Reflexión

El evangelio de la simplicidad voluntaria

A lo largo de la historia, la mayoría de tradiciones religiosas han propuesto a sus seguidores vivir de un modo sencillo y sobrio, rechazando la avaricia, la usura y el materialismo. La razón principal de este consenso no es un rechazo al bienestar y a la riqueza (que es considerada, casi siempre, una bendición) sino una constatación tan simple como evidente: cuanto más tiempo y energías invertimos en alcanzar fines materiales, de menos disponemos para los aspectos inmateriales y relacionales de la vida, incluidos los espirituales.

La crítica al consumo excesivo y a la acumulación material atraviesa la tradición cristiana llegando hasta nuestros días. Recientemente, el Papa Francisco ha popularizado la expresión cultura del descarte, poniendo en relación la dimensión material y humana de una cultura que “usa y tira” a las personas y a la naturaleza. Con esta expresión, Francisco subraya la dimensión social de la tradicional crítica religiosa al materialismo introduciendo al mismo tiempo la preocupación por el medioambiente como una cuestión moral.

Las raíces históricas de la distorsión cultural a la que apunta Francisco son múltiples y desbordan el objeto de esta breve reflexión. Pero resulta oportuno recordar al menos uno de los motivos principales que hacen que una sociedad entre en la triple dinámica de degradación espiritual, social y ecológica.

Una convicción básica común a las tres grandes religiones bíblicas afirma que el ser humano se desorienta con facilidad y su corazón no se centra en lo más valioso, en aquello que le enriquece, crea vínculos profundos y da sentido a su existencia. Tradicionalmente, a esta ruptura en la tradición cristiana se le ha denominado pecado o mysterium iniquitatis.

Debido a esta distorsión, el creyente es invitado a cambiar de dirección y a volver, una y otra vez, a lo importante, dejando a un lado aquello que le estorba, incluidas las excesivas propiedades materiales.

Tanto es así que la llamada a una re-orientación radical de las motivaciones y los fines últimos de la vida constituye el mensaje central de la predicación de Jesús. Sus primeras palabras, en el evangelio de Marcos, son: “conviértete y cree en la buena noticia”.

Pero, ¿qué puede significar hoy día convertirse y creer en la buena noticia? Estos dos términos han sido interpretados de muy diversos modos a lo largo del tiempo y siguen siendo objeto de discusión para exegetas, teólogos, pastores y creyentes. La pregunta, sin embargo, desborda el marco del cristianismo –e incluso el de las religiones– y se introduce, desvestida de su ropaje confesional, en algunos debates seculares contemporáneos que han ido cobrando fuerza en las últimas décadas.

Así se pone de manifiesto en las propuestas académicas y los movimientos sociales que propugnan abiertamente –aunque sin hacer referencia a ninguna tradición espiritual– una necesaria conversión hacia estilos de vida austeros, frugales y sobrios, hacia una nueva simplicidad voluntaria.

Dos de estos movimientos seculares, provenientes del mundo anglosajón, resultan significativos por su sintonía con el tradicional mensaje religioso y por ensalzar el denostado valor de la ascesis. Se trata del Simplicity Institute (Instituto de la Simplicidad) y una pareja de jóvenes norteamericanos autodenominada The Minimalists (Los Minimalistas) que invita a simplificar la vida reduciendo el nivel de consumo y la cantidad de posesiones materiales con el fin de conseguir una mayor plenitud existencial.

Las procedencias y motivaciones de estos dos grupos son diversas, pero ambos coinciden en la búsqueda de una vida armónica y plena, en la necesidad de aceptar los límites ambientales de un planeta que no puede soportar un consumo ilimitado, en la conciencia de que los más pobres pagan los platos rotos del despilfarro y en el celo misionero por transmitir su particular evangelio de la simplicidad voluntaria.

El mensaje de estos nuevos predicadores seculares contrasta poderosa y paradójicamente con el de otros predicadores pentecostales y evangélicos contemporáneos que, en las últimas décadas, han divulgado con gran éxito el llamado evangelio de la prosperidad. La expresión se remonta al artículo del industrialista y multimillonario Andrew Carnegie, The Gospel of Wealth (1889). Con un sentido algo distinto del de Carnegie, los proponentes de la nueva interpretación afirman que el bienestar físico y la riqueza económica son siempre voluntad de Dios. La fe, el pensamiento positivo y las donaciones a causas religiosas a la larga aumentan la riqueza material. De ahí que los predicadores del evangelio de la prosperidad animen a sus fieles, inspirándose en algunos textos bíblicos, a orar e incluso a exigir a Dios la riqueza material.

Aunque no hay necesidad de entrar en el interesante debate teológico que se esconde tras la propuesta del evangelio de la prosperidad y su vinculación con el auge de las iglesias evangélicas y pentecostales que lo han divulgado con gran éxito (sobre todo en países en vías desarrollo), sí merece la pena contrastar su mensaje con el del –en apariencia tan secular– evangelio de la simplicidad voluntaria para descubrir que a menudo, en cuestiones religiosas, las apariencias engañan.

Engañan porque no queda nada claro cuál es el límite entre lo secular y lo religioso y quién, bajo un lenguaje y un ropaje espiritual, trata de vender (nunca mejor dicho) la moto del materialismo. Quizás debamos escuchar con atención otras voces que, desde los lugares más inesperados, usan palabras nuevas para indicarnos caminos recorridos desde muy antiguo.

Antonio Machado escribió: “a distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una”. Quizás el gran poeta andaluz presagiaba ya la urgencia del discernimiento espiritual y la necesidad de una nueva ascesis en el modo contemporáneo de vivir la fe.

En cualquier caso, no está de más prestar atención a toda palabra que hoy establezca puentes, ofrezca una mirada fresca y proponga redescubrir el evangelio de modo nuevo. Toda palabra que invite a la conversión, a la simplicidad voluntaria y a la buena noticia –venga de donde venga– es bienvenida.

 

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Meditar la propia muerte

No solemos meditar sobre nuestra propia muerte, salvo si acudimos a un funeral o nos ponemos gravemente enfermos. Esto no fue así en el pasado, ni lo es en muchos lugares del mundo donde la muerte forma parte del presente y de lo cotidiano, no sólo de un futuro improbable y lejano.

Uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, Martin Heidegger, popularizó en círculos académicos una expresión que refleja bien quiénes somos y cuál es nuestro fin: somos seres-para-la-muerte, seres finitos, orientados a desaparecer. Nuestra cultura, obsesionada con la juventud y la salud, tiende, sin embargo, a ocultar este dato básico de la realidad para hacernos creer que somos eternos.

El trans-humanismo, una filosofía contemporánea con supuesta base científica, refleja esta vana esperanza afirmando que llegará el día (mediado por asombrosas innovaciones tecnológicas) en que nuestros organismos (o al menos los de unos pocos elegidos que puedan pagárselo) se regenerarán y vivirán ilimitadamente. Entonces, afirman, seremos inmortales. Pero de momento, y hasta que no se demuestre lo contrario con algunos casos comprobados de nuevos Matusalenes, parece que nos morimos. Y lo hacemos todos. De ahí la conveniencia de meditar sobre uno de los elementos más importantes, quizás el más importante, de nuestra vida: su carácter finito y provisional.

Aunque no se trata de traer a la mente y reflexionar sobre nuestro inevitable declive físico y mental para deprimirnos y asustarnos, sino al contrario, para vivir más plenamente. De hecho, esa era la función principal de las meditaciones sobre la muerte en la tradición cristiana: ser un revulsivo para vivir, aquí y ahora, una vida más auténtica.

La Biblia está llena de invitaciones de este tipo y sus páginas remiten constantemente al carácter pasajero del ser humano y a la necedad de la mayoría de sus expectativas. La literatura sapiencial en particular insiste en este aspecto una y otra vez. El Eclesiastés, por ejemplo, recuerda que “hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir” y que “el destino del ser humano y el destino del animal es el mismo”. Job, en un discurso que reflexiona sobre el sentido de una vida en apariencia abocada a una muerte injusta y absurda, exclama resignado ante Yahvé: “sí, sé que me llevas hacia la muerte” (30,23).

Los cristianos, conscientes de que somos seres-para-la-muerte, pedimos en el Ave María que la Virgen nos acompañe en ese difícil tránsito e interceda ante nosotros: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte”. Las advocaciones al Cristo de la Buena Muerte, a San José o a la Virgen del Buen Suceso nos recuerdan también la centralidad que ha tenido la experiencia de la muerte para la piedad popular.

La fiesta de todos los Santos y, sobre todo, la de los Difuntos –que, por desgracia, ha sido deformada y comercializada en esa versión grotesca llamada Halloween– que celebramos en noviembre apunta también en esta misma tradición. Pensar en los muertos y rezar por ellos es un modo de tenerlos presentes y de recordar que algún día nos uniremos a ellos.

Sin embargo, conviene recordar que las meditaciones sobre la muerte que encontramos en la Biblia, en la devoción popular y en la liturgia tienen una función clave en el presente, y no sólo para acompañarnos en el trance final de la vida. Ellas pueden ser el revulsivo que nos ayude a abrir los ojos, ordenar las prioridades y elegir bien.

Este es el sentido de la pregunta que Jesús plantea en el evangelio y a la que convendría volver con frecuencia: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?”. Ignacio de Loyola, en los Ejercicios espirituales, hace referencia a la muerte precisamente en este mismo sentido, invitando a imaginar el día de la muerte, pero para elegir bien y orientar las decisiones futuras (optando por un determinado estilo, “regla” o “forma y medida” de vida).

Por un lado, para hacer una buena elección, Ignacio propone “considerar, como si estuviese en el lecho de la muerte, la forma y medida que entonces querría haber tenido en el modo de la presente elección, y reglándome por aquella, haga en todo la mi determinación”. A continuación, añade: “mirando y considerando cómo me hallaré el día del juicio, pensar cómo entonces querría haber deliberado acerca la cosa presente; y la regla que entonces querría haber tenido, tomarla ahora”. El futuro, con esta meditación, se proyecta sobre el presente, iluminándolo.

Es cierto que hoy día la conciencia de un juicio final no tiene la fuerza que tuvo en otras épocas ni la muerte suele ser objeto frecuente de nuestros pensamientos, oraciones y conversaciones. Pero no podemos dejar de reconocer que este tipo de meditaciones nos permiten elevarnos y tomar distancia del momento actual para volver a él de un modo distinto.

Cuando Jesús dice “cielo y tierra pasarán”, añade a continuación: “mas mis palabras no pasarán”. Necesitamos volver a las palabras de Jesús y permanecer en ellas. Necesitamos meditar la propia muerte; pero no para entristecernos, sino para relativizar nuestras preocupaciones, elegir bien y vivir de un modo más auténtico. En definitiva, para ser como realmente nos gustaría haber sido cuando esta vida, al fin, haya terminado.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Responder preguntando

En una ocasión, al salir de misa, un compañero jesuita me dijo de broma, “¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que Jesús, en los evangelios, responde a sus interlocutores con una pregunta?”, y añadió, “parece gallego, nunca aborda la cuestión directamente”.

Más allá de los estereotipos culturales y del hipotético origen galaico de Jesús (descartado por todos los estudiosos), qué duda cabe que el profeta itinerante de Nazaret con mucha frecuencia respondía planteando una nueva pregunta. Este particular modo de dialogar es un rasgo distintivo de su persona y no una mera anécdota o un recurso literario usado por los evangelistas.

Un rasgo del que merece la pena tomar nota, porque preguntar –preguntar bien– es más importante a menudo que tratar de responder. Dicho de otro modo, una pregunta mal formulada no merece ser respondida, sino corregida (o reformulada). Al menos esa parece ser la intención última de las misteriosas respuestas de Jesús: interpelar a su interlocutor, ayudar a desvelar sus motivos y clarificar la formulación de sus preguntas.

Los mejores ejemplos los tenemos en las numerosas polémicas con los fariseos y maestros de la ley. Ante la sorprendente curación de un paralítico y el perdón de sus pecados, los fariseos, escandalizados, exclaman: “¿No es sólo Dios quien puede perdonar los pecados?”. Pero Jesús, sabiendo que la interrogación esconde una acusación implícita, contesta: “¿Qué es más fácil decir, ‘tus pecados te son perdonados’, o decir ‘levántate y anda’?”.

Poco después, de nuevo, al plantear los fariseos por qué los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús remite a la propia tradición de sus interrogadores: “¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?”.

Y algo similar sucede, más adelante, con otro hombre piadoso y rico, cuando éste le dice (esta vez sin intención de tenderle una trampa): “Maestro, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?”. Como a los fariseos, Jesús le invita a beber de su propia tradición: “¿Qué dice la ley?”. El final de la historia lo conocemos de sobra. Jesús no rechaza ni minusvalora la importancia de la ley –al contrario, en otro lugar llega a decir: “les aseguro que no quedará ni una coma de la ley sin cumplirse”– sino que ayuda a situarla en un contexto más amplio.

Con sus misteriosas respuestas Jesús muestra que la observancia religiosa puede hacernos, paradójicamente, ciegos e inflexibles; ciegos ante la enorme sabiduría de las Escrituras e inflexibles ante una tradición capaz de abrirse a situaciones nuevas. Preguntar bien, por tanto, ayuda a mostrar la riqueza y la profundidad de la herencia recibida y a defenderla frente a quienes –en su deseo por cumplirla– acaban encorsetándola y empobreciéndola.

Pero Jesús no sólo responde de esta manera en contextos polémicos, desvelando las intenciones y agendas ocultas de sus interlocutores. También lo hace para clarificar aspectos de sus enseñanzas y estimular la imaginación religiosa de sus discípulos y seguidores. Esta segunda intención de sus preguntas-respuesta se ve muy bien en el uso que hace, por ejemplo, de las parábolas, que con frecuencia están enmarcadas también entre interrogantes.

Por ejemplo, cuando el mismo hombre rico que buscaba la vida eterna se pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, es respondido con la parábola del buen samaritano, a la que Jesús, a continuación, añade: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta es tan evidente hoy como lo fue entonces para aquel hombre.

En este caso, no se trata tanto de desenmascarar la intención capciosa o la hipocresía religiosa del interlocutor, sino más bien de enmarcar pedagógicamente su pregunta en un nuevo contexto que ayude a responderla.

Pero conviene no olvidar que este modo particular de razonar no es exclusivo de Jesús. Al fin y al cabo, Jesús fue un gran conocedor de la tradición profética y sapiencial de Israel, en la cual encuentra inspiración y a la cual remite constantemente.

En el diálogo más largo y dramático de toda la Biblia –el que sostiene Job con sus tres amigos y con el mismísimo Yahvé sobre el sentido del sufrimiento humano y la doctrina de la retribución– Yahvé se reserva la palabra hasta el final. Para sorpresa de Job y del lector, ante las muchas preguntas y explicaciones formuladas por los protagonistas del drama, Yahvé responde… ¡con una larga batería de preguntas!

Reproducir Job 38-39 resultaría excesivo en el contexto de esta breve meditación. Valga la referencia para ilustrar la tercera de las razones que lleva –a Jesús y a Yahvé– a responder preguntando: la pedagógica o mistagógica.

La función mistagógica (por mistagogía se entiende el proceso de iniciación religiosa o etapa final del catecumenado) de las conversaciones de Jesús se observa, por ejemplo, al final de los evangelios, en la aparición de Jesús a dos discípulos que van camino de Emaús.

Tras un largo diálogo que se inicia con una pregunta dirigida a Jesús –“¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”– los taciturnos discípulos escuchan la larga explicación de aquel peregrino desconocido que concluye afirmando: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Después de la conversación y de la cena, los discípulos abren por fin los ojos a la presencia del resucitado y reconocen sorprendidos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?”.

Responder preguntando, en definitiva, no es un modo evasivo de contestar; todo lo contrario, es una forma pedagógica de corregir nuestras distorsiones religiosas, ayudarnos a buscar y, sobre todo, acercarnos al misterio de Dios.

Jaime Tatay, SJ

 

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Homilia, Reflexión

Dejándolo (casi) todo, le siguieron

Los evangelios no son libros de historia. Tampoco son documentos jurídicos, ni relatos periodísticos que busquen reproducir fielmente unos hechos tal y como sucedieron. Los evangelios son textos que narran una experiencia de encuentro y de fe de una comunidad. Y esa experiencia se comunica con un lenguaje simbólico, propio de las gentes y de la época que vivieron ese encuentro.

Quizás por ello los evangelios no sólo se contradicen a menudo en aspectos de la vida de Jesús –como el momento de su resurrección– sino que, además, contienen errores evidentes para cualquier lector avezado. Un ejemplo muy claro es el de la llamada al seguimiento de los discípulos.

Cuando el evangelista Lucas relata el encuentro de Jesús con un pequeño grupo de pescadores galileos junto al lago de Genesaret, afirma que “dejándolo todo, le siguieron”. Los otros dos evangelios sinópticos rebajan un poco el tono. Marcos dice con el carácter sobrio y directo que le caracteriza que “dejando las redes, le siguieron”. Mateo, para quien la genealogía y la tradición familiar son tan importantes, sostiene que “dejando el barco y a su padre, le siguieron”. Para Juan, sin embargo, que no ambienta la escena junto al lago, es el Bautista quien presenta a Jesús, “y los dos discípulos oyeron lo que dijo y le siguieron”. En este caso, a diferencia de los tres sinópticos, no se concreta nada más sobre las implicaciones inmediatas del seguimiento.

La presentación de Lucas, por tanto, es la más arriesgada, porque afirmar que los discípulos lo dejaron todo por seguir a Jesús no es sólo exagerado, sino probablemente también alejado de la realidad de lo que pudo suceder.

Sabemos de sobra que los discípulos no lo dejaron todo; al contrario, llevaron con ellos muchas cosas de las que no consiguieron desprenderse durante los tres años que compartieron junto al predicador itinerante de Nazaret. Cargaron con sus historias personales, sus expectativas políticas, sus intereses familiares, sus modos de ser y hasta sus ideas sobre Dios y el Mesías. Quizás dejaron atrás la mayoría de posesiones materiales –la casa, la barca y las redes– y algunas relaciones familiares, pero sin duda arrastraron prejuicios sociales, políticos y religiosos.

Las historias que narran los evangelios, y su continuación en los Hechos de los Apóstoles, bien pueden entenderse como un progresivo desprendimiento y purificación de la primera llamada, como una comprensión cada vez más profunda de las consecuencias del seguimiento de Jesús por parte de los discípulos hasta su disposición final a presentarse ante Dios con las manos vacías y el corazón abierto. Podríamos decir que los discípulos sufren un proceso de desprendimiento que les lleva a dejar primero algunas cosas hasta finalmente, y tras muchos tropiezos, dejarlo todo.

Y este es un proceso que llevó tiempo, mucho tiempo, como se desprende de la lectura de los evangelios. Consciente de la enorme fragilidad de sus primeros discípulos, Jesús desarrolla una pedagogía que explica las múltiples llamadas al seguimiento y los diversos anuncios de la pasión que jalonan los evangelios.

Las agendas ocultas, los intereses paralelos y las traiciones de los apóstoles ponen de manifiesto un seguimiento torpe, pero muestran algo todavía más importante: ya desde el principio la Iglesia no fue una comunidad de discípulos puros y seguidores incondicionales, sino un intento fallido, en permanente construcción.

Marc Vilarasau –compañero jesuita fallecido, por desgracia, demasiado joven– decía que la diferencia entre darlo todo y darlo casi todo es infinita. Y no le faltaba razón. El seguimiento de Cristo no demanda un salto cuantitativo, sino cualitativo. Judas, a pesar de su mala prensa, sólo se distingue cuantitativamente del resto por dejar quizás todavía menos, pero no porque los otros once fuesen capaces de dejarlo todo.

El ejemplo de Pedro es paradigmático para ilustrar este proceso. A pesar de ser el primero en escuchar la llamada, Pedro muestra en varias ocasiones su resistencia a aceptar el mesianismo sufriente anunciado por Jesús, llegando a rechazarle públicamente tres veces. Sin embargo, paradójicamente, es también, y a pesar de haber caído tan bajo, nombrado líder de la primera comunidad –“la piedra sobre la que se edificaré mi Iglesia”– y morirá dando testimonio en Roma de la fe cristiana. Pedro pasa del deseo de seguir a Jesús, a ir dando casi todo, hasta finalmente darlo todo.

Sabemos de buena tinta (en este punto sí coinciden los cuatro evangelios) que ninguno de los discípulos lo dejó todo antes de la muerte de Jesús. A pesar de ello, Jesús los llamó y los siguió llamando tras cada caída, tras cada rechazo, tras cada traición. Lo hizo con Pedro, con Santiago y con Juan. Lo hizo hasta el último momento, antes de expirar en la cruz, con el buen ladrón. Y lo sigue haciendo con nosotros. Jesús siempre tiende la mano y ofrece otra oportunidad.

Una de las principales resistencias que a menudo enfrentamos los creyentes y aquellos que se interesan por la fe cristiana es la difícil cuestión de la propia debilidad, inseguridad e inconstancia: “¿seré capaz de mantenerme fiel a este estilo de vida?, ¿podré imitar a Jesús pase lo que pase?, ¿seré digno de llamarme cristiano?”, nos preguntamos conscientes de nuestra fragilidad.

La respuesta es sencilla: No. No lo somos. Es más, no lo seremos nunca. Somos pecadores perdonados, llamados a ponernos en pie e iniciar el camino del seguimiento una y otra vez –como Pedro, como el buen ladrón y como todos los discípulos antes que nosotros.

Pero esto no significa que tengamos que resignarnos a partir de cero tras cada caída o tras cada renuncia. A diferencia de Sísifo –aquel deprimente personaje de la mitología griega cuya vida consistía en arrastrar una pesada piedra pendiente arriba para volver, irremediablemente, a empezar de cero ante la imposibilidad de conseguirlo– los cristianos no volvemos a la casilla de salida cada vez que tropezamos.

En la vida cristiana a menudo avanzamos retrocediendo, sí, como todos los creyentes que nos han precedido, pero nunca somos los mismos tras cada nuevo inicio. O no lo somos, al menos, si prestamos atención a la experiencia acumulada de la Iglesia. Contamos con el testimonio de innumerables cristianos, con la sabiduría de las Escrituras, con el poder vivificador de los sacramentos, con el apoyo de la comunidad cristiana y con nuestra propia experiencia para aprender y seguir avanzando.

Quizás Lucas, a pesar de todo, llevaba algo de razón. Si escuchamos atentamente la llamada al seguimiento de Jesús seremos capaces, como los discípulos, de ir dejando casi todo hasta que, por fin, algún día, lo dejemos todo.

Jaime Tatay, SJ

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Hacer sitio a Dios

Cuando una mujer queda embarazada, muchos cambios tienen lugar en su cuerpo: el útero se dilata, la piel se estira, los riñones se desplazan, las caderas se ensanchan y los intestinos se recolocan. Y todo eso, para que el vientre pueda albergar la nueva vida que crece en su interior y demanda cada vez más espacio. De ahí venimos todos. A todos nos nacieron, a todos nos hicieron espacio, a todos nos dieron la vida. No la pedimos, no nos la ganamos, no nos la merecimos. Nos la dieron gratuitamente.

El proceso de gestación –si alguien ha estado cerca de una mujer durante el embarazo lo sabe bien– es sorprendente y molesto al mismo tiempo, sobre todo en las últimas semanas previas al parto. Hacer sitio a una nueva vida es una experiencia ilusionante y esperanzadora, pero supone también un esfuerzo incómodo y doloroso.

La metáfora del embarazo ayuda a comprender el modo como Dios se relaciona con cada una de sus criaturas y, en un sentido más amplio, a imaginar la creación mundo. La metáfora resulta útil también para imaginar nuestra misión como cristianos y el modo como estamos invitados a vivir. En ambos casos, la figura de María –de quien afirmamos, nada menos, que es la Madre de Dios– resulta de gran ayuda.

Empecemos por el libro del Génesis. Cuando nos paramos un momento y pensamos en el conocido relato de la creación tendemos a imaginar a Dios creando de la nada –ex nihilo–, rellenando un escenario vacío. Tras la aparición de los astros, el agua, la tierra, los animales y las plantas, Dios coloca al hombre y a la mujer en el centro, completando así un proceso que dura simbólicamente siete días. Misión cumplida. Tarea finalizada. Creación completada.

Sin embargo, algunos creyentes han imaginado también a Dios apartándose o echándose a un lado a la hora de crear, dejando un hueco –valga la expresión– en su propio interior, posibilitando así la aparición del universo. El mundo, visto de este modo, no es sólo la realidad material, externa, creada activamente por Dios, que percibimos a nuestro alrededor; es también el espacio interno que Dios habría dejado al echarse a un lado, permitiendo que existiese, continuando su labor creadora.

Dicho con otras palabras, la creación está en Dios pero no es Dios, sino un espacio de libertad entregado como regalo al ser humano. Dios crea activamente, interviniendo en el mundo, pero también se retira pasivamente, dejando espacio a la creatividad humana.

Este modo complementario de entender el relato del Génesis puede parecernos una pura especulación teológica que no conduce a ninguna parte (al fin y al cabo, ¿quien puede comprobar cualquiera de estas afirmaciones?), pero quizás puede ayudarnos a comprender cómo Dios al crearnos personalmente –igual que al gestarnos nuestra madre– nos hizo sitio, para que pudiésemos existir y participar de ese mismo proceso creativo, continuándolo con nuestras vidas.

La sicología evolutiva hoy día dice algo similar respecto al desarrollo humano. Los padres engendran biológicamente a un hijo. Ahora bien, el espacio –físico, en un primero momento– hay que seguir haciéndolo en otros ámbitos –sicológico, educativo, económico– si queremos que crezca como persona autónoma, madura y libre.

Los padres sensatos reconocen que sus hijos no les pertenecen, se los dejaron “en préstamo” durante unos años para que luego tomaran las riendas de sus propias vidas. Su función consiste en dejarles, progresivamente, más y más espacio.

La historia de salvación –la narración de la relación de Dios con su pueblo y de Jesús con la Iglesia– puede entenderse también desde esta clave, como un lento proceso pedagógico de crecimiento, aprendizaje y maduración.

Estos modos complementarios de entender la creación del mundo, el desarrollo humano y la historia de la salvación –como actividad creadora y como pasividad facilitadora– clarifican también algo central para la comunidad cristiana: la misión de la Iglesia.

Cristo hace y deja hacer, transforma y posibilita, libera y permite ejercer la libertad. De ahí que la Iglesia, si quiere parecerse a Jesús, está llamada a imitar este particular modo de ser.

Dicho de forma negativa, difícilmente comunicaremos la presencia de Dios si, además de hablar de Él y dar testimonio con nuestra propia vida, no le hacemos sitio primero, si no nos echamos a un lado para que Dios, simplemente, sea.

En este punto merece la pena volver a la figura de María, porque la Madre de Dios integra ambas actitudes de modo ejemplar. Además de dejar espacio físicamente a Jesús, la joven de Nazaret hizo también espacio a Dios espiritualmente. De este modo, se convirtió en modelo de creyente al escuchar, acoger e imitar la acción libre y creadora de Dios. Su respuesta activa y agradecida brota, precisamente, de su capacidad de escucha y contemplación.

El “hágase en mí según tu palabra” del relato de la anunciación podemos entenderlo como disposición a dar a luz al Mesías o como apertura incondicional a un Dios que tiene la última palabra. Imitar esa doble dinámica define la vocación cristiana.

Algunos teólogos han afirmado que la tarea de la teología consiste en hablar bien de Dios. De forma similar, la misión principal de la Iglesia y de cualquier cristiano no consistiría en otra cosa que en dejar a Dios ser Dios, en hacerle sitio. María representa un modelo único y una fuente permanente de inspiración para llevar adelante esta misión.

En el mes de mayo, el mes de la Virgen, nos puede ayudar pensar en ella como la mujer que dejó a Dios ser Dios. Nos puede ayudar rezarle y pedirle que interceda por nosotros, para que seamos oyentes de la palabra, hombres y mujeres capaces de escuchar y hacer sitio a Dios.

Ojalá podamos decir, con María y como María, “hágase en mí según tu palabra”.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Las fiestas de locos­

Harvey Cox, un eminente teólogo contemporáneo, escribió hace ya casi medio siglo en su libro Las fiestas de locos: “No hay motivos para que los que saben gozar de la vida no puedan al mismo tiempo comprometerse en un hondo cambio social y los que pretenden cambiar el mundo no tienen por qué ser tristes y ascetas”.

De las pinceladas sobre Jesús que esboza el Evangelio podemos deducir que hizo ambas cosas: acudía a bodas y cenaba a menudo con amigos, a la vez que denunciaba la hipocresía religiosa y el mercadeo en el templo. Repeditamente es acusado por sus detractores de ser “comilón y borracho”. Aunque lo que molestaba a los poderosos en realidad era su combate contra la injusticia y su cercanía a los pobres y enfermos.

Con el paso del tiempo, estos dos ámbitos –el de la celebración y el de la denuncia– imbricados de forma natural en la vida de Jesús, parece que se han separado en la comunidad cristiana hasta resultar casi incompatibles.

Cuando los cristianos nos proponemos transformar el mundo y eliminar las causas de la opresión y la injusticia, nos ponemos tremendamente serios y preocupados; por contra, cuando sencillamente celebramos o despreocupadamente disfrutamos de los dones de la vida, no podemos evitar que se nos cuele en la conciencia un sentimiento de culpa por no estar cumpliendo nuestras obligaciones cristianas.

¿Por qué hemos separado ambas dimensiones de la experiencia cristiana –la fiesta y la denuncia, la celebración y la transformación social– hasta hacerlas casi incompatibles? Si viviésemos con naturalidad ambas invitaciones, ¿no resultaría más sensato, más acorde al evangelio y, probablemente también, más fructífero?

La contraposición de Marta y María en la conocida escena evangélica en que Jesús va a la casa de las dos hermanas en busca de descanso expresa veladamente una tensión –entre contemplación y acción, entre celebración y servicio– que preocupaba ya a la primera comunidad cristiana. Esta sana tensión, se nos advierte en esta historia, puede convertirse en un enfrentamiento estéril. No se trata de averiguar qué es mejor –servir o acompañar– sino saber qué conviene en cada momento. El día que Jesús fue a casa de Marta y María tocaba acompañar.

El tiempo pascual es un buen momento para volver sobre estas historias y preguntarnos cómo integramos las diversas dimensiones de la vida cristiana. Es el tiempo en que recibimos mandatos en apariencia divergentes que, sin embargo, señalan en una única dirección: “estad alegres” y “llevad la buena noticia del evangelio a toda la creación”; es decir: disfrutad y trabajad, celebrad y evangelizad.

La alegría que trae el resucitado y el mandato misionero no entran en competición. Al contrario, están estrechamente relacionados y se alimentan mutuamente. Desconectarlos supone empobrecer ambos. La lucha por la justicia, sin alegría, se vuelve un imperativo moral agotador; la fiesta, sin inclusión del otro, un club privado y excluyente.

Francisco lo subrayó con otras palabras en su primera exhortación apostólica, Evangelii gaudium (La alegría del evangelio):

“La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino” (EG 237).

La religiosidad del pueblo, tan querida por Francisco, se convierte en maestra de vida al ser capaz de articular con naturalidad diversas dimensiones de la experiencia cristiana: celebración de la vida, anuncio del evangelio, denuncia de la injusticia, transformación de la cultura.

Porque evangelizar, vivir la alegría del evangelio y construir un Reino de paz y justicia son una misma y única tarea que está estrechamente vinculada a la experiencia pascual. Una tarea que es, en buena medida, una locura: la locura de creer en la resurrección, la locura de apostar por el Reino de Dios, la locura de luchar contra los demonios de este mundo, la locura de esperar contra toda desesperanza.

Y esa locura es contagiosa. Como bien saben los expertos en publicidad y marketing, el deseo funciona por imitación y contagio. En la transmisión de la experiencia pascual sucede algo similar. Los discípulos se contagian unos a otros la fe en el resucitado y el deseo de compartir lo vivido; ese contagio es el que les impulsa a salir de su encierro e ir al mundo entero a anunciar –como si de un grupo de locos se tratara– la llegada de un Reino de paz, justicia y amor. Cox tenía razón al reivindicar una nueva alianza entre la alegría y la transformación social.

Las sucesivas apariciones del resucitado que leemos durante el tiempo pascual no son más que la antesala de Pentecostés, el momento –temeroso en un principio, pero que acaba convirtiéndose en una gran fiesta– en que el Espíritu Santo desciende sobre la comunidad transmitiéndole una serena alegría y una profunda esperanza.

Fruto de esa experiencia fundante, la comunidad cristiana se lanza –alegre, esperanzada y “enloquecida” por Dios– a comunicar la buena noticia del Reino y transformar la sociedad de su época.

Envío, anuncio alegre y lucha por la dignidad de los hijos de Dios van de la mano. Por eso decimos que la experiencia pascual es una fiesta, una fiesta de locos por el Reino.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

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