Homilia, Reflexión

El Dios ventrílocuo

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”

Estas son las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de Marcos. Son también el mejor resumen de su mensaje. Y son palabras que, además, nos pueden ayudar a vivir el sentido de la Cuaresma porque, en el tiempo previo a la celebración de la Pascua, lo que necesitamos es convertirnos y creer.

Durante cuarenta días la Iglesia nos ha invitado a revisar nuestra forma de vivir, de pensar, de mirar y de actuar; nos ha invitado a ser más permeables y a prestar más atención al mensaje cotidiano que Dios nos envía. El creyente en Cuaresma afina los sentidos para escuchar ese mensaje y trata de descubrir –como decía Machado– “entre todas las voces, una”.

Es cierto que a menudo no somos capaces de entender lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nos sucede a nosotros mismos y, menos todavía, lo que Dios nos puede querer decir en medio de tanto ruido. Pero de lo que sí estamos seguros es que Dios se quiere comunicar y que, de hecho, se comunica constantemente, a lo largo de nuestra vida. El redactor de la carta a los hebreos lo sabía bien y lo expresó de forma inmejorable:

Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”.

Dios habla “muchas veces y de muchas formas”, se comunica con el ser humano por medio de mensajeros, por medio de la propia experiencia interior del creyente, por medio de la creación y, especialmente, por medio del propio Jesús.

De este Dios locuaz y parlanchín hemos oído todos hablar muchas veces: Él es el Dios creador del universo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios-Padre de Jesús, el Dios-amor de la carta de Juan, el Dios-con-nosotros de la Navidad, ¿pero por qué no también el Dios-ventrílocuo, el Dios que habla de muchas maneras, en muchas situaciones y por medio de muchas personas?

Un ventrílocuo es alguien capaz de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos, alguien que imita bien a otras personas o diversos sonidos. Hace años, José Luis Moreno y Maricarmen nos hacían reír en este país a todos con sus muñecos y sus chistes. En medio de las bromas y de las carcajadas que provocaban, transmitían mensajes importantes sobre cómo somos, sobre nuestras grandezas y nuestras miserias humanas.

¿Y no es algo muy parecido lo que hace Dios para comunicarnos su mensaje? En la Biblia, ¿no aparece acaso como una especie de ventrílocuo que, escondido tras los acontecimientos y las personas, habla al corazón de todo aquel capaz de escuchar, para pedirle que pare, se convierta y crea?

El hilo conductor que atraviesa la Escritura es una única llamada: la de un Dios que pide la conversión sincera del ser humano. Para el pueblo judío ese mensaje se resume en la oración diaria del Shemá, la llamada a la escucha atenta: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor”; para Jesús, esa escucha se concreta en la irrupción constante del Reino de Dios, ese Reino del que tanto hablaba, el Reino que ya está entre nosotros.

El creyente, por tanto, es aquel capaz de reconocer la voz de Dios y acoger su invitación a la conversión. Como nos recuerda el salmista: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. O como dice Jesús al inaugurar su vida apostólica, pidiendo que le escuchemos y reaccionemos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Ahora bien, si el mensaje (convertíos y creed) es tan claro y el emisor (Dios) tan insistente, ¿por qué unos escuchan y otros no?, ¿por qué a unos les resulta fácil y natural creer, mientras que otros, aunque busquen sinceramente, no encuentran nada?

Reconozco que ésta siempre me ha resultado una pregunta incómoda. Hay quien dice que la pregunta por el mal y el sufrimiento absurdo es la más difícil a la que podemos enfrentarnos los creyentes. Sin embargo, pienso que la pregunta por la fe resulta todavía más complicada. En la Pascua, lo más difícil no es sentir compasión por el sufrimiento injusto de Jesús, sino alegrarse con la alegría de Cristo resucitado.

Quizás tendremos que acogernos a la invitación de Jesús y mirar al cielo más a menudo para comprobar que el sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, cada día, para unos y para otros, para buenos y malos, para crédulos e incrédulos, para todos los que estamos en camino de conversión.

Sabemos que el Dios de Jesús sigue comunicándose y hablando, “muchas veces y de muchas maneras”. Sabemos que sigue insistiendo. El Dios misericordioso, como el sol que sale para todos, nunca se cansa de invitarnos a convertirnos y a creer, le escuchemos o no.

Ojalá escuchemos, en este tiempo, su voz; ojalá escuchemos, entre todas las voces, sólo la suya; ojalá identifiquemos, tras cada paso de Semana Santa, el paso de Dios por nuestra vida; ojalá escuchemos al Dios ventrílocuo, cercano y parlanchín, aunque no le veamos; ojalá escuchemos la voz que me dice al oído: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértete y cree en la Buena Noticia”.

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