Homilia

Resistir a la violencia sin violencia

Poner la otra mejilla al que te abofetea; regalarle ropa al que te denuncia; prestar dinero a todo el que te lo pide; amar al enemigo. Esta es la propuesta del evangelio de este domingo. Pero, ¿qué es esto? ¿Estamos locos o qué?

“Una cosa es ser bueno y otra ser imbécil”, solemos decir al escuchar estos versículos del evangelio de Mateo; “el mundo real no funciona así, eso sólo lo hace o un tonto o un loco”, pensamos la mayoría; “con el Sermón de la Montaña no se puede gobernar un imperio”, decía Bismarck.

Pero Jesús insiste de forma provocadora: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”, porque –y aquí está la clave desde donde se entiende esta provocación, “así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.

Porque, aunque no lo parezca, el tema central del evangelio de hoy no es el perdón, ni la resistencia estoica ante las dificultades, ni siquiera la reconciliación con el enemigo. El tema central es la santidad. Desde la santidad del Dios generoso, del Dios que hace salir el sol sobre todos sin excepción, se puede proponer el amor radical al enemigo. Sólo desde ese punto de vista podemos digerir la provocadora invitación de Jesús.

El Dios que hace llover sobre buenos y malos, sobre inocentes y culpables, sobre mezquinos y generosos, es el único que permite entender el paradójico evangelio de hoy. Sólo Dios hace salir el sol, sólo él hace llover, sólo él es generoso, sólo él es tres veces santo. Sólo él.

Entonces, ¿podemos acaso nosotros hacer algo así? Es evidente que no, lo nuestro son aproximaciones; ni somos ni seremos santos, porque sólo Dios es santo. Como mucho nos acercaremos, torpemente, a la santidad y al perdón. ¿Quién puede, entonces, llegar a ser santo y perfecto y perdonar radicalmente? Vale la pena insistir: sólo Dios.

Aquellos que llamamos santos y santas en nuestra tradición no fueron más que pobres hombres y mujeres que tropezaron, una y otra vez, y se pusieron en pie, una y otra vez, tratando de buscar a Dios. Los santos no son perfectos, son aquellos que orientan su vida hacia la santidad, sin alcanzarla.

El que hace llover y salir el sol es el Padre del cielo; nosotros somos hijos e hijas de la tierra, iluminados por su luz y saciados con su agua. Nuestra santidad, nuestra perfección y nuestro perdón, en todo caso, son imitación y reflejo de la santidad, la perfección y el perdón del Padre. Él es quien “perdona nuestras ofensas” primero y ante quien nos comprometemos, después, a “perdonar a los que nos ofenden”. Porque hemos sido perdonados de forma gratuita, podemos empezar a perdonar. Porque hemos sido regalados generosamente, podemos perdonar sin calcular.

La liturgia nos ayuda a entenderlo cuando nos invita a decir juntos, en voz alta, “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria, hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor.” Esta oración no forma parte del acto penitencial, sino del inicio de la plegaria eucarística, el recuerdo de la entrega por amor de Jesús. Descubrir la santidad de Dios y contemplar su generosidad desbordante (su gloria), nos ayuda a dar un paso y avanzar hacia el horizonte inalcanzable del perdón radical por amor.

ImagenA la santidad y al perdón radical sólo nos acercamos por aproximación: imitando a Jesús (el Santo que viene en nombre del Señor), apreciando la creación (el sol y la lluvia que se regalan generosamente a todos, sin distinción) y aprendiendo de aquellos que orientaron su vida hacia la santidad (los “santos”).

Nosotros queremos, y así lo pedimos en el Padrenuestro, ser capaces de perdonar a los que nos ofenden, ser como “el que viene en nombre del Señor”, el que perdonó hasta la muerte a sus verdugos.

Aunque no la alcancemos, es posible ponerse en camino hacia la santidad. De hecho, podemos descubrir a nuestro alrededor y en nuestra historia reciente formas de santidad, dentro y fuera de la comunidad cristiana. Negarse al uso de la violencia y renunciar al odio al enemigo no son sólo propuestas morales utópicas de una religión pacifista; han sido, y siguen siendo, estrategias de resistencia civil no-violenta de gran éxito. La enseñanza de Jesús, no lo olvidemos, está orientada a la victoria, a la lucha activa, a la llegada de un Reino de paz, no a la resignación pasiva ni a la indiferencia ante el mal.

La propuesta de extender el amor más allá de la delgada línea roja marcada por la regla de oro (“lo que no quieras para ti no lo hagas a tu prójimo”), dar una vuelta de tuerca a las expectativas morales establecidas (“la ética de mínimos”) y renunciar a toda forma de venganza hacia el enemigo quizá no sea tan absurda. Al fin y al cabo, las estrategias de resistencia activa, no violenta, usadas a lo largo del siglo XX, no fueron tan descabelladas: denunciaron la lógica de la explotación abusiva, desacreditaron las potestades de este mundo, y dieron frutos abundantes. Frutos de los que hoy seguimos alimentándonos.

Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King y la mayor parte del movimiento feminista lograron, inspirados en parte en la invitación evangélica, independizar la India de Inglaterra, acabar con el apartheid en Sudáfrica, acabar con la segregación racial en América o lograr el reconocimiento de los derechos de la mujer sin violencia. Ellos resistieron a la violencia, activamente, y la vencieron.

Eso sí, mantener la fe en la resistencia no violenta, a lo largo del tiempo, por amor, requiere de un horizonte muy amplio y de un alimento espiritual que acompañe en el camino. Celebrar los sacramentos, meditar la palabra de Dios, compartir la fe en comunidad y aprender de la vida de los santos permite intuir esa panorámica y recibir ese sustento; la panorámica y el sustento de la santidad de Dios.

Porque es Dios, el tres veces santo, quien nos ofrece el mapa, la orientación y el alimento para no perdernos ni desfallecer en el laberinto del resentimiento, la frustración y el deseo de venganza. Es la santidad de Dios la que nos permite imaginar una opción de resistencia no violenta, por amor, en medio de las violencias cotidianas.

Y en este sentido el amor radical es un amor violento, un amor que violenta nuestras convicciones más básicas y nos provoca violencia interior. El amor, a menudo, no es un sentimiento agradable y placentero; es una lucha difícil, sostenida a lo largo del tiempo, una lucha que exige resistir los impulsos más básicos de la violencia y la venganza. Por eso el amor nos violenta y nos humaniza al mismo tiempo.

Por eso el pacífico, como el enamorado, es un descentrado, alguien en lucha interior, desorientado y siempre en búsqueda. Al saberse descentrado, incapaz de entender, incapaz de perdonar, incapaz de ser santo, el pacífico se pone en marcha hacia la santidad. Esa es la paradoja de la resistencia no violenta por amor.

El camino de la santidad, el camino de la absurda sabiduría del evangelio, quizá consista en volverse un descentrado, un loco por amor, como Jesús, como Gandhi, como Luther King, como Mandela, como las mujeres luchadoras de la historia, para resistir a la violencia sin violencia.

Llegar a poner la otra mejilla al que te abofetea, regalarle ropa al que te denuncia, prestar dinero al que te lo pide y amar al enemigo no será siempre posible. Cierto. Pero sí puede ser el horizonte hacia el que uno desee caminar, a pesar de los tropiezos. Esta es la propuesta de humanización que hoy se nos presenta, el camino tortuoso que hoy se abre ante nosotros. Un camino que pasará por tres cumbres: por el consuelo pasajero del Tabor, por el abandono doloroso del Gólgota y por la alegría sencilla de las bienaventuranzas.

Sólo quien recorra ese camino y corone esas tres cumbres, podrá renunciar a la violencia y acercarse a la santidad. Sólo quien recorra ese camino, el pacífico, será llamado hijo de Dios.

 

Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Lv 19, 1-2. 17-18; Sal 102, 1-2. 3-4. 8. 10. 12-13; Cor 3, 16-23

Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica; dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.”

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