Homilia

La anunciación de José: una invitación a no pasar de largo

El año 2007 circuló por internet el video de un violinista tocando en hora punta a la salida del metro de Washington D.C. Mientras el violinista tocaba, cientos de personas pasaban de largo camino de su trabajo, ignorando al músico callejero. El video se hizo “viral” porque aquel músico no era lo que parecía: era Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo. La grabación de aquel video era parte de un estudio de sicología social que trataba de comprender cómo el status influye en la valoración y la percepción de la realidad. ¿El resultado? Podemos imaginarlo: la inmensa mayoría de personas ignoró a Joshua Bell y continuó su camino.

Como escribió el periodista que narró la noticia:

“En los tres cuartos de hora que Joshua Bell tocó, tan sólo siete personas dejaron lo que estaban haciendo para escucharle y disfrutar de la actuación, al menos por un minuto salvo una de ellas que le reconoció y se acercó a decirle que le encantaba cómo tocaba y que le había visto en un gran concierto. Veintisiete dieron dinero, la mayoría de ellos sin detenerse, para alcanzar un total de 32$ y cambio. El resto de transeúntes pasaron de largo sin molestarse si quiera a mirar. Nunca hubo una multitud de espectadores, como el propio Bell esperaba. “En una sala de música, me enfadaría si alguien tose o si se oye el sonido de un teléfono móvil. Pero aquí, mis expectativas disminuyeron rápidamente. Empecé a apreciar que no existía ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera una leve mirada hacia arriba. Estaba extrañamente agradecido cuando alguien lanzó en un dólar en vez del cambio”. Esto lo dice un hombre que puede cobrar unos 1.000$ por minuto. Lo más curioso es que tan sólo 3 días antes, Joshua Bell en un concierto llenó el Hall de Boston Symphony, donde los asientos cuestan de 100$  en adelante.”

¿Por qué se paró tan poca gente a escuchar a Joshua Bell? Por muchas razones: porque tenían muchas preocupaciones, o porque iban corriendo a su trabajo, o porque no eran capaces de apreciar la gran calidad de aquel violinista. Sea por la razón que fuese, aquella mañana la gran mayoría de personas pasaron de largo, incapaces de apreciar la calidad de aquel magnífico concierto de violín.

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Durante este tiempo de adviento, la historia de Joshua Bell me ha venido a la cabeza en varias ocasiones. Es una historia, a mi juicio, muy apropiada para entender lo que sucede en Navidad, para ilustrar cómo el Dios cristiano se comunica en lo cotidiano de forma sorprendente, para mostrar cómo necesitamos parar si queremos descubrir a Dios cerca nuestro. En la recta final del adviento la iglesia nos invita, precisamente, a no hacer como la gran mayoría de usuarios del metro de Washington de aquella mañana. Nos invita a parar y prestar atención. Esta es la invitación que recibió también José en el día de la anunciación del nacimiento de su hijo. Cuando el ángel se aparece en sueños a José, le dice: “esto no es lo que parece”, “algo muy grande está sucediendo en tu vida y no te has dado cuenta”, “no pases de largo”.

Recordar la historia de Joshua Bell, ignorado en el metro de Washington D.C., y la de José, tratando de entender cómo Dios le visita, nos ayuda a situarnos en este tiempo de Navidad y nos recuerda tres cosas fundamentales:

  1.  Dios se quiere comunicar (y, de hecho, se comunica)

La carta a los Hebreos afirma que “muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres.” Ese mismo Dios es el que sigue hablándonos a nosotros. El Dios que habló a nuestros padres es el que se sigue comunicando hoy día, a todos, y de muchas maneras. Las “anunciaciones”, la anunciación a María y la anunciación a José, son modos como la biblia nos cuenta los actos de comunicación entre el Creador y las criaturas. Es un modo de contarlo, pero hay otros muchos.

Cuando el profeta Isaías y el evangelista Mateo hablan en las lecturas de hoy del “Dios-con-nosotros” están diciendo, literalmente, que Dios está con nosotros, que no está allá arriba, sino que es tan cercano como la experiencia de la maternidad. Pablo lo dice de otra manera, dice que “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Todos ellos vienen a decir lo mismo, cada uno con sus palabras: Dios se ha comunicado a lo largo de la historia y sigue haciéndolo en nuestros días.

Dios se comunica por medio de mediadores y ángeles, que transmiten la palabra de Dios a los hombres. Dios se comunica en las escrituras, cada vez que las leemos y meditamos con atención. Dios se comunica en la naturaleza, donde ha dejado huellas de su presencia. Dios se comunica también en la oración, en el silencio y la interioridad de cada persona, cada vez que se para a escuchar. Dios se comunica en los sacramentos, cada vez que al celebrarlos recordamos su presencia y la hacemos actual.

En definitiva, Dios se comunica continuamente y de muchas maneras, “muchas veces y de muchos modos”, tantas que a menudo pasan desapercibidas. De nosotros depende el parar a escuchar, abrir los ojos, y descubrir la presencia de Dios en medio nuestro.

  1. El acceso a Dios es público, universal y gratuito

Dios no se comunica a un grupo selecto y exclusivo. El nuestro no es un Dios de especialistas, no es un Dios que exija conocimiento avanzados para poder comunicarse con él. No es Dios de los magos o de los gnósticos. Al Dios cristiano no le descubren ni los iniciados ni los expertos; los teólogos y los monjes no tienen más facilidad para encontrar a Dios en la vida que el resto de personas. Este es el segundo gran mensaje de la Navidad: Dios se revela a todos, hombres y mujeres, pastores hebreos y magos paganos, pobres y ricos, sabios e ignorantes. El mensaje de Navidad es accesible a todos, por eso Jesús nace en la calle, al aire libre.

Estos días nos ayuda mucho contemplar la sencillez de los belenes que se instalan en todas partes. San Francisco nos dejó un gran regalo con esta devoción popular. Cada vez que vemos un belén, el mensaje que se nos transmite es: “Dios está en todas partes, desde la sede de los principales bancos de la ciudad hasta el último rincón de la casa más humilde.” La acceso a Dios es público, universal y gratuito. La Navidad no es un como el juego del cubo de Rubrick, que sólo unos pocos iniciados son capaces de resolver; ni como el juego de muñecas rusas, que exige ir desmontándolo hasta llegar al núcleo; es un pesebre humilde, abierto y accesible al público.

  1. Nuestra vocación: dudar, facilitar la comunicación y rastrear las señales

Entonces, si Dios se quiere comunicar (y de hecho se comunica, continuamente, y de múltiples maneras), ¿qué podemos hacer nosotros?

Podemos imitar la actitud de José: facilitar la comunicación y rastrear las señales de la presencia de Dios en nuestro mundo. Pero para ello quizás tengamos primero que dudar de nosotros mismos, dudar de las apariencias y dudar hasta de nuestras convicciones.

José es el hombre capaz de dudar de sí mismo, de cuestionar lo que parece evidente, y de aceptar lo increíble. La actitud adecuada en Navidad quizás no consista tanto en la fe, que nos puede cegar y hacernos sentir seguros, sino en la duda, que nos hace permeables y nos abre a dimensiones inesperadas y desconocidas de la comunicación de Dios con nosotros.

El Papa Francisco ha insistido en rehabilitar la figura de José y ha llegado a modificar el texto de la liturgia eucarística para añadir “y su esposo San José”, tras la mención a la virgen María. Esto no es un capricho de un Papa ni una devoción particular. Indica que la iglesia reconoce en José un modelo, una referencia clave en la manera de vivir la fe cristiana.

José es de las siete personas que paran a escuchar a Joshua Bell a la salida del metro. José es capaz de descubrir un gran regalo en medio del ruido y las preocupaciones de la vida. La de José es una actitud de escucha atenta, capaz de hacerle dudar de sí mismo y de sus percepciones. Este es el regalo que podemos pedir a José en estos días.

Homilía del 4º Domingo de Adviento A

Is 7, 10-14; Rm 1, 1-7; Mt 1, 18-24

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