Homilia

La experiencia de la gracia: una visita inesperada

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El Papa Francisco ha inaugurado, en los pocos meses que lleva de pontificado, un estilo cercano y directo que ha sorprendido a propios y extraños. Una de las cosas que más ha chocado ha sido sus visitas por sorpresa y sus llamadas telefónicas a personas que le habían escrito una carta o hecho una petición. Estas personas se mostraban sorprendidas y descolocadas: “al principio pensaba que era una broma”, decía una de ellas, “¿cómo puede ser que el Papa me llame a mí, personalmente?”.

Muchos nos preguntamos si este cambio de estilo se debe a su carácter extrovertido, a su talante “pastoral” o a su origen social humilde. No sabemos muy bien por qué Jorge Mario Bergoglio actúa así; quizá se deba en parte a todas estas razones, pero quizá se deba, también, a que ha meditado y entendido la historia del evangelio de este domingo: la historia de la visita inesperada de Jesús a Zaqueo el publicano.

Jesús hizo en su vida muchas visitas inesperadas y se dirigió a personas que no conocía de nada y que le pedían cosas por la calle; les visitó, entró a comer con ellas e incluso se alojó en sus casas. Zaqueo es una de esas personas.

Este tipo de visitas, de hecho, no son exclusivas de Jesús, atraviesan toda la biblia. María es visitada, de forma inesperada, por un ángel que le anuncia que será la madre de Jesús. Isabel, a su vez, es visitada por María, que decide acompañar a su prima durante el embarazo. El mismo Jesús se transfigura, junto a Pedro, Santiago y Juan, al ser visitado por Moisés y Elías en lo alto del monte Tabor. Los caminantes de Emaús se tropiezan con un desconocido que les abre los ojos a una nueva interpretación de la realidad después de invitarle a su casa a cenar. La lista es larga. Todas estas visitas nos hablan de una experiencia que en teología se llama la experiencia de la Gracia, la experiencia de una visita inesperada, gratuita y desconcertante; una visita que deja un poso de alegría que se prolonga en el tiempo y transforma la vida. Hoy Zaqueo experimenta la Gracia, la visita de Jesús, en primera persona.

¿En qué consiste esta experiencia?
La historia de hoy nos da varias pistas para poder reconocerla también en nuestras vidas:

1. La gracia nos eleva – “se subió a una higuera”

Cuando Lucas nos dice que Zaqueo “era bajo de estatura” no nos está hablando sólo de su aspecto físico, nos está indicando también su condición moral y espiritual. Zaqueo es un cobrador de impuestos, un colaborador del poder imperial romano, un hombre que ha adquirido su riqueza de forma dudosa; por eso, aunque sea un hombre rico, es una persona marginada y arrinconada socialmente, empequeñecida por su estilo de vida.

Zaqueo está empequeñecido y necesita recuperar algo que ha perdido, necesita ponerse de pie, erguido; necesita ver con más claridad, ganar altura. Por eso sube a la higuera, porque quiere ver mejor. En la biblia se muestran varios tipos de árboles; el árbol del conocimiento del bien y del mal, al que suben Adán y Eva, y que conduce a la perdición; y el árbol de la cruz, el árbol de la sabiduría y de la vida, al que sube Jesús, y conduce a la salvación. Si el árbol del conocimiento lleva a la prepotencia y la ruptura de la alianza con Dios, el árbol de la vida ayuda a tomar conciencia de nuestra estatura real, de nuestra condición humana, frágil y querida por Dios.

El árbol de la sabiduría nos ayuda a tomar altura sobre nuestras miserias, a subir y ver mejor. Este es el árbol al que sube Zaqueo para ver a Jesús con más claridad. La experiencia de la Gracia nos eleva, nos sube al árbol de la vida, abre nuevos horizontes.
La experiencia de la gracia eleva, ilumina y ayuda a ver mejor quiénes somos.

Pero la experiencia de la gracia no se detiene ahí, después de elevarnos nos hace bajar de nuevo y, entonces, entra a nuestra casa, para quedarse.

2. La gracia nos visita personalmente – “hoy es necesario que entre yo en tu casa”

Jesús entra en la casa de Zaqueo y come con él. No sólo le ayuda a ver y entender mejor; también se instala, como huésped inesperado, en su vida. Pasar de la calle a la casa -del ruido de la multitud a la intimidad del diálogo personal- transformará la vida de Zaqueo de forma insospechada.

“No soy digno que entres en mi casa”, le dijo el centurión romano a Jesús al pedirle que curase a su siervo. “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, repetimos todos juntos – casi sin pensar – en la misa, justo antes de tomar la comunión. “No es digno que Jesús entre en casa de Zaqueo, el pecador público”, pensaron muchos de los que vieron la escena aquel día. “¿Cómo puede ser que Jesús me visite a mí, sabiendo quien soy, y se venga a comer conmigo, si soy indigno de que entre en mi casa?”, pensaría también Zaqueo aquel día.

Pero Jesús entra a la casa del indigno Zaqueo, y entra hasta el comedor. Jesús entra, precisamente, porque es indigno. La Gracia no entiende de dignidades, pasa por encima de las apariencias, se salta el protocolo. El pecador público e indigno es visitado -como la prostituta, el endemoniado y el leproso- por la Gracia.

Este es el segundo rasgo de la experiencia de la Gracia: aunque indigno de presentarme ante Dios, Él entra en mi vida y me visita. Por ello Zaqueo, sorprendido al ser visitado “lo recibió muy contento”. No podía ser de otra manera. La experiencia de la Gracia, y esta es la tercera pista, desborda y provoca una alegría profunda, libera una energía capaz de transformar la vida de cualquier persona, por muy bajo que uno piense que ha caído.

3. La gracia nos transforma la vida – “hasta cuatro veces”

La última parte de la historia de Zaqueo nos habla de la reacción desproporcionada que provoca la visita de Jesús. La lógica de la Gracia -que hace digno al indigno, que se regala a justos e injustos, que visita al que no lo merece- es la lógica que transforma la vida de Zaqueo y le lleva a repartir la mitad de sus bienes entre los pobres y restituir “hasta cuatro veces” más a aquel del que se había aprovechado.

La experiencia de la Gracia desborda nuestros cálculos, pone en cuestión lo que es justo e injusto, no sabe conjugar el verbo merecer. No es la lógica del cálculo, ni la lógica de la reciprocidad, ni la lógica de la justicia humana; la Gracia convierte a las personas y las lleva a la desmesura. Es la lógica de aquel que ha venido “a buscar y a salvar lo que estaba perdido”, no lo que ya estaba salvado y justificado.

Por eso, tal vez, la alegría del converso provoca a menudo murmuraciones y sospechas entre quienes viven miopes y seguros de sí mismos, incapaces de reconocer su pequeñez, lastrados para subir al árbol de la sabiduría y empezar a buscar.

La experiencia de la Gracia refleja una desproporción, la desproporción entre la criatura y el Creador. Una desproporción que sólo se ve con claridad desde la sabiduría del árbol de la cruz. Los testigos de la conversión de Zaqueo no fueron capaces de enterarse de lo que había sucedido y se quedaron murmurando, resentidos y desconfiados.

Que no nos suceda lo mismo. Cuando nos visite la Gracia, no nos quedemos murmurando; invitémosle a pasar a nuestra vida, hablemos con ella y dejémonos transformar por ella.

Seguro que valdrá la pena.

 

Homilía – XXXI domingo T.O. (C)

 

Sb 11.22-12,2; 2Ts 1,11-2,2;

Lc 19, 1-10

Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad.

Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí.

Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo:

“Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que entre yo en tu casa.”

Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor:

“He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”.

Jesús le dijo:

“Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”

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