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Yo no soy

Estas dos últimas semanas me ha venido a la cabeza, en varias ocasiones, la figura de Juan el Bautista. Creo que se debe a dos razones: la primera es evidente, Juan ha sido uno de los protagonistas principales de los evangelios de los últimos domingos; la segunda es sólo una sospecha, hay algo en su actitud que conecta con una interpretación muy auténtica de la fe cristiana.

Juan es aquel que dice “Yo no soy” y “Yo no sé”, frente al enigmático “Yo soy el que soy” de Yahvé y al “Soy yo” de Jesús.

Esta distinción no es un simple juego de palabras, aunque lo parezca. Juan representa a la persona que no sabe y reconoce que no sabe, pero sugiere al menos un camino para seguir buscando.

Juan es el hombre-señal, el que indica, el que reconoce hasta dónde llegan sus límites, el que cede el paso. “Yo no soy la vía principal: cedo el paso”, nos recuerda Juan al principio del año. (“Hay otro que viene detrás de mi…”).

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Frente a la tentación de convertirse en el centro, Juan resiste. Sin caer en falsos protagonismos, re-direcciona a sus seguidores y los envía por otro camino: del bautismo de conversión de los pecados al bautismo con Espíritu Santo, de la tradición profética a la tradición mesiánica, del “yo no soy” de la conversión al “yo soy” de la vida plena.

Siempre necesitaremos la figura de Juan. Su papel no es anecdótico, no es un mero actor secundario en la escenificación de los evangelios, no es un telonero más. Juan es clave. Juan es fundamental porque necesitamos indicadores auténticos, porque necesitamos establecer límites, porque necesitamos saber decir que no, porque necesitamos reconocer lo que no somos para llegar a ser algo.

Para poder decir “yo soy”, primero hemos de decir “yo no soy”. Esa es la gran eneseñanza de Juan.

El camino que lleva a Jesús pasa por Belén, por la adoración del misterio, por el “yo soy el que soy” del Dios de Jesús. Pero pasa también por el Jordán, por la búsqueda sincera, por el “Yo no soy” de Juan. Este camino es el mismo que en breve nos llevará a las tentaciones y nos conducirá a la vida ordinaria y cotidiana.

A lo largo de este camino, nos recuerda Juan: no lo olvides, “cede el paso”. El camino principal es otro.

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