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Vivir agradecido: aprender a perdonar y a regalar

El fariseo regalado y la mujer perdonada

Hay tres clases de personas en este mundo: las que viven resentidas, las que viven indiferentes y las que viven agradecidas. En cuál nos convirtamos depende, en buena medida, de las elecciones que hagamos. La última opción es, sin duda, la más inteligente y, también, la más cercana al mensaje del evangelio. Vivir agradecido tiene, además,  ventajas: nos ayuda a enfrentar los problemas y nos permite encontrar a Dios con más facilidad.

Valga esta historia para ilustrar lo que digo.

Hace unos años, en un campo de refugiados provenientes de Darfur, llegó una mujer exhausta con uno de sus hijos, después de pasar varias semanas huyendo de los militares que arrasaron su poblado. El marido, el resto de hijos y todos los demás miembros de la familia habían sido asesinados. La mujer, a pesar de la traumática experiencia vivida, al llegar al campo de refugiados lo primero que hizo fue dar gracias a Dios “por haber salvado su vida y la de su hijo.” Aquella mujer pudo haber reaccionado desde el resentimiento (o desde la indiferencia) ante el absurdo de la condición humana. Razones no le faltaban. Sin embargo, contra todo pronóstico, encontró fuerzas para dar gracias.

La historia de esa mujer es un ejemplo radical de agradecimiento, una historia que la mayoría de nosotros (gracias a Dios) no viviremos, una historia que provoca la pregunta por la esperanza, por nuestra capacidad de vivir agradecidos, en medio de las dificultades.

El evangelio de este domingo nos invita también a reflexionar con una historia y una breve parábola que tratan, igual que la de la refugiada de Darfur, del agradecimiento. Al agradecimiento conducen dos caminos: la experiencia del regalo y la experiencia del perdón; experiencias representadas por los dos personajes del evangelio de hoy: el fariseo, que se “regala” una comida con el profeta-Jesús, y la mujer, que es “perdonada” por el médico-Jesús. Algo similar sucede en la historia del hijo pródigo entre el hermano mayor (regalado constantemente) y el menor (perdonado radicalmente). La doble experiencia del perdón y del regalo atraviesa las escrituras, desde Adán y Eva hasta la primera comunidad cristiana.

Nuestra relación con Dios gravita entre dos fuerzas, dos polos de atracción que nos ponen en nuestro lugar de criaturas: el regalo y el perdón. Esas dos son las experiencias básicas de la vida del creyente. Ambas nos hacen experimentar la gracia de Dios, su presencia gratuita, inesperada y generosa.

“Ni lo pido ni lo merezco; me regalas y me perdonas,” podría ser una forma coloquial de expresar la doble experiencia de fe; reconocer que todo cuanto tenemos nos lo han dado y reconocer que somos torpes -que hacemos daño y necesitamos ser perdonados- son el punto de partida y de llegada en nuestra búsqueda de Dios.

El problema con esta doble experiencia es que, con frecuencia, a las personas “regaladas” nos cuesta creer en el poder del perdón y en la fuerza del arrepentimiento como formas de experimentar la gracia de Dios. Quizás la (sobre)abundancia de regalos embota el corazón y los sentidos, genera miopía y hace que uno se acostumbre y vaya subiendo el “listón” del agradecimiento, como los niños a los que les dan tantas cosas que acaban por no valorarlas. La sobreabundancia de dones, paradójicamente, provoca la reacción contraria: indiferencia o resentimiento, no agradecimiento.

Una reacción miope, incapaz de descubrir la gracia de Dios, es la reacción del fariseo ante la mujer pecadora y perdonada; es la reacción del hermano mayor del hijo pródigo al ver a su hermano perdonado por el padre; y es también la reacción de los primeros trabajadores de la viña al comprobar que a los de la última hora les pagan lo mismo. Esa fue, quizás también (aunque el evangelio no lo diga), la reacción del deudor de 50 denarios al compararse con el que debía 500. Esta es la mentira que Jesús trata de denunciar, una y otra vez, en sus conversaciones y parábolas: la miopía que nos impide a muchos vivir agradecidos y reconocer la gracia (desbordante) de Dios.

Sin embargo, Jesús, al igual que el padre del hijo pródigo con el hijo mayor o el dueño de la viña con los trabajadores de la primera hora, no recrimina a Simón por ser incapaz de descubrir la gracia actuando en aquella mujer. No marcha airado. No le critica por ser incapaz de ver. Jesús sigue comiendo y hablando en su casa y, para responder a sus dudas, le traslada con delicadeza y con imaginación –con la parábola de los deudores– a un escenario distinto. Jesús continúa la conversación y muestra, con sus historias, la paradójica generosidad de Dios.

Con frecuencia la experiencia del perdón es más radical, más fuerte y más sorprendente que la del regalo. Por ello la iglesia, el Jueves Santo, introduce el gesto del lavatorio de los pies en el mismo corazón de la eucaristía, el gran regalo de Dios a la humanidad, el sacramento central de la fe cristiana. Inspirada por el evangelista Juan, la liturgia nos recuerda que ambas experiencias están en el centro de la vida de fe. La reconciliación que trae el perdón nos hace tocar suelo, servir (bajar a los pies, como la mujer de hoy) y tomar conciencia del daño realizado, de nuestros límites, de las heridas sufridas y de las heridas causadas. Por ello el perdón parece más extraordinario, más desconcertante y más sorprendente que el regalo.

El perdón exige un salto, un “exceso de confianza” que el regalo acaba dando por supuesto, olvidando que uno y otro son dos caras de la misma moneda: la gracia de Dios. A esas experiencias básicas de fe volvemos, una y otra vez.

Los padres corrigen a sus hijos con frecuencia, tras darles un regalo u observar un mal comportamiento, preguntándoles: ¿Qué se dice? Gracias –contestan los niños; ¿Qué se pide? Perdón –responden a regañadientes. Esas dos respuestas son buenos hábitos que los padres enseñan a sus hijos, pero son también las actitudes básicas en nuestra relación con Dios; actitudes que, interiorizadas, nos acompañan toda la vida; actitudes que nos ayudan a descubrir la gracia del Dios. De alguna forma, ante Dios, siempre seguiremos siendo como niños, necesitados de volver a empezar de cero, dando las gracias y pidiendo perdón.

La escena del evangelio de este domingo, con su “lavatorio de los pies” y su “palabra compartida,” en torno a una mesa, ¿no recuerda acaso a la eucaristía?, ¿no resuena en ella el  mensaje central de la fe cristiana: el mensaje del perdón, el regalo y el agradecimiento? El regalo de la comida y la palabra compartida genera comunión, el perdón genera paz y reconciliación. Ambas experiencias nos ayudan a vivir agradecidos y nos acercan a Dios.

Homilía – 11º domingo T.O. (C)

2S 12,7-13.13; Ga 2,16.19-21; Lc 7,36-8,3

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Evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de Él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»

Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte» «Di, Maestro», respondió él.

«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?»

Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más».

Jesús le dijo: «Has juzgado bien». Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».

Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».

Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

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