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Juego de Tronos

Juego de tronos

“El tiempo es superior al espacio”, le gusta repetir al papa Francisco con frecuencia. La frase suena enigmática la primera vez que se escucha, pero resulta mucho más clara cuando la explica: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder”. El proceso (el tiempo), a la larga, es más fecundo que el poder (el espacio), aunque estemos tentados de pensar que es justo al contrario.

A Jesús el demonio lo tentó, precisamente, con una propuesta similar. Al principio de su vida apostólica, lo condujo a un monte muy alto, como si de un trono se tratase, le mostró todos los reinos del mundo y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Jesús, por supuesto, no se postró, sino que le contestó duramente: “Apártate, Satanás”.

La tentación del poder, la más clara y provocadora de las tres a las que se enfrenta Jesús, es la tentación a la que se refiere el papa Francisco cada vez que repite su enigmática frase. Y es también la tentación a la que nos enfrentamos todos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Es la tentación de ocupar el “espacio de poder”, es la tentación del juego de tronos, de la solución por la fuerza. O dicho de otro modo, es la tentación del atajo, de las soluciones rápidas que se saltan la tarea humilde y penosa del proceso, que desprecian el valor de los intentos.

En el evangelio reaparece una y otra vez la misma tentación. Años después de la experiencia en el desierto, en plena vida apostólica, Jesús rechaza a Pedro duramente diciéndole, como al demonio del desierto: “¡Apártate de mi vista Satanás!”. Pedro le había reprendido al anunciar su futura pasión y trataba de convencerle de coger un atajo, de evitar el camino de la cruz. Pero Jesús, de nuevo, insiste: el tiempo es superior al espacio, no nos podemos saltar los procesos.

Y hoy recordamos de nuevo la misma tentación en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del tiempo ordinario. Cerca ya del final de la vida de Jesús, el evangelista Juan pone en boca de Pilatos la misma pregunta: “¿Dices tú que eres el rey de los judíos?”. Jesús, una vez más, rechaza el título de Rey y contesta: “Mi reino no es de este mundo”.

Del principio al final de su vida, por tanto, Jesús tiene que aclarar constantemente quién es –o quién no es– y cuál es su verdadera misión: anunciar el Reino de Dios, un reino muy distinto del que imaginaban los hombres de su época.

SeuValenciaPorque el Reino que anuncia Jesús tiene que ver más con el lento proceso de crecimiento de la semilla que con el juego de poder que se ejerce desde un trono. Tiene que ver más con el tiempo que con el espacio.

La mayoría de parábolas del Reino, de hecho, apuntan en esa dirección. Pensemos en la de la mostaza –que siendo tan insignificante llega a convertirse en un arbusto donde se cobijan los pájaros– o mejor todavía, en la del trigo y la cizaña –que crecen juntos, compartiendo el espacio del campo.

La tentación, en el caso de la cizaña, es arrancarla, para asegurarle espacio al trigo, para que crezca, para que dé el máximo fruto. ¡Resulta tan claro y evidente lo que hay que hacer! Pero Jesús, sin embargo, recomienda no hacerlo: por respeto al tiempo, por respeto al proceso, por respeto al propio trigo.

En nuestra vida estamos constantemente tentados de hacer lo mismo: arrancar la cizaña, identificar al culpable, cortar por lo sano, coger atajos, asegurar nuestro espacio, subir al trono. Pero no –aunque parezca evidente, aunque resulte lógico, aunque sea lo más fácil– Jesús dice que no, y nos provoca diciendo: respeta la cizaña, no ocupes todo el espacio, date tiempo. De nuevo, el tiempo supera al espacio.

Porque el Reino de Dios es el reino de lo pequeño, de lo lento, de lo oculto y de lo frágil. Es el reino de la vida que se forma poco a poco, que se teje en lo oculto, que se construye en el silencio. Ese es el Reino que vino a anunciar Jesús, no el reino del trono y sus juegos de poder.

No es casualidad que sean los pobres en el espíritu, de entre todos los bienaventurados, los que heredan el Reino. No es casualidad tampoco que los limpios de corazón son los que ven a Dios. La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu, ¿no tendrán que ver acaso con la capacidad de mirar con profundidad lo pequeño, lo lento, lo oculto y lo frágil? ¿No tendrán que ver con la actitud que rechaza el trono y sus juegos?

La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu nos conducen al Reino. O mejor dicho, nos hacen parte del Reino. Porque el Reino, para los cristianos, no es un lugar físico, es un modo de vivir en el mundo.

Que Cristo llegue a ser Rey, el rey de mi vida, el rey de mi historia, será un largo proceso que llevará tiempo. Afirmar que Cristo es Rey lleva, de hecho, toda una vida. Cristo es Rey, sí, pero no es el rey del trono (del espacio), es el rey del tiempo. Dicho con el lenguaje de la Biblia, Él es el alfa y el omega, el principio y el fin. Es Cristo ayer, hoy y siempre. Así sí, y sólo así, podemos decir, por fin, que Cristo es Rey.

Homilía en la fiesta de Cristo Rey.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

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One thought on “Juego de Tronos

  1. Horacio Portillo says:

    La más difícil tarea que enfrento, día a día, es la de luchar contra mi afán de poder. Te agradezco esta reflexión, que abona en el deseo de despertar la convicción de querer ser pequeño y paciente.

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