Homilia

Caminar, hablar y comer juntos

Estoy leyendo a ratos sueltos el último libro de Antonio Spadaro, un compañero jesuita italiano periodista que ha reflexionado sobre los retos y las oportunidades que “la red” ofrece a la teología. El título del libro es clarificador: “Ciberteología. Pensar el cristianismo en tiempos de la red.”

No pretendo hacer aquí propaganda de su libro (aunque es muy recomendable), sino tomar prestada una de sus intuiciones para tratar de traducir a nuestro tiempo y a nuestro lenguaje algo de lo que (creo) sucedió en el conocido relato de los caminantes de Emaús, el evangelio correspondiente a este III Domingo de Pascua.

En los últimos siglos, sugiere Spadaro, el hombre habría pasado de ser una brújula –que se orienta de forma natural a Dios– a ser un radar –que busca sentido por su cuenta, a menudo en el vacío–.

La brújula quedó rota, de forma irremediable, al dejar nuestras sociedades de mirar colectivamente a Dios como algo evidente y normal. El norte magnético dejó hace tiempo de ser Dios y las agujas dejaron de señalar en una única dirección.

Ahora son muchos los polos de atracción, las propuestas de vida y sentido en circulación. Por eso el radar sustituyó a la brújula durante un tiempo. Esta metáfora, aunque todavía útil para explicar nuestro modo de buscar sentido en la vida está, sin embargo, cada vez más agotada. El creyente hoy se enfrentaría a la soledad de una búsqueda individual que a menudo resulta estéril y desalentadora –como un radar que escanea en silencio un espacio vacío, sin recibir ninguna señal clara–.

Ni la brújula ni el radar, por tanto, servirían ya para explicar cómo funcionamos los creyentes en nuestro tiempo.

En la era digital (la “era de la red”), según Spadaro, nos habríamos convertido en algo así como en de-codificadores, personas desbordadas por las múltiples propuestas de sentido en circulación, bombardeadas constantemente por respuestas que, antes incluso de haber podido formular preguntas, nos seducen y atraen.

El gran reto de nuestra época, por tanto, consistiría en aprender a discernir en el gran supermercado cultural, en aprender a seleccionar y “de-codificar” bien las múltiples propuestas que recibimos, antes de confirmar su validez.

El camino de la fe, visto así, no consiste tanto en ponerse en camino hacia “un norte” (que ya no resulta evidente) ni en encontrar respuestas lógicas, atractivas o novedosas (respuestas que tenemos en abundancia), sino en formular bien las preguntas que nos conducirán a la respuesta más adecuada.

Este camino es el que recorren los discípulos de Emaús.

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Efectivamente, al principio de la historia, los caminantes de Emaús van perdidos y desorientados, sin norte y sin brújula. Por eso, desconsolados y tristes, vuelven a su lugar de origen. No son capaces de interpretar –de leer en el radar de la experiencia– lo que ha sucedido en Jerusalén durante los días de Pascua. La brújula ha quedado rota y el radar “barre” la experiencia vivida, sin encontrar nada.

Los testigos de la Pasión, tras la muerte de Jesús, quedan desorientados, incapaces si quiera de formular preguntas adecuadas. “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto”, le dicen al peregrino desconocido que camina junto a ellos.

Entonces es cuando Jesús interviene e inicia el diálogo que dará un vuelco a la historia: “Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.”

Jesús, recordémoslo, porque es importante, no enseña nada nuevo en el camino de Emaús, tan sólo explica las escrituras y cena junto a los dos peregrinos. Es en el camino hacia Emaús -andando, hablando y finalmente comiendo juntos- cuando los discípulos aprenderán a preguntar bien y a descubrir al resucitado junto a ellos.

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Es la larga conversación y la cena compartida la que obrará la transformación, la que hará que todo se vea y se escuche con ojos y oídos nuevos. Como reconocerán sorprendidos más tarde, a toro pasado: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Caminando, dialogando y compartiendo la comida, los discípulos de-codifican el mensaje cristiano.

Porque este es el mensaje principal que la iglesia nos lanza este domingo: en el diálogo itinerante y en la cena compartida –en la palabra y en el sacramento– aprendemos a entender y ver, poco a poco, lo que nos ha sucedido. Cuando escuchamos la palabra, nos disponemos a escuchar y celebramos la vida, empezamos a ver con ojos nuevos aquello de lo que hemos sido ya testigos.

Dicho de otro modo, y volviendo a la sugerencia de Spadaro, los peregrinos aprenden, mediante la escucha y el diálogo, mediante la hospitalidad y la celebración comunitaria, a de-codificar los mensajes recibidos anteriormente y apropiárselos, como si fueran nuevos. Con nosotros, dos mil años después, sucede algo muy similar. No podía ser de otra manera.

Del relato de Emaús podemos extraer pistas para nuestra vida de fe y para la vida de nuestras comunidades cristianas. Algunos han afirmado que el evangelio de Emaús es una catequesis modélica que resume muy bien los tres pilares, las tres patas, sobre las que se apoya una identidad cristiana bien formada: la escucha dialogada de la palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso ético comunitario.

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Palabra, sacramento y hospitalidad conducen, por tanto, a la fe en el resucitado. Pero la relación funciona en ambos sentidos; la fe en Cristo resucitado nos envía también a cuidar los tres pilares que nos sostienen como comunidad cristiana: la escucha atenta de las escrituras, la celebración comunitaria de los sacramentos y el compromiso con los necesitados de nuestro mundo.

Esos tres elementos, sin duda, resultan imprescindibles para decodificar las muchas invitaciones que recibimos a diario.

Homilía del III Domingo de Pascua (A)

—–

 

Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

El les preguntó:

-«¿Qué?»

Ellos le contestaron:

-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. »

Entonces Jesús les dijo:

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

 El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra:

-«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:

“Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada.

Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.”

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que (no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.

Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

 

1ª Pedro 1, 17-21

 Queridos hermanos:

Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.

Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.

Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

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3 thoughts on “Caminar, hablar y comer juntos

  1. PRECIOSA REFLEXCION SOBRE LOS DISCIPULOS DE EMAUS Y SU ENCUENTRO CON JESUS RESUCITADO. AL JESUS HABLARLE LES CAYO LA VENDA DE LA INCREDULIDAD O LA DUDA. EL RECONOCER AL SEñOR LES LLEVÓ UN RATO. ESTO NOS PASA TAMBIEN A NOSOTROS, EL CAMINA A NUSTRO LADO Y NO LO PODEMOS ENCONTRAR, RECONOCER Y MUCHO MENOS VER. JAIME COMO SIEMPRE, ALUMBRANDO NUESTROS DOMINGOS CON TUS HOMILIAS. LAS GUARDO Y HASTA LAS COMPARTO. UN ABRAZO Y MIL GRACIAS Y MILES DE BENDICIONES. A VER SI TE ANIMAS Y COMIENZAS A ESCRIBIR UN LIBRO SOBRE TUS REFLEXIONES EVANGÉLICAS. EN SERIO TE LO DIGO.

  2. baldo valadez says:

    esta es mi primera ves que leo tus reflexiones y me encanto, de hecho me servirá cuando DIOSITO diga y lo daré como un tema en renovación, gracias y tratare de encontrar mas de tus reflexiones,

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