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La lógica del mundo al revés

Escuchar una parábola es como lanzar un boomerang, siempre vuelve a nosotros. Una parábola nos traslada con la imaginación a un lugar lejano, a una realidad distinta, para devolvernos después del viaje al punto de partida. Sin embargo, a diferencia del lanzador de boomerangs, el oyente de parábolas queda transformado, no permanece en el mismo sitio. Ni de la misma manera.

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Quizás por ello los maestros espirituales de todas las épocas han contado parábolas; quieren que el oyente viaje y quede transformado. La de este domingo empieza así: “cuando te conviden a una boda…” Es decir: “escucha esta historia con atención, trasládate con la imaginación y piensa cómo reaccionarias en una situación similar.” La parábola quiere trasladarnos a un lugar distinto del habitual, quiere iluminar -desde la distancia que ofrece- actitudes y creencias. La parábola quiere darnos luz y hacernos más lúcidos.

¿Y cuál es la actitud que busca iluminar esta historia? Parece claro: el deseo humano de ocupar el primer puesto, la búsqueda de reconocimiento, la necesidad de ser “exaltado.” Esta fue la tentación de la madre de los hijos del Zebedeo, que deseaba colocarlos en el Reino “a la derecha y a la izquierda” de Jesús (Mt 20,21). Ese fue también el deseo de algunos fariseos, que querían “ocupar el primer asiento en las sinagogas” (Lc 11,43). Esa es la tentación del protagonista de la historia de este domingo. Esa es, de forma más o menos velada, la tentación que atraviesa todas las escrituras; la tentación que sigue atravesándonos a cada uno de nosotros.

En la parábola de hoy, sin embargo, Jesús no reacciona como un profeta, crítico con la hipocresía de su tiempo -como lo hizo con la madre de los hijos del Zebedeo o con los fariseos de la sinagoga. Jesús tampoco reacciona como un maestro de sabiduría. Jesús reacciona, más bien, como un jefe de protocolo que recomienda ir con cuidado –ojo al dato: “para no quedar mal.” Si te sientas en el último puesto y te invitan a sentarte en un lugar mejor, entonces, “quedarás muy bien,” afirma Jesús. ¿Es eso lo que pretendía esta historia, enseñarnos a ser prudentes y precavidos, cumplir las normas de buena educación y no hacer el ridículo, “no quedar mal”? ¿Es aquí donde nos quería conducir?

No, quería conducirnos mucho más lejos, al centro de la experiencia cristiana, aunque dando un rodeo. La parábola, justo al final, toma un giro inesperado y señala en otra dirección, más importante que el quedar bien. La parábola termina con una conclusión provocadora: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

¿Cómo interpretar, entonces, esta parábola? El mensaje de la parábola no trata de cuestiones protocolarias ni de eventos sociales, sino de actitudes básicas, vitales, que configuran nuestra vida. Aquí es donde la historia nos conduce y donde -si la hemos interiorizado – no nos deja igual. La parábola, como el boomerang, vuelve cargada y deja de ser una historia ajena para convertirse en una pregunta personal: ¿me enaltezco o me humillo? Aquí se juega algo más importante que el quedar bien. Aquí es donde se nos quería llevar.

Humillarse o enaltecerse. Esa es la decisión que hemos de tomar. Ya nos lo advirtió el evangelio del domingo pasado (Lc 13, 22-30); y hoy se insiste sobre el mismo punto: “Pongo anti ti dos caminos, el ancho y el angosto,” entrar por la puerta grande (enaltecerse, engrandecerse, elegir los primeros sitios) o por la puerta estrecha (humillarse, empequeñecerse, elegir los últimos puestos).

Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” El verbo humillarse quizás nos resulte inadecuado, cargado como está de connotaciones tan negativas. Tal vez “hacerse humilde” o “hacerse pequeño” sería más apropiado que humillar. En cualquier caso, conviene recordar que el cristiano no se hace humilde/pequeño por masoquismo, ni porque desee que le vayan mal las cosas, ni porque crea que su persona, o lo que hace, no sea digno de reconocimiento. El cristiano no “se hace último” ni “opta por los últimos” porque sea prudente o para “quedar bien” ante su comunidad. Si el cristiano se hace pequeño y se hace último es porque quiere ser lúcido, porque quiere ver mejor al Dios que revela sus secretos a los pequeños y en lo pequeño.

Es a los pequeños, a los niños, a los que escuchan las parábolas con atención, a quienes se les revelan “los secretos del reino” (Mt 11,25). Y estos son los que ocupan a menudo los últimos puestos, los que entran por las puertas estrechas. Son los últimos, los que están en los márgenes, los que son capaces de ver con claridad bajo la costra gruesa de las apariencias: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí,” grita el ciego Bartimeo, sentado al borde del camino, al margen de la sociedad (Mc 10,46ss). Cobradores de impuestos y prostitutas, los últimos, “nos precederán en el reino de los cielos” (Mt 21,31), se nos advierte provocadoramente en otro lugar. El último entre los últimos, el ladrón crucificado junto a Jesús, será el primero en entrar al Reino, no “los primeros,” los hijos del Zebedeo –por mucho que su madre insista. Esa es la lógica del Reino, la lógica del mundo al revés, la lógica que canta María en el Magníficat.

Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” La paradójica frase con la que concluye la parábola ofrece la clave para entender el sentido de la misión de Jesús y la experiencia de la Pascua; indica, también, cuál es la vocación cristiana. Buscar activamente los últimos puestos, en banquetes de bodas y otras muchas situaciones, permite ejercitarnos en la lógica del Reino y contrastarla con nuestros impulsos y deseos. Nos ayuda a tomar distancia y ver mejor. Contemplar la realidad desde los últimos puestos nos permite ver desde otro ángulo, diferente al habitual, y vernos a nosotros mismos, con ojos nuevos; con los ojos necesarios para llegar a reconocer que una muerte en cruz, aparentemente escandalosa y absurda, es revelación de la divinidad. Estos son los ojos que captan el mensaje de la Pascua, apuntado ya en esta parábola: el humillado -Cristo- será enaltecido.

Si queremos introducirnos en el mensaje central del cristianismo, más nos vale escuchar con atención las parábolas, como los niños, viajar con ellas y ejercitarnos en el hábito de lo humilde y de lo pequeño.

Homilía – XXII domingo T.O. (C)
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Lucas 14, 1. 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

– «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá:

“Cédele el puesto a éste.”

Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:

“Amigo, sube más arriba.”

Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. »

Y dijo al que lo había invitado:

– «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos. »

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