Homilia

Volver a la vida

Un amigo me dijo en una ocasión:

“Siempre pensé que la vida era como un puzle en el que había que ir colocando las piezas, con cuidado y paciencia, hasta completarlo. Con el tiempo, descubrí que es más bien como el juego del Tetris; no basta colocar las piezas en su sitio, hay que hacerlo sobre la marcha, y hay que darse prisa.”

Mi amigo tenía razón. La vida, si puede compararse a un juego, se parece al Tetris. Todos vamos encajando sobre la marcha novedades, noticias buenas y malas, “piezas” inesperadas que vienen, descienden sin pedir permiso, y exitetris3gen un lugar donde ser colocadas. El problema de imaginar la vida como un puzle es que nunca tenemos todas las piezas sobre la mesa ni tenemos el tiempo suficiente para ir colocándolas. La imagen del puzle se queda corta, es demasiado pobre y estática. La realidad funciona de otra manera: es más dinámica, y marca su propio ritmo; la vida introduce un elemento de sorpresa, inesperado e impredecible, que tenemos que aceptar, nos guste o no.

Y eso es precisamente lo que les sucedió a Marta y María, las hermanas de Lázaro, con la enfermedad de su hermano. Lázaro enfermó y ellas acudieron a quien podía ayudarlas, a su amigo Jesús -el obrador de milagros- esperando que les resolviese el problema antes de que fuera demasiado tarde. Las hermanas querían que su hermano sanase, que la situación volviera a ser como antes, que todas las piezas volviesen a encajar como siempre. Pero no fue así.

A pesar de la petición desesperada de sus amigas, Jesús se desentiende y tarda en acudir a su llamada. El tiempo transcurre y Lázaro, finalmente, muere. Para Marta y María las piezas no encajan, y ya nunca podrán encajar. La realidad se impone y Lázaro, después de cuatro días en el sepulcro, parece definitivamente muerto. Si la vida es como un puzle, y así lo pensaban Marta y María, entonces las piezas de la vida de Lázaro se han roto para siempre.

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Aquí acaba la lógica del puzle. No da para más. Llegados a este punto, sólo la magia podría devolver la vida al muerto, sólo la magia podría recomponer las piezas rotas, sólo la magia podría recomponer a Lázaro. Pero Jesús no es un mago. Jesús no fabrica piezas rotas y perdidas ni las saca de la chistera. Jesús no vuelve a dibujar el mismo cuadro: Jesús dibuja algo nuevo, Jesús recoloca las antiguas piezas, aunque de otra manera.

Porque la vuelta a la vida de Lázaro – el último de los signos del evangelio de Juan en la preparación de la Pascua, después del agua (la samaritana) y la luz (el ciego) – no consiste en colocar lo mismo, de nuevo, en su lugar; consiste, más bien, en crear algo nuevo con lo que queda de lo viejo. Esa es la intuición que lleva a la fe en la resurrección.

Cuando era estudiante de teología, le pregunté a mi profesor de escatología con cierta ironía: “Los cristianos creemos en la resurrección de la carne, después de la muerte, pero ¿con qué cuerpo resucitaremos, con el de bebé, con el de niño, con el de adolescente, con el de adulto o con el de anciano? Porque si resucitamos con el cuerpo enfermo del anciano, y nos quedamos con él para toda la eternidad, apañados vamos.”

“No lo sabemos, ni nos interesa”, me respondió el profesor, riéndose con la pregunta.

Tenía toda la razón, porque la vuelta a la vida –la fe en la resurrección– no consiste en reproducir exactamente lo que fuimos, sino en re-crearnos, en transfigurarnos y transformarnos en algo nuevo, conservando parte de nuestra identidad. Y esa experiencia la tenemos ya en vida.

La vuelta a la vida de Lázaro, como la transfiguración de Jesús en lo alto del monte Tabor, exige un ejercicio de imaginación y creatividad para poder ser captada. En este sentido la ciencia moderna, aunque parezca lo contrario, nos puede ayudar. Nuestro cuerpo, afirman, renueva todas sus células cada siete años. Dicho de otro modo, somos renovados y recreados, constantemente, a nivel químico y celular. “Somos sistemas abiertos”, afirman los científicos; intercambiamos calor, materia y energía con nuestro entorno. Por tanto, si nuestro cuerpo se transforma a diario, y nunca es exactamente igual que el día anterior, ¿qué sentido tiene pensar que resucitaremos igual que antes? ¿Igual que cuándo?

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Quizá por eso Jesús no tiene prisa por volver a Betania. Jesús cree en el poder re-creador de Dios, el Dios siempre presente, el Dios que nos habita, nos transforma y nos recrea en todo momento. El Dios que nos creó de la nada, sin pedir permiso y sin avisar, es el Dios que nos sostiene y nos mantiene vivos. Este es el Dios que ofrece una nueva oportunidad al paralítico, al leproso, a la samaritana sedienta y al ciego. Este es el “Dios todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible” que devuelve la vida y que invocamos en el credo. Este es el Dios de Jesús.

La muerte de Lázaro no hace referencia sólo a la muerte biológica y definitiva. Nos renovamos a diario y morimos a diario. A diario nos sentimos sepultados por pesadas losas que nos asfixian y paralizan, como a Lázaro. “La piedra colocada sobre el sepulcro es la fuerza oprimente de la costumbre que aprisiona al alma y no la permite ni levantarse ni respirar”, dice San Agustín comentando este evangelio.

En este tiempo de primavera, especialmente, son muchos los que se encuentran deprimidos, tristes, sepultados bajo los problemas de la vida: enterrados en vida –como Lázaro– e incapaces de creer en la vida –como Marta y María.

A todos ellos se acerca Jesús y les grita, como a Lázaro, con voz potente: “ven afuera”, renuncia a la vieja lógica, sal del sepulcro, imagina futuros alternativos. Porque las cosas nunca vuelven a ser como antes. Lázaro no sale igual del sepulcro. El hombre que aparece tras apartar la losa es un hombre vendado: vivo, pero todavía atado de pies y manos; recreado, pero necesitado del apoyo de la comunidad para ser liberado.

Por eso el montador solitario de puzles nunca intuirá el significado de la resurrección. Ésta tiene que ver con una lógica distinta, la lógica de la creatividad, de la imaginación y del afecto: la lógica comunitaria capaz de mover losas, quitar vendas y recolocar piezas rotas. Es la creatividad, la imaginación y el amor de Jesús los que devuelven la vida a Lázaro. Jesús “sollozó y muy conmovido” preguntó por Lázaro. Su afecto por Lázaro y sus hermanas es el detonante que le lleva a pasar a la acción e imaginar un futuro distinto para su amigo.Imagen

La muerte es un problema insoluble para el que sólo hace cálculos y busca más de lo mismo o más de lo de siempre. Los puzles son todos iguales; no importa cuántas veces los desmontes y los vuelvas a montar, siempre acaban mostrando la misma imagen, el mismo paisaje. Y cada vez más desgastado.

Pero cada una de nuestras vidas es un paisaje único e irrepetible. Es más, cada día de nuestras vidas es un paisaje único e irrepetible (como una nueva partida de Tetris). No importa cuántas veces juegues, no hay dos partidas iguales.

Entender la vuelta a la vida de Lázaro, anticipo y preparación de la resurrección de Jesús, requiere sorprenderse, primero, ante el milagro de la vida; y seguir sorprendiéndose, siempre, ante el milagro de seguir vivo. Esta experiencia básica, cotidiana e inmediata, es la ventana que nos permite asomarnos al abismo de las muertes cotidianas con esperanza. Esta es la ventana por la que se cuela el Espíritu, “Señor y dador de vida”, el Espíritu creador y vivificador.

No sin razón nos dice hoy el profeta Ezequiel:

“Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago.”

Homilía del 5º domingo de cuaresma (A)

———————-

Lectura del Profeta Ezequiel 37, 12-14.

Esto dice el Señor:

—Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago.

Oráculo del Señor.

 

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 8-11.

Hermanos :

Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

 

Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45.

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).

Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:

—Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús, al oírlo, dijo:

—Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos:

—Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican:

—Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?

Jesús contestó:

—¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de

este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.

Dicho esto añadió:

—Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.

Entonces le dijeron sus discípulos:

—Señor, si duerme, se salvará.

(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)

Entonces Jesús les replicó claramente:

—Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

—Vamos también nosotros, y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.

Y dijo Marta a Jesús:

—Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo:

—Tu hermano resucitará.

Marta respondió:

—Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dice:

—Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

¿Crees esto?

Ella le contestó:

—Sí, Señor: yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

—El Maestro está ahí, y te llama.

Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó:

—¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron:

—Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

—¡Cómo lo quería!

Pero algunos dijeron:

—Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?

Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa).

Dijo Jesús:

—Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

—Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús le dijo:

—¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

—Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.

Y dicho esto, gritó con voz potente:

—Lázaro, ven afuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

—Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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