Reflexión

Palancas de cambio

Tanto la sicología como la espiritualidad coinciden en un punto: no podemos modificar muchos aspectos de nuestra vida de golpe. Lo que sí podemos hacer es dar pequeños pasos que actúen como palancas de cambio en otros ámbitos. Partiendo de ellos, poco a poco, salimos del círculo vicioso en el que estamos instalados e –incluso, si nos damos tiempo– entramos en otro virtuoso.

Por ejemplo, resulta muy improbable que alguien deje el tabaco, empiece a hacer ejercicio y modifique su modo de comer de la noche a la mañana. Sin embargo, una sola de estas decisiones –sostenida en el tiempo– puede y suele conducir a las otras dos. Los detonantes que llevan a emprender el camino de salida son muy diversos: un problema de salud, un cambio repentino en el trabajo, un traslado, una seria advertencia del médico o el efecto contagio de un amigo o familiar cercano. Siempre hay “algo” o “alguien” que empuja a dar el primer paso.

En la vida espiritual sucede como con la salud y con el cuidado del cuerpo: son muchos los  que desearíamos tener una vida de fe más auténtica e integrada con el resto de aspectos cotidianos. Otros querrían poder iniciarla por completo, encontrar un motivo que les ayude a crecer y profundizar en su experiencia religiosa. En todos los casos, sin embargo, ayuda empezar por un aspecto muy concreto si no queremos llevarnos a engaño, frustrarnos y enterrar antes de hora los buenos propósitos.

En este sentido, los relatos de conversiones resultan iluminadores. En cada uno de ellos encontramos una palanca distinta que actúa como detonante de la transformación personal. Si nos fijamos en los evangelios, comprobamos que todas las personas que se acercan a Jesús han tomado clara conciencia de la necesidad de reorientar sus vidas y de iniciar algo nuevo.

A Zaqueo, a María Magdalena, a la hemorroísa, al centurión romano o al hombre rico, ¿no les impulsa el deseo de cambiar algo en sus vidas?,  ¿no tratan de integrar piezas que andan sueltas?, ¿no buscan llenar un vacío? A cada uno, sin embargo, se le sugiere un camino diferente, una palanca de cambio distinta.

Es por eso que Jesús, en su encuentro personal con los hombres y mujeres de su tiempo, primero les escucha y luego les pide que empiecen, precisamente, por el aspecto que les ha impulsado a dar el primer paso: la codicia de riquezas, el desorden de los afectos, la frivolidad de las relaciones, el olvido de Dios, la excesiva preocupación por el bienestar, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Cada uno sabe bien qué necesita abordar antes.

De hecho, Jesús nunca pide que revisemos toda nuestra vida. No nos pide que hagamos tabla rasa y empecemos de cero. Sabe bien que eso es imposible. Al contrario, propone que construyamos desde donde estamos: partir de nuestra situación concreta y abordar primero aquello que nos ha removido por dentro. El resto vendrá luego.

No podemos usar recetas cuando hablamos de personas, aunque sí podemos inspirarnos en la experiencia de otros creyentes. La pedagogía de la fe requiere paciencia, pero sobretodo una estrategia: la sencillez de la paloma se combina –también aquí– con la astucia de la serpiente. Frente a las resistencias interiores que frenan la maduración espiritual, se hace necesaria una especie de acupuntura espiritual que incida primero allí donde la parálisis es más aguda.

Jesús era un maestro en el arte de combinar ambas habilidades, sabía acompañar compasivamente y aconsejar astutamente. Fruto del encuentro personal con Jesús, el recaudador Zaqueo decide devolver cuadruplicado “el dinero que he defraudado”, Magdalena se compromete a no pecar más, el centurión reconoce que no es “digno de que entres en mi casa” y la mujer siro-fenicia intuye que “con solo tocarle el manto, curaré”.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar el fruto de unos encuentros que narrativamente duran un instante pero que, sin duda, implicaron un largo proceso de maduración y conversión.

Al inicio del año que inauguramos –cuando hacemos propósitos de año nuevo y de vida nueva– pueden iluminarnos estos relatos para meditar sobre nuestro deseo de renovación y nuestra propia necesidad de conversión.

Desear una mayor calidad en la oración, examinar nuestras vidas con más detenimiento, ejercitarnos en pedir perdón, buscar una lectura espiritual que nos alimente, quitarnos algo de lo mucho que nos sobra, encontrar momentos para contemplar la creación, dedicar parte de nuestro tiempo al servicio del prójimo: son pequeños ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia recomienda. Son palancas de cambio que pueden desencadenar transformaciones mayores. De nosotros depende utilizarlas.

Arquímedes decía “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El refranero popular afirma que “todo largo camino empieza con un primer paso”. La sabiduría de nuestros antepasados coincide en este aspecto con la del evangelio.

Ambas nos invitan a la humildad y a la constancia –a ser como palomas– pero también a la astucia y a la inteligencia –a ser como serpientes– con un objetivo: convertirnos, como Jesús, en palancas de cambio en nuestro mundo. Porque transformándonos nosotros, poco a poco, el Reino de Dios se hará presente.

Jaime Tatay, SJ

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