En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

 

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

 

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Homilia, Reflexión

El Dios pirómano

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