Homilia

Morir de éxito

Algunas frases, sacadas de contexto, se prestan a confusión.

Si nos cuentan que a una persona “le siguió una muchedumbre”, que “se le echaban encima” y que tuvo que huir en lancha “no lo fuera a estrujar el gentío”, seguro que nos imaginamos a George Clooney llegando a Valencia para grabar una película o a Justin Bieber después de un concierto multitudinario. Una experiencia de este tipo es lo más parecido a “morir de éxito” que podemos imaginar.

Estas frases, sin embargo, no están sacadas de la sección de sociedad de un periódico ni del programa ‘Corazón’ de TVE; están sacadas del capítulo 3 de Marcos, del evangelio correspondiente al día de hoy para ser más precisos.

En este capítulo Marcos describe el inicio del ministerio de Jesús y su rotundo éxito en términos numéricos. Jesús, en muy poco tiempo, atrae una inmensa cantidad de seguidores que se amontonan para verle, escucharle y tocarle. Jesús se transforma, en un abrir y cerrar de ojos, en ‘trending topic’ en toda la región: “Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transfordania, de las cercanías de Tiro y Sidón.”

¿Es esto lo que deberíamos entender por éxito? ¿Podemos medir el éxito por el número de seguidores y el impacto “mediático” que provoca? De ser así, Jesús tiene poco que envidiar a los famosos de todos los tiempos.

Michael Jackson, John Lenon, Jacques Brel, Marylin Monroe o George Clooney -por poner unos cuantos ejemplos- han quedado grabados en la memoria de millones de personas que han visto sus películas o escuchado su música. Sin embargo, la mayoría de estas estrellas son sólo fugaces – duran un tiempo, décadas quizá, y pasan – Jesús, sin embargo, permanece en el selecto club de aquellos que siguen arrastrando masas y despertando el interés de las multitudes 2000 años después.

Pero insisto, ¿es esto lo que deberíamos entender por éxito? ¿Podemos medir el éxito por el número de seguidores y el impacto “mediático” que provoca alguien a lo largo del tiempo?

La respuesta es más compleja que un simple sí/no, porque la pregunta es engañosa. De hecho, la diferencia entre Jesús y George Clooney (o Justin Bieber) no debería medirse en términos de éxito, sino justo lo contrario, en términos de fracaso.

Jesús no sólo desenmascara la falsedad del éxito aparente (esa es la lucha que librará contra el demonio en las tentaciones), sino que transforma la experiencia del fracaso de forma definitiva.

Los relatos del Jesús triunfante, del Jesús de masas, del Jesús profeta-sanador que arrastra multitudes, deben leerse a la luz de la narración completa del evangelio, especialmente a la luz de la Pascua – la “lámpara” que ilumina la experiencia de la muerte y la resurrección.

Los evangelios deberían leerse de corrido, alguna vez, pero empezando por el final. Cuando uno los lee así, éxito y fracaso en la vida se interpretan de modo muy diferente al habitual. Leamos los éxitos de masas desde la experiencia de abandono de Getsemaní. Leamos la crucifixión desde los relatos de las apariciones del resucitado.

Jesús triunfa en el fracaso y fracasa en el éxito. Todos sus seguidores le abandonarán, pero morirá dando vida. La resurrección, dicen los teólogos, es el “triunfo definitivo sobre la muerte” (y la muerte, no lo olvidemos, es el fracaso más rotundo, el fin de todo proyecto en este mundo).
Cristo vence a la muerte, triunfa sobre el gran fracaso, y desenmascara su falsa apariencia, al transformarla en vida. Jesús, en este sentido, murió de éxito, murió transformando muerte en vida.

Reflexión en el día de San Ildefonso – Mc 3, 7-12

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