Homilia, Reflexión

Las fiestas de locos­

Harvey Cox, un eminente teólogo contemporáneo, escribió hace ya casi medio siglo en su libro Las fiestas de locos: “No hay motivos para que los que saben gozar de la vida no puedan al mismo tiempo comprometerse en un hondo cambio social y los que pretenden cambiar el mundo no tienen por qué ser tristes y ascetas”.

De las pinceladas sobre Jesús que esboza el Evangelio podemos deducir que hizo ambas cosas: acudía a bodas y cenaba a menudo con amigos, a la vez que denunciaba la hipocresía religiosa y el mercadeo en el templo. Repeditamente es acusado por sus detractores de ser “comilón y borracho”. Aunque lo que molestaba a los poderosos en realidad era su combate contra la injusticia y su cercanía a los pobres y enfermos.

Con el paso del tiempo, estos dos ámbitos –el de la celebración y el de la denuncia– imbricados de forma natural en la vida de Jesús, parece que se han separado en la comunidad cristiana hasta resultar casi incompatibles.

Cuando los cristianos nos proponemos transformar el mundo y eliminar las causas de la opresión y la injusticia, nos ponemos tremendamente serios y preocupados; por contra, cuando sencillamente celebramos o despreocupadamente disfrutamos de los dones de la vida, no podemos evitar que se nos cuele en la conciencia un sentimiento de culpa por no estar cumpliendo nuestras obligaciones cristianas.

¿Por qué hemos separado ambas dimensiones de la experiencia cristiana –la fiesta y la denuncia, la celebración y la transformación social– hasta hacerlas casi incompatibles? Si viviésemos con naturalidad ambas invitaciones, ¿no resultaría más sensato, más acorde al evangelio y, probablemente también, más fructífero?

La contraposición de Marta y María en la conocida escena evangélica en que Jesús va a la casa de las dos hermanas en busca de descanso expresa veladamente una tensión –entre contemplación y acción, entre celebración y servicio– que preocupaba ya a la primera comunidad cristiana. Esta sana tensión, se nos advierte en esta historia, puede convertirse en un enfrentamiento estéril. No se trata de averiguar qué es mejor –servir o acompañar– sino saber qué conviene en cada momento. El día que Jesús fue a casa de Marta y María tocaba acompañar.

El tiempo pascual es un buen momento para volver sobre estas historias y preguntarnos cómo integramos las diversas dimensiones de la vida cristiana. Es el tiempo en que recibimos mandatos en apariencia divergentes que, sin embargo, señalan en una única dirección: “estad alegres” y “llevad la buena noticia del evangelio a toda la creación”; es decir: disfrutad y trabajad, celebrad y evangelizad.

La alegría que trae el resucitado y el mandato misionero no entran en competición. Al contrario, están estrechamente relacionados y se alimentan mutuamente. Desconectarlos supone empobrecer ambos. La lucha por la justicia, sin alegría, se vuelve un imperativo moral agotador; la fiesta, sin inclusión del otro, un club privado y excluyente.

Francisco lo subrayó con otras palabras en su primera exhortación apostólica, Evangelii gaudium (La alegría del evangelio):

“La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino” (EG 237).

La religiosidad del pueblo, tan querida por Francisco, se convierte en maestra de vida al ser capaz de articular con naturalidad diversas dimensiones de la experiencia cristiana: celebración de la vida, anuncio del evangelio, denuncia de la injusticia, transformación de la cultura.

Porque evangelizar, vivir la alegría del evangelio y construir un Reino de paz y justicia son una misma y única tarea que está estrechamente vinculada a la experiencia pascual. Una tarea que es, en buena medida, una locura: la locura de creer en la resurrección, la locura de apostar por el Reino de Dios, la locura de luchar contra los demonios de este mundo, la locura de esperar contra toda desesperanza.

Y esa locura es contagiosa. Como bien saben los expertos en publicidad y marketing, el deseo funciona por imitación y contagio. En la transmisión de la experiencia pascual sucede algo similar. Los discípulos se contagian unos a otros la fe en el resucitado y el deseo de compartir lo vivido; ese contagio es el que les impulsa a salir de su encierro e ir al mundo entero a anunciar –como si de un grupo de locos se tratara– la llegada de un Reino de paz, justicia y amor. Cox tenía razón al reivindicar una nueva alianza entre la alegría y la transformación social.

Las sucesivas apariciones del resucitado que leemos durante el tiempo pascual no son más que la antesala de Pentecostés, el momento –temeroso en un principio, pero que acaba convirtiéndose en una gran fiesta– en que el Espíritu Santo desciende sobre la comunidad transmitiéndole una serena alegría y una profunda esperanza.

Fruto de esa experiencia fundante, la comunidad cristiana se lanza –alegre, esperanzada y “enloquecida” por Dios– a comunicar la buena noticia del Reino y transformar la sociedad de su época.

Envío, anuncio alegre y lucha por la dignidad de los hijos de Dios van de la mano. Por eso decimos que la experiencia pascual es una fiesta, una fiesta de locos por el Reino.

Jaime Tatay, SJ

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