Reflexión

De Belén a Jerusalén hay una senda

Se nos olvida con demasiada facilidad que el nacimiento de Jesús vino precedido por el rechazo y seguido por la muerte y la persecución. El parto miserable en un establo, el asesinato sistemático de niños inocentes y la huida apresurada a Egipto no son un mero adorno navideño: son el recuerdo imprescindible de la cruda realidad con que el Hijo de Dios se encontró, ya desde el principio, al llegar a nuestro mundo. Un mundo herido y roto por el pecado, la envidia y el fratricidio.

Aunque tratemos de edulcorar la historia de la Navidad –y nos fijemos sólo en la belleza del niño recién nacido, en la confianza de José y María, en la generosidad sorprendente de los Reyes Magos y en la cálida acogida de los pastores– la liturgia coloca sabiamente estas otras historias amargas como contrapunto del nacimiento de Jesús.

Pero no lo hace para aguar la fiesta, no, lo hace para ser fiel a la experiencia de fe cristiana y para poder descubrir mejor el sentido de la resurrección y de la vida, que se abren paso –ya desde el principio– en medio del pecado, del odio y de la muerte. Navidad y Pascua, muerte y vida, sufrimiento y resurrección, crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola– de principio a fin.

Así fue también a lo largo de la vida de Jesús: la traición, la mediocridad y la violencia que rodean el gran relato de la Navidad –y que tendemos a minimizar– son las que conducirán a la muerte injusta en el Gólgota durante la Pascua, pero también las que provocarán el abandono de buena parte de los seguidores de Jesús y las que generan los constantes conflictos con las autoridades religiosas. Un villancico popular dice que de “Nazaret a Belén” hay una senda, pero no conviene olvidar que de Belén a Jerusalén hay también una senda, una única senda, la que recorre Jesús durante su vida.

Porque los dos grandes relatos del cristianismo –el nacimiento de Jesús y la resurrección de Cristo– no se pueden entender sin la experiencia de muerte y de cruz que les rodea. Experiencias por la que es inevitable pasar, pero que, como bien sabemos, no tienen la última palabra.

Muerte y resurrección son los dos hilos conductores que recorren la vida cristiana de cabo a rabo. En la Pascua tendemos a centrarnos en la pasión, y se nos olvida saborear la alegría desbordante de la resurrección; en la Navidad nos pasa al revés, arrinconamos el exterminio de los Santos Inocentes y la huida a Egipto hasta el punto de ignorar la importancia de estos relatos para entender el misterio de la Navidad. Pero necesitamos ambas historias, las necesitamos para captar el mensaje de las Escrituras. Aunque cada día troceemos la Biblia, seleccionemos un pasaje y celebremos una fiesta, no podemos perder de vista el relato entero.

El Dios cristiano no viene al mundo saltándose la soledad y la dureza de la encarnación (nace en un establo), ni esquivando la prueba (enfrenta las tentaciones del desierto), ni pasando por el mundo de modo mágico y superficial (asume la cruz). El Dios cristiano no es un dios disfrazado de hombre, con poderes de otro mundo. Dios se encarna, entra en la historia, en la experiencia de fragilidad, de pecado y de muerte que atraviesa nuestra vida. Por eso Jesús es perseguido, envidiado, traicionado y, finalmente, asesinado. Y luego, sólo luego, resucita y da vida.

No es casual por tanto que, durante su vida, utilizase de forma recurrente la imagen de la semilla para interpretar el sentido de su misión y el núcleo de su mensaje: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida de este mundo la conserva para una vida eterna”. En otro lugar –y con una intención similar– invitará a vencer nuestra resistencia natural a creer en el poder de lo pequeño y lo oculto: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Ambas parábolas anuncian la experiencia de la resurrección en medio del ocultamiento y de la muerte.

Y ambas parábolas expresan también, como el relato de la Navidad y de la Pascua, la paradoja del cristianismo: de lo pequeño, de lo muerto y de lo marginal, surge algo grande, surge la vida, surge el Reino. Este es el mensaje central que transmite la fe cristiana y al que volvemos cada año de distintas maneras.

Durante este tiempo de Cuaresma conviene, por tanto, no dejar atrás la Navidad, pero tampoco adelantar la Pascua. Conviene no dejarse arrastrar por la realidad deprimente del pecado ni por la ingenuidad de pensar que nada del sufrimiento del mundo tiene que ver conmigo. Conviene recordar que Navidad y Pascua forman parte de la misma historia, de nuestra historia, de la única historia del cristianismo, una historia en la que trigo y cizaña crecen juntos.

Porque de Belén a Jerusalén hay una senda, una sola senda, la que recorremos cada año.

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