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Hacer sitio a Dios

Cuando una mujer queda embarazada, muchos cambios tienen lugar en su cuerpo: el útero se dilata, la piel se estira, los riñones se desplazan, las caderas se ensanchan y los intestinos se recolocan. Y todo eso, para que el vientre pueda albergar la nueva vida que crece en su interior y demanda cada vez más espacio. De ahí venimos todos. A todos nos nacieron, a todos nos hicieron espacio, a todos nos dieron la vida. No la pedimos, no nos la ganamos, no nos la merecimos. Nos la dieron gratuitamente.

El proceso de gestación –si alguien ha estado cerca de una mujer durante el embarazo lo sabe bien– es sorprendente y molesto al mismo tiempo, sobre todo en las últimas semanas previas al parto. Hacer sitio a una nueva vida es una experiencia ilusionante y esperanzadora, pero supone también un esfuerzo incómodo y doloroso.

La metáfora del embarazo ayuda a comprender el modo como Dios se relaciona con cada una de sus criaturas y, en un sentido más amplio, a imaginar la creación mundo. La metáfora resulta útil también para imaginar nuestra misión como cristianos y el modo como estamos invitados a vivir. En ambos casos, la figura de María –de quien afirmamos, nada menos, que es la Madre de Dios– resulta de gran ayuda.

Empecemos por el libro del Génesis. Cuando nos paramos un momento y pensamos en el conocido relato de la creación tendemos a imaginar a Dios creando de la nada –ex nihilo–, rellenando un escenario vacío. Tras la aparición de los astros, el agua, la tierra, los animales y las plantas, Dios coloca al hombre y a la mujer en el centro, completando así un proceso que dura simbólicamente siete días. Misión cumplida. Tarea finalizada. Creación completada.

Sin embargo, algunos creyentes han imaginado también a Dios apartándose o echándose a un lado a la hora de crear, dejando un hueco –valga la expresión– en su propio interior, posibilitando así la aparición del universo. El mundo, visto de este modo, no es sólo la realidad material, externa, creada activamente por Dios, que percibimos a nuestro alrededor; es también el espacio interno que Dios habría dejado al echarse a un lado, permitiendo que existiese, continuando su labor creadora.

Dicho con otras palabras, la creación está en Dios pero no es Dios, sino un espacio de libertad entregado como regalo al ser humano. Dios crea activamente, interviniendo en el mundo, pero también se retira pasivamente, dejando espacio a la creatividad humana.

Este modo complementario de entender el relato del Génesis puede parecernos una pura especulación teológica que no conduce a ninguna parte (al fin y al cabo, ¿quien puede comprobar cualquiera de estas afirmaciones?), pero quizás puede ayudarnos a comprender cómo Dios al crearnos personalmente –igual que al gestarnos nuestra madre– nos hizo sitio, para que pudiésemos existir y participar de ese mismo proceso creativo, continuándolo con nuestras vidas.

La sicología evolutiva hoy día dice algo similar respecto al desarrollo humano. Los padres engendran biológicamente a un hijo. Ahora bien, el espacio –físico, en un primero momento– hay que seguir haciéndolo en otros ámbitos –sicológico, educativo, económico– si queremos que crezca como persona autónoma, madura y libre.

Los padres sensatos reconocen que sus hijos no les pertenecen, se los dejaron “en préstamo” durante unos años para que luego tomaran las riendas de sus propias vidas. Su función consiste en dejarles, progresivamente, más y más espacio.

La historia de salvación –la narración de la relación de Dios con su pueblo y de Jesús con la Iglesia– puede entenderse también desde esta clave, como un lento proceso pedagógico de crecimiento, aprendizaje y maduración.

Estos modos complementarios de entender la creación del mundo, el desarrollo humano y la historia de la salvación –como actividad creadora y como pasividad facilitadora– clarifican también algo central para la comunidad cristiana: la misión de la Iglesia.

Cristo hace y deja hacer, transforma y posibilita, libera y permite ejercer la libertad. De ahí que la Iglesia, si quiere parecerse a Jesús, está llamada a imitar este particular modo de ser.

Dicho de forma negativa, difícilmente comunicaremos la presencia de Dios si, además de hablar de Él y dar testimonio con nuestra propia vida, no le hacemos sitio primero, si no nos echamos a un lado para que Dios, simplemente, sea.

En este punto merece la pena volver a la figura de María, porque la Madre de Dios integra ambas actitudes de modo ejemplar. Además de dejar espacio físicamente a Jesús, la joven de Nazaret hizo también espacio a Dios espiritualmente. De este modo, se convirtió en modelo de creyente al escuchar, acoger e imitar la acción libre y creadora de Dios. Su respuesta activa y agradecida brota, precisamente, de su capacidad de escucha y contemplación.

El “hágase en mí según tu palabra” del relato de la anunciación podemos entenderlo como disposición a dar a luz al Mesías o como apertura incondicional a un Dios que tiene la última palabra. Imitar esa doble dinámica define la vocación cristiana.

Algunos teólogos han afirmado que la tarea de la teología consiste en hablar bien de Dios. De forma similar, la misión principal de la Iglesia y de cualquier cristiano no consistiría en otra cosa que en dejar a Dios ser Dios, en hacerle sitio. María representa un modelo único y una fuente permanente de inspiración para llevar adelante esta misión.

En el mes de mayo, el mes de la Virgen, nos puede ayudar pensar en ella como la mujer que dejó a Dios ser Dios. Nos puede ayudar rezarle y pedirle que interceda por nosotros, para que seamos oyentes de la palabra, hombres y mujeres capaces de escuchar y hacer sitio a Dios.

Ojalá podamos decir, con María y como María, “hágase en mí según tu palabra”.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

El Dios ventrílocuo

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”

Estas son las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de Marcos. Son también el mejor resumen de su mensaje. Y son palabras que, además, nos pueden ayudar a vivir el sentido de la Cuaresma porque, en el tiempo previo a la celebración de la Pascua, lo que necesitamos es convertirnos y creer.

Durante cuarenta días la Iglesia nos ha invitado a revisar nuestra forma de vivir, de pensar, de mirar y de actuar; nos ha invitado a ser más permeables y a prestar más atención al mensaje cotidiano que Dios nos envía. El creyente en Cuaresma afina los sentidos para escuchar ese mensaje y trata de descubrir –como decía Machado– “entre todas las voces, una”.

Es cierto que a menudo no somos capaces de entender lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nos sucede a nosotros mismos y, menos todavía, lo que Dios nos puede querer decir en medio de tanto ruido. Pero de lo que sí estamos seguros es que Dios se quiere comunicar y que, de hecho, se comunica constantemente, a lo largo de nuestra vida. El redactor de la carta a los hebreos lo sabía bien y lo expresó de forma inmejorable:

Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”.

Dios habla “muchas veces y de muchas formas”, se comunica con el ser humano por medio de mensajeros, por medio de la propia experiencia interior del creyente, por medio de la creación y, especialmente, por medio del propio Jesús.

De este Dios locuaz y parlanchín hemos oído todos hablar muchas veces: Él es el Dios creador del universo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios-Padre de Jesús, el Dios-amor de la carta de Juan, el Dios-con-nosotros de la Navidad, ¿pero por qué no también el Dios-ventrílocuo, el Dios que habla de muchas maneras, en muchas situaciones y por medio de muchas personas?

Un ventrílocuo es alguien capaz de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos, alguien que imita bien a otras personas o diversos sonidos. Hace años, José Luis Moreno y Maricarmen nos hacían reír en este país a todos con sus muñecos y sus chistes. En medio de las bromas y de las carcajadas que provocaban, transmitían mensajes importantes sobre cómo somos, sobre nuestras grandezas y nuestras miserias humanas.

¿Y no es algo muy parecido lo que hace Dios para comunicarnos su mensaje? En la Biblia, ¿no aparece acaso como una especie de ventrílocuo que, escondido tras los acontecimientos y las personas, habla al corazón de todo aquel capaz de escuchar, para pedirle que pare, se convierta y crea?

El hilo conductor que atraviesa la Escritura es una única llamada: la de un Dios que pide la conversión sincera del ser humano. Para el pueblo judío ese mensaje se resume en la oración diaria del Shemá, la llamada a la escucha atenta: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor”; para Jesús, esa escucha se concreta en la irrupción constante del Reino de Dios, ese Reino del que tanto hablaba, el Reino que ya está entre nosotros.

El creyente, por tanto, es aquel capaz de reconocer la voz de Dios y acoger su invitación a la conversión. Como nos recuerda el salmista: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. O como dice Jesús al inaugurar su vida apostólica, pidiendo que le escuchemos y reaccionemos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Ahora bien, si el mensaje (convertíos y creed) es tan claro y el emisor (Dios) tan insistente, ¿por qué unos escuchan y otros no?, ¿por qué a unos les resulta fácil y natural creer, mientras que otros, aunque busquen sinceramente, no encuentran nada?

Reconozco que ésta siempre me ha resultado una pregunta incómoda. Hay quien dice que la pregunta por el mal y el sufrimiento absurdo es la más difícil a la que podemos enfrentarnos los creyentes. Sin embargo, pienso que la pregunta por la fe resulta todavía más complicada. En la Pascua, lo más difícil no es sentir compasión por el sufrimiento injusto de Jesús, sino alegrarse con la alegría de Cristo resucitado.

Quizás tendremos que acogernos a la invitación de Jesús y mirar al cielo más a menudo para comprobar que el sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, cada día, para unos y para otros, para buenos y malos, para crédulos e incrédulos, para todos los que estamos en camino de conversión.

Sabemos que el Dios de Jesús sigue comunicándose y hablando, “muchas veces y de muchas maneras”. Sabemos que sigue insistiendo. El Dios misericordioso, como el sol que sale para todos, nunca se cansa de invitarnos a convertirnos y a creer, le escuchemos o no.

Ojalá escuchemos, en este tiempo, su voz; ojalá escuchemos, entre todas las voces, sólo la suya; ojalá identifiquemos, tras cada paso de Semana Santa, el paso de Dios por nuestra vida; ojalá escuchemos al Dios ventrílocuo, cercano y parlanchín, aunque no le veamos; ojalá escuchemos la voz que me dice al oído: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértete y cree en la Buena Noticia”.

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Reflexión

De Belén a Jerusalén hay una senda

Se nos olvida con demasiada facilidad que el nacimiento de Jesús vino precedido por el rechazo y seguido por la muerte y la persecución. El parto miserable en un establo, el asesinato sistemático de niños inocentes y la huida apresurada a Egipto no son un mero adorno navideño: son el recuerdo imprescindible de la cruda realidad con que el Hijo de Dios se encontró, ya desde el principio, al llegar a nuestro mundo. Un mundo herido y roto por el pecado, la envidia y el fratricidio.

Aunque tratemos de edulcorar la historia de la Navidad –y nos fijemos sólo en la belleza del niño recién nacido, en la confianza de José y María, en la generosidad sorprendente de los Reyes Magos y en la cálida acogida de los pastores– la liturgia coloca sabiamente estas otras historias amargas como contrapunto del nacimiento de Jesús.

Pero no lo hace para aguar la fiesta, no, lo hace para ser fiel a la experiencia de fe cristiana y para poder descubrir mejor el sentido de la resurrección y de la vida, que se abren paso –ya desde el principio– en medio del pecado, del odio y de la muerte. Navidad y Pascua, muerte y vida, sufrimiento y resurrección, crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola– de principio a fin.

Así fue también a lo largo de la vida de Jesús: la traición, la mediocridad y la violencia que rodean el gran relato de la Navidad –y que tendemos a minimizar– son las que conducirán a la muerte injusta en el Gólgota durante la Pascua, pero también las que provocarán el abandono de buena parte de los seguidores de Jesús y las que generan los constantes conflictos con las autoridades religiosas. Un villancico popular dice que de “Nazaret a Belén” hay una senda, pero no conviene olvidar que de Belén a Jerusalén hay también una senda, una única senda, la que recorre Jesús durante su vida.

Porque los dos grandes relatos del cristianismo –el nacimiento de Jesús y la resurrección de Cristo– no se pueden entender sin la experiencia de muerte y de cruz que les rodea. Experiencias por la que es inevitable pasar, pero que, como bien sabemos, no tienen la última palabra.

Muerte y resurrección son los dos hilos conductores que recorren la vida cristiana de cabo a rabo. En la Pascua tendemos a centrarnos en la pasión, y se nos olvida saborear la alegría desbordante de la resurrección; en la Navidad nos pasa al revés, arrinconamos el exterminio de los Santos Inocentes y la huida a Egipto hasta el punto de ignorar la importancia de estos relatos para entender el misterio de la Navidad. Pero necesitamos ambas historias, las necesitamos para captar el mensaje de las Escrituras. Aunque cada día troceemos la Biblia, seleccionemos un pasaje y celebremos una fiesta, no podemos perder de vista el relato entero.

El Dios cristiano no viene al mundo saltándose la soledad y la dureza de la encarnación (nace en un establo), ni esquivando la prueba (enfrenta las tentaciones del desierto), ni pasando por el mundo de modo mágico y superficial (asume la cruz). El Dios cristiano no es un dios disfrazado de hombre, con poderes de otro mundo. Dios se encarna, entra en la historia, en la experiencia de fragilidad, de pecado y de muerte que atraviesa nuestra vida. Por eso Jesús es perseguido, envidiado, traicionado y, finalmente, asesinado. Y luego, sólo luego, resucita y da vida.

No es casual por tanto que, durante su vida, utilizase de forma recurrente la imagen de la semilla para interpretar el sentido de su misión y el núcleo de su mensaje: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida de este mundo la conserva para una vida eterna”. En otro lugar –y con una intención similar– invitará a vencer nuestra resistencia natural a creer en el poder de lo pequeño y lo oculto: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Ambas parábolas anuncian la experiencia de la resurrección en medio del ocultamiento y de la muerte.

Y ambas parábolas expresan también, como el relato de la Navidad y de la Pascua, la paradoja del cristianismo: de lo pequeño, de lo muerto y de lo marginal, surge algo grande, surge la vida, surge el Reino. Este es el mensaje central que transmite la fe cristiana y al que volvemos cada año de distintas maneras.

Durante este tiempo de Cuaresma conviene, por tanto, no dejar atrás la Navidad, pero tampoco adelantar la Pascua. Conviene no dejarse arrastrar por la realidad deprimente del pecado ni por la ingenuidad de pensar que nada del sufrimiento del mundo tiene que ver conmigo. Conviene recordar que Navidad y Pascua forman parte de la misma historia, de nuestra historia, de la única historia del cristianismo, una historia en la que trigo y cizaña crecen juntos.

Porque de Belén a Jerusalén hay una senda, una sola senda, la que recorremos cada año.

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Homilia

La llegada de un Dios salvaje

En 1995, los técnicos del Parque Nacional de Yellowstone decidieron reintroducir el lobo después de que, siete décadas antes, se capturase con trampa el último ejemplar. Esa decisión -muy polémica en su momento- transformó el paisaje de Yellowstone en poco tiempo de una forma tan radical que hasta los propios gestores del parque no podían dar crédito a lo que estaban viendo.

Los biólogos e ingenieros que han estudiado el proceso con detenimiento comienzan ahora a entender los complejos mecanismos que desencadenó la llegada de un depredador tan eficiente como el lobo en un ecosistema que, hasta el momento, había estado dominando por grandes herbívoros como el alce, el búfalo o el ciervo.
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El primer efecto de la reintroducción, bien conocido por los estudios de dinámica de poblaciones, fue el rápido incremento de los depredadores y la también drástica reducción de los grandes herbívoros hasta que, finalmente, ambas poblaciones alcanzaron un punto de equilibrio. El segundo efecto observado –y también esperado– fue la progresiva recuperación de la cubierta vegetal y la llegada de nuevas especies que, debido a la excesiva presión de los herbívoros, habían desaparecido completamente.

Entre ellas destacan las plantas de ribera, que volvieron a crecer junto a ríos y arroyos reduciendo la velocidad del agua, reteniendo ramas y favoreciendo la sedimentación. Como resultado de este proceso –nada esperado– el trazado lineal de los ríos de Yellowstone fue transformándose, poco a poco, en otro más sinuoso hasta el punto de crearse meandros y pequeños islotes, que a su vez permitieron la entrada de nuevas especies.

Dicho de forma telegráfica, la introducción de una pequeña manada de lobos acabó transformando radicalmente el paisaje de Yellowstone, modificando incluso el curso de los ríos.

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Relatos de conversión

En estos días de adviento en que los cristianos nos preparamos para la Navidad –el relato de la llegada del Hijo de Dios– puede resultar muy ilustrativa la historia de Yellowstone. Porque ambas historias, por muy alejadas y distintas que parezcan, narran un proceso similar: la transformación de un ecosistema entero, uno natural –el de Yellowstone– y otro religioso –el del judaísmo del siglo I– en algo distinto.

El nacimiento de Cristo fue un acontecimiento que transformó el paisaje religioso de modo irreversible. Nuestra fe afirma que, con Jesús, Dios entra en la historia humana de una forma nueva, inesperada y radical; entra y trastoca todo el orden previo: el modo de imaginar a Dios (como Trinidad), el modo de comprendernos (como hijos de un único Padre), el modo de relacionarnos entre nosotros (como hermanos de una única familia) y el modo de entender el mundo (como “casa común” habitada por el Espíritu). Con Jesús, ya nada puede ser igual que antes.

Los relatos de conversión de todos los tiempos narran bien los efectos que provoca la llegada de Cristo a la vida de una persona. Desde Las Confesiones de San Agustín hasta La montaña de los siete pisos de Thomas Merton, pasando por La Autobiografía de Ignacio de Loyola, las conversiones religiosas dan testimonio de la novedad permanente de la fe cristiana y de su capacidad para irrumpir y revolucionar el orden establecido, tanto a nivel personal como social. Cuando el Dios-amor de Jesús se introduce en la vida de una persona y se le deja suelto, sin tratar de controlarlo o manipularlo, todo cambia, todo queda recolocado, hasta el curso de la propia vida.

Porque cuando alguien deja entrar a Dios en su conciencia, en su pensamiento y en su imaginación, se desencadenan -como en los ecosistemas- transformaciones vitales en el interior de esa persona. Y esas transformaciones se traducen después en actitudes y decisiones muy concretas: en el modo de entender el mundo, de plantearse la vida y de ordenar las prioridades. El Padre Arrupe, antiguo general de los jesuitas, describió magistralmente lo que sucede al abrir la puerta al Dios-amor en nuestras vidas en un poema-oración que merece la pena ser reproducido:

Nada es más práctico que encontrar a Dios;

que amarlo de un modo absoluto y hasta el final.

Aquello de lo que estés enamorado y arrebate tu imaginación,

lo afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar por la mañana

y lo que hagas con tus atardeceres;

cómo pases los fines de semana,

lo que leas y a quien conozcas;

lo que te rompa el corazón

y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo.

Si la introducción de una nueva especie “lo afecta todo”, desencadena transformaciones insospechadas en la pirámide trófica y acaba cambiando por entero un ecosistema, la introducción de la pregunta por Dios, el Dios-amor de la Navidad, ¿no “lo afectará todo” también, no transformará el itinerario vital de una persona en direcciones insospechadas?

La historia nos dice que, en la vida de muchas personas a lo largo de muchos siglos, así ha sido. La entrada desconcertante, impredecible y transformadora de Dios en la historia es el gran relato de la Navidad; el Dios a quien abrimos la puerta en estos días, el Dios del amor, el Dios de Jesús, es también –y conviene no olvidarlo– el Dios salvaje que irrumpe en nuestra intimidad para instalarse y trastocar para siempre nuestro paisaje interior. Esa irrupción es la que celebramos en estas fechas.

Conviene pues, durante los días de Adviento y Navidad, alejarnos por un momento de las imágenes navideñas edulcoradas y ñoñas a las que tan acostumbrados estamos. Rescatemos la radicalidad del misterio de la encarnación. Abramos la puerta, un año más, al Dios salvaje y creador, al Dios capaz de transformar y recrear nuestra vida. Hagamos memoria de su irrupción en la historia y en la creación.

En Navidad, dejemos a Dios ser Dios.

Foto: Pixabay

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La Biblia en un tweet

Muchos piensan que el gran invento de nuestra época son las redes sociales. Se equivocan. Las redes sociales se inventaron hace miles de años. De hecho existen desde que las personas empezamos a comunicarnos, aunque no las llamásemos así.

Es cierto que Twitter, por poner el ejemplo de una de las más usadas, se inventó hace tan solo unos pocos años. No existía nada parecido antes a nivel global, excepto Facebook. Sin embargo, la idea de condensar en un mensaje corto y directo (un “tweet” son 140 caracteres) es tan antigua como la comunicación humana.

“Vete al grano y déjate de rodeos”, decimos cuando queremos aclarar una cuestión. “Resúmelo en un tweet”, sería una buena manera de decir lo mismo en la actualidad.

La gran novedad de redes como Twitter consiste en el modo digital de transmitir los mensajes y en la mayor facilidad de acceso e interacción que permiten, aunque su lógica no es nada novedosa. A Jesús, de hecho, hace 2000 años, cuando Twitter ni se podía imaginar, le pidieron que resumiera lo más importante de su mensaje en una frase muy corta.

Lo hizo en varias ocasiones. Las bienaventuranzas, consideradas para muchos el mensaje central de los evangelios, son un buen ejemplo, encajan todas en un tuit. En la biblia judía sucede lo mismo: Moisés, al recibir los diez mandamientos de la ley de Dios, podría haberlos tuiteado (de haber tenido a mano la tecnología adecuada); los salmos y el libro de los proverbios también admitirían ser transmitidos vía Twitter.

Quizás por ello Benedicto XVI se lanzase a tuitear desde @Pontifex y Francisco, el año pasado, dijera refiriéndose a las redes sociales: “las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales”.

Pero vayamos al evangelio de este domingo, escrito muchos siglos antes de la revolución digital. A Jesús le piden que haga un esfuerzo de síntesis y condense la ley de Dios en pocas palabras (en un tuit): “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?”, le preguntan un grupo de expertos en la ley judía.
Jesús responde (en menos de 140 caracteres):

image1“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Y a tu prójimo, como a ti mismo”.

Si le hubiesen pedido que resumiese la Ley, todavía más, utilizando el hashtag #en6palabras, quizás hubiera dicho:

“amor a Dios, amor al prójimo”.

Lo que hubiese tuiteado Jesús #en6palabras no lo sabremos nunca (aunque seguro alguien lo investigará un día), pero lo que sí sabemos con certeza es que su mensaje central habla del amor y gravita en torno a dos centros: Dios y el prójimo.

spiritRecuerdo que, cuando estudiaba geometría, el profesor explicaba que la suma de las distancias a los dos focos de una elipse se mantenía constante en todos los puntos. Ese era “el secreto” de la elipse. “El secreto” de la vida cristiana, nos recuerdan hoy, consiste también en gravitar en torno a dos focos: el amor a Dios y el amor al prójimo.

En unas épocas de la vida, necesitaremos centrarnos en Dios; en otras, nos volcaremos más en el servicio directo al hermano. Pero la referencia constante a uno y a otro – a Dios y al prójimo – para un creyente, nunca puede faltar.

Cuando los creyentes vivimos centrados solo en Dios, nos volvemos con facilidad unos fundamentalistas y acabamos – como Narciso – reflejados en nuestra imagen deformada de Dios.
Cuando nos volcamos solo en el servicio al prójimo, engrosamos las admirables filas del humanismo laico, pero olvidamos quién nos impulsa.

Dios nos envía al prójimo y el prójimo nos envía a Dios. Esa es la dinámica de la fe cristiana. Amar a Dios implica amar al prójimo; amando al prójimo amamos a Dios. La vida cristiana es elíptica, no circular.

Retuiteemos el mensaje central de nuestra fe, grabémoslo en el corazón, pongámoslo en práctica:

“Amor a Dios, amor al prójimo”.

Homilía del Domingo 30º del Tiempo Ordinario (A)

Mateo 22,34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Éx 22, 20-26
Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Sal 17; Tes 1, 5-10

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Dad a cada uno lo suyo

Dad al César lo que es del César.
Dad a Dios lo que es de Dios.

Empezando por lo más importante, me pregunto:

¿Qué es de Dios?
De Dios, de hecho, es todo: mi vida, mi tiempo, mis sueños, mis límites, mis historias. Todo.

¿Y del César?
Poco, muy poco, casi nada: una gloria efímera, una autoridad delegada, un recuerdo pasajero, un poder sin fundamento, una apariencia vacía.

¿Y mientras tanto?
Mientas tanto nos empeñamos en cerrar los ojos, negar la evidencia, olvidar el regalo y escuchar sólo al César.

¿Por lo tanto?
No vivamos así. No demos importancia a lo que no lo tiene. No apostemos por la apariencia, lo vacío y lo hueco. Volvamos a lo básico, demos gracias a la vida.
Demos a cada uno lo que le corresponde:
a uno, poco, muy poco, casi nada; y al otro, la vida entera.

Domingo 29º del Tiempo Ordinario (A)
Meditación sobre Mt 22, 15-21

Is 45,1.4-6; Sal 95; Tes 1,1-5;

Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»
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