Homilia

Aprender a decir no

Hace una semana peregriné a Javier junto a 35 alumnos del colegio El Salvador de Zaragoza y un grupo de profesores. Durante las siete horas de caminata, y a lo largo de más de 30 km, disfrutamos del sol y del paisaje acompañados por miles de peregrinos que, contentos y habladores, marchaban hacia el castillo donde nació el santo jesuita navarro.

Casi al final del recorrido, pocos kilómetros antes de llegar, el grupo de Zaragoza se reagrupó y yo decidí quedarme al final, para acompañar a los que iban más cansados y asegurarme que nadie se quedaba rezagado.

A un par de chicas les costaba mucho andar. Les dolían los tobillos y las plantas de los pies, así que les propuse parar al llegar a la carretera de asfalto para que viniesen a recogernos en coche.

“No”, me dijeron, “vamos a intentarlo, aunque vayamos más despacio”.

Al rato, viendo la cara de dolor, les volví a ofrecer ser llevadas, pero me contestaron, por segunda vez:

“No”, respondieron, “hemos llegado hasta aquí, y no vamos a parar ahora”.

Así que siguieron caminando, cansadas y doloridas bajo el sol del mediodía. Un poco después iban cojeando, con claros signos de dolor y molestias, así que les dije, aunque quedara ya menos de 1km  para llegar al castillo: “no hace falta lesionarse, ¿no es más prudente que paremos un rato o que nos vengan a recoger?”.

“No”, contestaron por tercera vez, secamente, y continuaron caminando despacio.

Tres “noes” en menos de 15 minutos. Todo un record. No me quedó más remedio que callarme y acompañarlas, ahora ya en silencio.

ImageAl día siguiente, el domingo, celebramos la eucaristía en la gran explanada que hay frente al castillo de Javier con el obispo de Pamplona y miles de peregrinos que habían ido hasta allí. El evangelio correspondiente era el del primer domingo de cuaresma, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este es un relato en el que Jesús resiste las invitaciones del demonio y dice, tres veces: “no”.

Esta es una escena que había leído y escuchado muchas veces. Había rezado con ella en los ejercicios espirituales, la había utilizado para dar algún retiro de oración y hasta había predicado varias veces sobre ella. Sin embargo, aquel domingo, me pasó algo que no me había sucedido nunca. Esta vez, al escuchar los tres “noes” de Jesús, no pude evitar identificarme con el demonio.

El demonio (o el mal espíritu), como decía San Ignacio, muchas veces actúa “bajo capa de bien”, con apariencia de ofrecer algo bueno, sensato y necesario. El pan, el reconocimiento del pueblo y el poder político que ofrece el demonio a Jesús en el desierto, en principio, son todas cosas buenas; herramientas que hubieran permitido a Jesús saciar el hambre, ser reconocido Mesías e instaurar rápidamente el Reino de Dios del que tanto hablaba. Sin embargo, y a pesar de la aparente bondad de las invitaciones, Jesús resiste y dice, tres veces, “no”.

El domingo pasado fui yo quien ofreció algo en apariencia bueno a las peregrinas: parar, ser ayudadas y no lesionarse, aunque no llegasen a Javier por su propio pie. Ellas, sin embargo, como Jesús, resistieron las tres invitaciones y me dijeron:

“No”, “queremos llegar por nuestro propio pie, aunque sea con dolor, aunque sea despacio, aunque lleguemos tarde”. “Queremos terminar esta peregrinación que hemos empezado”.

Hoy, en la misteriosa escena de la transfiguración, nos encontramos con una tentación similar a la del desierto, aunque mucho más sutil: la invitación de Pedro a instalarse, plantar tres tiendas y disfrutar de aquel lugar, en presencia de Dios, junto a Moisés y Elías. ¿Acaso no es ésta una buena propuesta, sensata y oportuna?

Parece que no, porque de nuevo escuchamos el “no” de Jesús y su resistencia a instalarse.

No es casualidad que el “no” resuene a lo largo del tiempo de cuaresma. Las lecturas elegidas por la iglesia en este tiempo litúrgico insisten en un tema central de nuestra fe; un tema que en cuaresma cobra especial importancia: el carácter itinerante, provisional y desinstalado de la fe cristiana. La dinámica del “no” nos desinstala y nos introduce en la lógica del discernimiento. “Aprender a decir no” sería un buen resumen del sentido de la cuaresma, el tiempo privilegiado del discernimiento.

Porque cada tiempo litúrgico subraya un elemento de la fe, un rasgo particular del rostro de Dios. Ser cristiano consiste en descubrir todos esos rasgos, y así llegar a contemplar el rostro de Dios.

El adviento subraya la importancia de la esperanza y de la espera ilusionada, frente a la desesperación y la desconfianza en el futuro que a menudo nos invade. La Navidad muestra la cercanía y la intimidad de Dios, su proximidad a nuestras vidas, frente a la tentación de imaginar un Dios lejano e indiferente. El tiempo ordinario revela al Dios que acompaña y habita lo cotidiano,  frente a la sensación de soledad, hastío y rutina estéril que también con frecuencia nos asalta.

En la Pascua se manifestará el Dios que transforma muerte en vida y oscuridad en luz, frente a la experiencia de fracaso que siempre nos acaba visitando. En cuaresma, sin embargo, se nos presenta el Dios itinerante y desinstalado, el Dios que resiste la tentación, el Dios que dice: “sal de tu tierra” y “ponte en camino a la tierra que yo te mostraré”. El Dios que dice “no”, “no te instales”, “no te pares”, “no plantes tres tiendas”. Este es el Dios de Jesús, el Dios itinerante que acompaña en el desierto, el Dios que invita a discernir sobre la marcha.

ImageLa cuaresma es, por ello, el tiempo del discernimiento. A Dios se le conoce desinstalado, peregrinando y en los márgenes; se le conoce en la soledad del desierto, en medio de la comunidad y en la lucha interior; se le conoce, a menudo, al decir “no” a cosas buenas y necesarias. Este es, también, el sentido auténtico de la penitencia y del ayuno cuaresmal: ejercitar nuestra libertad; aprender a decir no, para poder decir sí al final.

El discernimiento, algo de lo que tanto nos gusta hablar a los jesuitas, no es otra cosa que adiestrarse en el arte de decir “no” a cosas buenas, para poder decir “sí” a cosas mejores.

En las tentaciones y en la transfiguración, Jesús adiestró su libertad y aprendió a decir no.  Para decir sí de verdad, para comprometerse con el proyecto del Reino hasta el final, Jesús necesitó decir que no a muchas cosas.

Nuestra vida, si quiere imitar la de Cristo, recorrerá el mismo camino que Él recorrió: el camino del discernimiento. Sólo los que aprenden a decir no, al final, podrán decir sí. Sólo los que salen de su tierra –como Abraham, como Jesús, como los peregrinos de todos los tiempos– sólo ellos, los que viven desinstalados, los que no se asientan en sus pequeñas seguridades (las tiendas), orientarán su vida hacia Dios.

ImageEl que dijo muchas veces no, a lo largo de su vida, es el que dirá sí al final de la vida; el que dijo que no a las tentaciones del desierto y a la instalación en el monte Tabor, será el que diga en Jerusalén: “ahora sí”, “misión cumplida”, “hágase en mí tu voluntad”.

Las tres tentaciones del demonio, las tres tiendas ofrecidas por Pedro, las tres invitaciones a parar que hice a las peregrinas camino de Javier, se toparon todas ellas con un “no”. El tipo de no que hace crecer y enseña a elegir, el tipo de no que, a la larga, permite decir sí.

Y ese “sí” –el definitivo, el sostenido a lo largo del tiempo, el que nos conduce a la meta– ése es el “sí” que nos cambia por dentro y nos transfigura, poco a poco, no de golpe ni de forma mágica.

Una persona transfigurada no es aquella a la que todo le va bien, ni siquiera una que tiene claro el recorrido; una persona transfigurada es aquella que discierne y camina, que aprende a decir no para poder decir sí. Y al hacerlo, esa persona queda iluminada, transformada, transfigurada.

En la escena de la transfiguración no asistimos a una escena mágica en la que Jesús es iluminado por fuera; en la transfiguración contemplamos la iluminación interior  que provoca el discernimiento. La transfiguración es un adelanto del sí de la Pascua, el sí definitivo; el sí luchado contra la tentación, el sí que lleva al final del camino. El sí de la resurrección.

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Homilía del 2º domingo de Cuaresma (A)

 

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 

Génesis 12, 1-4a

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Timoteo 1, 8b-10

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

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