Homilia, Reflexión

Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

El Dios ventrílocuo

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”

Estas son las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de Marcos. Son también el mejor resumen de su mensaje. Y son palabras que, además, nos pueden ayudar a vivir el sentido de la Cuaresma porque, en el tiempo previo a la celebración de la Pascua, lo que necesitamos es convertirnos y creer.

Durante cuarenta días la Iglesia nos ha invitado a revisar nuestra forma de vivir, de pensar, de mirar y de actuar; nos ha invitado a ser más permeables y a prestar más atención al mensaje cotidiano que Dios nos envía. El creyente en Cuaresma afina los sentidos para escuchar ese mensaje y trata de descubrir –como decía Machado– “entre todas las voces, una”.

Es cierto que a menudo no somos capaces de entender lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nos sucede a nosotros mismos y, menos todavía, lo que Dios nos puede querer decir en medio de tanto ruido. Pero de lo que sí estamos seguros es que Dios se quiere comunicar y que, de hecho, se comunica constantemente, a lo largo de nuestra vida. El redactor de la carta a los hebreos lo sabía bien y lo expresó de forma inmejorable:

Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”.

Dios habla “muchas veces y de muchas formas”, se comunica con el ser humano por medio de mensajeros, por medio de la propia experiencia interior del creyente, por medio de la creación y, especialmente, por medio del propio Jesús.

De este Dios locuaz y parlanchín hemos oído todos hablar muchas veces: Él es el Dios creador del universo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios-Padre de Jesús, el Dios-amor de la carta de Juan, el Dios-con-nosotros de la Navidad, ¿pero por qué no también el Dios-ventrílocuo, el Dios que habla de muchas maneras, en muchas situaciones y por medio de muchas personas?

Un ventrílocuo es alguien capaz de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos, alguien que imita bien a otras personas o diversos sonidos. Hace años, José Luis Moreno y Maricarmen nos hacían reír en este país a todos con sus muñecos y sus chistes. En medio de las bromas y de las carcajadas que provocaban, transmitían mensajes importantes sobre cómo somos, sobre nuestras grandezas y nuestras miserias humanas.

¿Y no es algo muy parecido lo que hace Dios para comunicarnos su mensaje? En la Biblia, ¿no aparece acaso como una especie de ventrílocuo que, escondido tras los acontecimientos y las personas, habla al corazón de todo aquel capaz de escuchar, para pedirle que pare, se convierta y crea?

El hilo conductor que atraviesa la Escritura es una única llamada: la de un Dios que pide la conversión sincera del ser humano. Para el pueblo judío ese mensaje se resume en la oración diaria del Shemá, la llamada a la escucha atenta: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor”; para Jesús, esa escucha se concreta en la irrupción constante del Reino de Dios, ese Reino del que tanto hablaba, el Reino que ya está entre nosotros.

El creyente, por tanto, es aquel capaz de reconocer la voz de Dios y acoger su invitación a la conversión. Como nos recuerda el salmista: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. O como dice Jesús al inaugurar su vida apostólica, pidiendo que le escuchemos y reaccionemos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Ahora bien, si el mensaje (convertíos y creed) es tan claro y el emisor (Dios) tan insistente, ¿por qué unos escuchan y otros no?, ¿por qué a unos les resulta fácil y natural creer, mientras que otros, aunque busquen sinceramente, no encuentran nada?

Reconozco que ésta siempre me ha resultado una pregunta incómoda. Hay quien dice que la pregunta por el mal y el sufrimiento absurdo es la más difícil a la que podemos enfrentarnos los creyentes. Sin embargo, pienso que la pregunta por la fe resulta todavía más complicada. En la Pascua, lo más difícil no es sentir compasión por el sufrimiento injusto de Jesús, sino alegrarse con la alegría de Cristo resucitado.

Quizás tendremos que acogernos a la invitación de Jesús y mirar al cielo más a menudo para comprobar que el sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, cada día, para unos y para otros, para buenos y malos, para crédulos e incrédulos, para todos los que estamos en camino de conversión.

Sabemos que el Dios de Jesús sigue comunicándose y hablando, “muchas veces y de muchas maneras”. Sabemos que sigue insistiendo. El Dios misericordioso, como el sol que sale para todos, nunca se cansa de invitarnos a convertirnos y a creer, le escuchemos o no.

Ojalá escuchemos, en este tiempo, su voz; ojalá escuchemos, entre todas las voces, sólo la suya; ojalá identifiquemos, tras cada paso de Semana Santa, el paso de Dios por nuestra vida; ojalá escuchemos al Dios ventrílocuo, cercano y parlanchín, aunque no le veamos; ojalá escuchemos la voz que me dice al oído: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértete y cree en la Buena Noticia”.

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Reflexión

De Belén a Jerusalén hay una senda

Se nos olvida con demasiada facilidad que el nacimiento de Jesús vino precedido por el rechazo y seguido por la muerte y la persecución. El parto miserable en un establo, el asesinato sistemático de niños inocentes y la huida apresurada a Egipto no son un mero adorno navideño: son el recuerdo imprescindible de la cruda realidad con que el Hijo de Dios se encontró, ya desde el principio, al llegar a nuestro mundo. Un mundo herido y roto por el pecado, la envidia y el fratricidio.

Aunque tratemos de edulcorar la historia de la Navidad –y nos fijemos sólo en la belleza del niño recién nacido, en la confianza de José y María, en la generosidad sorprendente de los Reyes Magos y en la cálida acogida de los pastores– la liturgia coloca sabiamente estas otras historias amargas como contrapunto del nacimiento de Jesús.

Pero no lo hace para aguar la fiesta, no, lo hace para ser fiel a la experiencia de fe cristiana y para poder descubrir mejor el sentido de la resurrección y de la vida, que se abren paso –ya desde el principio– en medio del pecado, del odio y de la muerte. Navidad y Pascua, muerte y vida, sufrimiento y resurrección, crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola– de principio a fin.

Así fue también a lo largo de la vida de Jesús: la traición, la mediocridad y la violencia que rodean el gran relato de la Navidad –y que tendemos a minimizar– son las que conducirán a la muerte injusta en el Gólgota durante la Pascua, pero también las que provocarán el abandono de buena parte de los seguidores de Jesús y las que generan los constantes conflictos con las autoridades religiosas. Un villancico popular dice que de “Nazaret a Belén” hay una senda, pero no conviene olvidar que de Belén a Jerusalén hay también una senda, una única senda, la que recorre Jesús durante su vida.

Porque los dos grandes relatos del cristianismo –el nacimiento de Jesús y la resurrección de Cristo– no se pueden entender sin la experiencia de muerte y de cruz que les rodea. Experiencias por la que es inevitable pasar, pero que, como bien sabemos, no tienen la última palabra.

Muerte y resurrección son los dos hilos conductores que recorren la vida cristiana de cabo a rabo. En la Pascua tendemos a centrarnos en la pasión, y se nos olvida saborear la alegría desbordante de la resurrección; en la Navidad nos pasa al revés, arrinconamos el exterminio de los Santos Inocentes y la huida a Egipto hasta el punto de ignorar la importancia de estos relatos para entender el misterio de la Navidad. Pero necesitamos ambas historias, las necesitamos para captar el mensaje de las Escrituras. Aunque cada día troceemos la Biblia, seleccionemos un pasaje y celebremos una fiesta, no podemos perder de vista el relato entero.

El Dios cristiano no viene al mundo saltándose la soledad y la dureza de la encarnación (nace en un establo), ni esquivando la prueba (enfrenta las tentaciones del desierto), ni pasando por el mundo de modo mágico y superficial (asume la cruz). El Dios cristiano no es un dios disfrazado de hombre, con poderes de otro mundo. Dios se encarna, entra en la historia, en la experiencia de fragilidad, de pecado y de muerte que atraviesa nuestra vida. Por eso Jesús es perseguido, envidiado, traicionado y, finalmente, asesinado. Y luego, sólo luego, resucita y da vida.

No es casual por tanto que, durante su vida, utilizase de forma recurrente la imagen de la semilla para interpretar el sentido de su misión y el núcleo de su mensaje: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida de este mundo la conserva para una vida eterna”. En otro lugar –y con una intención similar– invitará a vencer nuestra resistencia natural a creer en el poder de lo pequeño y lo oculto: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Ambas parábolas anuncian la experiencia de la resurrección en medio del ocultamiento y de la muerte.

Y ambas parábolas expresan también, como el relato de la Navidad y de la Pascua, la paradoja del cristianismo: de lo pequeño, de lo muerto y de lo marginal, surge algo grande, surge la vida, surge el Reino. Este es el mensaje central que transmite la fe cristiana y al que volvemos cada año de distintas maneras.

Durante este tiempo de Cuaresma conviene, por tanto, no dejar atrás la Navidad, pero tampoco adelantar la Pascua. Conviene no dejarse arrastrar por la realidad deprimente del pecado ni por la ingenuidad de pensar que nada del sufrimiento del mundo tiene que ver conmigo. Conviene recordar que Navidad y Pascua forman parte de la misma historia, de nuestra historia, de la única historia del cristianismo, una historia en la que trigo y cizaña crecen juntos.

Porque de Belén a Jerusalén hay una senda, una sola senda, la que recorremos cada año.

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Homilia

Volver a la vida

Un amigo me dijo en una ocasión:

“Siempre pensé que la vida era como un puzle en el que había que ir colocando las piezas, con cuidado y paciencia, hasta completarlo. Con el tiempo, descubrí que es más bien como el juego del Tetris; no basta colocar las piezas en su sitio, hay que hacerlo sobre la marcha, y hay que darse prisa.”

Mi amigo tenía razón. La vida, si puede compararse a un juego, se parece al Tetris. Todos vamos encajando sobre la marcha novedades, noticias buenas y malas, “piezas” inesperadas que vienen, descienden sin pedir permiso, y exitetris3gen un lugar donde ser colocadas. El problema de imaginar la vida como un puzle es que nunca tenemos todas las piezas sobre la mesa ni tenemos el tiempo suficiente para ir colocándolas. La imagen del puzle se queda corta, es demasiado pobre y estática. La realidad funciona de otra manera: es más dinámica, y marca su propio ritmo; la vida introduce un elemento de sorpresa, inesperado e impredecible, que tenemos que aceptar, nos guste o no.

Y eso es precisamente lo que les sucedió a Marta y María, las hermanas de Lázaro, con la enfermedad de su hermano. Lázaro enfermó y ellas acudieron a quien podía ayudarlas, a su amigo Jesús -el obrador de milagros- esperando que les resolviese el problema antes de que fuera demasiado tarde. Las hermanas querían que su hermano sanase, que la situación volviera a ser como antes, que todas las piezas volviesen a encajar como siempre. Pero no fue así.

A pesar de la petición desesperada de sus amigas, Jesús se desentiende y tarda en acudir a su llamada. El tiempo transcurre y Lázaro, finalmente, muere. Para Marta y María las piezas no encajan, y ya nunca podrán encajar. La realidad se impone y Lázaro, después de cuatro días en el sepulcro, parece definitivamente muerto. Si la vida es como un puzle, y así lo pensaban Marta y María, entonces las piezas de la vida de Lázaro se han roto para siempre.

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Aquí acaba la lógica del puzle. No da para más. Llegados a este punto, sólo la magia podría devolver la vida al muerto, sólo la magia podría recomponer las piezas rotas, sólo la magia podría recomponer a Lázaro. Pero Jesús no es un mago. Jesús no fabrica piezas rotas y perdidas ni las saca de la chistera. Jesús no vuelve a dibujar el mismo cuadro: Jesús dibuja algo nuevo, Jesús recoloca las antiguas piezas, aunque de otra manera.

Porque la vuelta a la vida de Lázaro – el último de los signos del evangelio de Juan en la preparación de la Pascua, después del agua (la samaritana) y la luz (el ciego) – no consiste en colocar lo mismo, de nuevo, en su lugar; consiste, más bien, en crear algo nuevo con lo que queda de lo viejo. Esa es la intuición que lleva a la fe en la resurrección.

Cuando era estudiante de teología, le pregunté a mi profesor de escatología con cierta ironía: “Los cristianos creemos en la resurrección de la carne, después de la muerte, pero ¿con qué cuerpo resucitaremos, con el de bebé, con el de niño, con el de adolescente, con el de adulto o con el de anciano? Porque si resucitamos con el cuerpo enfermo del anciano, y nos quedamos con él para toda la eternidad, apañados vamos.”

“No lo sabemos, ni nos interesa”, me respondió el profesor, riéndose con la pregunta.

Tenía toda la razón, porque la vuelta a la vida –la fe en la resurrección– no consiste en reproducir exactamente lo que fuimos, sino en re-crearnos, en transfigurarnos y transformarnos en algo nuevo, conservando parte de nuestra identidad. Y esa experiencia la tenemos ya en vida.

La vuelta a la vida de Lázaro, como la transfiguración de Jesús en lo alto del monte Tabor, exige un ejercicio de imaginación y creatividad para poder ser captada. En este sentido la ciencia moderna, aunque parezca lo contrario, nos puede ayudar. Nuestro cuerpo, afirman, renueva todas sus células cada siete años. Dicho de otro modo, somos renovados y recreados, constantemente, a nivel químico y celular. “Somos sistemas abiertos”, afirman los científicos; intercambiamos calor, materia y energía con nuestro entorno. Por tanto, si nuestro cuerpo se transforma a diario, y nunca es exactamente igual que el día anterior, ¿qué sentido tiene pensar que resucitaremos igual que antes? ¿Igual que cuándo?

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Quizá por eso Jesús no tiene prisa por volver a Betania. Jesús cree en el poder re-creador de Dios, el Dios siempre presente, el Dios que nos habita, nos transforma y nos recrea en todo momento. El Dios que nos creó de la nada, sin pedir permiso y sin avisar, es el Dios que nos sostiene y nos mantiene vivos. Este es el Dios que ofrece una nueva oportunidad al paralítico, al leproso, a la samaritana sedienta y al ciego. Este es el “Dios todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible” que devuelve la vida y que invocamos en el credo. Este es el Dios de Jesús.

La muerte de Lázaro no hace referencia sólo a la muerte biológica y definitiva. Nos renovamos a diario y morimos a diario. A diario nos sentimos sepultados por pesadas losas que nos asfixian y paralizan, como a Lázaro. “La piedra colocada sobre el sepulcro es la fuerza oprimente de la costumbre que aprisiona al alma y no la permite ni levantarse ni respirar”, dice San Agustín comentando este evangelio.

En este tiempo de primavera, especialmente, son muchos los que se encuentran deprimidos, tristes, sepultados bajo los problemas de la vida: enterrados en vida –como Lázaro– e incapaces de creer en la vida –como Marta y María.

A todos ellos se acerca Jesús y les grita, como a Lázaro, con voz potente: “ven afuera”, renuncia a la vieja lógica, sal del sepulcro, imagina futuros alternativos. Porque las cosas nunca vuelven a ser como antes. Lázaro no sale igual del sepulcro. El hombre que aparece tras apartar la losa es un hombre vendado: vivo, pero todavía atado de pies y manos; recreado, pero necesitado del apoyo de la comunidad para ser liberado.

Por eso el montador solitario de puzles nunca intuirá el significado de la resurrección. Ésta tiene que ver con una lógica distinta, la lógica de la creatividad, de la imaginación y del afecto: la lógica comunitaria capaz de mover losas, quitar vendas y recolocar piezas rotas. Es la creatividad, la imaginación y el amor de Jesús los que devuelven la vida a Lázaro. Jesús “sollozó y muy conmovido” preguntó por Lázaro. Su afecto por Lázaro y sus hermanas es el detonante que le lleva a pasar a la acción e imaginar un futuro distinto para su amigo.Imagen

La muerte es un problema insoluble para el que sólo hace cálculos y busca más de lo mismo o más de lo de siempre. Los puzles son todos iguales; no importa cuántas veces los desmontes y los vuelvas a montar, siempre acaban mostrando la misma imagen, el mismo paisaje. Y cada vez más desgastado.

Pero cada una de nuestras vidas es un paisaje único e irrepetible. Es más, cada día de nuestras vidas es un paisaje único e irrepetible (como una nueva partida de Tetris). No importa cuántas veces juegues, no hay dos partidas iguales.

Entender la vuelta a la vida de Lázaro, anticipo y preparación de la resurrección de Jesús, requiere sorprenderse, primero, ante el milagro de la vida; y seguir sorprendiéndose, siempre, ante el milagro de seguir vivo. Esta experiencia básica, cotidiana e inmediata, es la ventana que nos permite asomarnos al abismo de las muertes cotidianas con esperanza. Esta es la ventana por la que se cuela el Espíritu, “Señor y dador de vida”, el Espíritu creador y vivificador.

No sin razón nos dice hoy el profeta Ezequiel:

“Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago.”

Homilía del 5º domingo de cuaresma (A)

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Lectura del Profeta Ezequiel 37, 12-14.

Esto dice el Señor:

—Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago.

Oráculo del Señor.

 

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 8-11.

Hermanos :

Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

 

Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45.

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).

Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:

—Señor, tu amigo está enfermo.

Jesús, al oírlo, dijo:

—Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos:

—Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le replican:

—Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?

Jesús contestó:

—¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de

este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.

Dicho esto añadió:

—Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.

Entonces le dijeron sus discípulos:

—Señor, si duerme, se salvará.

(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)

Entonces Jesús les replicó claramente:

—Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.

Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:

—Vamos también nosotros, y muramos con él.

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.

Y dijo Marta a Jesús:

—Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.

Jesús le dijo:

—Tu hermano resucitará.

Marta respondió:

—Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dice:

—Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

¿Crees esto?

Ella le contestó:

—Sí, Señor: yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

—El Maestro está ahí, y te llama.

Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y muy conmovido preguntó:

—¿Dónde lo habéis enterrado?

Le contestaron:

—Señor, ven a verlo.

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

—¡Cómo lo quería!

Pero algunos dijeron:

—Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?

Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa).

Dijo Jesús:

—Quitad la losa.

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

—Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.

Jesús le dijo:

—¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

—Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.

Y dicho esto, gritó con voz potente:

—Lázaro, ven afuera.

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:

—Desatadlo y dejadlo andar.

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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Homilia

Aprender a decir no

Hace una semana peregriné a Javier junto a 35 alumnos del colegio El Salvador de Zaragoza y un grupo de profesores. Durante las siete horas de caminata, y a lo largo de más de 30 km, disfrutamos del sol y del paisaje acompañados por miles de peregrinos que, contentos y habladores, marchaban hacia el castillo donde nació el santo jesuita navarro.

Casi al final del recorrido, pocos kilómetros antes de llegar, el grupo de Zaragoza se reagrupó y yo decidí quedarme al final, para acompañar a los que iban más cansados y asegurarme que nadie se quedaba rezagado.

A un par de chicas les costaba mucho andar. Les dolían los tobillos y las plantas de los pies, así que les propuse parar al llegar a la carretera de asfalto para que viniesen a recogernos en coche.

“No”, me dijeron, “vamos a intentarlo, aunque vayamos más despacio”.

Al rato, viendo la cara de dolor, les volví a ofrecer ser llevadas, pero me contestaron, por segunda vez:

“No”, respondieron, “hemos llegado hasta aquí, y no vamos a parar ahora”.

Así que siguieron caminando, cansadas y doloridas bajo el sol del mediodía. Un poco después iban cojeando, con claros signos de dolor y molestias, así que les dije, aunque quedara ya menos de 1km  para llegar al castillo: “no hace falta lesionarse, ¿no es más prudente que paremos un rato o que nos vengan a recoger?”.

“No”, contestaron por tercera vez, secamente, y continuaron caminando despacio.

Tres “noes” en menos de 15 minutos. Todo un record. No me quedó más remedio que callarme y acompañarlas, ahora ya en silencio.

ImageAl día siguiente, el domingo, celebramos la eucaristía en la gran explanada que hay frente al castillo de Javier con el obispo de Pamplona y miles de peregrinos que habían ido hasta allí. El evangelio correspondiente era el del primer domingo de cuaresma, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este es un relato en el que Jesús resiste las invitaciones del demonio y dice, tres veces: “no”.

Esta es una escena que había leído y escuchado muchas veces. Había rezado con ella en los ejercicios espirituales, la había utilizado para dar algún retiro de oración y hasta había predicado varias veces sobre ella. Sin embargo, aquel domingo, me pasó algo que no me había sucedido nunca. Esta vez, al escuchar los tres “noes” de Jesús, no pude evitar identificarme con el demonio.

El demonio (o el mal espíritu), como decía San Ignacio, muchas veces actúa “bajo capa de bien”, con apariencia de ofrecer algo bueno, sensato y necesario. El pan, el reconocimiento del pueblo y el poder político que ofrece el demonio a Jesús en el desierto, en principio, son todas cosas buenas; herramientas que hubieran permitido a Jesús saciar el hambre, ser reconocido Mesías e instaurar rápidamente el Reino de Dios del que tanto hablaba. Sin embargo, y a pesar de la aparente bondad de las invitaciones, Jesús resiste y dice, tres veces, “no”.

El domingo pasado fui yo quien ofreció algo en apariencia bueno a las peregrinas: parar, ser ayudadas y no lesionarse, aunque no llegasen a Javier por su propio pie. Ellas, sin embargo, como Jesús, resistieron las tres invitaciones y me dijeron:

“No”, “queremos llegar por nuestro propio pie, aunque sea con dolor, aunque sea despacio, aunque lleguemos tarde”. “Queremos terminar esta peregrinación que hemos empezado”.

Hoy, en la misteriosa escena de la transfiguración, nos encontramos con una tentación similar a la del desierto, aunque mucho más sutil: la invitación de Pedro a instalarse, plantar tres tiendas y disfrutar de aquel lugar, en presencia de Dios, junto a Moisés y Elías. ¿Acaso no es ésta una buena propuesta, sensata y oportuna?

Parece que no, porque de nuevo escuchamos el “no” de Jesús y su resistencia a instalarse.

No es casualidad que el “no” resuene a lo largo del tiempo de cuaresma. Las lecturas elegidas por la iglesia en este tiempo litúrgico insisten en un tema central de nuestra fe; un tema que en cuaresma cobra especial importancia: el carácter itinerante, provisional y desinstalado de la fe cristiana. La dinámica del “no” nos desinstala y nos introduce en la lógica del discernimiento. “Aprender a decir no” sería un buen resumen del sentido de la cuaresma, el tiempo privilegiado del discernimiento.

Porque cada tiempo litúrgico subraya un elemento de la fe, un rasgo particular del rostro de Dios. Ser cristiano consiste en descubrir todos esos rasgos, y así llegar a contemplar el rostro de Dios.

El adviento subraya la importancia de la esperanza y de la espera ilusionada, frente a la desesperación y la desconfianza en el futuro que a menudo nos invade. La Navidad muestra la cercanía y la intimidad de Dios, su proximidad a nuestras vidas, frente a la tentación de imaginar un Dios lejano e indiferente. El tiempo ordinario revela al Dios que acompaña y habita lo cotidiano,  frente a la sensación de soledad, hastío y rutina estéril que también con frecuencia nos asalta.

En la Pascua se manifestará el Dios que transforma muerte en vida y oscuridad en luz, frente a la experiencia de fracaso que siempre nos acaba visitando. En cuaresma, sin embargo, se nos presenta el Dios itinerante y desinstalado, el Dios que resiste la tentación, el Dios que dice: “sal de tu tierra” y “ponte en camino a la tierra que yo te mostraré”. El Dios que dice “no”, “no te instales”, “no te pares”, “no plantes tres tiendas”. Este es el Dios de Jesús, el Dios itinerante que acompaña en el desierto, el Dios que invita a discernir sobre la marcha.

ImageLa cuaresma es, por ello, el tiempo del discernimiento. A Dios se le conoce desinstalado, peregrinando y en los márgenes; se le conoce en la soledad del desierto, en medio de la comunidad y en la lucha interior; se le conoce, a menudo, al decir “no” a cosas buenas y necesarias. Este es, también, el sentido auténtico de la penitencia y del ayuno cuaresmal: ejercitar nuestra libertad; aprender a decir no, para poder decir sí al final.

El discernimiento, algo de lo que tanto nos gusta hablar a los jesuitas, no es otra cosa que adiestrarse en el arte de decir “no” a cosas buenas, para poder decir “sí” a cosas mejores.

En las tentaciones y en la transfiguración, Jesús adiestró su libertad y aprendió a decir no.  Para decir sí de verdad, para comprometerse con el proyecto del Reino hasta el final, Jesús necesitó decir que no a muchas cosas.

Nuestra vida, si quiere imitar la de Cristo, recorrerá el mismo camino que Él recorrió: el camino del discernimiento. Sólo los que aprenden a decir no, al final, podrán decir sí. Sólo los que salen de su tierra –como Abraham, como Jesús, como los peregrinos de todos los tiempos– sólo ellos, los que viven desinstalados, los que no se asientan en sus pequeñas seguridades (las tiendas), orientarán su vida hacia Dios.

ImageEl que dijo muchas veces no, a lo largo de su vida, es el que dirá sí al final de la vida; el que dijo que no a las tentaciones del desierto y a la instalación en el monte Tabor, será el que diga en Jerusalén: “ahora sí”, “misión cumplida”, “hágase en mí tu voluntad”.

Las tres tentaciones del demonio, las tres tiendas ofrecidas por Pedro, las tres invitaciones a parar que hice a las peregrinas camino de Javier, se toparon todas ellas con un “no”. El tipo de no que hace crecer y enseña a elegir, el tipo de no que, a la larga, permite decir sí.

Y ese “sí” –el definitivo, el sostenido a lo largo del tiempo, el que nos conduce a la meta– ése es el “sí” que nos cambia por dentro y nos transfigura, poco a poco, no de golpe ni de forma mágica.

Una persona transfigurada no es aquella a la que todo le va bien, ni siquiera una que tiene claro el recorrido; una persona transfigurada es aquella que discierne y camina, que aprende a decir no para poder decir sí. Y al hacerlo, esa persona queda iluminada, transformada, transfigurada.

En la escena de la transfiguración no asistimos a una escena mágica en la que Jesús es iluminado por fuera; en la transfiguración contemplamos la iluminación interior  que provoca el discernimiento. La transfiguración es un adelanto del sí de la Pascua, el sí definitivo; el sí luchado contra la tentación, el sí que lleva al final del camino. El sí de la resurrección.

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Homilía del 2º domingo de Cuaresma (A)

 

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 

Génesis 12, 1-4a

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Timoteo 1, 8b-10

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

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