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Pon en juego tus talentos

Cuando se estudia la desigualdad económica de una sociedad se utiliza como indicador la distribución de la riqueza entre la población. En los países más desiguales unas pocas manos acumulan la mayoría de los bienes y del dinero, mientras que el resto se reparte las sobras.

La conclusión del evangelio de hoy, sacada de contexto, puede parecer que bendice este tipo de dinámicas de acumulación, al afirmar Jesús al final de la parábola de los talentos: “Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.” (Lc 19,27)
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Pero los tiros no van por ahí.
Hoy no se bendice el incremento de la desigualdad social, como era de suponer; hoy se invita a poner en juego -a invertir y arriesgar- los dones y bienes recibidos, sean los que sean. No se miden los resultados en términos “absolutos”, las ganancias de la inversión (1, 5 o 10); se mide la actitud del inversor en términos “relativos”, su deseo de utilizar los dones recibidos para invertirlos, creativamente, en la construcción del Reino.

En la misma dirección apuntaba Gandhi, cuando decía: “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa.” La de Gandhi sería, también, una buena re-lectura de la parábola de los talentos.

 

Lc 19, 11-28

Mientras la gente escuchaba estas cosas, añadió una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y creían ellos que el Reino de Dios aparecería de un momento a otro. Dijo, pues: «Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse. Llamó a diez siervos suyos, les dio diez minas y les dijo: `Negociad hasta que vuelva.’ Pero sus ciudadanos le odiaban y enviaron detrás de él una embajada que dijese: `No queremos que ése reine sobre nosotros.’ «Cuando regresó, después de recibir la investidura real, mandó llamar a aquellos siervos suyos a los que había dado el dinero, para saber lo que había ganado cada uno. Se presentó el primero y dijo: `Señor, tu mina ha producido diez minas.’ Le respondió: `¡Muy bien, siervo bueno!; ya que has sido fiel en lo insignificante, toma el gobierno de diez ciudades.’ Vino el segundo y dijo: `Tu mina, Señor, ha producido cinco minas.’ Dijo a éste: `Ponte tú también al mando de cinco ciudades. ‘ «Vino el otro y dijo: `Señor, aquí tienes tu mina, que he tenido guardada en un lienzo; pues tenía miedo de tí, que eres un hombre severo; que tomas lo que no pusiste y cosechas lo que no sembraste.’ Dícele: `Por tu propia boca te juzgo, siervo malo; sabías que yo soy un hombre severo, que tomo lo que no puse y cosecho lo que no sembré; pues, ¿por qué no colocaste mi dinero en el banco? Y así, al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.’ Y dijo a los presentes: `Quitadle la mina y dádsela al que tiene las diez minas.’ Dijéronle: `Señor, tiene ya diez minas.’ -`Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.’
«`Y a esos enemigos míos, que no querían que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí.’» Y dicho esto, marchaba por delante, subiendo a Jerusalén.

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