Homilia, Reflexión

Responder preguntando

En una ocasión, al salir de misa, un compañero jesuita me dijo de broma, “¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que Jesús, en los evangelios, responde a sus interlocutores con una pregunta?”, y añadió, “parece gallego, nunca aborda la cuestión directamente”.

Más allá de los estereotipos culturales y del hipotético origen galaico de Jesús (descartado por todos los estudiosos), qué duda cabe que el profeta itinerante de Nazaret con mucha frecuencia respondía planteando una nueva pregunta. Este particular modo de dialogar es un rasgo distintivo de su persona y no una mera anécdota o un recurso literario usado por los evangelistas.

Un rasgo del que merece la pena tomar nota, porque preguntar –preguntar bien– es más importante a menudo que tratar de responder. Dicho de otro modo, una pregunta mal formulada no merece ser respondida, sino corregida (o reformulada). Al menos esa parece ser la intención última de las misteriosas respuestas de Jesús: interpelar a su interlocutor, ayudar a desvelar sus motivos y clarificar la formulación de sus preguntas.

Los mejores ejemplos los tenemos en las numerosas polémicas con los fariseos y maestros de la ley. Ante la sorprendente curación de un paralítico y el perdón de sus pecados, los fariseos, escandalizados, exclaman: “¿No es sólo Dios quien puede perdonar los pecados?”. Pero Jesús, sabiendo que la interrogación esconde una acusación implícita, contesta: “¿Qué es más fácil decir, ‘tus pecados te son perdonados’, o decir ‘levántate y anda’?”.

Poco después, de nuevo, al plantear los fariseos por qué los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús remite a la propia tradición de sus interrogadores: “¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?”.

Y algo similar sucede, más adelante, con otro hombre piadoso y rico, cuando éste le dice (esta vez sin intención de tenderle una trampa): “Maestro, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?”. Como a los fariseos, Jesús le invita a beber de su propia tradición: “¿Qué dice la ley?”. El final de la historia lo conocemos de sobra. Jesús no rechaza ni minusvalora la importancia de la ley –al contrario, en otro lugar llega a decir: “les aseguro que no quedará ni una coma de la ley sin cumplirse”– sino que ayuda a situarla en un contexto más amplio.

Con sus misteriosas respuestas Jesús muestra que la observancia religiosa puede hacernos, paradójicamente, ciegos e inflexibles; ciegos ante la enorme sabiduría de las Escrituras e inflexibles ante una tradición capaz de abrirse a situaciones nuevas. Preguntar bien, por tanto, ayuda a mostrar la riqueza y la profundidad de la herencia recibida y a defenderla frente a quienes –en su deseo por cumplirla– acaban encorsetándola y empobreciéndola.

Pero Jesús no sólo responde de esta manera en contextos polémicos, desvelando las intenciones y agendas ocultas de sus interlocutores. También lo hace para clarificar aspectos de sus enseñanzas y estimular la imaginación religiosa de sus discípulos y seguidores. Esta segunda intención de sus preguntas-respuesta se ve muy bien en el uso que hace, por ejemplo, de las parábolas, que con frecuencia están enmarcadas también entre interrogantes.

Por ejemplo, cuando el mismo hombre rico que buscaba la vida eterna se pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, es respondido con la parábola del buen samaritano, a la que Jesús, a continuación, añade: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta es tan evidente hoy como lo fue entonces para aquel hombre.

En este caso, no se trata tanto de desenmascarar la intención capciosa o la hipocresía religiosa del interlocutor, sino más bien de enmarcar pedagógicamente su pregunta en un nuevo contexto que ayude a responderla.

Pero conviene no olvidar que este modo particular de razonar no es exclusivo de Jesús. Al fin y al cabo, Jesús fue un gran conocedor de la tradición profética y sapiencial de Israel, en la cual encuentra inspiración y a la cual remite constantemente.

En el diálogo más largo y dramático de toda la Biblia –el que sostiene Job con sus tres amigos y con el mismísimo Yahvé sobre el sentido del sufrimiento humano y la doctrina de la retribución– Yahvé se reserva la palabra hasta el final. Para sorpresa de Job y del lector, ante las muchas preguntas y explicaciones formuladas por los protagonistas del drama, Yahvé responde… ¡con una larga batería de preguntas!

Reproducir Job 38-39 resultaría excesivo en el contexto de esta breve meditación. Valga la referencia para ilustrar la tercera de las razones que lleva –a Jesús y a Yahvé– a responder preguntando: la pedagógica o mistagógica.

La función mistagógica (por mistagogía se entiende el proceso de iniciación religiosa o etapa final del catecumenado) de las conversaciones de Jesús se observa, por ejemplo, al final de los evangelios, en la aparición de Jesús a dos discípulos que van camino de Emaús.

Tras un largo diálogo que se inicia con una pregunta dirigida a Jesús –“¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”– los taciturnos discípulos escuchan la larga explicación de aquel peregrino desconocido que concluye afirmando: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Después de la conversación y de la cena, los discípulos abren por fin los ojos a la presencia del resucitado y reconocen sorprendidos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?”.

Responder preguntando, en definitiva, no es un modo evasivo de contestar; todo lo contrario, es una forma pedagógica de corregir nuestras distorsiones religiosas, ayudarnos a buscar y, sobre todo, acercarnos al misterio de Dios.

Jaime Tatay, SJ

 

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Homilia, Reflexión

Dejándolo (casi) todo, le siguieron

Los evangelios no son libros de historia. Tampoco son documentos jurídicos, ni relatos periodísticos que busquen reproducir fielmente unos hechos tal y como sucedieron. Los evangelios son textos que narran una experiencia de encuentro y de fe de una comunidad. Y esa experiencia se comunica con un lenguaje simbólico, propio de las gentes y de la época que vivieron ese encuentro.

Quizás por ello los evangelios no sólo se contradicen a menudo en aspectos de la vida de Jesús –como el momento de su resurrección– sino que, además, contienen errores evidentes para cualquier lector avezado. Un ejemplo muy claro es el de la llamada al seguimiento de los discípulos.

Cuando el evangelista Lucas relata el encuentro de Jesús con un pequeño grupo de pescadores galileos junto al lago de Genesaret, afirma que “dejándolo todo, le siguieron”. Los otros dos evangelios sinópticos rebajan un poco el tono. Marcos dice con el carácter sobrio y directo que le caracteriza que “dejando las redes, le siguieron”. Mateo, para quien la genealogía y la tradición familiar son tan importantes, sostiene que “dejando el barco y a su padre, le siguieron”. Para Juan, sin embargo, que no ambienta la escena junto al lago, es el Bautista quien presenta a Jesús, “y los dos discípulos oyeron lo que dijo y le siguieron”. En este caso, a diferencia de los tres sinópticos, no se concreta nada más sobre las implicaciones inmediatas del seguimiento.

La presentación de Lucas, por tanto, es la más arriesgada, porque afirmar que los discípulos lo dejaron todo por seguir a Jesús no es sólo exagerado, sino probablemente también alejado de la realidad de lo que pudo suceder.

Sabemos de sobra que los discípulos no lo dejaron todo; al contrario, llevaron con ellos muchas cosas de las que no consiguieron desprenderse durante los tres años que compartieron junto al predicador itinerante de Nazaret. Cargaron con sus historias personales, sus expectativas políticas, sus intereses familiares, sus modos de ser y hasta sus ideas sobre Dios y el Mesías. Quizás dejaron atrás la mayoría de posesiones materiales –la casa, la barca y las redes– y algunas relaciones familiares, pero sin duda arrastraron prejuicios sociales, políticos y religiosos.

Las historias que narran los evangelios, y su continuación en los Hechos de los Apóstoles, bien pueden entenderse como un progresivo desprendimiento y purificación de la primera llamada, como una comprensión cada vez más profunda de las consecuencias del seguimiento de Jesús por parte de los discípulos hasta su disposición final a presentarse ante Dios con las manos vacías y el corazón abierto. Podríamos decir que los discípulos sufren un proceso de desprendimiento que les lleva a dejar primero algunas cosas hasta finalmente, y tras muchos tropiezos, dejarlo todo.

Y este es un proceso que llevó tiempo, mucho tiempo, como se desprende de la lectura de los evangelios. Consciente de la enorme fragilidad de sus primeros discípulos, Jesús desarrolla una pedagogía que explica las múltiples llamadas al seguimiento y los diversos anuncios de la pasión que jalonan los evangelios.

Las agendas ocultas, los intereses paralelos y las traiciones de los apóstoles ponen de manifiesto un seguimiento torpe, pero muestran algo todavía más importante: ya desde el principio la Iglesia no fue una comunidad de discípulos puros y seguidores incondicionales, sino un intento fallido, en permanente construcción.

Marc Vilarasau –compañero jesuita fallecido, por desgracia, demasiado joven– decía que la diferencia entre darlo todo y darlo casi todo es infinita. Y no le faltaba razón. El seguimiento de Cristo no demanda un salto cuantitativo, sino cualitativo. Judas, a pesar de su mala prensa, sólo se distingue cuantitativamente del resto por dejar quizás todavía menos, pero no porque los otros once fuesen capaces de dejarlo todo.

El ejemplo de Pedro es paradigmático para ilustrar este proceso. A pesar de ser el primero en escuchar la llamada, Pedro muestra en varias ocasiones su resistencia a aceptar el mesianismo sufriente anunciado por Jesús, llegando a rechazarle públicamente tres veces. Sin embargo, paradójicamente, es también, y a pesar de haber caído tan bajo, nombrado líder de la primera comunidad –“la piedra sobre la que se edificaré mi Iglesia”– y morirá dando testimonio en Roma de la fe cristiana. Pedro pasa del deseo de seguir a Jesús, a ir dando casi todo, hasta finalmente darlo todo.

Sabemos de buena tinta (en este punto sí coinciden los cuatro evangelios) que ninguno de los discípulos lo dejó todo antes de la muerte de Jesús. A pesar de ello, Jesús los llamó y los siguió llamando tras cada caída, tras cada rechazo, tras cada traición. Lo hizo con Pedro, con Santiago y con Juan. Lo hizo hasta el último momento, antes de expirar en la cruz, con el buen ladrón. Y lo sigue haciendo con nosotros. Jesús siempre tiende la mano y ofrece otra oportunidad.

Una de las principales resistencias que a menudo enfrentamos los creyentes y aquellos que se interesan por la fe cristiana es la difícil cuestión de la propia debilidad, inseguridad e inconstancia: “¿seré capaz de mantenerme fiel a este estilo de vida?, ¿podré imitar a Jesús pase lo que pase?, ¿seré digno de llamarme cristiano?”, nos preguntamos conscientes de nuestra fragilidad.

La respuesta es sencilla: No. No lo somos. Es más, no lo seremos nunca. Somos pecadores perdonados, llamados a ponernos en pie e iniciar el camino del seguimiento una y otra vez –como Pedro, como el buen ladrón y como todos los discípulos antes que nosotros.

Pero esto no significa que tengamos que resignarnos a partir de cero tras cada caída o tras cada renuncia. A diferencia de Sísifo –aquel deprimente personaje de la mitología griega cuya vida consistía en arrastrar una pesada piedra pendiente arriba para volver, irremediablemente, a empezar de cero ante la imposibilidad de conseguirlo– los cristianos no volvemos a la casilla de salida cada vez que tropezamos.

En la vida cristiana a menudo avanzamos retrocediendo, sí, como todos los creyentes que nos han precedido, pero nunca somos los mismos tras cada nuevo inicio. O no lo somos, al menos, si prestamos atención a la experiencia acumulada de la Iglesia. Contamos con el testimonio de innumerables cristianos, con la sabiduría de las Escrituras, con el poder vivificador de los sacramentos, con el apoyo de la comunidad cristiana y con nuestra propia experiencia para aprender y seguir avanzando.

Quizás Lucas, a pesar de todo, llevaba algo de razón. Si escuchamos atentamente la llamada al seguimiento de Jesús seremos capaces, como los discípulos, de ir dejando casi todo hasta que, por fin, algún día, lo dejemos todo.

Jaime Tatay, SJ

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Reflexión

Palancas de cambio

Tanto la sicología como la espiritualidad coinciden en un punto: no podemos modificar muchos aspectos de nuestra vida de golpe. Lo que sí podemos hacer es dar pequeños pasos que actúen como palancas de cambio en otros ámbitos. Partiendo de ellos, poco a poco, salimos del círculo vicioso en el que estamos instalados e –incluso, si nos damos tiempo– entramos en otro virtuoso.

Por ejemplo, resulta muy improbable que alguien deje el tabaco, empiece a hacer ejercicio y modifique su modo de comer de la noche a la mañana. Sin embargo, una sola de estas decisiones –sostenida en el tiempo– puede y suele conducir a las otras dos. Los detonantes que llevan a emprender el camino de salida son muy diversos: un problema de salud, un cambio repentino en el trabajo, un traslado, una seria advertencia del médico o el efecto contagio de un amigo o familiar cercano. Siempre hay “algo” o “alguien” que empuja a dar el primer paso.

En la vida espiritual sucede como con la salud y con el cuidado del cuerpo: son muchos los  que desearíamos tener una vida de fe más auténtica e integrada con el resto de aspectos cotidianos. Otros querrían poder iniciarla por completo, encontrar un motivo que les ayude a crecer y profundizar en su experiencia religiosa. En todos los casos, sin embargo, ayuda empezar por un aspecto muy concreto si no queremos llevarnos a engaño, frustrarnos y enterrar antes de hora los buenos propósitos.

En este sentido, los relatos de conversiones resultan iluminadores. En cada uno de ellos encontramos una palanca distinta que actúa como detonante de la transformación personal. Si nos fijamos en los evangelios, comprobamos que todas las personas que se acercan a Jesús han tomado clara conciencia de la necesidad de reorientar sus vidas y de iniciar algo nuevo.

A Zaqueo, a María Magdalena, a la hemorroísa, al centurión romano o al hombre rico, ¿no les impulsa el deseo de cambiar algo en sus vidas?,  ¿no tratan de integrar piezas que andan sueltas?, ¿no buscan llenar un vacío? A cada uno, sin embargo, se le sugiere un camino diferente, una palanca de cambio distinta.

Es por eso que Jesús, en su encuentro personal con los hombres y mujeres de su tiempo, primero les escucha y luego les pide que empiecen, precisamente, por el aspecto que les ha impulsado a dar el primer paso: la codicia de riquezas, el desorden de los afectos, la frivolidad de las relaciones, el olvido de Dios, la excesiva preocupación por el bienestar, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Cada uno sabe bien qué necesita abordar antes.

De hecho, Jesús nunca pide que revisemos toda nuestra vida. No nos pide que hagamos tabla rasa y empecemos de cero. Sabe bien que eso es imposible. Al contrario, propone que construyamos desde donde estamos: partir de nuestra situación concreta y abordar primero aquello que nos ha removido por dentro. El resto vendrá luego.

No podemos usar recetas cuando hablamos de personas, aunque sí podemos inspirarnos en la experiencia de otros creyentes. La pedagogía de la fe requiere paciencia, pero sobretodo una estrategia: la sencillez de la paloma se combina –también aquí– con la astucia de la serpiente. Frente a las resistencias interiores que frenan la maduración espiritual, se hace necesaria una especie de acupuntura espiritual que incida primero allí donde la parálisis es más aguda.

Jesús era un maestro en el arte de combinar ambas habilidades, sabía acompañar compasivamente y aconsejar astutamente. Fruto del encuentro personal con Jesús, el recaudador Zaqueo decide devolver cuadruplicado “el dinero que he defraudado”, Magdalena se compromete a no pecar más, el centurión reconoce que no es “digno de que entres en mi casa” y la mujer siro-fenicia intuye que “con solo tocarle el manto, curaré”.

Unos pocos ejemplos bastan para ilustrar el fruto de unos encuentros que narrativamente duran un instante pero que, sin duda, implicaron un largo proceso de maduración y conversión.

Al inicio del año que inauguramos –cuando hacemos propósitos de año nuevo y de vida nueva– pueden iluminarnos estos relatos para meditar sobre nuestro deseo de renovación y nuestra propia necesidad de conversión.

Desear una mayor calidad en la oración, examinar nuestras vidas con más detenimiento, ejercitarnos en pedir perdón, buscar una lectura espiritual que nos alimente, quitarnos algo de lo mucho que nos sobra, encontrar momentos para contemplar la creación, dedicar parte de nuestro tiempo al servicio del prójimo: son pequeños ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia recomienda. Son palancas de cambio que pueden desencadenar transformaciones mayores. De nosotros depende utilizarlas.

Arquímedes decía “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. El refranero popular afirma que “todo largo camino empieza con un primer paso”. La sabiduría de nuestros antepasados coincide en este aspecto con la del evangelio.

Ambas nos invitan a la humildad y a la constancia –a ser como palomas– pero también a la astucia y a la inteligencia –a ser como serpientes– con un objetivo: convertirnos, como Jesús, en palancas de cambio en nuestro mundo. Porque transformándonos nosotros, poco a poco, el Reino de Dios se hará presente.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Piensa bien y acertarás

“Piensa mal y acertarás”, afirma uno de los dichos más escépticos y ácidos del refranero castellano.

“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”, afirma Jesús en el evangelio, invitando a pensar –en principio– bien de todas las personas, cuestionando así el pesimismo que nos invade a todos de vez en cuando.

Pesimistas y optimistas, realistas e ingenuos, escépticos y confiados. Así podríamos dividir el mundo de una forma un tanto simplona.

Aunque sabemos que la realidad es más compleja y admite muchos matices. Por un lado, razones para pensar mal no nos faltan, dada la historia de la humanidad y las terribles noticias que nos llegan casi a diario desde todos los rincones del mundo sobre las atrocidades que somos capaces de cometer. Por otro lado, esa realidad incontestable no es el único –ni el más importante– de los hilos que tejen la trama de la historia. La fraternidad, la entrega y la confianza que hacen posible la convivencia rara vez alcanzan los titulares de las noticias y a menudo pasan desapercibidas, aunque ello no significa que sean menos reales que las otras.

El evangelio no nos pide que escondamos los problemas haciendo como que no existen o que caigamos en la ingenuidad de pensar que todo el mundo es bueno. Nos pide ser sencillos como palomas y astutos como serpientes. En los evangelios Jesús aborda el conflicto, critica la hipocresía, denuncia la injusticia, lucha contra la mentira y su fidelidad a la misión recibida le conduce hasta la muerte, una muerte cruel e injusta. Oportunidades tuvo, y muchas, para darse cuenta de la existencia del mal y del pecado en el mundo.

Jesús no es un ingenuo, pero tampoco un escéptico. Por ello, consciente de la ambigua condición humana, insiste: “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es más, al final de su vida, antes de morir en la cruz abandonado por sus amigos, afirma: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”.

El mal, parece decirnos, no tiene ni identidad, ni consistencia, ni autoridad, es una mezcla hueca de ignorancia y torpeza.

Dicho de otra manera, Jesús nos pide que sea la realidad la que se desdiga, que no lo hagamos nosotros antes de tiempo y que, cuando lo haga, seamos capaces de compadecernos. Pero, mientras no se demuestre lo contrario, pensemos bien. Pensemos en el otro como un colaborador, pensemos en él y en ella como un potencial amigo, como uno de los nuestros. Confiemos que, en principio, “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Porque la venida del Reino de Dios, de la que tanto le gustaba hablar a Jesús, ¿no consiste acaso en el establecimiento de relaciones de colaboración y confianza mutua, hasta el punto de transformar la forma de funcionar la sociedad y el mundo? Y un requisito para la construcción de ese Reino, ¿no es acaso pensar bien del otro, mirarlo con buenos ojos?

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En estos últimos años han proliferado multitud de iniciativas que permiten intercambiar casas durante las vacaciones, viajar aprovechando los coches vacíos, hacer cursos por internet o asociarse para comprar alimentos. Existen incluso “bancos de tiempo” donde la gente intercambia conocimientos y experiencias. En internet el mejor ejemplo de colaboración gratuita ha sido la creación, en pocos años, de la impresionante enciclopedia virtual Wikipedia, uno de los lugares más visitados de la red.

Todas estas iniciativas –facilitadas por la conectividad de la era tecnológica– ilustran lo que los expertos denominan la “economía colaborativa”, un movimiento todavía marginal que cada vez atrae el interés de más personas. El rasgo fundamental que permite que estos nuevos fenómenos de colaboración entre desconocidos sean posibles –afirman los que han estudiado la cuestión– es la confianza. Sin confianza, dicen, sería imposible que la gente se lanzase a experimentar nuevas formas de viajar, consumir, aprender o disfrutar del ocio.

Es cierto que no es oro todo lo que reluce y que algunas de estas iniciativas no acaban de funcionar o despiertan dudas por sus aspectos legales o por el uso que se acaba haciendo de ellas. Todo es susceptible de corromperse o instrumentalizarse, por supuesto, pero lo que es innegable es que apuntan a un modo nuevo de vivir en sociedad y de imaginar nuestras relaciones.

En el ámbito teológico se popularizó hace ya algunas décadas la expresión “cristiano anónimo” para referirse a tantas personas que viven de forma inconsciente o poco explícita –anónima– los valores del evangelio. Las nuevas formas de economía social que ha facilitado la era digital invitan, de forma similar, a descubrir “colaboradores anónimos” entre la masa de desconocidos con que nos cruzamos cada día en nuestras ciudades y en la ciberesfera.

Quizás estas nuevas formas de aprender, consumir y viajar están indicando nuevos modos de vivir en comunidad y de construir una sociedad más fraterna. En principio, nos dicen estas propuestas alternativas, mientras no se demuestre lo contrario, piensa que “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Es decir, piensa bien y acertarás.

Jaime Tatay, SJ

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Juego de Tronos

Juego de tronos

“El tiempo es superior al espacio”, le gusta repetir al papa Francisco con frecuencia. La frase suena enigmática la primera vez que se escucha, pero resulta mucho más clara cuando la explica: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder”. El proceso (el tiempo), a la larga, es más fecundo que el poder (el espacio), aunque estemos tentados de pensar que es justo al contrario.

A Jesús el demonio lo tentó, precisamente, con una propuesta similar. Al principio de su vida apostólica, lo condujo a un monte muy alto, como si de un trono se tratase, le mostró todos los reinos del mundo y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Jesús, por supuesto, no se postró, sino que le contestó duramente: “Apártate, Satanás”.

La tentación del poder, la más clara y provocadora de las tres a las que se enfrenta Jesús, es la tentación a la que se refiere el papa Francisco cada vez que repite su enigmática frase. Y es también la tentación a la que nos enfrentamos todos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Es la tentación de ocupar el “espacio de poder”, es la tentación del juego de tronos, de la solución por la fuerza. O dicho de otro modo, es la tentación del atajo, de las soluciones rápidas que se saltan la tarea humilde y penosa del proceso, que desprecian el valor de los intentos.

En el evangelio reaparece una y otra vez la misma tentación. Años después de la experiencia en el desierto, en plena vida apostólica, Jesús rechaza a Pedro duramente diciéndole, como al demonio del desierto: “¡Apártate de mi vista Satanás!”. Pedro le había reprendido al anunciar su futura pasión y trataba de convencerle de coger un atajo, de evitar el camino de la cruz. Pero Jesús, de nuevo, insiste: el tiempo es superior al espacio, no nos podemos saltar los procesos.

Y hoy recordamos de nuevo la misma tentación en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del tiempo ordinario. Cerca ya del final de la vida de Jesús, el evangelista Juan pone en boca de Pilatos la misma pregunta: “¿Dices tú que eres el rey de los judíos?”. Jesús, una vez más, rechaza el título de Rey y contesta: “Mi reino no es de este mundo”.

Del principio al final de su vida, por tanto, Jesús tiene que aclarar constantemente quién es –o quién no es– y cuál es su verdadera misión: anunciar el Reino de Dios, un reino muy distinto del que imaginaban los hombres de su época.

SeuValenciaPorque el Reino que anuncia Jesús tiene que ver más con el lento proceso de crecimiento de la semilla que con el juego de poder que se ejerce desde un trono. Tiene que ver más con el tiempo que con el espacio.

La mayoría de parábolas del Reino, de hecho, apuntan en esa dirección. Pensemos en la de la mostaza –que siendo tan insignificante llega a convertirse en un arbusto donde se cobijan los pájaros– o mejor todavía, en la del trigo y la cizaña –que crecen juntos, compartiendo el espacio del campo.

La tentación, en el caso de la cizaña, es arrancarla, para asegurarle espacio al trigo, para que crezca, para que dé el máximo fruto. ¡Resulta tan claro y evidente lo que hay que hacer! Pero Jesús, sin embargo, recomienda no hacerlo: por respeto al tiempo, por respeto al proceso, por respeto al propio trigo.

En nuestra vida estamos constantemente tentados de hacer lo mismo: arrancar la cizaña, identificar al culpable, cortar por lo sano, coger atajos, asegurar nuestro espacio, subir al trono. Pero no –aunque parezca evidente, aunque resulte lógico, aunque sea lo más fácil– Jesús dice que no, y nos provoca diciendo: respeta la cizaña, no ocupes todo el espacio, date tiempo. De nuevo, el tiempo supera al espacio.

Porque el Reino de Dios es el reino de lo pequeño, de lo lento, de lo oculto y de lo frágil. Es el reino de la vida que se forma poco a poco, que se teje en lo oculto, que se construye en el silencio. Ese es el Reino que vino a anunciar Jesús, no el reino del trono y sus juegos de poder.

No es casualidad que sean los pobres en el espíritu, de entre todos los bienaventurados, los que heredan el Reino. No es casualidad tampoco que los limpios de corazón son los que ven a Dios. La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu, ¿no tendrán que ver acaso con la capacidad de mirar con profundidad lo pequeño, lo lento, lo oculto y lo frágil? ¿No tendrán que ver con la actitud que rechaza el trono y sus juegos?

La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu nos conducen al Reino. O mejor dicho, nos hacen parte del Reino. Porque el Reino, para los cristianos, no es un lugar físico, es un modo de vivir en el mundo.

Que Cristo llegue a ser Rey, el rey de mi vida, el rey de mi historia, será un largo proceso que llevará tiempo. Afirmar que Cristo es Rey lleva, de hecho, toda una vida. Cristo es Rey, sí, pero no es el rey del trono (del espacio), es el rey del tiempo. Dicho con el lenguaje de la Biblia, Él es el alfa y el omega, el principio y el fin. Es Cristo ayer, hoy y siempre. Así sí, y sólo así, podemos decir, por fin, que Cristo es Rey.

Homilía en la fiesta de Cristo Rey.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

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