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Hacer sitio a Dios

Cuando una mujer queda embarazada, muchos cambios tienen lugar en su cuerpo: el útero se dilata, la piel se estira, los riñones se desplazan, las caderas se ensanchan y los intestinos se recolocan. Y todo eso, para que el vientre pueda albergar la nueva vida que crece en su interior y demanda cada vez más espacio. De ahí venimos todos. A todos nos nacieron, a todos nos hicieron espacio, a todos nos dieron la vida. No la pedimos, no nos la ganamos, no nos la merecimos. Nos la dieron gratuitamente.

El proceso de gestación –si alguien ha estado cerca de una mujer durante el embarazo lo sabe bien– es sorprendente y molesto al mismo tiempo, sobre todo en las últimas semanas previas al parto. Hacer sitio a una nueva vida es una experiencia ilusionante y esperanzadora, pero supone también un esfuerzo incómodo y doloroso.

La metáfora del embarazo ayuda a comprender el modo como Dios se relaciona con cada una de sus criaturas y, en un sentido más amplio, a imaginar la creación mundo. La metáfora resulta útil también para imaginar nuestra misión como cristianos y el modo como estamos invitados a vivir. En ambos casos, la figura de María –de quien afirmamos, nada menos, que es la Madre de Dios– resulta de gran ayuda.

Empecemos por el libro del Génesis. Cuando nos paramos un momento y pensamos en el conocido relato de la creación tendemos a imaginar a Dios creando de la nada –ex nihilo–, rellenando un escenario vacío. Tras la aparición de los astros, el agua, la tierra, los animales y las plantas, Dios coloca al hombre y a la mujer en el centro, completando así un proceso que dura simbólicamente siete días. Misión cumplida. Tarea finalizada. Creación completada.

Sin embargo, algunos creyentes han imaginado también a Dios apartándose o echándose a un lado a la hora de crear, dejando un hueco –valga la expresión– en su propio interior, posibilitando así la aparición del universo. El mundo, visto de este modo, no es sólo la realidad material, externa, creada activamente por Dios, que percibimos a nuestro alrededor; es también el espacio interno que Dios habría dejado al echarse a un lado, permitiendo que existiese, continuando su labor creadora.

Dicho con otras palabras, la creación está en Dios pero no es Dios, sino un espacio de libertad entregado como regalo al ser humano. Dios crea activamente, interviniendo en el mundo, pero también se retira pasivamente, dejando espacio a la creatividad humana.

Este modo complementario de entender el relato del Génesis puede parecernos una pura especulación teológica que no conduce a ninguna parte (al fin y al cabo, ¿quien puede comprobar cualquiera de estas afirmaciones?), pero quizás puede ayudarnos a comprender cómo Dios al crearnos personalmente –igual que al gestarnos nuestra madre– nos hizo sitio, para que pudiésemos existir y participar de ese mismo proceso creativo, continuándolo con nuestras vidas.

La sicología evolutiva hoy día dice algo similar respecto al desarrollo humano. Los padres engendran biológicamente a un hijo. Ahora bien, el espacio –físico, en un primero momento– hay que seguir haciéndolo en otros ámbitos –sicológico, educativo, económico– si queremos que crezca como persona autónoma, madura y libre.

Los padres sensatos reconocen que sus hijos no les pertenecen, se los dejaron “en préstamo” durante unos años para que luego tomaran las riendas de sus propias vidas. Su función consiste en dejarles, progresivamente, más y más espacio.

La historia de salvación –la narración de la relación de Dios con su pueblo y de Jesús con la Iglesia– puede entenderse también desde esta clave, como un lento proceso pedagógico de crecimiento, aprendizaje y maduración.

Estos modos complementarios de entender la creación del mundo, el desarrollo humano y la historia de la salvación –como actividad creadora y como pasividad facilitadora– clarifican también algo central para la comunidad cristiana: la misión de la Iglesia.

Cristo hace y deja hacer, transforma y posibilita, libera y permite ejercer la libertad. De ahí que la Iglesia, si quiere parecerse a Jesús, está llamada a imitar este particular modo de ser.

Dicho de forma negativa, difícilmente comunicaremos la presencia de Dios si, además de hablar de Él y dar testimonio con nuestra propia vida, no le hacemos sitio primero, si no nos echamos a un lado para que Dios, simplemente, sea.

En este punto merece la pena volver a la figura de María, porque la Madre de Dios integra ambas actitudes de modo ejemplar. Además de dejar espacio físicamente a Jesús, la joven de Nazaret hizo también espacio a Dios espiritualmente. De este modo, se convirtió en modelo de creyente al escuchar, acoger e imitar la acción libre y creadora de Dios. Su respuesta activa y agradecida brota, precisamente, de su capacidad de escucha y contemplación.

El “hágase en mí según tu palabra” del relato de la anunciación podemos entenderlo como disposición a dar a luz al Mesías o como apertura incondicional a un Dios que tiene la última palabra. Imitar esa doble dinámica define la vocación cristiana.

Algunos teólogos han afirmado que la tarea de la teología consiste en hablar bien de Dios. De forma similar, la misión principal de la Iglesia y de cualquier cristiano no consistiría en otra cosa que en dejar a Dios ser Dios, en hacerle sitio. María representa un modelo único y una fuente permanente de inspiración para llevar adelante esta misión.

En el mes de mayo, el mes de la Virgen, nos puede ayudar pensar en ella como la mujer que dejó a Dios ser Dios. Nos puede ayudar rezarle y pedirle que interceda por nosotros, para que seamos oyentes de la palabra, hombres y mujeres capaces de escuchar y hacer sitio a Dios.

Ojalá podamos decir, con María y como María, “hágase en mí según tu palabra”.

Jaime Tatay, SJ

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Juego de Tronos

Juego de tronos

“El tiempo es superior al espacio”, le gusta repetir al papa Francisco con frecuencia. La frase suena enigmática la primera vez que se escucha, pero resulta mucho más clara cuando la explica: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder”. El proceso (el tiempo), a la larga, es más fecundo que el poder (el espacio), aunque estemos tentados de pensar que es justo al contrario.

A Jesús el demonio lo tentó, precisamente, con una propuesta similar. Al principio de su vida apostólica, lo condujo a un monte muy alto, como si de un trono se tratase, le mostró todos los reinos del mundo y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Jesús, por supuesto, no se postró, sino que le contestó duramente: “Apártate, Satanás”.

La tentación del poder, la más clara y provocadora de las tres a las que se enfrenta Jesús, es la tentación a la que se refiere el papa Francisco cada vez que repite su enigmática frase. Y es también la tentación a la que nos enfrentamos todos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Es la tentación de ocupar el “espacio de poder”, es la tentación del juego de tronos, de la solución por la fuerza. O dicho de otro modo, es la tentación del atajo, de las soluciones rápidas que se saltan la tarea humilde y penosa del proceso, que desprecian el valor de los intentos.

En el evangelio reaparece una y otra vez la misma tentación. Años después de la experiencia en el desierto, en plena vida apostólica, Jesús rechaza a Pedro duramente diciéndole, como al demonio del desierto: “¡Apártate de mi vista Satanás!”. Pedro le había reprendido al anunciar su futura pasión y trataba de convencerle de coger un atajo, de evitar el camino de la cruz. Pero Jesús, de nuevo, insiste: el tiempo es superior al espacio, no nos podemos saltar los procesos.

Y hoy recordamos de nuevo la misma tentación en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del tiempo ordinario. Cerca ya del final de la vida de Jesús, el evangelista Juan pone en boca de Pilatos la misma pregunta: “¿Dices tú que eres el rey de los judíos?”. Jesús, una vez más, rechaza el título de Rey y contesta: “Mi reino no es de este mundo”.

Del principio al final de su vida, por tanto, Jesús tiene que aclarar constantemente quién es –o quién no es– y cuál es su verdadera misión: anunciar el Reino de Dios, un reino muy distinto del que imaginaban los hombres de su época.

SeuValenciaPorque el Reino que anuncia Jesús tiene que ver más con el lento proceso de crecimiento de la semilla que con el juego de poder que se ejerce desde un trono. Tiene que ver más con el tiempo que con el espacio.

La mayoría de parábolas del Reino, de hecho, apuntan en esa dirección. Pensemos en la de la mostaza –que siendo tan insignificante llega a convertirse en un arbusto donde se cobijan los pájaros– o mejor todavía, en la del trigo y la cizaña –que crecen juntos, compartiendo el espacio del campo.

La tentación, en el caso de la cizaña, es arrancarla, para asegurarle espacio al trigo, para que crezca, para que dé el máximo fruto. ¡Resulta tan claro y evidente lo que hay que hacer! Pero Jesús, sin embargo, recomienda no hacerlo: por respeto al tiempo, por respeto al proceso, por respeto al propio trigo.

En nuestra vida estamos constantemente tentados de hacer lo mismo: arrancar la cizaña, identificar al culpable, cortar por lo sano, coger atajos, asegurar nuestro espacio, subir al trono. Pero no –aunque parezca evidente, aunque resulte lógico, aunque sea lo más fácil– Jesús dice que no, y nos provoca diciendo: respeta la cizaña, no ocupes todo el espacio, date tiempo. De nuevo, el tiempo supera al espacio.

Porque el Reino de Dios es el reino de lo pequeño, de lo lento, de lo oculto y de lo frágil. Es el reino de la vida que se forma poco a poco, que se teje en lo oculto, que se construye en el silencio. Ese es el Reino que vino a anunciar Jesús, no el reino del trono y sus juegos de poder.

No es casualidad que sean los pobres en el espíritu, de entre todos los bienaventurados, los que heredan el Reino. No es casualidad tampoco que los limpios de corazón son los que ven a Dios. La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu, ¿no tendrán que ver acaso con la capacidad de mirar con profundidad lo pequeño, lo lento, lo oculto y lo frágil? ¿No tendrán que ver con la actitud que rechaza el trono y sus juegos?

La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu nos conducen al Reino. O mejor dicho, nos hacen parte del Reino. Porque el Reino, para los cristianos, no es un lugar físico, es un modo de vivir en el mundo.

Que Cristo llegue a ser Rey, el rey de mi vida, el rey de mi historia, será un largo proceso que llevará tiempo. Afirmar que Cristo es Rey lleva, de hecho, toda una vida. Cristo es Rey, sí, pero no es el rey del trono (del espacio), es el rey del tiempo. Dicho con el lenguaje de la Biblia, Él es el alfa y el omega, el principio y el fin. Es Cristo ayer, hoy y siempre. Así sí, y sólo así, podemos decir, por fin, que Cristo es Rey.

Homilía en la fiesta de Cristo Rey.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

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“El Señor es mi pastor”, sí, pero yo no soy un borrego más

La palabra domesticar puede parecer inadecuada para expresar nuestra relación con Dios. Sin embargo, no podemos ignorar que es una de las metáforas preferidas de la Biblia para hablar tanto de la relación de Yahvé con su pueblo como de la de Jesús –el buen pastor– con cada uno de nosotros –las ovejas de su rebaño.

Hoy día seguimos hablando de los pastores de la Iglesia para referirnos a los obispos, cuya misión es orientar y acompañar a los fieles. Pero, ¿tiene sentido seguir usando este tipo de expresiones que ya no forman parte de nuestra cultura urbana y tecnológica?, ¿no resultan un tanto anacrónicas?, ¿no habría que sustituirlas por otras más modernas?

Porque hablar de pastores, de ovejas y de domesticar nos suena mal, muy mal. Nos suena casi inaceptable, un lenguaje de otra época que toleramos por ser parte de la tradición que hemos recibido. Siendo, como somos, hijos de la Ilustración, no nos gusta que nos comparen con animales sometidos y dependientes. Si hace ya tiempo que nos emancipamos –al menos en teoría– y descubrimos la libertad individual y la autonomía personal como logros irrenunciables de la humanidad, ¿a qué santo viene ahora mantener una imagen tan trasnochada para expresar nuestra relación con Dios?

Una de las críticas que el filósofo ateo Nietzsche hizo al cristianismo fue, precisamente, haber generado una moral de débiles, de borregos asustados y miedosos que acabaron ensalzando al menos fuerte y al menos capaz, en una especie de “igualación por abajo”.

Recuerdo que en el Encuentro Mundial de la Juventud de Colonia del año 2005 un grupo laicista opuesto a la visita del Papa contrató un camión que arrastraba una plataforma donde se representaba una escena satírica en la que aparecía un dinosaurio rosa vestido con los atuendos del Pontífice, rodeado por un rebaño de ingenuas ovejas. El camión, que también llevaba un cartel que rezaba “Religion Free Zone”, daba vueltas sin parar a la amplia rotonda por la que pasábamos muchos peregrinos, tratando de abrir nuestros ojos ante tanta (supuesta) estupidez, engaño y aborregamiento religioso. ¿Estaba justificada la crítica burlona y ácida del grupo laicista?

dinosaurio

Pese a todas las críticas recibidas contra este lenguaje, vale la pena que nos paremos un momento a considerar su validez antes de descartarlo de un plumazo.

La palabra domesticar proviene del termino latino domus, que quiere decir “casa”. Domesticar, en una de sus acepciones, significa algo así como “traer a casa”, entrar a formar parte del ámbito familiar. El animal doméstico, a diferencia del salvaje, es aquel que ha entrado a formar parte de la vida del ser humano en un largo y complejo proceso histórico que los científicos no han conseguido explicar todavía del todo. Lo que la investigación moderna sí concluye es que la domesticación no funciona en una sola dirección sino que, más bien, hay que entenderla como una relación de mutualismo o simbiosis, en la que ambas partas salen beneficiadas.

El caso de perros y gatos puede ser el más cercano y el más claro. Los lobos y los felinos de los que provienen nuestras innumerables razas de animales de compañía obtuvieron ventajas evolutivas al asociarse con los homínidos. Poco a poco fueron ganando en confianza, hasta llegar a asociarse definitivamente con nuestros antepasados. No sabemos muy bien quién de los dos dio el primer paso, pero sí sabemos que ese proceso transformó a ambas partes para siempre.

Ser domesticado por Dios, visto desde este punto de vista, no significa resignarse a una inaceptable relación de dominio, protección y sometimiento, como trataba de denunciar el grupo laicista alemán. Tampoco supone vivir en una permanente regresión infantilizante que impide alcanzar la mayoría de edad y acaba ensalzando a los mediocres, como pensaba Nietzsche.

Al contrario, ser domesticado significa aceptar libremente una invitación a formar parte de una nueva red de relaciones. Ser domesticado por el Dios de Jesucristo supone convertirse en miembro de la familia de Dios o, como decía Santa Teresa, en “amigo fuerte de Dios”. Y ese largo y complejo proceso de domesticación se denomina conversión.

El proceso lo expresó literariamente de forma magistral Antoine de Saint-Exupéry en su libro El Principito. La relación de amistad, se nos recuerda en el famoso diálogo entre el zorro y el joven príncipe, se asemeja al lento y paciente proceso de domesticación. El zorro –curiosamente un animal no domesticable– pide al Principito tiempo, tacto y paciencia para poder entrar en su ámbito humano, para poder ser domesticado.

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¿No es acaso algo similar lo que nos cuenta la Biblia con un lenguaje más duro sobre la relación de Yahvé con Israel, su rebaño, ese pueblo de “dura cerviz” que no termina nunca de fiarse y dejarse guiar? La historia de Israel puede entenderse como un largo proceso de acercamiento entre un pueblo rebelde y arisco y un Dios que pide confianza y extiende la mano una y otra vez. La relación de cada uno de nosotros con el Dios de Jesucristo no dista tanto de la experiencia histórica de Israel. La diferencia principal, quizás, consiste en que la invitación se hace más personal.

Cuando Jesús dice en el evangelio de Juan, “Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen”, nos está recordando el tipo de vínculo personal que quiere establecer con cada uno de nosotros: uno de conocimiento y amor mutuo. Y lo importante aquí es que yo no soy “uno más” en una masa indiferenciada de fieles aborregados y anónimos. La gran diferencia del cristianismo respecto de otros movimientos religiosos es que el Señor “me conoce y me llama por mi nombre”, y que da su vida “por mí”.

Dicho de otra manera, el Señor es mi pastor, sí, pero yo no soy un borrego más, porque Él ya no me llama siervo, me llama amigo. Me llama y quiere que sea su amigo. Si me pierdo, lo deja todo (el otro 99% del rebaño) y viene a buscarme. Los cristianos bien podríamos dar la vuelta al slogan que popularizó el movimiento Occupy hace unos años y afirmar, en un sentido muy distinto: “Yo soy el 1%”.

Porque “el Señor es mi pastor”, pero yo no soy un borrego más. Él me conoce y me llama por mi nombre; me llama amigo. Si este es nuestro deseo –ser “amigos fuertes de Dios”, como le gustaba decir a Santa Teresa– entonces sí que valdrá la pena ser domesticado por Dios.

Jaime Tatay, SJ

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No busques el amor de las personas

No busques el amor de los que no te aman.
Tampoco busques el amor de los que te aman.
Simplemente no busques el amor de las personas.

Busca, más bien, el amor de Dios en las personas, en las que te aman y en las que no. En todas.
En unas, evidente; en otras, oculto; en todas, presente.

Ese es el gran reto.
Mientras tanto, refleja el amor de Dios y trata de amar a quien puedas.
Y si no puedes, reza.

Solo Dios es amor.
Nosotros, sus reflejos.

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La Biblia en un tweet

Muchos piensan que el gran invento de nuestra época son las redes sociales. Se equivocan. Las redes sociales se inventaron hace miles de años. De hecho existen desde que las personas empezamos a comunicarnos, aunque no las llamásemos así.

Es cierto que Twitter, por poner el ejemplo de una de las más usadas, se inventó hace tan solo unos pocos años. No existía nada parecido antes a nivel global, excepto Facebook. Sin embargo, la idea de condensar en un mensaje corto y directo (un “tweet” son 140 caracteres) es tan antigua como la comunicación humana.

“Vete al grano y déjate de rodeos”, decimos cuando queremos aclarar una cuestión. “Resúmelo en un tweet”, sería una buena manera de decir lo mismo en la actualidad.

La gran novedad de redes como Twitter consiste en el modo digital de transmitir los mensajes y en la mayor facilidad de acceso e interacción que permiten, aunque su lógica no es nada novedosa. A Jesús, de hecho, hace 2000 años, cuando Twitter ni se podía imaginar, le pidieron que resumiera lo más importante de su mensaje en una frase muy corta.

Lo hizo en varias ocasiones. Las bienaventuranzas, consideradas para muchos el mensaje central de los evangelios, son un buen ejemplo, encajan todas en un tuit. En la biblia judía sucede lo mismo: Moisés, al recibir los diez mandamientos de la ley de Dios, podría haberlos tuiteado (de haber tenido a mano la tecnología adecuada); los salmos y el libro de los proverbios también admitirían ser transmitidos vía Twitter.

Quizás por ello Benedicto XVI se lanzase a tuitear desde @Pontifex y Francisco, el año pasado, dijera refiriéndose a las redes sociales: “las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales”.

Pero vayamos al evangelio de este domingo, escrito muchos siglos antes de la revolución digital. A Jesús le piden que haga un esfuerzo de síntesis y condense la ley de Dios en pocas palabras (en un tuit): “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?”, le preguntan un grupo de expertos en la ley judía.
Jesús responde (en menos de 140 caracteres):

image1“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Y a tu prójimo, como a ti mismo”.

Si le hubiesen pedido que resumiese la Ley, todavía más, utilizando el hashtag #en6palabras, quizás hubiera dicho:

“amor a Dios, amor al prójimo”.

Lo que hubiese tuiteado Jesús #en6palabras no lo sabremos nunca (aunque seguro alguien lo investigará un día), pero lo que sí sabemos con certeza es que su mensaje central habla del amor y gravita en torno a dos centros: Dios y el prójimo.

spiritRecuerdo que, cuando estudiaba geometría, el profesor explicaba que la suma de las distancias a los dos focos de una elipse se mantenía constante en todos los puntos. Ese era “el secreto” de la elipse. “El secreto” de la vida cristiana, nos recuerdan hoy, consiste también en gravitar en torno a dos focos: el amor a Dios y el amor al prójimo.

En unas épocas de la vida, necesitaremos centrarnos en Dios; en otras, nos volcaremos más en el servicio directo al hermano. Pero la referencia constante a uno y a otro – a Dios y al prójimo – para un creyente, nunca puede faltar.

Cuando los creyentes vivimos centrados solo en Dios, nos volvemos con facilidad unos fundamentalistas y acabamos – como Narciso – reflejados en nuestra imagen deformada de Dios.
Cuando nos volcamos solo en el servicio al prójimo, engrosamos las admirables filas del humanismo laico, pero olvidamos quién nos impulsa.

Dios nos envía al prójimo y el prójimo nos envía a Dios. Esa es la dinámica de la fe cristiana. Amar a Dios implica amar al prójimo; amando al prójimo amamos a Dios. La vida cristiana es elíptica, no circular.

Retuiteemos el mensaje central de nuestra fe, grabémoslo en el corazón, pongámoslo en práctica:

“Amor a Dios, amor al prójimo”.

Homilía del Domingo 30º del Tiempo Ordinario (A)

Mateo 22,34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Éx 22, 20-26
Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Sal 17; Tes 1, 5-10

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Dad a cada uno lo suyo

Dad al César lo que es del César.
Dad a Dios lo que es de Dios.

Empezando por lo más importante, me pregunto:

¿Qué es de Dios?
De Dios, de hecho, es todo: mi vida, mi tiempo, mis sueños, mis límites, mis historias. Todo.

¿Y del César?
Poco, muy poco, casi nada: una gloria efímera, una autoridad delegada, un recuerdo pasajero, un poder sin fundamento, una apariencia vacía.

¿Y mientras tanto?
Mientas tanto nos empeñamos en cerrar los ojos, negar la evidencia, olvidar el regalo y escuchar sólo al César.

¿Por lo tanto?
No vivamos así. No demos importancia a lo que no lo tiene. No apostemos por la apariencia, lo vacío y lo hueco. Volvamos a lo básico, demos gracias a la vida.
Demos a cada uno lo que le corresponde:
a uno, poco, muy poco, casi nada; y al otro, la vida entera.

Domingo 29º del Tiempo Ordinario (A)
Meditación sobre Mt 22, 15-21

Is 45,1.4-6; Sal 95; Tes 1,1-5;

Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»
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Dios corrige a Dios

A Pere Casaldàliga, un obispo catalán que lleva muchos años en el Brasil, le gusta decir que – en la Biblia – “Dios corrige a Dios”.

Esta afirmación, que resulta un tanto paradójica la primera vez que se escucha, tiene mucha más miga de lo que parece.

Que en la biblia Dios corrige a Dios significa que Dios enseña a los hombres a entender su manera de ser de forma progresiva. En ocasiones, Dios se equivoca y se corrige a sí mismo. Por eso, a menudo, parece que la propia biblia se contradice. La escritura funciona como un buen maestro o un buen artista, que gradúa sus enseñanzas y realiza unos primeros bocetos antes de acometer la obra completa. Hay una especie de pedagogía en la forma de hablar de Dios.

Algo de ese proceso de auto-corrección lo percibimos en el evangelio de hoy, en la parábola de los invitados al banquete de bodas.

El padre del novio – Dios mismo en opinión de la mayoría de intérpretes – decide invitar primero a un selecto grupo de invitados, aunque pronto se desengaña al ver que no tienen ningún interés en ir. El rey, furioso y arrepentido de su decisión, decide abrir las puertas a todos, malos y buenos: “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”, les dice a sus criados. Dios corrige a Dios.

door-201919_640Sin embargo, no todos los invitados se acabarán quedando. Dios invita a todos, sí, pero no todos están a la altura de la invitación. Aquellos que no se preparan – aquellos que no se ponen el traje de fiesta – son expulsados.

¿Cómo podemos interpretar toda esta serie de invitaciones, desengaños y rechazos? ¿A qué viene la insistencia en el traje de fiesta, si lo importante era aceptar la invitación?

Dicho de otro modo, si es verdad que la biblia es como una maestra, que nos ayuda a entender mejor la manera de ser de Dios, ¿qué podemos aprender hoy de ella, qué podemos aprender de la parábola de los invitados a la boda? Y, más importante todavía, ¿qué podemos aprender para nuestra propia vida?

Hoy podemos llevarnos un par de cosas para ir rumiando a lo largo de la semana.

La primera es que corregir el rumbo es algo humano (y divino).

Si es cierto que Dios corrige a Dios, ¡qué menos podemos hacer nosotros que corregirnos! No tengamos miedo, entonces, a ser corregidos y a corregirnos. Nos equivocamos en las decisiones, nos generamos falsas expectativas y nos creemos ser lo que no somos. Y lo más importante, nos recuerdan hoy: no pasa nada.

No pasa nada, siempre y cuando seamos capaces de darnos cuenta de las equivocaciones, las falsedades y los autoengaños. No pasa nada, siempre y cuando seamos misericordiosos con los que también se equivocan. No pasa nada, siempre y cuando sea lúcido para corregirme a mi mismo, para corregir al hermano y para cambiar de dirección. Al fin y al cabo, Dios mismo cambia de opinión y de dirección en numerosas ocasiones.

La segunda pista a seguir es que, para vivir y celebrar la fe, hay que prepararse.

Tenemos que prepararnos para enfrentar problemas y pruebas difíciles. Pero tenemos que prepararnos – también y quizás todavía más – para pasarlo bien, para disfrutar y para celebrar la fe junto a otros. Leía hace poco que una cosa es la diversión y otra la alegría. El rey que nos invita a pasar al banquete del reino nos pide que estemos alegres, no sólo que nos divirtamos. Quizás este sea el significado del “traje de fiesta” de la parábola; ponerse el traje es vestirse de alegría.

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El traje de fiesta del creyente es la alegría, la alegría plena de la que habla el evangelio. Nietzsche, el filósofo ateo, decía “¿cómo voy a creer en la resurrección de Cristo si los cristianos andan con esa cara?”. Y no le faltaba razón. El cristiano “que anda con esa cara”, el que no se reviste de la alegría de la fe, es el cristiano que no lleva el traje de fiesta puesto. Por tanto, pongámonos el traje, propongámonos la alegría como tarea.

No tengamos miedo a corregirnos. Revistámonos de la alegría de la fe. Con esas dos tareas, ya tenemos para toda la semana (y para toda la vida).

Homilía del Domingo 28º del Tiempo Ordinario (A)

Is 25, 6-10a; Sal 22; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14

Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

Isaías 25, 6-10a

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

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