Homilia, Reflexión

Responder preguntando

En una ocasión, al salir de misa, un compañero jesuita me dijo de broma, “¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que Jesús, en los evangelios, responde a sus interlocutores con una pregunta?”, y añadió, “parece gallego, nunca aborda la cuestión directamente”.

Más allá de los estereotipos culturales y del hipotético origen galaico de Jesús (descartado por todos los estudiosos), qué duda cabe que el profeta itinerante de Nazaret con mucha frecuencia respondía planteando una nueva pregunta. Este particular modo de dialogar es un rasgo distintivo de su persona y no una mera anécdota o un recurso literario usado por los evangelistas.

Un rasgo del que merece la pena tomar nota, porque preguntar –preguntar bien– es más importante a menudo que tratar de responder. Dicho de otro modo, una pregunta mal formulada no merece ser respondida, sino corregida (o reformulada). Al menos esa parece ser la intención última de las misteriosas respuestas de Jesús: interpelar a su interlocutor, ayudar a desvelar sus motivos y clarificar la formulación de sus preguntas.

Los mejores ejemplos los tenemos en las numerosas polémicas con los fariseos y maestros de la ley. Ante la sorprendente curación de un paralítico y el perdón de sus pecados, los fariseos, escandalizados, exclaman: “¿No es sólo Dios quien puede perdonar los pecados?”. Pero Jesús, sabiendo que la interrogación esconde una acusación implícita, contesta: “¿Qué es más fácil decir, ‘tus pecados te son perdonados’, o decir ‘levántate y anda’?”.

Poco después, de nuevo, al plantear los fariseos por qué los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús remite a la propia tradición de sus interrogadores: “¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?”.

Y algo similar sucede, más adelante, con otro hombre piadoso y rico, cuando éste le dice (esta vez sin intención de tenderle una trampa): “Maestro, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?”. Como a los fariseos, Jesús le invita a beber de su propia tradición: “¿Qué dice la ley?”. El final de la historia lo conocemos de sobra. Jesús no rechaza ni minusvalora la importancia de la ley –al contrario, en otro lugar llega a decir: “les aseguro que no quedará ni una coma de la ley sin cumplirse”– sino que ayuda a situarla en un contexto más amplio.

Con sus misteriosas respuestas Jesús muestra que la observancia religiosa puede hacernos, paradójicamente, ciegos e inflexibles; ciegos ante la enorme sabiduría de las Escrituras e inflexibles ante una tradición capaz de abrirse a situaciones nuevas. Preguntar bien, por tanto, ayuda a mostrar la riqueza y la profundidad de la herencia recibida y a defenderla frente a quienes –en su deseo por cumplirla– acaban encorsetándola y empobreciéndola.

Pero Jesús no sólo responde de esta manera en contextos polémicos, desvelando las intenciones y agendas ocultas de sus interlocutores. También lo hace para clarificar aspectos de sus enseñanzas y estimular la imaginación religiosa de sus discípulos y seguidores. Esta segunda intención de sus preguntas-respuesta se ve muy bien en el uso que hace, por ejemplo, de las parábolas, que con frecuencia están enmarcadas también entre interrogantes.

Por ejemplo, cuando el mismo hombre rico que buscaba la vida eterna se pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, es respondido con la parábola del buen samaritano, a la que Jesús, a continuación, añade: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta es tan evidente hoy como lo fue entonces para aquel hombre.

En este caso, no se trata tanto de desenmascarar la intención capciosa o la hipocresía religiosa del interlocutor, sino más bien de enmarcar pedagógicamente su pregunta en un nuevo contexto que ayude a responderla.

Pero conviene no olvidar que este modo particular de razonar no es exclusivo de Jesús. Al fin y al cabo, Jesús fue un gran conocedor de la tradición profética y sapiencial de Israel, en la cual encuentra inspiración y a la cual remite constantemente.

En el diálogo más largo y dramático de toda la Biblia –el que sostiene Job con sus tres amigos y con el mismísimo Yahvé sobre el sentido del sufrimiento humano y la doctrina de la retribución– Yahvé se reserva la palabra hasta el final. Para sorpresa de Job y del lector, ante las muchas preguntas y explicaciones formuladas por los protagonistas del drama, Yahvé responde… ¡con una larga batería de preguntas!

Reproducir Job 38-39 resultaría excesivo en el contexto de esta breve meditación. Valga la referencia para ilustrar la tercera de las razones que lleva –a Jesús y a Yahvé– a responder preguntando: la pedagógica o mistagógica.

La función mistagógica (por mistagogía se entiende el proceso de iniciación religiosa o etapa final del catecumenado) de las conversaciones de Jesús se observa, por ejemplo, al final de los evangelios, en la aparición de Jesús a dos discípulos que van camino de Emaús.

Tras un largo diálogo que se inicia con una pregunta dirigida a Jesús –“¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”– los taciturnos discípulos escuchan la larga explicación de aquel peregrino desconocido que concluye afirmando: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Después de la conversación y de la cena, los discípulos abren por fin los ojos a la presencia del resucitado y reconocen sorprendidos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?”.

Responder preguntando, en definitiva, no es un modo evasivo de contestar; todo lo contrario, es una forma pedagógica de corregir nuestras distorsiones religiosas, ayudarnos a buscar y, sobre todo, acercarnos al misterio de Dios.

Jaime Tatay, SJ

 

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Dejándolo (casi) todo, le siguieron

Los evangelios no son libros de historia. Tampoco son documentos jurídicos, ni relatos periodísticos que busquen reproducir fielmente unos hechos tal y como sucedieron. Los evangelios son textos que narran una experiencia de encuentro y de fe de una comunidad. Y esa experiencia se comunica con un lenguaje simbólico, propio de las gentes y de la época que vivieron ese encuentro.

Quizás por ello los evangelios no sólo se contradicen a menudo en aspectos de la vida de Jesús –como el momento de su resurrección– sino que, además, contienen errores evidentes para cualquier lector avezado. Un ejemplo muy claro es el de la llamada al seguimiento de los discípulos.

Cuando el evangelista Lucas relata el encuentro de Jesús con un pequeño grupo de pescadores galileos junto al lago de Genesaret, afirma que “dejándolo todo, le siguieron”. Los otros dos evangelios sinópticos rebajan un poco el tono. Marcos dice con el carácter sobrio y directo que le caracteriza que “dejando las redes, le siguieron”. Mateo, para quien la genealogía y la tradición familiar son tan importantes, sostiene que “dejando el barco y a su padre, le siguieron”. Para Juan, sin embargo, que no ambienta la escena junto al lago, es el Bautista quien presenta a Jesús, “y los dos discípulos oyeron lo que dijo y le siguieron”. En este caso, a diferencia de los tres sinópticos, no se concreta nada más sobre las implicaciones inmediatas del seguimiento.

La presentación de Lucas, por tanto, es la más arriesgada, porque afirmar que los discípulos lo dejaron todo por seguir a Jesús no es sólo exagerado, sino probablemente también alejado de la realidad de lo que pudo suceder.

Sabemos de sobra que los discípulos no lo dejaron todo; al contrario, llevaron con ellos muchas cosas de las que no consiguieron desprenderse durante los tres años que compartieron junto al predicador itinerante de Nazaret. Cargaron con sus historias personales, sus expectativas políticas, sus intereses familiares, sus modos de ser y hasta sus ideas sobre Dios y el Mesías. Quizás dejaron atrás la mayoría de posesiones materiales –la casa, la barca y las redes– y algunas relaciones familiares, pero sin duda arrastraron prejuicios sociales, políticos y religiosos.

Las historias que narran los evangelios, y su continuación en los Hechos de los Apóstoles, bien pueden entenderse como un progresivo desprendimiento y purificación de la primera llamada, como una comprensión cada vez más profunda de las consecuencias del seguimiento de Jesús por parte de los discípulos hasta su disposición final a presentarse ante Dios con las manos vacías y el corazón abierto. Podríamos decir que los discípulos sufren un proceso de desprendimiento que les lleva a dejar primero algunas cosas hasta finalmente, y tras muchos tropiezos, dejarlo todo.

Y este es un proceso que llevó tiempo, mucho tiempo, como se desprende de la lectura de los evangelios. Consciente de la enorme fragilidad de sus primeros discípulos, Jesús desarrolla una pedagogía que explica las múltiples llamadas al seguimiento y los diversos anuncios de la pasión que jalonan los evangelios.

Las agendas ocultas, los intereses paralelos y las traiciones de los apóstoles ponen de manifiesto un seguimiento torpe, pero muestran algo todavía más importante: ya desde el principio la Iglesia no fue una comunidad de discípulos puros y seguidores incondicionales, sino un intento fallido, en permanente construcción.

Marc Vilarasau –compañero jesuita fallecido, por desgracia, demasiado joven– decía que la diferencia entre darlo todo y darlo casi todo es infinita. Y no le faltaba razón. El seguimiento de Cristo no demanda un salto cuantitativo, sino cualitativo. Judas, a pesar de su mala prensa, sólo se distingue cuantitativamente del resto por dejar quizás todavía menos, pero no porque los otros once fuesen capaces de dejarlo todo.

El ejemplo de Pedro es paradigmático para ilustrar este proceso. A pesar de ser el primero en escuchar la llamada, Pedro muestra en varias ocasiones su resistencia a aceptar el mesianismo sufriente anunciado por Jesús, llegando a rechazarle públicamente tres veces. Sin embargo, paradójicamente, es también, y a pesar de haber caído tan bajo, nombrado líder de la primera comunidad –“la piedra sobre la que se edificaré mi Iglesia”– y morirá dando testimonio en Roma de la fe cristiana. Pedro pasa del deseo de seguir a Jesús, a ir dando casi todo, hasta finalmente darlo todo.

Sabemos de buena tinta (en este punto sí coinciden los cuatro evangelios) que ninguno de los discípulos lo dejó todo antes de la muerte de Jesús. A pesar de ello, Jesús los llamó y los siguió llamando tras cada caída, tras cada rechazo, tras cada traición. Lo hizo con Pedro, con Santiago y con Juan. Lo hizo hasta el último momento, antes de expirar en la cruz, con el buen ladrón. Y lo sigue haciendo con nosotros. Jesús siempre tiende la mano y ofrece otra oportunidad.

Una de las principales resistencias que a menudo enfrentamos los creyentes y aquellos que se interesan por la fe cristiana es la difícil cuestión de la propia debilidad, inseguridad e inconstancia: “¿seré capaz de mantenerme fiel a este estilo de vida?, ¿podré imitar a Jesús pase lo que pase?, ¿seré digno de llamarme cristiano?”, nos preguntamos conscientes de nuestra fragilidad.

La respuesta es sencilla: No. No lo somos. Es más, no lo seremos nunca. Somos pecadores perdonados, llamados a ponernos en pie e iniciar el camino del seguimiento una y otra vez –como Pedro, como el buen ladrón y como todos los discípulos antes que nosotros.

Pero esto no significa que tengamos que resignarnos a partir de cero tras cada caída o tras cada renuncia. A diferencia de Sísifo –aquel deprimente personaje de la mitología griega cuya vida consistía en arrastrar una pesada piedra pendiente arriba para volver, irremediablemente, a empezar de cero ante la imposibilidad de conseguirlo– los cristianos no volvemos a la casilla de salida cada vez que tropezamos.

En la vida cristiana a menudo avanzamos retrocediendo, sí, como todos los creyentes que nos han precedido, pero nunca somos los mismos tras cada nuevo inicio. O no lo somos, al menos, si prestamos atención a la experiencia acumulada de la Iglesia. Contamos con el testimonio de innumerables cristianos, con la sabiduría de las Escrituras, con el poder vivificador de los sacramentos, con el apoyo de la comunidad cristiana y con nuestra propia experiencia para aprender y seguir avanzando.

Quizás Lucas, a pesar de todo, llevaba algo de razón. Si escuchamos atentamente la llamada al seguimiento de Jesús seremos capaces, como los discípulos, de ir dejando casi todo hasta que, por fin, algún día, lo dejemos todo.

Jaime Tatay, SJ

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Hacer sitio a Dios

Cuando una mujer queda embarazada, muchos cambios tienen lugar en su cuerpo: el útero se dilata, la piel se estira, los riñones se desplazan, las caderas se ensanchan y los intestinos se recolocan. Y todo eso, para que el vientre pueda albergar la nueva vida que crece en su interior y demanda cada vez más espacio. De ahí venimos todos. A todos nos nacieron, a todos nos hicieron espacio, a todos nos dieron la vida. No la pedimos, no nos la ganamos, no nos la merecimos. Nos la dieron gratuitamente.

El proceso de gestación –si alguien ha estado cerca de una mujer durante el embarazo lo sabe bien– es sorprendente y molesto al mismo tiempo, sobre todo en las últimas semanas previas al parto. Hacer sitio a una nueva vida es una experiencia ilusionante y esperanzadora, pero supone también un esfuerzo incómodo y doloroso.

La metáfora del embarazo ayuda a comprender el modo como Dios se relaciona con cada una de sus criaturas y, en un sentido más amplio, a imaginar la creación mundo. La metáfora resulta útil también para imaginar nuestra misión como cristianos y el modo como estamos invitados a vivir. En ambos casos, la figura de María –de quien afirmamos, nada menos, que es la Madre de Dios– resulta de gran ayuda.

Empecemos por el libro del Génesis. Cuando nos paramos un momento y pensamos en el conocido relato de la creación tendemos a imaginar a Dios creando de la nada –ex nihilo–, rellenando un escenario vacío. Tras la aparición de los astros, el agua, la tierra, los animales y las plantas, Dios coloca al hombre y a la mujer en el centro, completando así un proceso que dura simbólicamente siete días. Misión cumplida. Tarea finalizada. Creación completada.

Sin embargo, algunos creyentes han imaginado también a Dios apartándose o echándose a un lado a la hora de crear, dejando un hueco –valga la expresión– en su propio interior, posibilitando así la aparición del universo. El mundo, visto de este modo, no es sólo la realidad material, externa, creada activamente por Dios, que percibimos a nuestro alrededor; es también el espacio interno que Dios habría dejado al echarse a un lado, permitiendo que existiese, continuando su labor creadora.

Dicho con otras palabras, la creación está en Dios pero no es Dios, sino un espacio de libertad entregado como regalo al ser humano. Dios crea activamente, interviniendo en el mundo, pero también se retira pasivamente, dejando espacio a la creatividad humana.

Este modo complementario de entender el relato del Génesis puede parecernos una pura especulación teológica que no conduce a ninguna parte (al fin y al cabo, ¿quien puede comprobar cualquiera de estas afirmaciones?), pero quizás puede ayudarnos a comprender cómo Dios al crearnos personalmente –igual que al gestarnos nuestra madre– nos hizo sitio, para que pudiésemos existir y participar de ese mismo proceso creativo, continuándolo con nuestras vidas.

La sicología evolutiva hoy día dice algo similar respecto al desarrollo humano. Los padres engendran biológicamente a un hijo. Ahora bien, el espacio –físico, en un primero momento– hay que seguir haciéndolo en otros ámbitos –sicológico, educativo, económico– si queremos que crezca como persona autónoma, madura y libre.

Los padres sensatos reconocen que sus hijos no les pertenecen, se los dejaron “en préstamo” durante unos años para que luego tomaran las riendas de sus propias vidas. Su función consiste en dejarles, progresivamente, más y más espacio.

La historia de salvación –la narración de la relación de Dios con su pueblo y de Jesús con la Iglesia– puede entenderse también desde esta clave, como un lento proceso pedagógico de crecimiento, aprendizaje y maduración.

Estos modos complementarios de entender la creación del mundo, el desarrollo humano y la historia de la salvación –como actividad creadora y como pasividad facilitadora– clarifican también algo central para la comunidad cristiana: la misión de la Iglesia.

Cristo hace y deja hacer, transforma y posibilita, libera y permite ejercer la libertad. De ahí que la Iglesia, si quiere parecerse a Jesús, está llamada a imitar este particular modo de ser.

Dicho de forma negativa, difícilmente comunicaremos la presencia de Dios si, además de hablar de Él y dar testimonio con nuestra propia vida, no le hacemos sitio primero, si no nos echamos a un lado para que Dios, simplemente, sea.

En este punto merece la pena volver a la figura de María, porque la Madre de Dios integra ambas actitudes de modo ejemplar. Además de dejar espacio físicamente a Jesús, la joven de Nazaret hizo también espacio a Dios espiritualmente. De este modo, se convirtió en modelo de creyente al escuchar, acoger e imitar la acción libre y creadora de Dios. Su respuesta activa y agradecida brota, precisamente, de su capacidad de escucha y contemplación.

El “hágase en mí según tu palabra” del relato de la anunciación podemos entenderlo como disposición a dar a luz al Mesías o como apertura incondicional a un Dios que tiene la última palabra. Imitar esa doble dinámica define la vocación cristiana.

Algunos teólogos han afirmado que la tarea de la teología consiste en hablar bien de Dios. De forma similar, la misión principal de la Iglesia y de cualquier cristiano no consistiría en otra cosa que en dejar a Dios ser Dios, en hacerle sitio. María representa un modelo único y una fuente permanente de inspiración para llevar adelante esta misión.

En el mes de mayo, el mes de la Virgen, nos puede ayudar pensar en ella como la mujer que dejó a Dios ser Dios. Nos puede ayudar rezarle y pedirle que interceda por nosotros, para que seamos oyentes de la palabra, hombres y mujeres capaces de escuchar y hacer sitio a Dios.

Ojalá podamos decir, con María y como María, “hágase en mí según tu palabra”.

Jaime Tatay, SJ

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Las fiestas de locos­

Harvey Cox, un eminente teólogo contemporáneo, escribió hace ya casi medio siglo en su libro Las fiestas de locos: “No hay motivos para que los que saben gozar de la vida no puedan al mismo tiempo comprometerse en un hondo cambio social y los que pretenden cambiar el mundo no tienen por qué ser tristes y ascetas”.

De las pinceladas sobre Jesús que esboza el Evangelio podemos deducir que hizo ambas cosas: acudía a bodas y cenaba a menudo con amigos, a la vez que denunciaba la hipocresía religiosa y el mercadeo en el templo. Repeditamente es acusado por sus detractores de ser “comilón y borracho”. Aunque lo que molestaba a los poderosos en realidad era su combate contra la injusticia y su cercanía a los pobres y enfermos.

Con el paso del tiempo, estos dos ámbitos –el de la celebración y el de la denuncia– imbricados de forma natural en la vida de Jesús, parece que se han separado en la comunidad cristiana hasta resultar casi incompatibles.

Cuando los cristianos nos proponemos transformar el mundo y eliminar las causas de la opresión y la injusticia, nos ponemos tremendamente serios y preocupados; por contra, cuando sencillamente celebramos o despreocupadamente disfrutamos de los dones de la vida, no podemos evitar que se nos cuele en la conciencia un sentimiento de culpa por no estar cumpliendo nuestras obligaciones cristianas.

¿Por qué hemos separado ambas dimensiones de la experiencia cristiana –la fiesta y la denuncia, la celebración y la transformación social– hasta hacerlas casi incompatibles? Si viviésemos con naturalidad ambas invitaciones, ¿no resultaría más sensato, más acorde al evangelio y, probablemente también, más fructífero?

La contraposición de Marta y María en la conocida escena evangélica en que Jesús va a la casa de las dos hermanas en busca de descanso expresa veladamente una tensión –entre contemplación y acción, entre celebración y servicio– que preocupaba ya a la primera comunidad cristiana. Esta sana tensión, se nos advierte en esta historia, puede convertirse en un enfrentamiento estéril. No se trata de averiguar qué es mejor –servir o acompañar– sino saber qué conviene en cada momento. El día que Jesús fue a casa de Marta y María tocaba acompañar.

El tiempo pascual es un buen momento para volver sobre estas historias y preguntarnos cómo integramos las diversas dimensiones de la vida cristiana. Es el tiempo en que recibimos mandatos en apariencia divergentes que, sin embargo, señalan en una única dirección: “estad alegres” y “llevad la buena noticia del evangelio a toda la creación”; es decir: disfrutad y trabajad, celebrad y evangelizad.

La alegría que trae el resucitado y el mandato misionero no entran en competición. Al contrario, están estrechamente relacionados y se alimentan mutuamente. Desconectarlos supone empobrecer ambos. La lucha por la justicia, sin alegría, se vuelve un imperativo moral agotador; la fiesta, sin inclusión del otro, un club privado y excluyente.

Francisco lo subrayó con otras palabras en su primera exhortación apostólica, Evangelii gaudium (La alegría del evangelio):

“La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino” (EG 237).

La religiosidad del pueblo, tan querida por Francisco, se convierte en maestra de vida al ser capaz de articular con naturalidad diversas dimensiones de la experiencia cristiana: celebración de la vida, anuncio del evangelio, denuncia de la injusticia, transformación de la cultura.

Porque evangelizar, vivir la alegría del evangelio y construir un Reino de paz y justicia son una misma y única tarea que está estrechamente vinculada a la experiencia pascual. Una tarea que es, en buena medida, una locura: la locura de creer en la resurrección, la locura de apostar por el Reino de Dios, la locura de luchar contra los demonios de este mundo, la locura de esperar contra toda desesperanza.

Y esa locura es contagiosa. Como bien saben los expertos en publicidad y marketing, el deseo funciona por imitación y contagio. En la transmisión de la experiencia pascual sucede algo similar. Los discípulos se contagian unos a otros la fe en el resucitado y el deseo de compartir lo vivido; ese contagio es el que les impulsa a salir de su encierro e ir al mundo entero a anunciar –como si de un grupo de locos se tratara– la llegada de un Reino de paz, justicia y amor. Cox tenía razón al reivindicar una nueva alianza entre la alegría y la transformación social.

Las sucesivas apariciones del resucitado que leemos durante el tiempo pascual no son más que la antesala de Pentecostés, el momento –temeroso en un principio, pero que acaba convirtiéndose en una gran fiesta– en que el Espíritu Santo desciende sobre la comunidad transmitiéndole una serena alegría y una profunda esperanza.

Fruto de esa experiencia fundante, la comunidad cristiana se lanza –alegre, esperanzada y “enloquecida” por Dios– a comunicar la buena noticia del Reino y transformar la sociedad de su época.

Envío, anuncio alegre y lucha por la dignidad de los hijos de Dios van de la mano. Por eso decimos que la experiencia pascual es una fiesta, una fiesta de locos por el Reino.

Jaime Tatay, SJ

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Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

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Construir sobre arena

En una ocasión le pregunté a un arquitecto si era posible construir sobre arena. “Claro que es posible”, me respondió, “de hecho no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”; y añadió, “sobre la arena es más difícil y más caro, pero no imposible”.

Cuando le hice la pregunta tenía en mente la famosa parábola del evangelio, aquella en la que Jesús recomienda construir sobre roca para evitar que, cuando lleguen las lluvias, se lleven la casa por delante. Es evidente que la metáfora –tomada del mundo de la construcción– le sirvió para establecer una comparación sencilla entre la experiencia cotidiana de la gente de su época y la importancia de reflexionar sobre aquello que es más importante en la vida.

Ante los inevitables envites de la existencia, más vale no poner los fundamentos sobre algo o alguien que se pueda hundir y arrastrarnos en la caída.

Sin embargo, esto es más fácil de decir que de vivir. La vida nos da golpes inesperados que nos descolocan o nos derrumban por completo, por muy preparados que estemos o muy fuertes que nos creamos: la enfermedad, la muerte de un ser querido, las dificultades económicas o el fracaso de una relación nos hacen a todos, tarde o temprano, enfrentar nuestra enorme fragilidad. Por eso quizás la respuesta del arquitecto siguió rondándome durante un tiempo, sobre todo la afirmación –fruto de su larga experiencia construyendo edificios– “no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”.

Uno de los sociólogos más conocidos de nuestro tiempo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, ha popularizado una expresión que formula bien la provisionalidad de la experiencia humana poniendo de relieve la dificultad que tenemos para construir nuestras vidas sobre roca firme.

Frente a la (aparente) solidez de otras épocas, vivimos en un tiempo líquido, habitado por personas líquidas con convicciones frágiles. Casi nadie trabaja toda su vida en la misma empresa, ni permanece en el mismo lugar que le vio nacer, ni vive en un mundo homogéneo a nivel religioso, político o cultural. El pluralismo, la globalización y el cambio permanente son los rasgos que definen nuestra época.

De ahí que no hablemos ya de rocas firmes, de raíces profundas o de opciones de vida estables. Preferimos referirnos a modas pasajeras, compromisos temporales y amores que duran mientras no haya dificultades. Parece como si no pudiésemos encontrar un fundamento sólido y definitivo para nuestros ideales, relaciones y creencias. Construimos nuestras vidas sobre arena.

Por ello Bauman, frente a la metáfora del árbol que, estableciendo raíces profundas en el suelo, es capaz de encontrar un anclaje sólido para resistir las tormentas, propone otra más acorde a la realidad de nuestro tiempo: la del ancla que, en medio de las inevitables tempestades, ofrece al menos una estabilidad provisional ante las fuertes corrientes permitiéndonos llegar al siguiente puerto sin ser arrastrados a mar abierto.

Las películas de Woody Allen –cineasta postmoderno por antonomasia– reflejan bien el carácter voluble, inseguro y cambiante del hombre y la mujer contemporáneos al que se refiere Bauman. Ante una dificultad inesperada, ante un nuevo deseo o ante el mero azar, todo puede cambiar de forma repentina. Los protagonistas de sus películas lo comprueban y lo viven una y otra vez: nada permanece, nada es estable, nada es nunca del todo cierto.

Pero un creyente no puede resignarse a aceptar esta visión del mundo y por eso insiste en que Dios ha sido, sigue siendo y será la tabla de salvación y el fundamento sólido en el que vale la pena permanecer. Aunque andemos sobre arenas movedizas o nos arrastren poderosas corrientes, Dios permanece y acompaña de un modo no siempre fácil de percibir.

Volviendo a la conversación con que iniciamos esta reflexión y al pasaje del evangelio que la motivó: ¿Qué hubiera dicho Jesús respecto de la observación del arquitecto? ¿Hubiese reconocido la posibilidad –e inevitabilidad– de construir sobre arena? ¿Hubiera aceptado que a menudo no queda otra –como afirmaba resignadamente Bauman– que vivir en tiempos líquidos, con muy pocas certezas, expuestos a la imprevisibilidad de la condición humana?

Ciertamente el carpintero de Nazaret fue consciente de la fragilidad de la vida y de la debilidad de los hombres. Oportunidades para comprobarlo no le faltaron, de principio a fin de su vida. Desde la crisis de Galilea en que es abandonado por muchos de sus seguidores hasta el juicio popular y político en Jerusalén en que es injusta y falsamente condenado, comprobó la dificultad de su misión y la aparente inutilidad de sus esfuerzos. En el huerto de los olivos expresó confundido su desconcierto, llegando incluso a pedir al Padre que “pase de mi este cáliz”.

Los creyentes que han vivido situaciones extremas –de persecución, guerra, martirio o degradación profunda de la convivencia– suelen denunciar una visión edulcorada y falsa de la fe que prostituye su sentido más profundo para recordarnos la radicalidad que supone mantenerse fiel a las propias convicciones en medio de la tempestad. Ellos nos muestran que, en las aguas revueltas de la violencia y en las arenas movedizas de la enfermedad y de la duda, sólo podemos agarrarnos al Dios vivo y personal revelado en Jesús. En su aparente ausencia el Espíritu de Dios sigue presente en nuestro interior: consolando, acompañando, dando fuerzas.

Jesús, además de invitarnos a construir sobre roca firme, resistir las tentaciones y servir al único Dios verdadero, nos consuela también ofreciéndonos un ancla: “cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, nos recuerda.

Cuando se pierde el sentido, cuando las convicciones fallan, cuando todo se tambalea, cuando no queda otra que seguir caminando en la incertidumbre, nos queda siempre la palabra de Dios.

Construir sobre arena no es fácil ni ideal, pero en muchos momentos de la vida es la única alternativa que tenemos. En esas ocasiones, recordemos las palabras de Jesús y abracémonos a ellas, para que nos sostengan y nos mantengan firmes en la fe.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Palancas de cambio

Tanto la sicología como la espiritualidad coinciden en un punto: no podemos modificar muchos aspectos de nuestra vida de golpe. Lo que sí podemos hacer es dar pequeños pasos que actúen como palancas de cambio en otros ámbitos. Partiendo de ellos, poco a poco, salimos del círculo vicioso en el que estamos instalados e –incluso, si nos damos tiempo– entramos en otro virtuoso.

Por ejemplo, resulta muy improbable que alguien deje el tabaco, empiece a hacer ejercicio y modifique su modo de comer de la noche a la mañana. Sin embargo, una sola de estas decisiones –sostenida en el tiempo– puede y suele conducir a las otras dos. Los detonantes que llevan a emprender el camino de salida son muy diversos: un problema de salud, un cambio repentino en el trabajo, un traslado, una seria advertencia del médico o el efecto contagio de un amigo o familiar cercano. Siempre hay “algo” o “alguien” que empuja a dar el primer paso.

En la vida espiritual sucede como con la salud y con el cuidado del cuerpo: son muchos los  que desearíamos tener una vida de fe más auténtica e integrada con el resto de aspectos cotidianos. Otros querrían poder iniciarla por completo, encontrar un motivo que les ayude a crecer y profundizar en su experiencia religiosa. En todos los casos, sin embargo, ayuda empezar por un aspecto muy concreto si no queremos llevarnos a engaño, frustrarnos y enterrar antes de hora los buenos propósitos.

En este sentido, los relatos de conversiones resultan iluminadores. En cada uno de ellos encontramos una palanca distinta que actúa como detonante de la transformación personal. Si nos fijamos en los evangelios, comprobamos que todas las personas que se acercan a Jesús han tomado clara conciencia de la necesidad de reorientar sus vidas y de iniciar algo nuevo.

A Zaqueo, a María Magdalena, a la hemorroísa, al centurión romano o al hombre rico, ¿no les impulsa el deseo de cambiar algo en sus vidas?,  ¿no tratan de integrar piezas que andan sueltas?, ¿no buscan llenar un vacío? A cada uno, sin embargo, se le sugiere un camino diferente, una palanca de cambio distinta.

Es por eso que Jesús, en su encuentro personal con los hombres y mujeres de su tiempo, primero les escucha y luego les pide que empiecen, precisamente, por el aspecto que les ha impulsado a dar el primer paso: la codicia de riquezas, el desorden de los afectos, la frivolidad de las relaciones, el olvido de Dios, la excesiva preocupación por el bienestar, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Cada uno sabe bien qué necesita abordar antes.

De hecho, Jesús nunca pide que revisemos toda nuestra vida. No nos pide que hagamos tabla rasa y empecemos de cero. Sabe bien que eso es imposible. Al contrario, propone que construyamos desde donde estamos: partir de nuestra situación concreta y abordar primero aquello que nos ha removido por dentro. El resto vendrá luego.

No podemos usar recetas cuando hablamos de personas, aunque sí podemos inspirarnos en la experiencia de otros creyentes. La pedagogía de la fe requiere paciencia, pero sobretodo una estrategia: la sencillez de la paloma se combina –también aquí– con la astucia de la serpiente. Frente a las resistencias interiores que frenan la maduración espiritual, se hace necesaria una especie de acupuntura espiritual que incida primero allí donde la parálisis es más aguda.

Jesús era un maestro en el arte de combinar ambas habilidades, sabía acompañar compasivamente y aconsejar astutamente. Fruto del encuentro personal con Jesús, el recaudador Zaqueo decide devolver cuadruplicado “el dinero que he defraudado”, Magdalena se compromete a no pecar más, el centurión reconoce que no es “digno de que entres en mi casa” y la mujer siro-fenicia intuye que “con solo tocarle el manto, curaré”.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar el fruto de unos encuentros que narrativamente duran un instante pero que, sin duda, implicaron un largo proceso de maduración y conversión.

Al inicio del año que inauguramos –cuando hacemos propósitos de año nuevo y de vida nueva– pueden iluminarnos estos relatos para meditar sobre nuestro deseo de renovación y nuestra propia necesidad de conversión.

Desear una mayor calidad en la oración, examinar nuestras vidas con más detenimiento, ejercitarnos en pedir perdón, buscar una lectura espiritual que nos alimente, quitarnos algo de lo mucho que nos sobra, encontrar momentos para contemplar la creación, dedicar parte de nuestro tiempo al servicio del prójimo: son pequeños ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia recomienda. Son palancas de cambio que pueden desencadenar transformaciones mayores. De nosotros depende utilizarlas.

Arquímedes decía “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El refranero popular afirma que “todo largo camino empieza con un primer paso”. La sabiduría de nuestros antepasados coincide en este aspecto con la del evangelio.

Ambas nos invitan a la humildad y a la constancia –a ser como palomas– pero también a la astucia y a la inteligencia –a ser como serpientes– con un objetivo: convertirnos, como Jesús, en palancas de cambio en nuestro mundo. Porque transformándonos nosotros, poco a poco, el Reino de Dios se hará presente.

Jaime Tatay, SJ

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