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Igualar por arriba

Recuerdo que a Josep Maria Rocafiguera, uno de los mejores compañeros jesuitas que he tenido nunca, le gustaba comparar la parábola de los viñadores que escuchamos hoy con el mito griego de Procusto, el famoso bandido y posadero del Ática.

Josep Maria decía que los griegos habían captado bien los límites de la idea de justicia y que lo habían expresado por medio de esta historia. El mito narra la historia de un bandido y posadero –Procusto– que cogía a los viajeros y los extendía en una cama de hierro (el “lecho de Procusto”). Si eran más largos, les cortaba los pies o la cabeza; si eran más cortos, les descoyuntaba los huesos, hasta conseguir igualarlos a todos.

Los griegos se dieron cuenta que es fácil tener la idea de justicia en la cabeza, pero que esa idea a menudo descoyunta o corta cuando se aplica a la vida real.

Jesús hoy parece que nos invita también a reflexionar sobre la justicia, contándonos una parábola. Una parábola en la que distintos trabajadores van llegando a trabajar a la viña: unos a primera hora, otros más tarde y otros casi al final. Lo sorprendente del relato es que, al final, todos cobran lo mismo que los trabajadores de la primera hora: el sueldo correspondiente a una jornada, un denario.

coinAl escuchar esta parábola, hay algo que nos incomoda y nos hace protestar. Aunque la hayamos oído muchas veces, si nos paramos a leerla despacio, descubrimos que no cuadra. No es justo que todos cobren lo mismo. No tiene sentido que el que trabajó poco cobre lo mismo que el que trabajó todo el día. O bien deberían pagar menos al que llegó más tarde, o bien deberían recompensar al que llegó primero, pero todos igual no.

Durante un tiempo que di clases de religión a niños, siempre escuchaba la misma reacción al llegar a esta parábola: “¡No puede ser!”, “¡Es injusto!”.

No había manera de hacerles cambiar de opinión. Así que intentaba darle la vuelta a la parábola y les ofrecía explicaciones que había escuchado a otros. Lo primero que hacía era devolverles, en forma de pregunta, su principal objeción: ¿pensáis, de verdad, que el dueño de la viña es injusto?

Porque esa es la pregunta clave. Esta parábola, ¿trata realmente sobre la justicia?

Muchos opinan que no, que no trata sobre la justicia. Los distintos trabajadores representarían personas que se acercan a la fe cristiana en distintos momentos de su vida: de niños (los trabajadores de la primera hora); de adultos (los que llegan tarde); o ya de mayores (los que llegan casi al final). El dueño de la viña se alegra y recibe a todos en su viña (la iglesia, o el Reino de Dios), dándoles a todos lo mismo (la salvación). San Agustín, por ejemplo, la interpretaba así.

Aceptar a los de la penúltima hora significaría abrir las puertas de la comunidad cristiana a todo el que se acerca a ella, sea cual sea su situación y llegue cuando llegue. Su llegada, además, debería ser motivo de alegría, no de envidia.

Otros coinciden en que la parábola no trata sobre la justicia, pero piensan que el mensaje principal no es la conversión, o el acercamiento de los alejados, sino más bien la generosidad. La generosidad de Dios. Una generosidad que desborda la lógica de la justicia.

De hecho, al final de la historia, el propietario parece adelantarse a la crítica de los de la primera hora (la misma que hacían mis alumnos), cuando les dice: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo un denario?”. Esto no es una cuestión de justicia, viene a decir el dueño, es otra cosa.

Además hay otro matiz importante que suele pasar desapercibido. Los trabajadores de la hora undécima no son ni unos vagos ni unos aprovechados. Cuando el dueño sale a la calle a la hora undécima y les pregunta, “¿por qué estáis aquí todo el día parados?”, ellos responden, “es que nadie nos ha contratado“. Este matiz, leído en una época como la nuestra, en la que el paro dificulta la vida de tantos millones de personas, hace más evidente la generosidad de un dueño capaz de ir más allá del cálculo económico.

Pero volvamos una vez más a la intuición de Josep Maria. Procusto y el dueño de la viña tienen algo en común. En eso la intuición es acertada. El dueño de la viña hace con todos los trabajadores lo mismo que Procusto hacía con sus víctimas: las iguala. Pero con una enorme diferencia, el dueño no fija una medida rígida, sino que toma la medida más generosa posible. Iguala por arriba.

A nosotros nos pasa con frecuencia como a Procusto: al que no encaja en nuestras medidas, al que no se ajusta a lo que esperamos, o lo criticamos o lo ignoramos. Nunca amputaremos ni descoyuntaremos a nadie, pero sí que forzamos la realidad para que se ajuste a nosotros. El dueño de la viña, sin embargo, ni descoyunta ni recorta. El dueño da a todos el máximo posible, el dueño iguala por arriba.

Pasar de la justicia a la generosidad no será tarea sencilla; le costó al trabajador de la primera hora, le costó al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, y nos sigue costando a todos nosotros. Por eso necesitamos contemplar y releer esta parábola con frecuencia. Por eso necesitamos hacer ejercicios de estiramiento. Ejercicios de estiramiento espiritual que nos ayuden a vivir la generosidad de Dios. Esos ejercicios nos introducirán en su Reino, allí donde los pródigos son acogidos, los desempleados son contratados, los envidiosos se alegran y los últimos se convierten en primeros.

El Dios que hace llover sobre buenos y malos es el Dios que acoge con los brazos abiertos al hijo pródigo. Es también el Dios que “se estira” y sale a la calle para contratar a los desempleados. Él es el dueño de la viña, el que hoy nos dice: “sal a la calle y estírate tú también”.

Homilía del Domingo 25º del Tiempo Ordinario (A) – “Igualar por arriba, de la justicia humana al Reino de Dios”

Is 55, 6-9; Sal 22; Flp 1, 20-24

Mateo 20,1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

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