Homilia, Reflexión

Construir sobre arena

En una ocasión le pregunté a un arquitecto si era posible construir sobre arena. “Claro que es posible”, me respondió, “de hecho no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”; y añadió, “sobre la arena es más difícil y más caro, pero no imposible”.

Cuando le hice la pregunta tenía en mente la famosa parábola del evangelio, aquella en la que Jesús recomienda construir sobre roca para evitar que, cuando lleguen las lluvias, se lleven la casa por delante. Es evidente que la metáfora –tomada del mundo de la construcción– le sirvió para establecer una comparación sencilla entre la experiencia cotidiana de la gente de su época y la importancia de reflexionar sobre aquello que es más importante en la vida.

Ante los inevitables envites de la existencia, más vale no poner los fundamentos sobre algo o alguien que se pueda hundir y arrastrarnos en la caída.

Sin embargo, esto es más fácil de decir que de vivir. La vida nos da golpes inesperados que nos descolocan o nos derrumban por completo, por muy preparados que estemos o muy fuertes que nos creamos: la enfermedad, la muerte de un ser querido, las dificultades económicas o el fracaso de una relación nos hacen a todos, tarde o temprano, enfrentar nuestra enorme fragilidad. Por eso quizás la respuesta del arquitecto siguió rondándome durante un tiempo, sobre todo la afirmación –fruto de su larga experiencia construyendo edificios– “no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”.

Uno de los sociólogos más conocidos de nuestro tiempo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, ha popularizado una expresión que formula bien la provisionalidad de la experiencia humana poniendo de relieve la dificultad que tenemos para construir nuestras vidas sobre roca firme.

Frente a la (aparente) solidez de otras épocas, vivimos en un tiempo líquido, habitado por personas líquidas con convicciones frágiles. Casi nadie trabaja toda su vida en la misma empresa, ni permanece en el mismo lugar que le vio nacer, ni vive en un mundo homogéneo a nivel religioso, político o cultural. El pluralismo, la globalización y el cambio permanente son los rasgos que definen nuestra época.

De ahí que no hablemos ya de rocas firmes, de raíces profundas o de opciones de vida estables. Preferimos referirnos a modas pasajeras, compromisos temporales y amores que duran mientras no haya dificultades. Parece como si no pudiésemos encontrar un fundamento sólido y definitivo para nuestros ideales, relaciones y creencias. Construimos nuestras vidas sobre arena.

Por ello Bauman, frente a la metáfora del árbol que, estableciendo raíces profundas en el suelo, es capaz de encontrar un anclaje sólido para resistir las tormentas, propone otra más acorde a la realidad de nuestro tiempo: la del ancla que, en medio de las inevitables tempestades, ofrece al menos una estabilidad provisional ante las fuertes corrientes permitiéndonos llegar al siguiente puerto sin ser arrastrados a mar abierto.

Las películas de Woody Allen –cineasta postmoderno por antonomasia– reflejan bien el carácter voluble, inseguro y cambiante del hombre y la mujer contemporáneos al que se refiere Bauman. Ante una dificultad inesperada, ante un nuevo deseo o ante el mero azar, todo puede cambiar de forma repentina. Los protagonistas de sus películas lo comprueban y lo viven una y otra vez: nada permanece, nada es estable, nada es nunca del todo cierto.

Pero un creyente no puede resignarse a aceptar esta visión del mundo y por eso insiste en que Dios ha sido, sigue siendo y será la tabla de salvación y el fundamento sólido en el que vale la pena permanecer. Aunque andemos sobre arenas movedizas o nos arrastren poderosas corrientes, Dios permanece y acompaña de un modo no siempre fácil de percibir.

Volviendo a la conversación con que iniciamos esta reflexión y al pasaje del evangelio que la motivó: ¿Qué hubiera dicho Jesús respecto de la observación del arquitecto? ¿Hubiese reconocido la posibilidad –e inevitabilidad– de construir sobre arena? ¿Hubiera aceptado que a menudo no queda otra –como afirmaba resignadamente Bauman– que vivir en tiempos líquidos, con muy pocas certezas, expuestos a la imprevisibilidad de la condición humana?

Ciertamente el carpintero de Nazaret fue consciente de la fragilidad de la vida y de la debilidad de los hombres. Oportunidades para comprobarlo no le faltaron, de principio a fin de su vida. Desde la crisis de Galilea en que es abandonado por muchos de sus seguidores hasta el juicio popular y político en Jerusalén en que es injusta y falsamente condenado, comprobó la dificultad de su misión y la aparente inutilidad de sus esfuerzos. En el huerto de los olivos expresó confundido su desconcierto, llegando incluso a pedir al Padre que “pase de mi este cáliz”.

Los creyentes que han vivido situaciones extremas –de persecución, guerra, martirio o degradación profunda de la convivencia– suelen denunciar una visión edulcorada y falsa de la fe que prostituye su sentido más profundo para recordarnos la radicalidad que supone mantenerse fiel a las propias convicciones en medio de la tempestad. Ellos nos muestran que, en las aguas revueltas de la violencia y en las arenas movedizas de la enfermedad y de la duda, sólo podemos agarrarnos al Dios vivo y personal revelado en Jesús. En su aparente ausencia el Espíritu de Dios sigue presente en nuestro interior: consolando, acompañando, dando fuerzas.

Jesús, además de invitarnos a construir sobre roca firme, resistir las tentaciones y servir al único Dios verdadero, nos consuela también ofreciéndonos un ancla: “cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, nos recuerda.

Cuando se pierde el sentido, cuando las convicciones fallan, cuando todo se tambalea, cuando no queda otra que seguir caminando en la incertidumbre, nos queda siempre la palabra de Dios.

Construir sobre arena no es fácil ni ideal, pero en muchos momentos de la vida es la única alternativa que tenemos. En esas ocasiones, recordemos las palabras de Jesús y abracémonos a ellas, para que nos sostengan y nos mantengan firmes en la fe.

Jaime Tatay, SJ

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