Homilia

¿Podemos hablar bien de Dios?

Homilía – XII domingo T.O. (C)

¿Podemos hablar bien de Dios? Esta es la cuestión que se esconde tras las dos preguntas que Jesús plantea a sus discípulos en el evangelio de hoy: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “¿Quién decís que soy yo?” Estas son preguntas que han resonado a lo largo de la historia; preguntas que cada generación ha tratado de responder y que todo cristiano, en algún momento, debe enfrentar.

En la Palestina del siglo I, como hoy, la gente tenía opiniones distintas y encontradas sobre Jesús: unos pensaban que era Juan el bautista, otros que Elías y otros que uno de los antiguos profetas. La gente tomaba, como es lógico, las categorías de su lenguaje y su tradición para explicar quién podría ser Jesús, ese rabino itinerante, ese fascinante predicador con poder para curar y hacer signos sorprendentes. Pedro también toma una categoría religiosa, la de Mesías, y se la aplica a Jesús. El propio Jesús se refiere a sí mismo con la misteriosa expresión “Hijo del hombre.” Los teólogos llaman a estas diversas formulaciones “títulos cristológicos,” modos de referirse a Jesucristo y aproximarse al misterio de su persona. Hay muchos más, aunque en un solo párrafo nos hemos tropezado ya con tres: profeta, Mesías, Hijo del hombre. Algo similar sucede en la tradición islámica con los “99 nombres de Allah,” o en el judaísmo, del cual somos herederos, con las referencias a Yahvé. Si hoy nos lanzásemos a la calle y preguntásemos a la gente la misma pregunta que hizo Jesús a sus discípulos -¿Quién dice la gente que soy yo?-  encontraríamos, de nuevo, una pluralidad de respuestas desconcertante.

¿Cómo expresar, entonces, con las palabras y los símbolos que tenemos, realidades y experiencias que nos desbordan? Es decir, ¿cómo podemos hablar de Dios? La paradoja de la fe consiste en querer hablar de Dios sin poder encontrar las palabras precisas. Cada vez que intentamos hacerlo, quedamos insatisfechos. Es una situación incómoda: deseamos hablar de Dios (y de Jesús), pero somos conscientes de lo inadecuado de nuestro lenguaje para hablar de Dios (y de Jesús). Cualquier cosa que digamos será incompleta, imprecisa o simplemente equivocada (de ahí el peligro de la idolatría). La tensión entre querer hablar y no poder hablar es una de las experiencias básicas del creyente.

¿Podremos, entonces, algún día, resolver esa tensión? ¿Podremos comunicar quién es Jesús, si no podemos hablar de él con claridad? ¿Podremos, igualmente, algún día, decir algo sobre Dios? Probablemente no. Eso es lo que afirma tajantemente la teología negativa: “de lo que no se puede hablar, mejor callar.” Pero si creemos que algo sí se puede decir, aunque sea parcial y provisional, aunque sea aproximado, entonces tendremos que hacerlo con cuidado, a tientas, mediante ensayo y error.

Nuestro lenguaje siempre será demasiado limitado, pobre y defectuoso para hablar de Dios. De hecho, hoy Jesús zanja el diálogo y pide silencio a sus discípulos después de la afirmación “mesiánica” de Pedro. Jesús nos sigue pidiendo silencio ante nuestros intentos de comprender a Dios y “atraparlo” en categorías, recordándonos el Deus semper maior de San Agustín. Lo único que podemos y debemos hacer es, por tanto, intentar hablar lo mejor posible de Dios, aunque sea más con gestos y obras que con palabras. La respuesta a la pregunta sobre Dios siempre será una respuesta frágil y humilde, una respuesta provisional que tendremos que ir reformulando a lo largo de nuestra vida, contrastando con cuidado lo que decimos y hacemos.

El diálogo del evangelio de este domingo no termina con una definición o una formulación académica sobre la doble naturaleza de Jesucristo: termina con una invitación de Jesús al seguimiento (“El que quiera seguirme…”). Cuando, al inicio del evangelio de Juan, los discípulos pregunten “¿dónde vives?,” Jesús también responderá de forma indirecta, con una invitación a conocer de primera mano, no de palabra: “venid y veréis” (Jn 1, 39). Jesús formula sus preguntas en plural, a una comunidad (¿Quién decís?); no en singular (¿Quién dices?), a un individuo. Quizás por ello, si conseguimos, algún día, hablar bien de Dios, lo haremos entre todos, en plural.

Hablar bien de Dios exige ponerse en camino junto a otros, ver, escuchar y convertirse en comunidad peregrina; estar dispuestos a ir y ver dónde y cómo vive el que nos llama al seguimiento y nos estimula con preguntas sin respuesta. La contestación a la pregunta ¿quién es Dios? (“¿Quién decís que soy yo?”) se encuentra en la experiencia compartida de búsqueda, en las celebraciones comunitarias de la fe y en el compromiso sostenido a lo largo del tiempo.

El pueblo de Israel descubrió a Yahvé poco a poco, caminando –torpemente– en su búsqueda por el desierto, con avances y retrocesos, con alegrías y fracasos, con adoraciones de becerros y deseos de rebelión. Nosotros no lo tendremos más fácil. Hablar bien de Dios no es algo que se consiga con largas lecturas, sesudas reflexiones y debates teológicos (aunque todo esto ayuda mucho). Conocer las opiniones de nuestra época sobre Dios nos ayudará, siempre y cuando no olvidemos que Yahvé, el Dios de Jesús, es la voz que afirma, tras la zarza ardiente: “yo soy el que soy” (Ex 3,14; es decir: “no me controles,” “no me definas,” “no te creas que me entiendes”).

Recuerdo que, después de uno de los primeros matrimonios que celebré como sacerdote, se me acercó un hombre mayor, viudo, y me dijo, con sinceridad: “Padre, lo que ha predicado sobre el amor y el matrimonio ha sido todo muy bonito, pero hay un problema: eso no se puede decir el día de la boda. Eso sólo se puede decir al final, después de muchos años de convivencia juntos. Después de toda la vida juntos, entonces se puede hablar de verdad del amor, de la fidelidad y del matrimonio.” Aquel día tomé nota del comentario.

Lo que sucede en las relaciones humanas no es tan distinto de lo que sucede en nuestra relación con Dios. De Dios sólo podremos hablar bien al final de la vida, después de muchos años de búsquedas y pérdidas, avances y retrocesos, fracasos y alegrías, después de mucha “convivencia juntos.” Después de recorrer ese largo camino podremos hablar, un poco mejor, del Dios de Jesús.

—-

Lucas 9,18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.» Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

Homilía XII Domingo del Tiempo Ordinario C.

Za 12, 10-11;13,1; Ga 3, 26-29; Lc 9, 18-24

Advertisements
Standard

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s