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“No nos exhortaría tan insistentemente a pedir si no nos quisiera dar”

puertaHomilía – XVII domingo T.O. (C)

Dice San Agustín, comentando el evangelio de hoy, que el Señor “nos exhortaba a pedir con insistencia y a llamar hasta parecer impertinentes.” Pero más interesante todavía que esta conclusión sobre el valor de la insistencia a la hora de pedir algo que se desea, es otro comentario que hace sobre el mismo pasaje del evangelio. Dice así: “Nuestro Señor Jesucristo, que con nosotros pide y con el Padre da, no nos exhortaría tan insistentemente a pedir si no nos quisiera dar.” Jesús, para los cristianos, es quien nos invita a pedir, y a pedir con él, porque quiere dar.

El punto de partida de la fe cristiana es que “se nos quiere dar,” que “hay voluntad de regalar” o, dicho con lenguaje religioso, que “todo es don.” Esa es la experiencia básica de fe en el Dios creador y re-creador de vida que proclamamos al principio del credo, y de su Espíritu, Señor y dador de vida. Todo es don, si se aprende a percibir la realidad como un regalo –a pesar de los desengaños, a pesar de las experiencias de fracaso, a pesar de las muchas y desconcertantes señales que apuntan justo en dirección contraria y distorsionan nuestra percepción.

Todo es don para quien aprende a vivir su vida como un regalo sorprendente e inmerecido. Todo puede llegar a ser don para quien sabe pedir, recibir y dar. Aquel que reconoce que todo cuanto tiene –empezando por su propia vida– es un regalo y lo recibe agradecido, entonces, empieza a entrar en la lógica del agradecimiento y del devolver, del dar. Esa lógica transforma nuestro modo de pedir.

Hoy se nos propone toda una estrategia para introducirnos en esta lógica y un ejercicio en forma de oración –el Padrenuestro– para practicar. El Padrenuestro lo hemos rezado tantas veces que ya ni nos paramos a saborear el significado de sus palabras. En la oración cristiana más conocida pedimos muchas cosas, y pedimos insistentemente, hasta siete veces. No es casualidad que esta oración la sitúe el evangelista Lucas junto a la parábola de la petición insistente. Reflexionar sobre el Padrenuestro nos ayuda a captar mejor la lógica a la que estamos invitados a entrar como cristianos y nos introduce en un modo muy particular de pedir.

Las últimas cuatro peticiones del Padrenuestro son en plural y piden cosas: por el pan diario (la única petición material), por el perdón, por las tentaciones y por la liberación del mal. A esas cuatro peticiones les preceden otras tres en singular; peticiones de alabanza y agradecimiento que “dan el tono” y ponen en su sitio a las otras cuatro. Las primeras tres peticiones nos recuerdan cuál es el origen de la vida y su orientación básica: nos invitan a reconocer al Padre que está en los cielos, desear el sueño de “su Reino” y el cumplimiento de “su voluntad.” Bien orientados, en diálogo personal con aquél que nos da la vida, podemos empezar a pedir juntos (en plural) y a pedir bien, por la comunidad humana, por su sustento material y por la liberación de todo mal y de toda tentación.

El Padrenuestro muestra un modo de pedir distinto al que estamos acostumbrados: no pedimos por pedir, ni pedimos para que nos resuelvan los problemas de forma mágica; pedimos, paradójicamente, para valorar lo mucho que ya hemos recibido y seguimos recibiendo. Pedimos para vivir más agradecidos y para ponernos en nuestro justo lugar de criaturas creadas y regaladas. Pedimos reconocer al “Señor y dador de vida.” Pedimos que sea otro el protagonista de nuestra vida, y de nuestras peticiones. Cuando nos situamos en esa lógica empezamos a re-descubrir lo mucho recibido y nuestras peticiones empiezan a transformarse.

Un amigo me dijo hace poco, refiriéndose a la difícil situación económica y política de nuestro país: “nos habíamos acostumbrado a que nos dieran muchas cosas, sin ser conscientes de la lucha, el esfuerzo y el dinero que había detrás de la mayoría de esas cosas, sin valorar el enorme privilegio que suponía disponer de todo eso, como sociedad. La crisis nos ha forzado a reconocer sorprendidos lo que teníamos, al comprobar que lo estamos perdiendo.” Mi amigo no estaba tratando de justificar los recortes o entrando en debates partidistas, simplemente adaptó a nuestra situación el dicho popular: “no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes.”

No es necesario perder algo para apreciarlo, aunque la experiencia de pérdida, a pesar del dolor y la confusión que genera, suele ser una oportunidad única para valorar lo recibido; puede transformarse en experiencia de renovación e, incluso, en acción de gracias, como sucede en ocasiones tras el fallecimiento de una persona querida. Aprender a pedir bien, quizás, consista al fin y al cabo en aprender a pedir menos y a pedir mejor, en hacer luto por muchas peticiones trasnochadas, en pedir insistentemente y acertadamente, pero no excesivamente (pedir tan sólo el maná, el pan nuestro “de cada día”).

Pedir bien, especialmente para aquellos de nosotros criados en la cultura de la abundancia, tal vez consista en aprender a vivir agradecidos con lo suficiente y en desterrar la lógica de la acumulación y de la queja enfermiza –la lógica de las necesidades artificiales y de las ensoñaciones desproporcionadas– dando gracias por lo sencillo y lo cotidiano. Pedir bien consiste en aprender la lógica del agradecimiento y el compartir alegre, la lógica del que vive dando gracias y dando vida.

Pidamos lo suficiente, no lo excesivo. Pidamos vivir perdonados y reconciliados, alejados del mal. Pidamos construir una comunidad que interceda por los más débiles. Pidamos vivir juntos, con lo necesario. Cuando pedimos así, con la lógica del Padrenuestro, sabemos que se nos dará, porque se nos quiere dar. De no ser así, si no se nos quisiera dar, “nuestro Señor Jesucristo, que con nosotros pide y con el Padre da, no nos exhortaría tan insistentemente a pedir.”

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Lucas 11, 1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»
Él les dijo:
«Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”»
Y les dijo:
– «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.”
Y, desde dentro, el otro le responde:
“No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.”
Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?
¿0 si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿0 si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? »

Homilía XVII Domingo del Tiempo Ordinario C.

Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13

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