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Dios corrige a Dios

A Pere Casaldàliga, un obispo catalán que lleva muchos años en el Brasil, le gusta decir que – en la Biblia – “Dios corrige a Dios”.

Esta afirmación, que resulta un tanto paradójica la primera vez que se escucha, tiene mucha más miga de lo que parece.

Que en la biblia Dios corrige a Dios significa que Dios enseña a los hombres a entender su manera de ser de forma progresiva. En ocasiones, Dios se equivoca y se corrige a sí mismo. Por eso, a menudo, parece que la propia biblia se contradice. La escritura funciona como un buen maestro o un buen artista, que gradúa sus enseñanzas y realiza unos primeros bocetos antes de acometer la obra completa. Hay una especie de pedagogía en la forma de hablar de Dios.

Algo de ese proceso de auto-corrección lo percibimos en el evangelio de hoy, en la parábola de los invitados al banquete de bodas.

El padre del novio – Dios mismo en opinión de la mayoría de intérpretes – decide invitar primero a un selecto grupo de invitados, aunque pronto se desengaña al ver que no tienen ningún interés en ir. El rey, furioso y arrepentido de su decisión, decide abrir las puertas a todos, malos y buenos: “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”, les dice a sus criados. Dios corrige a Dios.

door-201919_640Sin embargo, no todos los invitados se acabarán quedando. Dios invita a todos, sí, pero no todos están a la altura de la invitación. Aquellos que no se preparan – aquellos que no se ponen el traje de fiesta – son expulsados.

¿Cómo podemos interpretar toda esta serie de invitaciones, desengaños y rechazos? ¿A qué viene la insistencia en el traje de fiesta, si lo importante era aceptar la invitación?

Dicho de otro modo, si es verdad que la biblia es como una maestra, que nos ayuda a entender mejor la manera de ser de Dios, ¿qué podemos aprender hoy de ella, qué podemos aprender de la parábola de los invitados a la boda? Y, más importante todavía, ¿qué podemos aprender para nuestra propia vida?

Hoy podemos llevarnos un par de cosas para ir rumiando a lo largo de la semana.

La primera es que corregir el rumbo es algo humano (y divino).

Si es cierto que Dios corrige a Dios, ¡qué menos podemos hacer nosotros que corregirnos! No tengamos miedo, entonces, a ser corregidos y a corregirnos. Nos equivocamos en las decisiones, nos generamos falsas expectativas y nos creemos ser lo que no somos. Y lo más importante, nos recuerdan hoy: no pasa nada.

No pasa nada, siempre y cuando seamos capaces de darnos cuenta de las equivocaciones, las falsedades y los autoengaños. No pasa nada, siempre y cuando seamos misericordiosos con los que también se equivocan. No pasa nada, siempre y cuando sea lúcido para corregirme a mi mismo, para corregir al hermano y para cambiar de dirección. Al fin y al cabo, Dios mismo cambia de opinión y de dirección en numerosas ocasiones.

La segunda pista a seguir es que, para vivir y celebrar la fe, hay que prepararse.

Tenemos que prepararnos para enfrentar problemas y pruebas difíciles. Pero tenemos que prepararnos – también y quizás todavía más – para pasarlo bien, para disfrutar y para celebrar la fe junto a otros. Leía hace poco que una cosa es la diversión y otra la alegría. El rey que nos invita a pasar al banquete del reino nos pide que estemos alegres, no sólo que nos divirtamos. Quizás este sea el significado del “traje de fiesta” de la parábola; ponerse el traje es vestirse de alegría.

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El traje de fiesta del creyente es la alegría, la alegría plena de la que habla el evangelio. Nietzsche, el filósofo ateo, decía “¿cómo voy a creer en la resurrección de Cristo si los cristianos andan con esa cara?”. Y no le faltaba razón. El cristiano “que anda con esa cara”, el que no se reviste de la alegría de la fe, es el cristiano que no lleva el traje de fiesta puesto. Por tanto, pongámonos el traje, propongámonos la alegría como tarea.

No tengamos miedo a corregirnos. Revistámonos de la alegría de la fe. Con esas dos tareas, ya tenemos para toda la semana (y para toda la vida).

Homilía del Domingo 28º del Tiempo Ordinario (A)

Is 25, 6-10a; Sal 22; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14

Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Isaías 25, 6-10a

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

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