Homilia

“Y acampó entre nosotros”

Tengo un gran recuerdo de las veces que he ido de acampada con amigos por la montaña. Recuerdo que, en una de las rutas que hicimos por el Pirineo, siguiendo el recorrido del GR11 durante dos semanas, buscábamos todos los días un lugar donde plantar la tienda. Cada tarde, tras caminar durante horas, parábamos para mirar el mapa y estudiar dónde acampar. A continuación, después de decidir el lugar más adecuado, montábamos la tienda que sería nuestra casa provisional durante esa noche.

Cuando leo el prólogo del evangelio de Juan y llego al punto donde dice “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” recuerdo esos momentos de búsqueda de un lugar donde acampar. No puedo evitar imaginar que la historia de la encarnación, la historia del paso de Dios por el mundo, es la historia de un Dios itinerante que “acampó” y se instaló en nuestra historia durante un tiempo.

Dios “acampó entre nosotros” -nos recuerda el evangelio de Juan- montó su tienda en el cuerpo de un ser humano como nosotros, en Jesús. La invitación de la Navidad no es otra que contemplar ese momento de paso y acampada de Dios entre los hombres y mujeres, hace más de 2000 años.

acampar

Un ser humano, igual que yo, igual que tú, fue la casa de Dios durante un tiempo. Una persona, como yo, como tú, fue la tienda de campaña que utilizó Dios para pasar por la historia. Esa persona, Jesús (la Palabra en el lenguaje de Juan), es Dios mismo encarnado. Esta afirmación fue, es y será motivo de escándalo para los creyentes de otras religiones; y debería serlo también para los que nos confesamos cristianos.

Esta es, sin duda, una de las grandes innovaciones religiosas que introduce el cristianismo: que el Creador se hace pequeño, entra en su propia creación (en el seno de una mujer) y se queda durante un tiempo.

Hoy nos resulta familiar, pero no es algo evidente; la fe en la encarnación exige un esfuerzo espiritual, un salto de fe y un ejercicio de contemplación. El Adviento y la Navidad no son más que el tiempo que la iglesia reserva para realizar, cada año, ese difícil ejercicio de estiramiento espiritual.

Es cierto que las personas transformamos los lugares con nuestra presencia y nuestro paso; dejamos una huella que permanece en los lugares que habitamos. Pero la afirmación inversa es igualmente cierta: los lugares nos transforman, dejan en nosotros un recuerdo y una huella imborrable en nuestras vidas.

En mi caso, los paisajes que recorrí caminando por el Pirineo forman parte ya de mi imaginación y de mi memoria. En Navidad, recordamos que el paso de Dios por el mundo, la encarnación, transformó el paisaje humano de forma irreversible. Tras la encarnación de Dios, nada fue ya igual: ni Dios ni el ser humano.

Si Dios se encarnó para hacerse uno de nosotros –y eso es lo que recordamos en estos días– lo humano queda marcado, para siempre, por la presencia del Dios que se hace pequeño para visitarnos y hacernos grandes, el Dios que se hace pequeño para sacar lo mejor de nosotros.

Que un bebé sea el icono de la Navidad no es casual. El niño recién nacido es el símbolo de la pequeñez, la fragilidad y la dependencia, el mejor ejemplo de la provisionalidad y de la necesidad de cuidado de toda vida humana. Dios se encarnó en un niño débil y frágil, para mostrar el valor oculto de la fragilidad y para confundir a los sabios del mundo.

Ese Dios, el Dios de la aparente fragilidad, el Dios de la aparente provisionalidad, el Dios de la aparente dependencia, sin embargo, a pesar de las apariencias, no es frágil, provisional y dependiente; no nos visitó sólo una vez, para marchar definitivamente. De algún modo ese Dios sigue visitándonos y queriendo entrar en nuestras vidas, sin forzar, sin imponer, sin hacernos dependientes; lo hace cada vez que nos abrimos y meditamos el misterio de la encarnación, cada vez que decimos conscientemente, como el centurión romano: “no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.”

Cada vez que deseamos que Dios “entre en mi casa” estamos ofreciéndonos como tienda de campaña, como lugar de acampada del Dios de Jesucristo entre los hombres y mujeres de nuestra época. Alguno pensará que esta pretensión es excesiva.  Nosotros no damos para tanto, “no somos nada”, oímos con frecuencia a la salida de los funerales. Falso: somos poco, muy poco, pero no nada; y ese “poco” –aún frágil, aún provisional, aún dependiente– es querido y elevado por Dios.

En la encarnación recordamos que Dios pone en pie la fragilidad de lo humano. Dios no se hace humano para que seamos como dioses –como Prometeo– o nos “endiosemos” –como Adán y Eva–; Dios se hace uno de nosotros, sí, pero para mostrarnos en qué consiste ser humano, en qué consiste caminar erguido, en qué consiste la vocación humana: en hacer sitio para que Dios acampe en medio de mi vida. La fe en la encarnación nos sitúa en nuestro justo lugar de criaturas, ni más, ni menos.

La fe en la encarnación es la fe en una visita que transformó, de forma irreversible, el paisaje de las religiones, el modo de imaginar a Dios y el modo de entender la voación humana. La Navidad introdujo una novedad insospechada: Dios se hace humano. El Dios de Jesús se hace pequeño, se agacha, para entrar y hacerse uno de nosotros y, al hacerlo, indirectamente, nos hace grandes, nos diviniza, nos pone en pie.

La fe en Jesús no nos resuelve mágicamente los problemas, nonos hace dioses ni nos “endiosa”, pero nos pone erguidos, nos recuerda nuestra dignidad innegociable de hijos de Dios. Desde entonces podemos afirmar, como hace Zacarías con esperanza: “nos visitará el Dios que sale desde lo alto”, todos los días de nuestra vida, para ponernos en pie e iluminar nuestro camino.

Homilía del 2º domingo después de Navidad

Si 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18

Juan 1, 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

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