Homilia

El escándalo de la fe: “Se montó la de Dios es Cristo”

Si alguien que desconoce el cristianismo leyese el evangelio de este domingo –sin introducción, sin contexto y sin explicación alguna– llegaría, sin duda, a la siguiente conclusión: lo que afirma Jesús es exagerado, pretencioso y escandaloso.

De hecho, a esa misma conclusión han llegado muchos a lo largo de la historia. Y no es para menos. Porque resulta desconcertante que alguien afirme: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre (a Dios), sino por mí.”

Algunos de nosotros hemos escuchado este versículo del evangelio de Juan tantas veces que ya nos hemos acostumbrado y lo damos por evidente. Pero, cuando uno se para a reflexionar, descubre que la afirmación de Jesús es muy pretenciosa. Que alguien asegure conocer un camino espiritual que conduce a “la vida” y a “la verdad” es, de entrada, sospechoso. Pero que encima diga que él mismo “es” la verdad, la vida y el camino (a Dios) resulta una afirmación infumable que roza lo blasfemo, incluso para el fundador de una religión.

No olvidemos que los grandes innovadores religiosos de todos los tiempos –Abrahán y Moisés, los profetas de Israel, los sacerdotes hindúes, Buda, Mahoma y los chamanes y guías espirituales de las distintas tradiciones– comunicaron un mensaje revelado, pero nunca se consideraron ellos mismos el mensaje.

Dicho de otro modo, muchos antes mostraron un camino, pero no se consideraron “el camino”; muchos señalaron una verdad, pero no se consideraron “la verdad”; muchos revelaron un modo de vivir más auténtico, pero no se consideraron “la vida”. En este sentido, Jesús es único.

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  1. Primer escándalo: Jesús no sólo muestra un camino, él “es” el camino

Jesús afirma:“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre”. En el caso de Jesús, a diferencia de todo lo anterior, mensajero y mensaje coinciden; por eso puede decir “quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Esta es una diferencia que trastoca las anteriores imágenes de Dios y los esquemas religiosos previos.

No es de extrañar, por tanto, que el mensaje cristiano fuera escándalo para los judíos y locura para los griegos, como nos recuerda Pablo (1 Cor 1:23). Hoy, como ayer, lo sigue siendo para aquellos que lo escuchan por primera vez. Y no es para menos, porque Jesús afirma algo que resulta blasfemo a oídos de muchos: que un hombre se identifique con Dios mismo.

Jesús lo dirá en varias ocasiones a lo largo de los evangelios, de manera más o menos velada, al ser preguntado por su identidad. En el evangelio de Juan lo dice muchas veces y de manera muy directa. Hoy nos lo vuelve a recordar: “Yo soy”.

Semejante pretensión fue, y sigue siendo, un escándalo.

En el lenguaje coloquial se ha colado una frase, “se montó la de Dios es Cristo”, en referencia al controvertido debate teológico en torno a la doble naturaleza –humana y divina– de Jesús que se produjo dentro de la comunidad cristiana durante siglos, para tratar de aclarar quién era Jesús “el Cristo”, el hombre-Dios.

Jesús supuso un escándalo para la comunidad cristiana desde el principio, un revulsivo ante todo lo que se había creído sobre Dios. La pretensión de Jesús debería seguir siendo un revulsivo –cada día– para todos los que tratamos de seguirle e imitarle.

  1. Segundo escándalo: Jesús participa de la divinidad… ¡y nosotros también!

Pero, por si fuera poco, la divinidad de Jesús no es la única pretensión escandalosa que escuchamos hoy. Hay una segunda que resulta igualmente difícil de aceptar: su afirmación de que, también el creyente, entra a formar parte de esa intimidad e identidad con Dios. Esta es la segunda gran convicción cristiana: todos recibimos una invitación personal a participar de la divinidad (ojo, a participar, no a ser como Dios, que no es lo mismo).

Si el mensajero (Jesús) se identifica con el mensaje (Dios), también el receptor del mensaje (el creyente) se transforma con el tiempo en mensajero.

En este sentido, la liturgia ilustra bien lo que afirma la fe de la iglesia. En el ofertorio, al mezclar unas gotas de agua con el vino, el sacerdote dice una frase en silencio que explica la segunda pretensión cristiana: “el agua unida al vino sea signo de nuestra humanidad unida a tu divinidad”. Jesús descendió a nuestra humanidad, al encarnarse, y se mezcló con nosotros, con nuestra naturaleza humana; al resucitar después de la Pascua, por decirlo así, nos arrastró y nos hizo participar de su divinidad.

Imagen¿No es esta creencia también algo exagerada? Puede ser, pero forma parte del ADN del cristianismo y por ello debe ser meditada despacio. De alguna manera, lo que afirma nuestra fe es que a todos nos ha tocado, ya de entrada, la lotería. Sin merecerlo, sin pedirlo, y sin darnos cuenta, a todos se nos dio de antemano una “participación” en el gordo de Navidad: la posibilidad de ser como Cristo.

La identificación con Cristo -participar de su modo de ser, de pensar y de actuar- nos acerca a Dios, nos permite participar de su “divinidad”. Seguir a Jesús es aceptar la invitación a entrar, y quedarse, en la casa del Padre. Esta, nos asegura, es una casa con múltiples estancias donde todos podemos habitar, cada uno en su lugar, sin necesidad de diluir la identidad.

Jesús nos prepara un sitio, nos invita a entrar en ese lugar espacioso y nos propone participar de la comunión especial entre Dios, el Espíritu y Él: “creed en Dios y creed también en mí”, nos dice personalmente, “en la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio?”. Entrar en la casa del Padre no significa tanto “ocupar un espacio”, sino “habitar un hogar” y dejarse transformar por la red de relaciones que allí dentro tiene lugar.

Esta es su promesa, su deseo y su invitación: “Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros.”

  1. Tercer escándalo: Nuestra casa es el mundo

Pero la pretensión cristiana no acaba aquí. Nuestra fe afirma que Dios, como si de una wifi con cobertura universal se tratase, está en todas partes, deseando comunicarse.

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Las estancias del evangelio de hoy no se refieren a “espacios físicos” de una casa en la que habitaremos, quizás, después de muertos. Las múltiples estancias remiten a la presencia constante de Dios en nosotros, en los hermanos y en toda la creación.

El acceso a Dios no requiere buscar un lugar especial, con buena cobertura, para comunicarse con mayor facilidad. La cobertura que ofrece la fe cristiana es universal, gratuita y no se corta (aunque en momentos pueda parecerlo), porque esa presencia está dentro de nosotros y a nuestro alrededor, en todas partes. Somos parte de ella.

Esta creencia cristiana, cuando nos paramos a meditarla, resulta también sorprendente.

Imaginarnos habitando la casa del Padre es algo que intuyó un jesuita del s. XVI, Jerónimo Nadal, y que formuló de un modo muy sencillo: “Nuestra casa es el mundo”. Esa casa, nuestro planeta, podríamos añadir, es la casa del Padre, con sus múltiples moradas. El planeta en el que nacemos, vivimos y morimos es nuestro hogar, el único que tenemos y tendremos.

Por ello también la propia iglesia se imagina como un hogar. A diferencia de las comunidades que se generan en las redes sociales, la iglesia no es sólo un conjunto de personas conectadas virtualmente, sino un grupo humano habitado y “participado” por relaciones personales; no una red de intercambio de información, sino una comunidad que comulga y participa de la misma fuente de vida; no un hotel con habitaciones separadas, sino un hogar con estancias comunicadas.

El cristiano forma parte de una red de donantes y receptores, una red de mensajeros que comunican un mensaje que les ha sido transmitido y les ha transformado en mensajeros, “para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. Esa presencia y ese intercambio puede darse en cualquier lugar: basta que hayan “dos o más reunidos en mi nombre”, asegura Jesús.

Esta es la promesa, el deseo y la invitación de Jesús: “Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”.

Homilía del V Domingo de Pascua (A)

 

 

Pedro 2, 4-9; Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19; Hechos 6, 1-7

Juan 14,1-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

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