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“La pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.”

La viuda de Naín y la vida antes de la muerte

La primera causa de muerte no natural en nuestro país es el suicidio, una “epidemia silenciosa” de desesperanza que se lleva por delante a diez personas cada día. Detrás de esa cifra escalofriante hay muchas situaciones límite, muchas vidas rotas, muchos muertos vivientes; personas que –como la viuda de Naín, protagonista del evangelio de hoy– piensan que su vida vale muy poco y no les queda ya nada que esperar.

Albert Camús afirmó que el suicidio es el único problema filosófico realmente serio. Para las religiones, la pregunta por el valor último de la vida y la importancia de preservarla es también una cuestión central. Los filósofos no se han puesto del todo de acuerdo respecto a la cuestión; los cristianos sí: el Dios cristiano es un Dios que ama la vida, un Dios que para los cortejos funerarios y reanima a los muertos. Dicho en palabras de Ireneo: “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la gloria de Dios.” La afirmación del valor de la vida es una convicción religiosa central y la respuesta cristiana a la inevitable pregunta por la muerte.

Corcovado jesus

Corcovado jesus (Photo credit: @Doug88888)

Una reflexión similar a la planteada por Camús es la que nos narra la historia de la viuda de Naín, una historia que no habla de muertos que vuelven a la vida, sino de vivos que parecen muertos, vivos que se preguntan por el valor de la vida en una situación desesperada. En el encuentro de Jesús con el cortejo el protagonista no es el joven fallecido que despierta gracias a la acción milagrosa de Jesús, sino la viuda “muerta en vida,” reanimada por Jesús.

Cuentan que en el lavabo de un bar apareció una vez escrito: “la pregunta no es si hay vida después de la muerte, la pregunta es si hay vida antes de la muerte.” Esa es, también, la pregunta que hoy nos plantean las escrituras. Las lecturas de este domingo hablan de muertos que vuelven a la vida pero hablan, sobre todo, de vivos que re-descubren el valor de la vida.

Jesús sólo devolvió a la vida a tres muertos durante sus años de predicación itinerante: a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga; a Lázaro, su amigo; y al hijo de la viuda de Naín, nuestra protagonista de hoy. El caso de la viuda, sin embargo, es algo distinto de los otros: es el único de los tres en que Jesús toma la iniciativa –sin que nadie interceda o pida ayuda– y es, también, el único fallecimiento de un varón hijo único de una viuda. Estas dos diferencias hacen de esta escena un lugar especial en el evangelio de Lucas.

Efectivamente, a diferencia de la mayoría de leprosos, inválidos, ciegos y endemoniados que gritan pidiendo ayuda a Jesús, la viuda de Naín no pide nada y nadie intercede por ella. Es Jesús quien se tropieza con la dramática escena del entierro y quien toma la iniciativa, es Jesús quien detecta la urgencia de la situación, quien se acerca y quien recompone esa realidad rota. Es Jesús quien decide pasar de ser un observador a ser un actor, movido por la compasión.

¿Y qué decir respecto a la segunda diferencia? ¿Qué significaba la muerte del único hijo varón para una viuda en la sociedad patriarcal de la Palestina del siglo I? Significaba que esa mujer quedaba desprotegida, social y económicamente desahuciada; significaba el final de la historia de esa familia. Significaba, como nos recuerda insistentemente la Biblia hebrea, que huérfanos, emigrantes y viudas eran (y siguen siendo) los grupos más vulnerables, los tres colectivos en mayor riesgo de exclusión social, las personas más necesitadas de compasión, compañía y ayuda.

Adolfo Nicolás, Superior General of the Societ...

Adolfo Nicolás, Superior General of the Society of Jesus (Photo credit: Wikipedia)

El padre general de los jesuitas, Adolfo Nicolás, eligió recientemente la jirafa como metáfora para expresar lo que se espera de un creyente en nuestro tiempo: alguien con amplias miras y gran corazón, capaz de ver la realidad con perspectiva, capaz de compadecerse y capaz de “bombear sangre” a gran altura. En la historia de este domingo, Jesús se sitúa ante la realidad como las jirafas y nos invita, a todos, a imitar la estrategia de la jirafa: tener grandes miras, observar cuidadosamente la realidad atravesando la costra de la desesperanza, desarrollar un gran corazón y bombear sangre (vida) a gran altura. Nos invita a descubrir vida donde sólo parece haber muerte. Para poder acercarnos a situaciones desesperadas, como la de la viuda de Naín –o la epidemia silenciosa de la desesperanza– la recomendación de Adolfo Nicolás es oportuna: estiremos el cuello y desarrollemos un gran corazón. Quizás así podremos esperar “contra toda esperanza” (Rom 4, 18) y ofrecer esperanza donde parece que no la hay.

Jesús, el hombre que venía de Dios, el hombre de amplias miras y gran corazón, el hombre capaz de ver la realidad desde la altura que ofrece la esperanza, nos invita a vivir esperando y a vivir de esperanza. Esa fue la invitación que Jesús hizo a sus apóstoles el domingo pasado al invitarles a bendecir, partir y compartir lo que tenían en el relato de la multiplicación de los panes y los peces: frente a la aparente escasez, desorientación y muerte, busquemos bendición, sentido y vida. Este es el mensaje que se nos vuelve a enviar este domingo. La lucidez de la esperanza nos ayuda a mirar de nuevo, nos ayuda a bendecir, nos muestra ventanas de oportunidad donde parece que sólo hay oscuridad.

El creyente protege la vida y rechaza el suicidio porque es un mandato divino, pero sobre todo, y principalmente, porque la vida humana es reflejo de la gloria de Dios. Dios desea que vivamos plenamente y nos recuerda que hay vida, y vida en abundancia, ya antes de la muerte. “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”

Homilía – 10º domingo T.O. (C)

1R 17, 17-24; Gal 1, 11-19; Lc 7, 11-17

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