Homilia

Ahora sí, con esto basta

  En muchos supermercados y grandes superficies han adoptado una estrategia de marketing que consiste en dar a probar gratis al cliente alguno de sus productos, como reclamo, para estimular la compra del mismo. Hoy día, no es raro que nos ofrezcan un trozo de queso, una pequeña tapa o un poco de colonia al pasar junto al lugar donde los venden, para que compremos.

Sin saber nada de marketing, los hombres que escribieron la biblia hicieron algo similar hace miles de años, pero con una intención diferente. A lo largo de las escrituras nos encontramos con pequeños anticipos, con aperitivos, con “visiones futuras” que nos invitan a saborear y oler, ya ahora, lo que está por llegar.

Al abrir la biblia no nos encontramos ni con quesos, ni con tapas, ni con botes de colonia, pero sí con una invitación a estimular los sentidos y la imaginación para soñar juntos el futuro, para adelantarlo y gustarlo, aquí y ahora. Cuando meditamos la palabra de Dios, cuando reservamos tiempo para saborearla, el futuro irrumpe en el presente y nos invita a ver la misma realidad con ojos nuevos.

presentacion1Eso es lo que le sucede hoy al anciano Simeón. Al tomar al niño Jesús en sus brazos, exclama: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. El anciano ha encontrado lo que buscaba, ha saciado su insatisfacción, ha adelantado el futuro tan esperado. En las palabras de Simeón resuena la satisfacción de la espera concluida, del logro deseado y de la misión cumplida.

En nuestra época convulsa, ansiosa e impaciente, consuela escuchar la voz de un hombre que encuentra la paz, el consuelo y la serenidad, aunque sea justo al final de su vida. “Acuérdate de mí cuando entres en el paraíso,” dirá el buen ladrón a Jesús, también al final de su vida. “Quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta,” dirá Santa Teresa siglos más tarde, recogiendo la experiencia de los que han descubierto, ya en vida, a Dios.

La grandeza de Simeón consiste en ser capaz de encontrar la paz y ver la salvación “ahora”, en el presente. Cuando se acusa a la religión de ser opio, droga que adormece, evade y proyecta al futuro una salvación incierta, conviene recordar las palabras de Simeón, especialmente su “ahora.” Ahora puedo marchar en paz, no necesito esperar más, no necesito evadirme, ya tengo todo lo que buscaba.

En la presentación se nos da a probar ya lo que está por venir; Jesús se presenta en sociedad y se ofrece como presente pero, sobre todo, se hace presente, inmediato y accesible. Eso es lo que celebramos hoy.

Dios se presenta en sociedad

Esta es quizá la primera impresión que uno se lleva al leer el evangelio de este domingo. Y la impresión es acertada. José y María, como buenos judíos piadosos, cumplen con el ritual de la circuncisión y “presentan” a su hijo en el templo de Jerusalén. Una de las funciones de los ritos de iniciación consiste en presentar en sociedad a la persona que se incorpora al grupo, a la familia o al pueblo.

Sin embargo, en el caso de Jesús, la “presentación” tiene un matiz muy particular. Con Jesús se nos presenta algo más que un bebé de pocas semanas. Para el creyente, Jesús representa el rostro humano de Dios, aquel que muestra el modo de ser de un Dios que se hace hombre.

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“Dios”, dirán algunos, “no necesita presentación, y menos por parte de los hombres.” “Dios se presenta solo”. Esta afirmación es cierta, quizá, para otros dioses, pero no lo es para el Dios cristiano.

A Dios nos lo presentan personas concretas: familiares, profesores, amigos y profesionales de la religión que nos hablan de Dios. Pero no es sólo este tipo de presentación “sociológica” a la que se refiere el evangelio de hoy.

La presentación del niño Jesús nos recuerda que Dios está presente en lo humano y que –y aquí está la novedad– en lo humano podemos encontrar a Dios. Con Jesús profundizamos en lo que ya nos dijo el libro del Génesis: que en el rostro de las personas vemos reflejada la imagen de Dios.

El ser humano es, en este sentido, un anticipo –un aperitivo, valga la expresión– de Dios. Jesús es su revelación definitiva. Dios (el banquete definitivo) se hace esperar, pero al ser humano (el aperitivo) ya podemos probarlo.

Simeón es aquel capaz de ver el banquete en el aperitivo, el árbol en la semilla, el sol en el reflejo del agua, el Dios de Israel en Jesús. No es de extrañar que Simeón exclame, al tomar a Jesús en sus brazos, “Señor” (Dios).

Simeón representa al creyente, al místico de ojos abiertos que ve en lo cotidiano, lo pequeño y vulnerable, signos de la presencia de Dios. En la presentación, Dios mismo se presenta y nos pide que, a pesar de la espera y las dificultades, digamos como Simeón al coger el niño en brazos: “Señor”.

Dios se presenta contra toda apariencia y contra toda esperanza

Pero reconocer en el rostro de todo ser humano a Dios, sabemos por experiencia, no es tarea sencilla. Podemos saberlo, podemos decírnoslo, podemos repetirlo hasta la saciedad, pero nos cuesta vivirlo.

La lista de atrocidades que el ser humano ha cometido, y sigue cometiendo, contra el vecino es demasiado larga para ser reproducida aquí. La indiferencia, la envidia, la violencia y el deseo de venganza que llevamos dentro y proyectamos hacia los demás nos impiden reconocer en el otro a un hermano, a una hermana, a una imagen de Dios.

Una de las lecciones más duras que aprendimos en el siglo XX, el siglo de las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios, es que no podemos tratar a las personas como cosas. Esta es una lección muy antigua que parece que olvidamos con facilidad y tenemos que repasar a lo largo de la historia; es la misma lección que enseña el capítulo 25 de Mateo, lección que -como le gusta recordar al Papa Francisco- forma, junto con las bienaventuranzas, el “núcleo duro” del evangelio.

Al leer la biblia, es importante meditar cualquier pasaje desde una panorámica más alta; subir al puerto, para tener una imagen completa del valle. La presentación, como todo en las escrituras, debe ser también leída con la lupa de la Pascua para poder ser comprendida en profundidad.

Quizá resulta fácil, al principio del evangelio, descubrir a Dios en el bebé presentado en el templo de Jerusalén. Necesitamos leer los evangelios enteros para poder recordar la indiferencia, la envidia, la venganza y la violencia que el propio Jesús sufrirá más adelante. El romanticismo del nacimiento en Belén, la adoración de los magos y la presentación en el templo, queda matizado por el relato de la huida a Egipto y la matanza de los inocentes.

El niño que revela el rostro humano de Dios (y la imagen divina del hombre) es también el niño cuyo nacimiento desencadena una matanza de inocentes y el hombre que, tras ser rechazado y asesinado, será reconocido y resucitado. Trigo y cizaña, resurrección y muerte, amor y odio, crecen juntas, ya desde el inicio de la vida de Jesús.

Simeón representa la paciencia del anciano que ha visto mucho, que se da tiempo, que deja crecer la cizaña, que sabe esperar; la paciencia de quien contempla la panorámica y es capaz de leer desde el final (la madurez de la vida y de la Pascua) los relatos de la infancia. Simeón, aunque sea un personaje secundario del evangelio, nos muestra actitudes centrales de la fe cristiana: la espera y la esperanza.

Dios se hace presente ahora, y eso basta

Por último, en la fiesta de la presentación recordamos que en el anticipo ya está el final, que en el “ahora” de Simeón ya está el esperado encuentro futuro. Simeón reconoce que la promesa se ha cumplido, que el futuro se ha hecho presente y que ya puede descansar en paz.

Simeón, tomando en sus brazos el cuerpo de Cristo dice: “ahora sí”; y al hacerlo, nos recuerda lo que escuchamos en el ofertorio de la misa, cuando el sacerdote dice: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la mesa del Señor”. Esa frase, enigmática y solemne, nos recuerda que es aquí y ahora, no en el futuro, donde podemos descubrir la presencia de Dios entre nosotros.  El banquete de la eucaristía es anticipo del banquete celestial y somos dichosos por haber sido invitados.

En la época del malestar, de la insatisfacción y de la queja (más o menos justificada), necesitamos escuchar personas que digan: “ya está bien así”, “esto es suficiente”, “con esto basta”, “disfruta del aperitivo”. Simeón es una de ellas. Simeón es la persona descentrada, la persona que pone su centro, su preocupación y su esperanza, fuera de sí mismo.

Su lógica no es la de la insatisfacción constante, ni la del hartazgo, ni la de la queja resentida; sino la lógica de la suficiencia y la satisfacción, de la promesa cumplida y la paz. No es tampoco la lógica del que huye de la realidad; sino la lógica de quién mira la realidad cara a cara, con sus limitaciones, con sus fragilidades, con sus esperas estériles y –a pesar de ellas y a través de ellas– la reconoce como un regalo, como un presente y como un anuncio del futuro.

Con la fe sucede como con las invitaciones a grandes eventos: querríamos pasar y sentarnos a la mesa a comer, pero a menudo tenemos que quedarnos de pie y tomar el aperitivo que nos ofrecen. En esta vida saboreamos sólo anticipos de lo que está por venir: en los sacramentos, en la oración, en la contemplación de la naturaleza, en lo más auténtico de los encuentros humanos.

TOSOS 039Simeón es quien nos recuerda que esos aperitivos no podemos despreciarlos.

Podemos pasar la vida entera esperando el gran banquete, la reconciliación final, el bienestar total. Podemos pasar la vida entera esperando, impacientes, frustrados e inquietos, sin saborear lo bueno que ya tenemos delante. Pero podemos también, como Simeón, decir: “ahora sí, con esto basta”. O, mejor incluso, decir: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.

 

Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor (40 días después de Navidad)

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

Lectura de la profecía de Malaquías 3, 1-4

Así dice el Señor: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata, como a plata y a oro refinará a los hijos de Leví, y presentarán al Señor la ofrenda como es debido. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.»

Lectura de la carta a los Hebreos 2, 14-18

Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaba la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

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