Homilia

Los Reyes Magos: buscadores y portadores de tesoros

Recuerdo que en las mañanas de verano, cuando era niño, en la playa, aparecían unos hombres que iban caminando despacio sobre la arena con un extraño aparato en la mano.

“¿Qué hacen esos hombres?”, pregunté a mis padres.

“Buscan objetos valiosos con un detector de metales”, me contestaron, “objetos que se han perdido en la arena: monedas, anillos, pendientes y cadenas de oro o plata que los turistas perdieron ayer”.

Durante aquellos años de mi infancia leía muchos cómics y novelas en las que aparecían piratas, exploradores y cazadores de tesoros. Aquellos hombres extraños y madrugadores, con sus detectores de metales, caminando en silencio, en la playa, al amanecer, eran lo más parecido a un buscador de tesoros que había conocido hasta entonces. Luego, a lo largo de los años, he ido conociendo a muchos otros.

Todos los buscadores de tesoros tienen una cosa en común: les mueve una ilusión, el deseo de encontrar algo importante y valioso, aún sin saber muy bien qué es y dónde está. Un buscador no sabe lo que encontrará, ni su valor, ni siquiera si lo va a encontrar, pero es capaz de madrugar y ponerse en camino, impulsado por el deseo. Intuye que lo que busca es valioso y merece la pena. Una fuerza interior le impulsa a movilizarse y organizarse, aunque sabe que, en el fondo, su búsqueda no puede planificarse del todo. Hay un margen de incertidumbre y de sorpresa muy grande. Como en la parábola evangélica del hombre que descubre inesperadamente un tesoro en un campo, el tesoro aparece de repente y, entonces, es cuando la persona decide venderlo todo, para comprar el campo y quedarse con el tesoro.

En la tradición cristiana Abrahán y los Reyes Magos son, sin duda, el mejor ejemplo de buscadores de tesoros. Muchos otros personajes bíblicos se tropiezan con mensajeros de Yahvé –ángeles, profetas, jueces, patriarcas e, incluso, gentiles– que comunican una misión y ofrecen señales durante el proceso de búsqueda. Estos intermediarios suelen ser los detonantes del proceso de búsqueda.

En el caso de los Magos, sin embargo, son ellos mismos los que buscan activamente. No sabemos exactamente cuál fue la razón por la que salieron de sus paises (habían oído hablar del nacimiento del Mesías), pero sabemos que se pusieron en camino por iniciativa propia, sin que nadie se lo pidiera.

Algo difícil de explicar impulsa a salir de la propia casa a los buscadores de todos los tiempos, a salir de las comodidades y de las seguridades de lo conocido. Los buscadores de tesoros son capaces de ponerse en camino, hacia lo desconocido, sin saber a dónde ir. Los buscadores son como los hombres de la playa que madrugaban para caminar despacio, en silencio, auscultando la arena, parándose de vez en cuando, resistiendo la frustración para así, quizá, encontrar el tesoro.

Pero reconozcámoslo, los Reyes Magos, como los hombres con detectores de metales de las playas, son gente exótica, gente cómica, gente que está un poco fuera de lugar. Tiene que caminar de noche, a escondidas, o salir al amanecer, antes de que lleguen los turistas. Los Reyes tienen una pinta rara también, montados en sus dromedarios, vestidos con ropas extravagantes, disfrazados con coronas y largas barbas. Parecen personajes sacados de otro mundo; hombres que van de paso, buscando a alguien del que sólo han oído hablar, llevando tesoros, casi a escondidas, para que no se corra la voz.

Pero, quizás por ello, por su extravagancia, por su punto estrambótico, nos resultan tan simpáticos y atractivos. No son judíos, ni se convierten al cristianismo, representan la gratuidad, el regalo sincero del que aparece, te ofrece lo mejor que tiene, y desaparece. Los Reyes son personajes secundarios del evangelio, pero simbolizan actitudes centrales de la fe cristiana.

Ellos son una excelente imagen de lo que supone vivir la fe en nuestra época. Por un lado, tratar de ser cristiano, hoy, nos lleva a sentirnos, en muchas ocasiones y en muchos ambientes, como un Rey Mago, como alguien raro y exótico, en tierra extraña: una especie de buscador de tesoros, perdido en un país lejano. ¿Acaso no nos hemos sentido así, más de una vez, al intentar explicar en qué creemos y por qué creemos en ambientes seculares? Por otro lado, los Reyes representan, también, el carácter divertido, generoso y gratuito de la fe; simbolizan una búsqueda algo loca, pero que no puede más que valer la pena, ¿quién no se siente atraído por los Reyes? ¿Quién no se apunta a una fiesta de disfraces que acaba en un intercambio de regalos, junto a un niño recién nacido?

Los creyentes de hoy tenemos muchas cosas en común con Melchor, Gaspar y Baltasar: buscamos algo valioso, lo hacemos a tientas – torpemente y sin saber muy bien por qué – y, cuando lo encontramos, nos sorprendemos, lo pasamos bien y quedamos transformados.

1.       Somos buscadores de tesoros. Los reyes magos nos invitan a ponernos en camino, a seguir buscando, aunque sea a tientas, aunque sea preguntando, aunque sea pidiendo indicaciones. No sabemos lo que buscamos, hablamos de oídas, pero queremos buscar.

La fe nos la transmitió una larga cadena de creyentes y llegó a nosotros por medio de familiares, educadores o amigos. Los Magos de Oriente, a pesar de su apariencia poderosa y sabia, muestran la fragilidad y la incertidumbre que acompaña al creyente toda su vida y la imprevisible transmisión de la fe. La peregrinación y la búsqueda son compañeras incómodas de viaje de la vida de todo creyente. La fe cristiana no ofrece certezas irrefutables ni garantías de éxito totales. No sabemos a dónde nos llevará el camino. La seguridad absoluta la trata de vender, sin conseguirlo, empresas aseguradoras y clínicas de cirugía estética. Los Reyes Magos nos recuerdan algo central a nuestra fe: que siempre estamos en camino, buscando algo valioso que desenterrar, en medio de las arenas movedizas de la vida.

2.       Somos portadores de tesoros. Pero los Magos de Oriente no nos muestran sólo el valor de la búsqueda, aún en medio de la incertidumbre y la desorientación, aún sin saber muy bien lo que se busca, aunque sea de oídas. Los Magos nos enseñan también a llevar nuestros tesoros, con cuidado, y presentarlos ante el Señor.

Ellos nos enseñan a imaginarnos, cada uno, como un regalo para la gente que tenemos cerca. Pablo lo dice con otras palabras: llevamos (somos) un tesoro en vasijas de barro. Por eso hemos de ser conscientes de ambas cosas: buscamos un tesoro y somos un tesoro; ambos tesoros –la fe y la vida– son frágiles, los portamos en vasijas de barro. Somos buscadores y portadores de tesoros. Ante el portal de Belén nos postramos, como las figuras que ponemos en los belenes, para ofrecer lo que tenemos, pero sobre todo para ofrecernos: yo soy el mejor regalo y, en el fondo, el único que puede ofrecer.

3.       Quedamos transformados por el encuentro entre el tesoro que buscamos y el que llevamos. Los Reyes Magos, después de encontrar al niño y darle el oro, el incienso y la mirra, “se volvieron por otro camino”, cambiaron de dirección, quedaron transformados.

Cuando ambos tesoros se encuentran –el tesoro pequeño y frágil que soy yo, y el misterioso y sorprendente regalo escondido en Belén– se produce una transformación. El hombre de la parábola que vende todo lo que tiene y compra el campo en el que ha encontrado el tesoro es un hombre transformado por un encuentro fortuito; su vida cambia de dirección y da un giro repentino. Los  encuentros, cuando son gratuitos, nos transforman, nos cambian, nos hacen tomar rutas distintas.

San Agustín, en su comentario al evangelio de la epifanía, subraya que los magos “se volvieron por otro camino”. Pero no sólo porque querían evitar a Herodes, sino también, y sobre todo, porque quedaron transformados, porque cambiaron de dirección, porque se convirtieron. El camino alternativo representa la vida transformada por el encuentro. Un encuentro sorprendente que transforma, que lleva a venderlo todo, para comprar el campo.Reyes

En este principio del año hacemos “propósitos de año nuevo”. Al hacerlos caemos en la tentación de querer ser transformados de repente, tomando un atajo; tratamos de cambiar de dirección, saltándonos los pasos anteriores: evitando buscar a tientas, huyendo de la incertidumbre y de la inseguridad, olvidando que somos nosotros mismos el regalo más valioso y digno para ser ofrecido.

Los reyes quedaron transformados después de un largo viaje de búsqueda, después de muchos días siguiendo la estrella, después de muchas horas de desconcierto e insomnio; los hombres de la playa volvían también con su botín, pero sólo después de muchas horas de camino silencioso, solitario y paciente, después de muchos días fallidos buscando en la arena.

Un buen propósito de año nuevo sería continuar en búsqueda permanente, dejándonos sorprender, inspirados por los Reyes, aceptando el tiempo de los intentos, pidiendo insistentemente volver de los lugares de siempre, pero por caminos nuevos. Para poder hacerlo no bastará con desear cambiar, necesitaremos ponernos en camino, salir con el detector de metales, pronto, cada mañana y lanzarnos a la búsqueda del tesoro.

Un buen propósito de año nuevo sería no olvidar a los Magos de Oriente después del día de la Epifanía. Quizás podríamos recoger el belén que tenemos en casa, dejando a los Reyes en nuestra imaginación, -esperando, caminando, buscando- hasta la siguiente Navidad.

Homilía de la Epifanía

Mt 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén
y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”.
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén.
Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías.
“En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”.
Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella,
los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”.
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.
Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría,
y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.
Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

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