Homilia

Lucidez y astucia: actitudes cristianas básicas

Homilía – Domingo XXV T.O. (C)

Tanto el hijo pródigo de la semana pasada (Lc 15) como el administrador corrupto de este domingo (Lc 16) coinciden en algo fundamental que a menudo pasa desapercibido: a los dos se les ha encargado gestionar un patrimonio; los dos abusan de la confianza depositada en ellos; los dos derrochan el patrimonio encomendado; los dos, y esto es lo más importante, son capaces de reaccionar a tiempo y salir del callejón sin salida en el que se han metido.

Hoy se nos invita a escuchar sus historias con atención e, incluso, a verlos como modelos a seguir; el hijo pródigo y el administrador corrupto representan dos actitudes cristianas básicas que nunca deberíamos perder de vista: la lucidez y la astucia.

LucidezAstucia

Alguno podría sorprenderse por la comparación entre dos personajes tan distintos. El hijo pródigo suele caernos simpático; parece evidente que merece ser visto con compasión, dado su arrepentimiento y su capacidad de conversión. Pero el administrador derrochador y corrupto, ¿se merece la bendición?, ¿puede un hombre que engaña a su propio jefe -y casi le roba la cartera de clientes- ser visto con buenos ojos?

Aquí conviene leer despacio las parábolas. El jefe del administrador, el hombre rico, no bendice ni la estafa ni la falsedad contable, felicita la astucia del estafador, que no es lo mismo. Tampoco el padre del hijo pródigo bendice el despilfarro y la vida disoluta, bendice la capacidad de conversión de su hijo. La distinción es muy importante para evitar malentendidos. Es su lucidez y su astucia la que se nos presenta como modélica, no sus acciones.

Estas dos actitudes son imprescindibles a nivel personal, pero también a nivel grupal. Las personas y las organizaciones necesitamos visión y lucidez para cambiar de dirección cuando nos equivocamos, pero necesitamos también astucia y creatividad para resolver problemas difíciles. Tanto es así que las actitudes del hijo pródigo y del administrador corrupto servirían para estructurar el temario de un curso de un MBA o de una asignatura de ADE.

  1. “Lucidez, flexibilidad en contexto de incertidumbre y cambio de dirección estratégica.” Estudio de caso núm. 1: el hijo pródigo.
  2. “Visión de futuro, búsqueda de alternativas comerciales y gestión innovadora de la cartera de clientes.” Estudio de caso núm. 2: el administrador corrupto.

¿Quién hubiera imaginado que Lucas podría dar tanto juego en una escuela de negocios?

Pero volvamos a la historia de nuevo, porque puede ser de gran utilidad en nuestro tiempo. El hijo pródigo, al verse atrapado en el pozo donde le ha conducido su torpeza, encuentra la humildad necesaria -es decir, la lucidez- para parar, plantear alternativas y empezar de cero. El administrador corrupto, ante la amenaza de ruina y descrédito, imagina nuevas salidas, teje una red de contactos y re-inventa su futuro.

¿Por qué los “hijos de la luz,” se pregunta Jesús, no incorporan estas estrategias a su modo de funcionar? En otro lugar Jesús hace una reflexión similar, al recordar cuál es la misión a la que envía a sus seguidores: “Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, astutos como serpientes, y sencillos como palomas” (Mt 10,16). ¿Astutos como el administrador corrupto y sencillos como el hijo pródigo?

Hoy no se nos invita ni a estafar ni a dilapidar la confianza depositada en nosotros; se nos invita a aprender de los fracasos personales y de las historias que escuchamos. Si el mal es astuto y organizado, si genera “estructuras de pecado” –como dice el magisterio de la iglesia, también el bien precisará de estrategias y estructuras para generar alternativas. Quizás sea este el mensaje central de estas parábolas del evangelio de Lucas: medítalas, aprende de ellas, interioriza su mensaje y trabaja por generar estructuras justas, alternativas a las actuales.

Más de uno pensará, como el joven pastor David, ¿y quién soy yo para cambiar las estructuras de pecado del mundo?, ¿acaso mis acciones no son más que una gota en el océano? Cierto. Inversores, herederos de fortunas y gestores de patrimonios administran grandes capitales y poderosas redes de influencia. Pero, no lo olvidemos: todos nosotros somos también administradores; todos, al gestionar nuestras vidas, nuestros dones y nuestros recursos, administramos un capital que se nos ha dado. Todos podemos tomar decisiones y colaborar en el cambio de estructuras en nuestro mundo.

Estas estructuras no se generan solas, precisan de lucidez y de astucia. Estas estructuras son las redes de apoyo personal, familiar y social que hacen de este mundo un lugar más habitable. Son las redes y las instituciones que permiten canalizar la fe, la esperanza y la caridad en el mundo. Son, en definitiva, las redes que adelantan el Reino de Dios, aquí en la tierra. Si somos lúcidos y astutos en lo menudo, si administramos bien lo que hemos recibido, si generamos confianza en las cosas pequeñas, entonces construiremos estructuras y relaciones más humanas a nuestro alrededor. Esta es nuestra esperanza. Esta es la invitación que hoy nos hace el evangelio.

Am 8, 4-7; 1Tm 2, 1-8, Lc 16, 1-13.

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Lc 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Éste respondió: Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes” Él contestó: Cien fanegas de trigo. Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.

Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

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