen también en el relato de la institución de la eucaristía de la carta a los Corintios. Tres palabras que el sacerdote repite en la consagración. Palabras y gestos clave que nos ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta: “alzó la mirada al cielo, pronuncio la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir, partir y dar: tres verbos que explican el éxito multiplicador del gesto de Jesús y el mensaje central de la eucaristía.

1. El primero es el verbo bendecir. A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de la realidad. Hay demasiadas malas noticias y frustraciones acumuladas. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice; dice bien, espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza. Es cierto que la realidad es muchas veces dura y difícil, como una costra o un muro impenetrable. Jesús pide a los discípulos atravesar un muro, llevar adelante una misión imposible: “dad de comer a la gente, pero sin tener a penas comida.” No es de extrañar que los discípulos respondan sorprendidos: “no tenemos más que cinco panes y dos peces,” o dicho en lenguaje coloquial, “no nos pidas cosas imposibles.” Sin embargo, Jesús pide lo imposible, pide que busquen grietas en el muro, pide que se paren y busquen alternativas.

Para enfrentarse a un problema es más importante formular bien la pregunta que tratar de resolverlo. Quizás por ello Jesús no responde a la pregunta que le hacen los discípulos sobre cómo alimentar a mucha gente con poca comida. Jesús pide tiempo; Jesús inicia una especie de sesión de coaching e invita a sus seguidores a una lluvia de ideas, a una dinámica de grupo –de 50–  donde pueda surgir la respuesta al difícil problema planteado: ¿cómo alimentar a muchos con poco? La respuesta no vendrá de arriba, sino de abajo; no será resuelta por un experto, sino deliberada y consensuada en grupo; no será Jesús el que conteste, sino sus seguidores los que encuentren una salida a la situación, una grieta en el muro.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema planteado a Jesús por sus discípulos: dar trabajo a millones de parados, transformar un modelo económico basado en la acumulación ilimitada que degrada el planeta, devolver la dignidad a millones de pobres que no acaban de salir de su pobreza, alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces.” Todos estos problemas, sin aparente solución,  se plantean como misiones imposibles, como muros ante los que parece que poco podemos hacer.

Sin embargo, los discípulos y la multitud de seguidores encontraron una solución aquella tarde para alimentarse y para continuar juntos, sin tener que dispersarse por los cortijos de la zona, como proponían los discípulos. Aquellos hombres, mujeres y niños fueron capaces de hablar bien, de parase y tomar distancia de las necesidades inmediatas, se organizaron en grupo y miraron la realidad con ojos nuevos. Aprendieron a mirar y a deliberar juntos. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de la abundancia compartida. Esta es la primera pista de la mística eucarística, la mística de los ojos abiertos, el bien-decir y el bien pensar juntos; la pista que conduce al segundo verbo: partir.

2.       Bendecir nos abre el horizonte, nos ayuda a “mapear” juntos la realidad y explorar nuevas posibilidades. Partir nos ayuda a profundizar y a descubrir las grietas del muro por las que podemos entrar: partir la realidad -no sólo hablar bien de ella- perforar y explorar juntos las posibilidades ocultas que encierra.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero entran en resonancia en la eucaristía: son las claves de la multiplicación de los gestos de Jesús, de la viralidad de sus mensajes y del rápido crecimiento de la comunidad cristiana. Jesús invita a partir la realidad y compartirla, con pan (y vino) en torno a una mesa. En estos tiempos de escasez y recortes, de desesperanza y desconfianza, no dejan de surgir iniciativas que apuntan justo en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, bancos de tiempo, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear por muy poco dinero.

El auge de la “economía del compartir,” posibilitado en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo de las nuevas tecnologías, una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a partir la realidad, mirarse a la cara y soñar caminos alternativos. Esta es la segunda pista del día de Corpus Christi, el día en que recordamos la partición del cuerpo de Cristo para dar vida.

3.       El tercer verbo-clave es dar: “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente.” “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10, 8), recordará Jesús en otro lugar. “Tomad y comed, tomad y bebed… haced esto en memoria mía,” escuchamos en la consagración cada vez que vamos a misa.

Esta es la invitación final de la historia de la multiplicación milagrosa: dad y devolved lo que os dieron primero, convertíos en canales, no en presas. La dinámica del bendecir y del partir conduce, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque nunca fue del todo nuestro nada de lo que poseemos. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del compartir, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado.

Cuando vivimos de este modo en comunidad la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia. Quizás por ello la reflexión social de la iglesia ha afirmado que todo bien tiene “un destino universal” y que sobre los bienes siempre pesa una “hipoteca social.” Esta es una convicción profundamente eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la realidad. Es una convicción que se remonta al relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces.

Hay personas que arrastran, hay gestos que atraen, hay historias que se comparten, se retuitean y se vuelven virales. La de la eucaristía es una de ellas. La de la multiplicación de los panes y los peces es la historia de la eucaristía puesta en práctica.

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