Homilia

Corpus Christi – La viralidad del mensaje cristiano

Las redes sociales han popularizado un nuevo término de origen inglés: viralidad. Está relacionado con la palabra virus y, aunque todavía no está aceptado por el diccionario de la RAE, podríamos definirlo como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus”. En el mundo de la comunicación digital, se refiere a la difusión acelerada de un contenido entre internautas.

Este neologismo nos ayuda a entender por qué la fe en Jesús se extendió de forma viral en su época, hasta llegar a nosotros.

Sabemos que, tras su estrepitoso fracaso y su muerte humillante, Jesús fue reconocido como alguien digno de fe. Los primeros cristianos, a pesar de la dificultad de predicar a un Dios crucificado y a un Mesías pobre, consiguieron transmitir su mensaje con gran éxito, haciéndolo viral. De hecho, la primera comunidad cristiana se propagó a gran velocidad alrededor del mediterráneo, llegando a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano.

¿Cómo fue posible? ¿Cómo prosperó una religión, en apariencia absurda, que predicaba a un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo triunfó un proyecto condenado al fracaso de antemano?

Una posible manera de responder a estas preguntas es acercándonos a los relatos de la eucaristía. Estas narraciones, en especial el relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces -el evangelio escogido en el día de Corpus Christi- permiten iluminar las claves del éxito del cristianismo, su sorprendente viralidad.

Las palabras, gestos y acciones de Jesús tenían algo que las hacía contagiosas. En su tiempo, muchos le siguieron, incluso en medio del campo. En una de esas ocasiones, ante la muchedumbre hambrienta, Jesús pronunció tres palabras fundamentales. Tres palabras que aparecen en el relato de la institución de la eucaristía y que el sacerdote repite en la consagración: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir. Partir. Dar. Tres palabras que ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta. Tres palabras que explican la rápida difusión del cristianismo.

Bendecir

A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de las personas y de la realidad. Hay demasiadas noticias malas y demasiadas frustraciones acumuladas, tanto hoy como en la Palestina del siglo I. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice: espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza y “dice bien” (ben-dice). Y pide a los discípulos atravesar la dura costra de la realidad para llevar adelante una misión imposible. “Dad de comer a la gente”, les dice.

No es extraño que los discípulos respondiesen sorprendidos, “no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Aun así, Jesús les pide que no tiren la toalla y busquen alternativas.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema enfrentado por los discípulos: ¿Cómo dar trabajo a millones de parados? ¿Cómo transformar un modelo económico basado en un consumo desenfrenado que degrada el planeta? ¿Cómo devolver la dignidad a millones de refugiados? ¿Cómo reducir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres?

Todas estas tareas no son muy diferentes del intento de alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces”.

Ahora bien, los discípulos buscaron una solución aquella tarde. Primero, fueron capaces de parar y tomar distancia de lo inmediato. Luego, se organizaron en grupos y miraron la realidad con ojos nuevos. Finalmente, aprendieron a consultar y deliberar. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de una abundancia compartida todavía sin descubrir.

Esta es la primera invitación de la mística eucarística: aprender a decir bien de la realidad (ben-decir)  y a pensar juntos.

Partir

Pero si bendecir nos abre el horizonte y nos ayuda a “mapear” juntos la realidad, partir nos permite explorar nuevas posibilidades, perforar la realidad y descubrir las grietas del muro por las que podemos colarnos.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero se confunden en la misa. Allí se nos invita a partir la realidad y compartirla, como hacemos con el pan y con el vino.

También en estos tiempos nuestros, desesperanzados y desconfiados, no dejan de surgir iniciativas que apuntan en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos o protestar ante una injusticia, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear con poco dinero, ciudades y organizaciones que abren sus puertas a los refugiados, etc.

La propuesta de la economía del bien común y el auge de la economía colaborativa posibilitada en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo digital. Una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a fiarse unos de los otros, “partir” la realidad y soñar caminos alternativos.

Esta es la segunda invitación de la mística eucarística: explorar nuevas posibilidades y perforar la realidad juntos.

Dar

La dinámica del bendecir y del partir lleva, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque para el cristiano nada es nunca del todo suyo. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del dar, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado primero.

Como recuerda Pablo en otro lugar, “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Como nos narra el evangelista Lucas en el relato de la multiplicación, “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente”. Como escuchamos durante la consagración, “Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto en memoria mía”. Cuando vivimos de este modo, dando gratuitamente, la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia.

Por ello la Doctrina Social de la Iglesia afirma que los bienes tienen “un destino universal” y que sobre ellos grava una “hipoteca social”. Esta es una convicción eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la política y la sociedad.

Esta es, en definitiva, la tercera y última invitación de la mística eucarística: dad (o devolved) lo que se os dio primero. Convertíos en canales, no en presas.

Y al hacerlo, se obrará el milagro: los dones se multiplicarán, la eucaristía se pondrá en práctica y su mensaje se hará viral.

Homilía en la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Lucas 9, 11-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

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