Homilia

Dudo, luego empiezo a creer

“Una fe que no duda es una fe dudosa”, decía Maurice Bellet. Y no le faltaba razón.

Dudamos porque no somos máquinas. Dudamos porque nos hacemos preguntas. Dudamos porque queremos caminar despiertos. Dudamos, en definitiva, porque buscamos. Bienvenida sea, pues, la duda.

La duda de Tomás, el protagonista de la conocida escena del evangelio de este domingo, es bien conocida en ambientes cristianos. Es una escena que se ha representado en muchos cuadros y que se ha colado en el lenguaje popular, “si no lo veo, no me lo creo”, decimos recordando con humor la reacción de Tomás.

Porque Tomás, reconozcámoslo, es un personaje simpático que muestra algo muy humano: que vivimos dudando. Si no dudásemos, de hecho, no seríamos humanos, seríamos otra cosa. La duda es una compañera de viaje incómoda e inevitable, pero también imprescindible. Y esta es la parte más positiva de la duda, la que a menudo olvidamos.

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La duda nos ayuda a crecer y a creer de forma más auténtica: nos aguijonea, nos desinstala y nos hace preguntarnos por aquello en lo que realmente fundamentamos nuestra vida. La duda, diría San Ignacio, es a menudo el “buen espíritu” (de Dios) haciéndonos reaccionar. Porque la duda nos ayuda a personalizar y hacer propio el mensaje transmitido. Sin la duda, nuestra fe se vuelve dudosa.

Conviene por ello recordar que la escena de Tomás del evangelio no es un episodio “histórico” en el sentido que le damos ahora a esa palabra. La duda no es un hecho puntual, es un estado permanente en el que vivimos. La duda de Tomás, aunque se escenifica en el evangelio como un acto en el relato de las apariciones, es una realidad que nos acompaña a lo largo de la vida, en nuestras relaciones humanas y en nuestra vida de fe.

Por eso lo importante no es saber “qué pasó exactamente en aquella casa de Jerusalén aquel día”. La duda de Tomás no nos habla de un hombre que no cree porque no está físicamente presente en el momento de la aparición del Señor resucitado. La duda de Tomás nos habla de una realidad que forma parte de la comunidad y de la vida de cada creyente. Una realidad que aparece en todos los relatos de las apariciones: la dificultad para creer en el mensaje transmitido y la dificultad para reconocer a Cristo resucitado a nuestro alrededor.

Paradójicamente, para empezar a creer, a fiarnos y a reconocer a Dios a nuestro alrededor, necesitamos dudar de casi todo, empezando por nosotros mismos.

La duda es imprescindible, es el principio de toda búsqueda

Lo primero que podemos hacer con la duda es darle la bienvenida, invitarle a pasar y hablar con ella. Ella es el motor de toda búsqueda, la que invita a salir de nosotros mismos y a poner la atención en otro lugar. Ella es, quizás, la única que nos puede conducir a una fe más auténtica y personal.

“Dudo, luego empiezo a creer”, sería un buen resumen de la primera invitación del evangelio de hoy o, todavía más breve, “dudo, luego creo”. Porque sólo al dudar –de mis seguridades, de mis certezas, de mí mismo– empiezo a tomar en serio, y hacer propio, lo que viene de fuera.

La duda muestra nuestra inconsistencia, nuestra fragilidad y nuestra inseguridad. Es como un revulsivo: en exceso intoxica, paraliza y nos hace escépticos; pero en su justa medida purifica, nos hace reaccionar y nos pone en camino.

Los cristianos no dudamos, como Descartes, para encerrarnos en la supuesta certeza y seguridad de nuestro pensamiento. Dudamos para abrirnos a los demás y a la posibilidad de algo mucho más grande que mis pequeños proyectos. No tengamos, pues, miedo a la duda.

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La duda muestra el carácter provisional e itinerante de la fe

Lo segundo que muestra el relato de Tomás es el carácter provisional, itinerante, “siempre en búsqueda”, de la fe cristiana. Ésta es una fe para descentrados, para personas descolocadas que buscan, se ponen en camino y cuestionan sus seguridades más básicas. Un rasgo común a todos los relatos de las apariciones es que el resucitado siempre sale al encuentro, en el momento y en el lugar más inesperado.

Y esto no es casualidad. La fe de Israel que hereda y transmite Jesús empezó con un “sal de tu tierra”, con un “desinstálate”. Esa es la fe que transmite la Pascua, la fe que llega hasta nosotros. La duda es siempre, en su justa medida, una invitación a vivir desinstalados, una invitación a purificar nuestra fe. Una invitación a dudar, primero, de nosotros mismos y, luego, de las falsas seguridades, para volver a empezar.

Quizás se deba a esta necesidad de dudar y de volver a empezar, una y otra vez, por la que todos los místicos hablan, de un modo u otro, de la necesaria vuelta a la infancia espiritual. Esta expresión, atribuida popularmente a Santa Teresita del Niño Jesús, no consiste en “infantilizar” nuestra oración o caer en una especie de fideísmo ingenuo. Consiste, más bien, en volver a lo más básico de la experiencia religiosa, a la apertura al misterio y a la capacidad de confesar, con sencillez y sorpresa, como hace Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

Una buena oración para este tiempo de Pascua sería:

“Concédeme, Señor, el don de la duda, de la desinstalación y de la inseguridad. Porque sólo el que duda, el que vive desinstalado y el que experimenta la inseguridad pone su confianza en ti”.

“Hazme, pues, Señor, dudar”.

La duda no se resuelve sola ni a solas

La tercera pista que nos ofrece el relato de Tomás es que la duda forma parte de la vida de la comunidad y es (casi siempre) en comunidad donde se expresa y se resuelve. “Quiero ver y quiero tocar”, escuchamos decir a Tomás (y a nosotros con él). Lógico. Pero la fe no es ni demostración lógica ni prueba palpable. Es una intuición generada en grupo. La fe es más alegría compartida que certeza conseguida; más búsqueda comunitaria que seguridad personal; más conspiración que elucubración.

Por eso en todos los relatos de las apariciones aparece una fuerte dimensión comunitaria. El Señor resucitado se aparece con frecuencia a un grupo y, cuando se aparece sólo a una persona, ésta siente la necesidad urgente de comunicarlo. Con la duda funciona igual. No es sólo Tomás el que duda, lo hace toda la comunidad; Tomás sólo simboliza la incertidumbre inevitable de la vida de fe.

¿Será porque la fe -como las dudas y los problemas- se vive, se celebra y se entiende mejor cuando se comparte? En nuestro caso, así es. Si la fe cristiana no se contrasta y se comparte en grupo, se apaga, se vuelve incomprensible, y acaba muriendo. Esta es la tercera intuición, y la principal invitación, de este domingo.

Otra posible oración para este tiempo de Pascua sería:

“Concédenos, Señor, el don de la duda, de la desinstalación y de la inseguridad”.

“Y concédenos, Señor, también, compartir las dudas y las alegrías al celebrar juntos nuestra fe”.

Homilía del 2º domingo de Pascua (A)

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One thought on “Dudo, luego empiezo a creer

  1. Katharina Kloiber says:

    Muchas, muchas gracias Jaime!

    Gesendet: Sonntag, 27. April 2014 um 22:24 Uhr Von: sjtatay <comment-reply@wordpress.com> An: kkloiber@gmx.de Betreff: [New post] Dudo, luego empiezo a creer

    sjtatay posted: "“Una fe que no duda es una fe dudosa”, decía Maurice Bellet. Y no le faltaba razón.Dudamos porque no somos máquinas. Dudamos porque nos hacemos preguntas. Dudamos porque queremos caminar despiertos. Dudamos, en definitiva, porque buscamos. Bienvenida sea,"

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