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Superar el escepticismo

“Las palabras se las lleva el viento,” decimos con ironía al comprobar que muchas de las promesas que oímos no son, por desgracia, garantía de nada. El refranero popular expresa con un trabalenguas la misma experiencia: “Donde dije digo, digo Diego”.

Estas dos expresiones populares me han venido a la cabeza al leer el evangelio de hoy, la parábola de aquellos dos hermanos que, ante una petición de su padre, acaban haciendo justo lo contrario de lo que dicen. El que dice “sí”, acaba escurriendo el bulto; y el que dice “no”, va y acaba haciéndolo. ¿Alguien se lo explica?

La parábola de los dos hermanos siempre me ha hecho gracia y sospecho que es una invitación velada a reírnos de nuestras propias incoherencias. Pero también a reírnos, junto con el padre de la historia, de las ironías de la vida y de las paradojas de todo aquél que educa o tiene hijos.

Experiencias similares me han contado padres y madres, al hablarme de sus hijos: “Nunca sabes por dónde te van a salir”, me comentaban hace poco unos amigos, “a veces te los ves venir, pero otras te sorprenden, aunque pienses que los conoces muy bien”. Parece que en dos mil años hay cosas que no han cambiado mucho.mask-376022_640

Jesús comprobó en propia carne, y en varias ocasiones a lo largo de su vida, que las palabras se las lleva el viento. Comprobó que sus seguidores, donde dijeron “digo”, más tarde dijeron “Diego”.

De hecho, los versículos del estos capítulos del evangelio de Mateo son una reflexión sobre la experiencia frustrante, de confusión y rechazo, que vivió Jesús. Los que estudian la Biblia dicen que esta parábola (y las dos siguientes, la de los viñadores asesinos y la de los invitados a la boda) es una respuesta a la escena anterior del evangelio de Mateo: la escena en la que la autoridad de Jesús es cuestionada por los sacerdotes y ancianos del Templo (una experiencia, por cierto, no muy lejana de la que, tarde o temprano, vive todo educador o padre/madre de familia: un cierto cuestionamiento de su autoridad).

Jesús, ante la incredulidad de sacerdotes y ancianos, y ante el cuestionamiento abierto de su autoridad, propone tres parábolas. Tres parábolas para contemplar despacio. Tres parábolas que ayuden a digerir la experiencia del fracaso y el rechazo.

La primera, la parábola de los dos hijos, nos invita a dar dos pasos fundamentales en el seguimiento de Jesús, pasos que todo creyente debe dar si quiere avanzar en el camino de la fe: superar el escepticismo y respetar los tiempos.

El primer paso consiste en enfrentar de cara el escepticismo, la primera gran tentación ante el fracaso. Este es el reto que representa el primero de los hijos.

Ante el escepticismo que provoca un desengaño, podemos volvernos unos cínicos o luchar por una difícil segunda inocencia. Ante la fragilidad y la inconsistencia de todo lo humano, hay quien se instala en el desengaño y la queja, pero hay quien aprende a mirar el mundo con compasión.

No se trata de volvernos unos ingenuos, ni de negar la incoherencia que vemos a nuestro alrededor, se trata de mirarla de frente, sin caer en la trampa que nos tiende.

La incoherencia la vemos en la clase política, la vemos en nuestros círculos laborales, la vemos en nuestro grupo de amigos, la vemos en nuestras familias y la vemos, mucho más de lo que nos gustaría, en nosotros mismos. Nuestras palabras, también, se las lleva el viento.

Contemplar al primero de los hijos es aprender a contemplar nuestros límites sin desesperar. Es aprender a tener compasión de nuestras miserias y de las de los demás. Al fin y al cabo, contemplar no es otra cosa que aprender a esperar. Esa es la primera gran invitación de esta parábola.

Este primer paso, difícil y costoso, nos abrirá la puerta a la experiencia del “sí”. El “sí” inesperado. El “sí” sorprendente. El “sí” que aparece cuando ya no se le espera. Esta es la experiencia que representa el segundo hijo.silhouette-67202_640

No sabemos qué sucedió con el primer hijo, si se le dio una nueva oportunidad o si, como el hijo pródigo, volvió arrepentido a pedir perdón. Poco importa.

Llegados al final de la parábola, importa – y mucho – que ante la apariencia del “no”, se esconde un “sí”; importa que ante la apariencia de inconsistencia, hay compromiso; importa que allí donde uno menos se lo espera, y cuando menos se lo espera, se abre una puerta a la esperanza.

Homilía del Domingo 26º del Tiempo Ordinario (A)

Ezequiel 18,25-28; Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9; Filipenses 2,1-11

Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

– «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, Señor.” Pero no fue.
¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero. »
Jesús les dijo:
– «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

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One thought on “Superar el escepticismo

  1. Adelaida says:

    Y cuántas veces somos nosotros mismos los que no nos damos una segunda oportunidad, los que no confiamos en nuestras posibilidades de convertirnos…

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