Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Foto: paperblog.com

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En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

 

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

 

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Homilia, Reflexión

El Dios pirómano

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Homilia

Corpus Christi – La viralidad del mensaje cristiano

Las redes sociales han popularizado un nuevo término de origen inglés: viralidad. Está relacionado con la palabra virus y, aunque todavía no está aceptado por el diccionario de la RAE, podríamos definirlo como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus”. En el mundo de la comunicación digital, se refiere a la difusión acelerada de un contenido entre internautas.

Este neologismo nos ayuda a entender por qué la fe en Jesús se extendió de forma viral en su época, hasta llegar a nosotros.

Sabemos que, tras su estrepitoso fracaso y su muerte humillante, Jesús fue reconocido como alguien digno de fe. Los primeros cristianos, a pesar de la dificultad de predicar a un Dios crucificado y a un Mesías pobre, consiguieron transmitir su mensaje con gran éxito, haciéndolo viral. De hecho, la primera comunidad cristiana se propagó a gran velocidad alrededor del mediterráneo, llegando a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano.

¿Cómo fue posible? ¿Cómo prosperó una religión, en apariencia absurda, que predicaba a un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo triunfó un proyecto condenado al fracaso de antemano?

Una posible manera de responder a estas preguntas es acercándonos a los relatos de la eucaristía. Estas narraciones, en especial el relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces -el evangelio escogido en el día de Corpus Christi- permiten iluminar las claves del éxito del cristianismo, su sorprendente viralidad.

Las palabras, gestos y acciones de Jesús tenían algo que las hacía contagiosas. En su tiempo, muchos le siguieron, incluso en medio del campo. En una de esas ocasiones, ante la muchedumbre hambrienta, Jesús pronunció tres palabras fundamentales. Tres palabras que aparecen en el relato de la institución de la eucaristía y que el sacerdote repite en la consagración: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir. Partir. Dar. Tres palabras que ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta. Tres palabras que explican la rápida difusión del cristianismo.

Bendecir

A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de las personas y de la realidad. Hay demasiadas noticias malas y demasiadas frustraciones acumuladas, tanto hoy como en la Palestina del siglo I. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice: espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza y “dice bien” (ben-dice). Y pide a los discípulos atravesar la dura costra de la realidad para llevar adelante una misión imposible. “Dad de comer a la gente”, les dice.

No es extraño que los discípulos respondiesen sorprendidos, “no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Aun así, Jesús les pide que no tiren la toalla y busquen alternativas.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema enfrentado por los discípulos: ¿Cómo dar trabajo a millones de parados? ¿Cómo transformar un modelo económico basado en un consumo desenfrenado que degrada el planeta? ¿Cómo devolver la dignidad a millones de refugiados? ¿Cómo reducir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres?

Todas estas tareas no son muy diferentes del intento de alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces”.

Ahora bien, los discípulos buscaron una solución aquella tarde. Primero, fueron capaces de parar y tomar distancia de lo inmediato. Luego, se organizaron en grupos y miraron la realidad con ojos nuevos. Finalmente, aprendieron a consultar y deliberar. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de una abundancia compartida todavía sin descubrir.

Esta es la primera invitación de la mística eucarística: aprender a decir bien de la realidad (ben-decir)  y a pensar juntos.

Partir

Pero si bendecir nos abre el horizonte y nos ayuda a “mapear” juntos la realidad, partir nos permite explorar nuevas posibilidades, perforar la realidad y descubrir las grietas del muro por las que podemos colarnos.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero se confunden en la misa. Allí se nos invita a partir la realidad y compartirla, como hacemos con el pan y con el vino.

También en estos tiempos nuestros, desesperanzados y desconfiados, no dejan de surgir iniciativas que apuntan en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos o protestar ante una injusticia, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear con poco dinero, ciudades y organizaciones que abren sus puertas a los refugiados, etc.

La propuesta de la economía del bien común y el auge de la economía colaborativa posibilitada en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo digital. Una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a fiarse unos de los otros, “partir” la realidad y soñar caminos alternativos.

Esta es la segunda invitación de la mística eucarística: explorar nuevas posibilidades y perforar la realidad juntos.

Dar

La dinámica del bendecir y del partir lleva, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque para el cristiano nada es nunca del todo suyo. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del dar, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado primero.

Como recuerda Pablo en otro lugar, “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Como nos narra el evangelista Lucas en el relato de la multiplicación, “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente”. Como escuchamos durante la consagración, “Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto en memoria mía”. Cuando vivimos de este modo, dando gratuitamente, la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia.

Por ello la Doctrina Social de la Iglesia afirma que los bienes tienen “un destino universal” y que sobre ellos grava una “hipoteca social”. Esta es una convicción eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la política y la sociedad.

Esta es, en definitiva, la tercera y última invitación de la mística eucarística: dad (o devolved) lo que se os dio primero. Convertíos en canales, no en presas.

Y al hacerlo, se obrará el milagro: los dones se multiplicarán, la eucaristía se pondrá en práctica y su mensaje se hará viral.

Homilía en la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Lucas 9, 11-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

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Homilia

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir, así, progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencio y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona.

¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos  pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Al final de la vida de Jesús, Pedro y el resto de discípulos –paralizados por el miedo y la duda– le abandonaron también. Pero incluso después de la resurrección la duda siguió acompañando a Tomás:”Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás, símbolo de todos y cada uno de nosotros, reconoce su incredulidad.

Caravaggio_Tomas

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que ha resonado a lo largo de la historia del cristianismo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre, poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra.

Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano.

Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando afirmó: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que duda– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello Tomás resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer nuestra falta de argumentos.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero.

Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Homilía del Domigno 2º de Pascua

Jaime Tatay, SJ

Foto: La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio (1602)

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Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

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Homilia, Reflexión

El Dios ventrílocuo

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”

Estas son las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de Marcos. Son también el mejor resumen de su mensaje. Y son palabras que, además, nos pueden ayudar a vivir el sentido de la Cuaresma porque, en el tiempo previo a la celebración de la Pascua, lo que necesitamos es convertirnos y creer.

Durante cuarenta días la Iglesia nos ha invitado a revisar nuestra forma de vivir, de pensar, de mirar y de actuar; nos ha invitado a ser más permeables y a prestar más atención al mensaje cotidiano que Dios nos envía. El creyente en Cuaresma afina los sentidos para escuchar ese mensaje y trata de descubrir –como decía Machado– “entre todas las voces, una”.

Es cierto que a menudo no somos capaces de entender lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nos sucede a nosotros mismos y, menos todavía, lo que Dios nos puede querer decir en medio de tanto ruido. Pero de lo que sí estamos seguros es que Dios se quiere comunicar y que, de hecho, se comunica constantemente, a lo largo de nuestra vida. El redactor de la carta a los hebreos lo sabía bien y lo expresó de forma inmejorable:

Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”.

Dios habla “muchas veces y de muchas formas”, se comunica con el ser humano por medio de mensajeros, por medio de la propia experiencia interior del creyente, por medio de la creación y, especialmente, por medio del propio Jesús.

De este Dios locuaz y parlanchín hemos oído todos hablar muchas veces: Él es el Dios creador del universo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios-Padre de Jesús, el Dios-amor de la carta de Juan, el Dios-con-nosotros de la Navidad, ¿pero por qué no también el Dios-ventrílocuo, el Dios que habla de muchas maneras, en muchas situaciones y por medio de muchas personas?

Un ventrílocuo es alguien capaz de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos, alguien que imita bien a otras personas o diversos sonidos. Hace años, José Luis Moreno y Maricarmen nos hacían reír en este país a todos con sus muñecos y sus chistes. En medio de las bromas y de las carcajadas que provocaban, transmitían mensajes importantes sobre cómo somos, sobre nuestras grandezas y nuestras miserias humanas.

¿Y no es algo muy parecido lo que hace Dios para comunicarnos su mensaje? En la Biblia, ¿no aparece acaso como una especie de ventrílocuo que, escondido tras los acontecimientos y las personas, habla al corazón de todo aquel capaz de escuchar, para pedirle que pare, se convierta y crea?

El hilo conductor que atraviesa la Escritura es una única llamada: la de un Dios que pide la conversión sincera del ser humano. Para el pueblo judío ese mensaje se resume en la oración diaria del Shemá, la llamada a la escucha atenta: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor”; para Jesús, esa escucha se concreta en la irrupción constante del Reino de Dios, ese Reino del que tanto hablaba, el Reino que ya está entre nosotros.

El creyente, por tanto, es aquel capaz de reconocer la voz de Dios y acoger su invitación a la conversión. Como nos recuerda el salmista: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. O como dice Jesús al inaugurar su vida apostólica, pidiendo que le escuchemos y reaccionemos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Ahora bien, si el mensaje (convertíos y creed) es tan claro y el emisor (Dios) tan insistente, ¿por qué unos escuchan y otros no?, ¿por qué a unos les resulta fácil y natural creer, mientras que otros, aunque busquen sinceramente, no encuentran nada?

Reconozco que ésta siempre me ha resultado una pregunta incómoda. Hay quien dice que la pregunta por el mal y el sufrimiento absurdo es la más difícil a la que podemos enfrentarnos los creyentes. Sin embargo, pienso que la pregunta por la fe resulta todavía más complicada. En la Pascua, lo más difícil no es sentir compasión por el sufrimiento injusto de Jesús, sino alegrarse con la alegría de Cristo resucitado.

Quizás tendremos que acogernos a la invitación de Jesús y mirar al cielo más a menudo para comprobar que el sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, cada día, para unos y para otros, para buenos y malos, para crédulos e incrédulos, para todos los que estamos en camino de conversión.

Sabemos que el Dios de Jesús sigue comunicándose y hablando, “muchas veces y de muchas maneras”. Sabemos que sigue insistiendo. El Dios misericordioso, como el sol que sale para todos, nunca se cansa de invitarnos a convertirnos y a creer, le escuchemos o no.

Ojalá escuchemos, en este tiempo, su voz; ojalá escuchemos, entre todas las voces, sólo la suya; ojalá identifiquemos, tras cada paso de Semana Santa, el paso de Dios por nuestra vida; ojalá escuchemos al Dios ventrílocuo, cercano y parlanchín, aunque no le veamos; ojalá escuchemos la voz que me dice al oído: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértete y cree en la Buena Noticia”.

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Reflexión

De Belén a Jerusalén hay una senda

Se nos olvida con demasiada facilidad que el nacimiento de Jesús vino precedido por el rechazo y seguido por la muerte y la persecución. El parto miserable en un establo, el asesinato sistemático de niños inocentes y la huida apresurada a Egipto no son un mero adorno navideño: son el recuerdo imprescindible de la cruda realidad con que el Hijo de Dios se encontró, ya desde el principio, al llegar a nuestro mundo. Un mundo herido y roto por el pecado, la envidia y el fratricidio.

Aunque tratemos de edulcorar la historia de la Navidad –y nos fijemos sólo en la belleza del niño recién nacido, en la confianza de José y María, en la generosidad sorprendente de los Reyes Magos y en la cálida acogida de los pastores– la liturgia coloca sabiamente estas otras historias amargas como contrapunto del nacimiento de Jesús.

Pero no lo hace para aguar la fiesta, no, lo hace para ser fiel a la experiencia de fe cristiana y para poder descubrir mejor el sentido de la resurrección y de la vida, que se abren paso –ya desde el principio– en medio del pecado, del odio y de la muerte. Navidad y Pascua, muerte y vida, sufrimiento y resurrección, crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola– de principio a fin.

Así fue también a lo largo de la vida de Jesús: la traición, la mediocridad y la violencia que rodean el gran relato de la Navidad –y que tendemos a minimizar– son las que conducirán a la muerte injusta en el Gólgota durante la Pascua, pero también las que provocarán el abandono de buena parte de los seguidores de Jesús y las que generan los constantes conflictos con las autoridades religiosas. Un villancico popular dice que de “Nazaret a Belén” hay una senda, pero no conviene olvidar que de Belén a Jerusalén hay también una senda, una única senda, la que recorre Jesús durante su vida.

Porque los dos grandes relatos del cristianismo –el nacimiento de Jesús y la resurrección de Cristo– no se pueden entender sin la experiencia de muerte y de cruz que les rodea. Experiencias por la que es inevitable pasar, pero que, como bien sabemos, no tienen la última palabra.

Muerte y resurrección son los dos hilos conductores que recorren la vida cristiana de cabo a rabo. En la Pascua tendemos a centrarnos en la pasión, y se nos olvida saborear la alegría desbordante de la resurrección; en la Navidad nos pasa al revés, arrinconamos el exterminio de los Santos Inocentes y la huida a Egipto hasta el punto de ignorar la importancia de estos relatos para entender el misterio de la Navidad. Pero necesitamos ambas historias, las necesitamos para captar el mensaje de las Escrituras. Aunque cada día troceemos la Biblia, seleccionemos un pasaje y celebremos una fiesta, no podemos perder de vista el relato entero.

El Dios cristiano no viene al mundo saltándose la soledad y la dureza de la encarnación (nace en un establo), ni esquivando la prueba (enfrenta las tentaciones del desierto), ni pasando por el mundo de modo mágico y superficial (asume la cruz). El Dios cristiano no es un dios disfrazado de hombre, con poderes de otro mundo. Dios se encarna, entra en la historia, en la experiencia de fragilidad, de pecado y de muerte que atraviesa nuestra vida. Por eso Jesús es perseguido, envidiado, traicionado y, finalmente, asesinado. Y luego, sólo luego, resucita y da vida.

No es casual por tanto que, durante su vida, utilizase de forma recurrente la imagen de la semilla para interpretar el sentido de su misión y el núcleo de su mensaje: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida de este mundo la conserva para una vida eterna”. En otro lugar –y con una intención similar– invitará a vencer nuestra resistencia natural a creer en el poder de lo pequeño y lo oculto: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Ambas parábolas anuncian la experiencia de la resurrección en medio del ocultamiento y de la muerte.

Y ambas parábolas expresan también, como el relato de la Navidad y de la Pascua, la paradoja del cristianismo: de lo pequeño, de lo muerto y de lo marginal, surge algo grande, surge la vida, surge el Reino. Este es el mensaje central que transmite la fe cristiana y al que volvemos cada año de distintas maneras.

Durante este tiempo de Cuaresma conviene, por tanto, no dejar atrás la Navidad, pero tampoco adelantar la Pascua. Conviene no dejarse arrastrar por la realidad deprimente del pecado ni por la ingenuidad de pensar que nada del sufrimiento del mundo tiene que ver conmigo. Conviene recordar que Navidad y Pascua forman parte de la misma historia, de nuestra historia, de la única historia del cristianismo, una historia en la que trigo y cizaña crecen juntos.

Porque de Belén a Jerusalén hay una senda, una sola senda, la que recorremos cada año.

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Homilia, Reflexión

Piensa bien y acertarás

“Piensa mal y acertarás”, afirma uno de los dichos más escépticos y ácidos del refranero castellano.

“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”, afirma Jesús en el evangelio, invitando a pensar –en principio– bien de todas las personas, cuestionando así el pesimismo que nos invade a todos de vez en cuando.

Pesimistas y optimistas, realistas e ingenuos, escépticos y confiados. Así podríamos dividir el mundo de una forma un tanto simplona.

Aunque sabemos que la realidad es más compleja y admite muchos matices. Por un lado, razones para pensar mal no nos faltan, dada la historia de la humanidad y las terribles noticias que nos llegan casi a diario desde todos los rincones del mundo sobre las atrocidades que somos capaces de cometer. Por otro lado, esa realidad incontestable no es el único –ni el más importante– de los hilos que tejen la trama de la historia. La fraternidad, la entrega y la confianza que hacen posible la convivencia rara vez alcanzan los titulares de las noticias y a menudo pasan desapercibidas, aunque ello no significa que sean menos reales que las otras.

El evangelio no nos pide que escondamos los problemas haciendo como que no existen o que caigamos en la ingenuidad de pensar que todo el mundo es bueno. Nos pide ser sencillos como palomas y astutos como serpientes. En los evangelios Jesús aborda el conflicto, critica la hipocresía, denuncia la injusticia, lucha contra la mentira y su fidelidad a la misión recibida le conduce hasta la muerte, una muerte cruel e injusta. Oportunidades tuvo, y muchas, para darse cuenta de la existencia del mal y del pecado en el mundo.

Jesús no es un ingenuo, pero tampoco un escéptico. Por ello, consciente de la ambigua condición humana, insiste: “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es más, al final de su vida, antes de morir en la cruz abandonado por sus amigos, afirma: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”.

El mal, parece decirnos, no tiene ni identidad, ni consistencia, ni autoridad, es una mezcla hueca de ignorancia y torpeza.

Dicho de otra manera, Jesús nos pide que sea la realidad la que se desdiga, que no lo hagamos nosotros antes de tiempo y que, cuando lo haga, seamos capaces de compadecernos. Pero, mientras no se demuestre lo contrario, pensemos bien. Pensemos en el otro como un colaborador, pensemos en él y en ella como un potencial amigo, como uno de los nuestros. Confiemos que, en principio, “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Porque la venida del Reino de Dios, de la que tanto le gustaba hablar a Jesús, ¿no consiste acaso en el establecimiento de relaciones de colaboración y confianza mutua, hasta el punto de transformar la forma de funcionar la sociedad y el mundo? Y un requisito para la construcción de ese Reino, ¿no es acaso pensar bien del otro, mirarlo con buenos ojos?

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En estos últimos años han proliferado multitud de iniciativas que permiten intercambiar casas durante las vacaciones, viajar aprovechando los coches vacíos, hacer cursos por internet o asociarse para comprar alimentos. Existen incluso “bancos de tiempo” donde la gente intercambia conocimientos y experiencias. En internet el mejor ejemplo de colaboración gratuita ha sido la creación, en pocos años, de la impresionante enciclopedia virtual Wikipedia, uno de los lugares más visitados de la red.

Todas estas iniciativas –facilitadas por la conectividad de la era tecnológica– ilustran lo que los expertos denominan la “economía colaborativa”, un movimiento todavía marginal que cada vez atrae el interés de más personas. El rasgo fundamental que permite que estos nuevos fenómenos de colaboración entre desconocidos sean posibles –afirman los que han estudiado la cuestión– es la confianza. Sin confianza, dicen, sería imposible que la gente se lanzase a experimentar nuevas formas de viajar, consumir, aprender o disfrutar del ocio.

Es cierto que no es oro todo lo que reluce y que algunas de estas iniciativas no acaban de funcionar o despiertan dudas por sus aspectos legales o por el uso que se acaba haciendo de ellas. Todo es susceptible de corromperse o instrumentalizarse, por supuesto, pero lo que es innegable es que apuntan a un modo nuevo de vivir en sociedad y de imaginar nuestras relaciones.

En el ámbito teológico se popularizó hace ya algunas décadas la expresión “cristiano anónimo” para referirse a tantas personas que viven de forma inconsciente o poco explícita –anónima– los valores del evangelio. Las nuevas formas de economía social que ha facilitado la era digital invitan, de forma similar, a descubrir “colaboradores anónimos” entre la masa de desconocidos con que nos cruzamos cada día en nuestras ciudades y en la ciberesfera.

Quizás estas nuevas formas de aprender, consumir y viajar están indicando nuevos modos de vivir en comunidad y de construir una sociedad más fraterna. En principio, nos dicen estas propuestas alternativas, mientras no se demuestre lo contrario, piensa que “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Es decir, piensa bien y acertarás.

Jaime Tatay, SJ

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