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San Francisco de Asís y los viñadores asesinos

 En abril del 2010 el volcán islandés Eyjafjallajökull paralizó el tráfico aéreo de buena parte de Europa, afectando los planes de viaje de millones de pasajeros. Las aerolíneas calcularon que la nube volcánica canceló más de 100.000 vuelos y afectó a 1,2 millones de viajeros. Decenas de miles de personas quedaron atrapadas por motivos laborales o personales lejos de sus casas y las posibilidades de viajar por otros medios se agotaron a gran velocidad. Por unos días, comentaba un periodista, “Europa retrocedió en materia de transportes casi un siglo”.

Aquel incidente sorprendió por su intensidad, por su duración y por recordarnos algo muy evidente: que el mundo no lo controlamos y que, probablemente, no lo vamos a controlar nunca del todo.

En la era tecnológica en la que vivimos inmersos – una época en que la información fluye de forma instantánea, en la que se puede viajar al lugar más remoto del planeta y en la que podemos comprar cualquier cosa a distancia – se nos llega a olvidar que hay situaciones ante las cuales poco o nada podemos hacer. Ante un terremoto, ante una sequía prolongada, ante un tsunami o ante un volcán en erupción (por no mencionar la enfermedad y la muerte), poco podemos hacer –más allá de prevenirnos y esperar con fe, paciencia y humor.

Pero estos fenómenos “naturales” a los creyentes nos recuerdan algo todavía más importante, algo que nos saca de nuestro pequeño mundo y nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos; nos recuerdan que no somos dueños de la creación, tan sólo sus administradores.

Una columna de cenizas volcánicas nos puede venir como anillo al dedo para recordar – como le gusta decir a un compañero jesuita – cuál es “nuestro justo lugar de criaturas”. Y hacerlo con frecuencia es vital, porque el olvido de nuestro “justo lugar” está en la raíz de lo que llamamos “pecado”, en la raíz de una distorsión que rompe nuestra relación con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos y con la naturaleza. Una distorsión que nos hace creernos lo que no somos.

Porque no somos ni dueños ni esclavos; no somos ni el gigante de nuestros sueños ni el enano de nuestros miedos; somos “criaturas agraciadas” – como dicen los teólogos – o “administradores” de un inmenso regalo, inmerecido e inesperado, que nos desborda. Ese regalo es, en primer lugar, la propia creación.

Este fin de semana en que hemos celebramos la fiesta de San Francisco de Asís, el santo que Juan Pablo II nombró patrón de la ecología, parece que las lecturas han sido escogidas a propósito para reflexionar sobre nuestro “justo lugar de criaturas” y sobre la misión recibida de “cuidar el jardín de la creación”.

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En las lecturas de este domingo, tanto en la lectura del profeta Isaías como en el evangelio de Mateo escuchamos historias que tienen en común la imagen de la “viña”, una imagen cargada de significado para el pueblo de Israel, pues es uno de los modos como Yahvé se refiere a su pueblo en la Biblia.

El profeta Isaías recuerda con cariño el cuidado con que el Señor cultivó su viña (su pueblo escogido): “la entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar.” La viña (los creyentes), sin embargo, en vez de dar uvas buenas dio uvas amargas (agrazones); en lugar de responder agradecida, fue incapaz de dar fruto, de corresponder al cuidado y la atención recibida.

La imagen del Dios jardinero, el Dios que cuida de su viña, es una manera antigua de imaginar a Dios que hoy nos resulta un tanto lejana – inmersos como vivimos en un mundo urbano y tecnológico, alejados de la naturaleza y de sus ritmos. El Dios jardinero, como el Dios pastor, reflejó durante siglos una imagen válida de cómo es Dios, una imagen captada de forma rápida e intuitiva por el hombre de campo.

Pero esta imagen, a la que todavía podemos acceder con un poco de imaginación, no nos habla sólo de cómo es Dios. Nos habla también de cómo Dios quiere que seamos nosotros. O dicho de otra manera, nos habla de la vocación a la que todos estamos llamados. El Dios viñador es quien invita a todos sus hijos – imágenes de ese mismo Dios – a convertirse a su vez en viñadores y pastores, en cuidadores de la viña y del rebaño, en custodios del hermano y de la creación.

Así es como Jesús retoma la imagen de la viña en su parábola de los viñadores asesinos, pero invirtiendo los papeles. En ella, los viñadores han ocupado el lugar del propietario de la viña, le han suplantado y se han creído los nuevos dueños.

¿Cuál es el problema que nos plantea la parábola? Lo ya dicho: que los viñadores se olvidan de su condición de administradores y se acaban creyendo los dueños. La referencia es evidente: es una crítica al pueblo de Israel (los viñadores escogidos) que se apropió de la viña, maltrató a los enviados (los profetas) y al propio hijo del dueño (Jesús).

Pero esa interpretación se nos queda muy corta si no somos capaces de alargarla, adaptarla y traducirla a nuestra vida.

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La parábola de los viñadores asesinos es una llamada de atención para que no caigamos en la tentación de considerarnos dueños de lo que no nos pertenece. Este mundo no es nuestro, nos lo han prestado. En otras palabras, y como dice el conocido dicho de la sabiduría indígena, “la tierra no es una herencia de nuestros padres, es un préstamo de nuestros hijos”.

La parábola es, también, una llamada a reconocer a los enviados del dueño de la viña, esas voces interiores y exteriores que nos indican que en algo nos estamos equivocando.

Y la parábola es, por último, una invitación a reconocer el daño que causamos a la viña, a la creación que Dios nos regaló.

Los científicos nos dicen con alarma que nos estamos comportando como viñadores irresponsables, viñadores que, en lugar de cuidar, arrasan. Parafraseado al profeta podríamos decir que hemos “quitado la valla para que sirva de pasto y destruido la tapia para que la pisoteen”. Viendo la degradación de tantos ecosistemas terrestres y marinos, la extinción de tantas especies, y la desaparición de tantos bosques en las últimas décadas, parece que es la humanidad – y no Yahvé – quien ha dicho: “La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella”.

A la luz de la vida del San Francisco de Asís, y de la acelerada degradación de la Tierra, las lecturas de este domingo nos invitan a tomar conciencia de nuestro lugar en el mundo, de la tarea que nos fue encomendada. Nuestra tarea consiste en ser viñadores, custodios – como le gusta decir al Papa Francisco – del hermano y de la creación.

Escuchemos la voz del profeta, pero aprendamos también de la experiencia; meditemos la vida de San Francisco y escuchemos también la voz de la ciencia. Pidamos la intercesión de San Francisco de Asís para convertirnos en custodios de todo lo bueno, bello y verdadero que se nos ha regalado.

Homilía del Domingo 27º del Tiempo Ordinario (A)

 

Isaías 5, 1-7

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

Mateo 21,33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»

Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?” Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

 

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2 thoughts on “San Francisco de Asís y los viñadores asesinos

  1. Latorre, Pilar says:

    Gracias por este envío Tatay, no dejes de enviarme las reflexiones que vayas haciendo, veces se las mando a alumnos de mis programas, y yo también las aprovecho para mi oración. Un abrazo Pilar

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