Homilia

Ni donantes, ni receptores: administradores.

Homilía – Domingo XIX T.O. (C)

Dos modos de entender la vida se nos presentan en los evangelios de estas primeras semanas de agosto. Podemos vivir como constructores de almacenes, cada vez más grandes, confiando que el grano almacenado nos dará la seguridad (Lc 12,13-21), o como administradores de un patrimonio que no es nuestro, pero que se nos ha confiado (Lc 12,32-48).
Podemos optar por almacenar -propiedades, relaciones, conocimientos- o podemos administrar, aprendiendo a dar y a recibir.

Todos hemos nacido y crecido en una red de relaciones, dando y recibiendo todo tipo de bienes: afectos, cuidados, alimentos, conocimientos, etc. Es cierto que para llegar a ser adultos empezamos recibiendo primero, de pequeños, y que sólo podemos llegar a dar algo tras haber recibido incondicionalmente. Apostaron por mi, y entonces, de algún modo y en algún momento, empecé a dar yo también: afectos, cuidados, alimentos, conocimientos.

Desear ser “receptores puros” es una quimera, y una de carácter patológico. La miopía del propietario rico de la parábola que buscaba asegurar, de por vida, su vida, resulta cómica: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?,” le preguntaba Dios, irónico, en la parábola del domingo pasado.

Pero creer que podemos llegar a ser “donantes puros” es también una quimera y, para alguien religioso, una herejía. El único que da gratuitamente y “se dona” completamente (por decirlo de algún modo) es Dios. Pensar que podemos dar ilimitadamente, sin esperar nada a cambio, es una idea peligrosa. Hasta los más santos han tenido avances y retrocesos y han necesitado el apoyo de una comunidad. Todos vivimos inmersos en redes de donación/recepción a lo largo de nuestras vidas. No nos queda otra.

Ni donantes, ni receptores: administradores. Esta es una buena manera de expresar la vocación humana y la propuesta del evangelio: somos portadores de un tesoro que no es nuestro. El reto es aprender a administrarlo sabiamente.
La cultura tecnológica actual plantea muchos problemas, pero también nos ofrece un nuevo imaginario que conecta con la invitación evangélica. Somos nudos en una red de relaciones complejas, una red en la que damos y recibimos constantemente. Nudos, no centros; canales, no presas; administradores, no acumuladores.

La gracia -la experiencia del agradecimiento y de la gratuidad que desea devolver lo recibido, de forma creativa- es aquello que estamos llamados a administrar, con todas nuestras torpezas, a lo largo de la vida. El “administrador fiel y solícito,” con la cintura ceñida y la lámpara encendida, que el amo pone al frente para que reparta, ¿no es una buena manera de expresar el sueño de Dios para nosotros?

Soñarse administrador agradecido de los bienes recibidos -afectos, cuidados, alimentos, conocimientos, etc.- es el primer paso para convertirse en nudo activo de la red que sostiene las relaciones humanas, red de servidores atentos -con la cintura ceñida y la lámpara encendida- que aguardan y esperan, que se preparan y velan, para poder abrir la puerta al que llama.

Sb 18,6-9; Hb 11,1-2.8-19; Lc 12,32-48

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