Homilia, Reflexión

Dejándolo (casi) todo, le siguieron

Los evangelios no son libros de historia. Tampoco son documentos jurídicos, ni relatos periodísticos que busquen reproducir fielmente unos hechos tal y como sucedieron. Los evangelios son textos que narran una experiencia de encuentro y de fe de una comunidad. Y esa experiencia se comunica con un lenguaje simbólico, propio de las gentes y de la época que vivieron ese encuentro.

Quizás por ello los evangelios no sólo se contradicen a menudo en aspectos de la vida de Jesús –como el momento de su resurrección– sino que, además, contienen errores evidentes para cualquier lector avezado. Un ejemplo muy claro es el de la llamada al seguimiento de los discípulos.

Cuando el evangelista Lucas relata el encuentro de Jesús con un pequeño grupo de pescadores galileos junto al lago de Genesaret, afirma que “dejándolo todo, le siguieron”. Los otros dos evangelios sinópticos rebajan un poco el tono. Marcos dice con el carácter sobrio y directo que le caracteriza que “dejando las redes, le siguieron”. Mateo, para quien la genealogía y la tradición familiar son tan importantes, sostiene que “dejando el barco y a su padre, le siguieron”. Para Juan, sin embargo, que no ambienta la escena junto al lago, es el Bautista quien presenta a Jesús, “y los dos discípulos oyeron lo que dijo y le siguieron”. En este caso, a diferencia de los tres sinópticos, no se concreta nada más sobre las implicaciones inmediatas del seguimiento.

La presentación de Lucas, por tanto, es la más arriesgada, porque afirmar que los discípulos lo dejaron todo por seguir a Jesús no es sólo exagerado, sino probablemente también alejado de la realidad de lo que pudo suceder.

Sabemos de sobra que los discípulos no lo dejaron todo; al contrario, llevaron con ellos muchas cosas de las que no consiguieron desprenderse durante los tres años que compartieron junto al predicador itinerante de Nazaret. Cargaron con sus historias personales, sus expectativas políticas, sus intereses familiares, sus modos de ser y hasta sus ideas sobre Dios y el Mesías. Quizás dejaron atrás la mayoría de posesiones materiales –la casa, la barca y las redes– y algunas relaciones familiares, pero sin duda arrastraron prejuicios sociales, políticos y religiosos.

Las historias que narran los evangelios, y su continuación en los Hechos de los Apóstoles, bien pueden entenderse como un progresivo desprendimiento y purificación de la primera llamada, como una comprensión cada vez más profunda de las consecuencias del seguimiento de Jesús por parte de los discípulos hasta su disposición final a presentarse ante Dios con las manos vacías y el corazón abierto. Podríamos decir que los discípulos sufren un proceso de desprendimiento que les lleva a dejar primero algunas cosas hasta finalmente, y tras muchos tropiezos, dejarlo todo.

Y este es un proceso que llevó tiempo, mucho tiempo, como se desprende de la lectura de los evangelios. Consciente de la enorme fragilidad de sus primeros discípulos, Jesús desarrolla una pedagogía que explica las múltiples llamadas al seguimiento y los diversos anuncios de la pasión que jalonan los evangelios.

Las agendas ocultas, los intereses paralelos y las traiciones de los apóstoles ponen de manifiesto un seguimiento torpe, pero muestran algo todavía más importante: ya desde el principio la Iglesia no fue una comunidad de discípulos puros y seguidores incondicionales, sino un intento fallido, en permanente construcción.

Marc Vilarasau –compañero jesuita fallecido, por desgracia, demasiado joven– decía que la diferencia entre darlo todo y darlo casi todo es infinita. Y no le faltaba razón. El seguimiento de Cristo no demanda un salto cuantitativo, sino cualitativo. Judas, a pesar de su mala prensa, sólo se distingue cuantitativamente del resto por dejar quizás todavía menos, pero no porque los otros once fuesen capaces de dejarlo todo.

El ejemplo de Pedro es paradigmático para ilustrar este proceso. A pesar de ser el primero en escuchar la llamada, Pedro muestra en varias ocasiones su resistencia a aceptar el mesianismo sufriente anunciado por Jesús, llegando a rechazarle públicamente tres veces. Sin embargo, paradójicamente, es también, y a pesar de haber caído tan bajo, nombrado líder de la primera comunidad –“la piedra sobre la que se edificaré mi Iglesia”– y morirá dando testimonio en Roma de la fe cristiana. Pedro pasa del deseo de seguir a Jesús, a ir dando casi todo, hasta finalmente darlo todo.

Sabemos de buena tinta (en este punto sí coinciden los cuatro evangelios) que ninguno de los discípulos lo dejó todo antes de la muerte de Jesús. A pesar de ello, Jesús los llamó y los siguió llamando tras cada caída, tras cada rechazo, tras cada traición. Lo hizo con Pedro, con Santiago y con Juan. Lo hizo hasta el último momento, antes de expirar en la cruz, con el buen ladrón. Y lo sigue haciendo con nosotros. Jesús siempre tiende la mano y ofrece otra oportunidad.

Una de las principales resistencias que a menudo enfrentamos los creyentes y aquellos que se interesan por la fe cristiana es la difícil cuestión de la propia debilidad, inseguridad e inconstancia: “¿seré capaz de mantenerme fiel a este estilo de vida?, ¿podré imitar a Jesús pase lo que pase?, ¿seré digno de llamarme cristiano?”, nos preguntamos conscientes de nuestra fragilidad.

La respuesta es sencilla: No. No lo somos. Es más, no lo seremos nunca. Somos pecadores perdonados, llamados a ponernos en pie e iniciar el camino del seguimiento una y otra vez –como Pedro, como el buen ladrón y como todos los discípulos antes que nosotros.

Pero esto no significa que tengamos que resignarnos a partir de cero tras cada caída o tras cada renuncia. A diferencia de Sísifo –aquel deprimente personaje de la mitología griega cuya vida consistía en arrastrar una pesada piedra pendiente arriba para volver, irremediablemente, a empezar de cero ante la imposibilidad de conseguirlo– los cristianos no volvemos a la casilla de salida cada vez que tropezamos.

En la vida cristiana a menudo avanzamos retrocediendo, sí, como todos los creyentes que nos han precedido, pero nunca somos los mismos tras cada nuevo inicio. O no lo somos, al menos, si prestamos atención a la experiencia acumulada de la Iglesia. Contamos con el testimonio de innumerables cristianos, con la sabiduría de las Escrituras, con el poder vivificador de los sacramentos, con el apoyo de la comunidad cristiana y con nuestra propia experiencia para aprender y seguir avanzando.

Quizás Lucas, a pesar de todo, llevaba algo de razón. Si escuchamos atentamente la llamada al seguimiento de Jesús seremos capaces, como los discípulos, de ir dejando casi todo hasta que, por fin, algún día, lo dejemos todo.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Las fiestas de locos­

Harvey Cox, un eminente teólogo contemporáneo, escribió hace ya casi medio siglo en su libro Las fiestas de locos: “No hay motivos para que los que saben gozar de la vida no puedan al mismo tiempo comprometerse en un hondo cambio social y los que pretenden cambiar el mundo no tienen por qué ser tristes y ascetas”.

De las pinceladas sobre Jesús que esboza el Evangelio podemos deducir que hizo ambas cosas: acudía a bodas y cenaba a menudo con amigos, a la vez que denunciaba la hipocresía religiosa y el mercadeo en el templo. Repeditamente es acusado por sus detractores de ser “comilón y borracho”. Aunque lo que molestaba a los poderosos en realidad era su combate contra la injusticia y su cercanía a los pobres y enfermos.

Con el paso del tiempo, estos dos ámbitos –el de la celebración y el de la denuncia– imbricados de forma natural en la vida de Jesús, parece que se han separado en la comunidad cristiana hasta resultar casi incompatibles.

Cuando los cristianos nos proponemos transformar el mundo y eliminar las causas de la opresión y la injusticia, nos ponemos tremendamente serios y preocupados; por contra, cuando sencillamente celebramos o despreocupadamente disfrutamos de los dones de la vida, no podemos evitar que se nos cuele en la conciencia un sentimiento de culpa por no estar cumpliendo nuestras obligaciones cristianas.

¿Por qué hemos separado ambas dimensiones de la experiencia cristiana –la fiesta y la denuncia, la celebración y la transformación social– hasta hacerlas casi incompatibles? Si viviésemos con naturalidad ambas invitaciones, ¿no resultaría más sensato, más acorde al evangelio y, probablemente también, más fructífero?

La contraposición de Marta y María en la conocida escena evangélica en que Jesús va a la casa de las dos hermanas en busca de descanso expresa veladamente una tensión –entre contemplación y acción, entre celebración y servicio– que preocupaba ya a la primera comunidad cristiana. Esta sana tensión, se nos advierte en esta historia, puede convertirse en un enfrentamiento estéril. No se trata de averiguar qué es mejor –servir o acompañar– sino saber qué conviene en cada momento. El día que Jesús fue a casa de Marta y María tocaba acompañar.

El tiempo pascual es un buen momento para volver sobre estas historias y preguntarnos cómo integramos las diversas dimensiones de la vida cristiana. Es el tiempo en que recibimos mandatos en apariencia divergentes que, sin embargo, señalan en una única dirección: “estad alegres” y “llevad la buena noticia del evangelio a toda la creación”; es decir: disfrutad y trabajad, celebrad y evangelizad.

La alegría que trae el resucitado y el mandato misionero no entran en competición. Al contrario, están estrechamente relacionados y se alimentan mutuamente. Desconectarlos supone empobrecer ambos. La lucha por la justicia, sin alegría, se vuelve un imperativo moral agotador; la fiesta, sin inclusión del otro, un club privado y excluyente.

Francisco lo subrayó con otras palabras en su primera exhortación apostólica, Evangelii gaudium (La alegría del evangelio):

“La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino” (EG 237).

La religiosidad del pueblo, tan querida por Francisco, se convierte en maestra de vida al ser capaz de articular con naturalidad diversas dimensiones de la experiencia cristiana: celebración de la vida, anuncio del evangelio, denuncia de la injusticia, transformación de la cultura.

Porque evangelizar, vivir la alegría del evangelio y construir un Reino de paz y justicia son una misma y única tarea que está estrechamente vinculada a la experiencia pascual. Una tarea que es, en buena medida, una locura: la locura de creer en la resurrección, la locura de apostar por el Reino de Dios, la locura de luchar contra los demonios de este mundo, la locura de esperar contra toda desesperanza.

Y esa locura es contagiosa. Como bien saben los expertos en publicidad y marketing, el deseo funciona por imitación y contagio. En la transmisión de la experiencia pascual sucede algo similar. Los discípulos se contagian unos a otros la fe en el resucitado y el deseo de compartir lo vivido; ese contagio es el que les impulsa a salir de su encierro e ir al mundo entero a anunciar –como si de un grupo de locos se tratara– la llegada de un Reino de paz, justicia y amor. Cox tenía razón al reivindicar una nueva alianza entre la alegría y la transformación social.

Las sucesivas apariciones del resucitado que leemos durante el tiempo pascual no son más que la antesala de Pentecostés, el momento –temeroso en un principio, pero que acaba convirtiéndose en una gran fiesta– en que el Espíritu Santo desciende sobre la comunidad transmitiéndole una serena alegría y una profunda esperanza.

Fruto de esa experiencia fundante, la comunidad cristiana se lanza –alegre, esperanzada y “enloquecida” por Dios– a comunicar la buena noticia del Reino y transformar la sociedad de su época.

Envío, anuncio alegre y lucha por la dignidad de los hijos de Dios van de la mano. Por eso decimos que la experiencia pascual es una fiesta, una fiesta de locos por el Reino.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Un Dios cautivo

Si convives con una persona durante mucho tiempo, tarde o temprano acabas compartiendo alguno de sus puntos de vista. Sucede a menudo, más de lo que pensamos, siempre y cuando estemos abiertos al dialogo y mantengamos una comunicación profunda y sincera con esa persona.

El fenómeno está bien documentado: el rehén, después de un tiempo, se acaba identificando con el secuestrador –el conocido Síndrome de Estocolmo–; el policía simpatiza con el criminal; el siquiatra se enamora del (o la) paciente –o viceversa–; el antropólogo, pese a tratar de ser un observador imparcial, acaba adoptando elementos de la cosmovisión del nativo; el espía, tras infiltrarse en las filas enemigas, se convierte en un doble agente.

Muchas películas y novelas se basan en esta experiencia, constatada a lo largo de la historia en muy diversos contextos. Se produce un fenómeno que algunos sociólogos han denominado contaminación cognitiva: un trasvase entre dos personas en el modo de ver y valorar la realidad. Fruto del encuentro, ambas quedan transformadas, porque no sólo nos contagiamos con gérmenes y virus, también intercambiamos ideas y modos de situarnos en el mundo.

En este sentido, en el contexto de la cuaresma, es legítimo interrogarnos por la fe que hemos heredado: ¿en qué medida la relación de Jesús con sus contemporáneos narrada en los evangelios refleja esta experiencia?, ¿las personas con quien se tropezó fueron también contaminadas cognitivamente con su particular modo de ver el mundo, con su llamada a un amor universal y con su insistente predicación sobre la llegada del Reino de Dios?

Y lo que quizás puede resultar más paradójico: ¿podemos afirmar lo contrario?, ¿se vio Jesús también transformado en las numerosas relaciones que mantuvo con leprosos, ciegos, prostitutas, gentiles, paralíticos y publicanos? Si hacemos caso a los sociólogos, antropólogos y psicólogos que han estudiado este fenómeno, tendremos que afirmar que –en cierta medida– así debió ser.

Pero no resulta necesario recurrir a las modernas ciencias sociales para constatar algo que la fe judía había afirmado ya en repetidas ocasiones con otras palabras: Dios escucha y se afecta con lo que le sucede a su pueblo, en especial a los más débiles, y modifica, en consecuencia, su forma de obrar.

Dios, tal y como nos cuenta la Biblia una y otra vez, escucha, dialoga y transforma su punto de vista. No es sólo el pueblo quien está llamado a prestar atención –“escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor” (Dt 6,4)– también Yahvé escucha el grito de Israel –“he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor” (Éx 3,7).

Pero el objeto de la misericordia divina va más allá de su pueblo. Como cuenta el Génesis en otra historia conmovedora, Yahvé llega incluso a renegociar a la baja –una y otra vez, hasta bastarle tan solo la presencia de diez justos– la destrucción de Sodoma y Gomorra. El universalismo del amor cristiano está prefigurado en la relación de Dios con toda la humanidad expresada ya en el primer libro de la Biblia.

De algún modo, desde la creación del hombre y la mujer Dios queda enamorado de su creación, comprometido con sus criaturas, preso de su palabra, cautivo de su propia elección. El ser humano puede renunciar a la fidelidad, a la justicia y a la misericordia. Dios no.

Al acercarnos a la vida de Jesús observamos que esta dinámica se profundiza y se hace más personal. Quizás uno de los pasajes evangélicos que ilustra con más claridad la capacidad de escucha del Hijo de Dios y la contaminación cognitiva que experimentó es el encuentro con la mujer sirofenicia:

“La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio. Jesús le respondió: Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños. Le dijo: Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija. Se volvió a casa y encontró a su hija tendida en la cama; el demonio había salido” (Mc 7, 26-30).

Jesús –tras su dura respuesta inicial– queda conmovido por las palabras de la mujer, acepta su corrección y acaba adoptando su punto de vista. Porque la mujer intuye –y Jesús confirma– algo que Pablo formulará más tarde: “Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria” (Rom 8, 17).

Estos breves episodios de la Biblia muestran que el Dios en quien creemos es un Dios cautivo, cautivo de su palabra, cautivo de su propia capacidad de escucha, cautivo de su amor incondicional por todas las criaturas. La mujer sirofenicia recuerda a Jesús –y a todos nosotros– la universalidad del amor de Dios.

Uno de los pasos de Semana Santa más conocidos en la ciudad de Málaga se denomina “El cautivo”. Se trata de una imponente talla de Jesús atado de manos y conducido injustamente a su trágico final. El dramatismo de la escena contrasta con la serenidad del rostro de Jesús, subrayando un aspecto central para entender la Pascua y la resurrección. Se trata de un cautiverio elegido libremente por amor. La voluntaria cautividad de Jesús es un rasgo que la fe sencilla del pueblo ha captado y expresado con arte y devoción.

Porque el Hijo, igual que el Padre, queda preso de su propia elección, de su incondicional entrega al Reino, de su amor radical a la humanidad. En este tiempo de cuaresma ojalá seamos capaces de entrar en este misterio de entrega y amor: el misterio de un Dios que acepta libremente su propio cautiverio, para darnos, paradójicamente, la auténtica libertad.

El Dios en quien creemos es un Dios cautivo.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

Construir sobre arena

En una ocasión le pregunté a un arquitecto si era posible construir sobre arena. “Claro que es posible”, me respondió, “de hecho no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”; y añadió, “sobre la arena es más difícil y más caro, pero no imposible”.

Cuando le hice la pregunta tenía en mente la famosa parábola del evangelio, aquella en la que Jesús recomienda construir sobre roca para evitar que, cuando lleguen las lluvias, se lleven la casa por delante. Es evidente que la metáfora –tomada del mundo de la construcción– le sirvió para establecer una comparación sencilla entre la experiencia cotidiana de la gente de su época y la importancia de reflexionar sobre aquello que es más importante en la vida.

Ante los inevitables envites de la existencia, más vale no poner los fundamentos sobre algo o alguien que se pueda hundir y arrastrarnos en la caída.

Sin embargo, esto es más fácil de decir que de vivir. La vida nos da golpes inesperados que nos descolocan o nos derrumban por completo, por muy preparados que estemos o muy fuertes que nos creamos: la enfermedad, la muerte de un ser querido, las dificultades económicas o el fracaso de una relación nos hacen a todos, tarde o temprano, enfrentar nuestra enorme fragilidad. Por eso quizás la respuesta del arquitecto siguió rondándome durante un tiempo, sobre todo la afirmación –fruto de su larga experiencia construyendo edificios– “no siempre se puede edificar en un suelo compacto y estable”.

Uno de los sociólogos más conocidos de nuestro tiempo, recientemente fallecido, Zygmunt Bauman, ha popularizado una expresión que formula bien la provisionalidad de la experiencia humana poniendo de relieve la dificultad que tenemos para construir nuestras vidas sobre roca firme.

Frente a la (aparente) solidez de otras épocas, vivimos en un tiempo líquido, habitado por personas líquidas con convicciones frágiles. Casi nadie trabaja toda su vida en la misma empresa, ni permanece en el mismo lugar que le vio nacer, ni vive en un mundo homogéneo a nivel religioso, político o cultural. El pluralismo, la globalización y el cambio permanente son los rasgos que definen nuestra época.

De ahí que no hablemos ya de rocas firmes, de raíces profundas o de opciones de vida estables. Preferimos referirnos a modas pasajeras, compromisos temporales y amores que duran mientras no haya dificultades. Parece como si no pudiésemos encontrar un fundamento sólido y definitivo para nuestros ideales, relaciones y creencias. Construimos nuestras vidas sobre arena.

Por ello Bauman, frente a la metáfora del árbol que, estableciendo raíces profundas en el suelo, es capaz de encontrar un anclaje sólido para resistir las tormentas, propone otra más acorde a la realidad de nuestro tiempo: la del ancla que, en medio de las inevitables tempestades, ofrece al menos una estabilidad provisional ante las fuertes corrientes permitiéndonos llegar al siguiente puerto sin ser arrastrados a mar abierto.

Las películas de Woody Allen –cineasta postmoderno por antonomasia– reflejan bien el carácter voluble, inseguro y cambiante del hombre y la mujer contemporáneos al que se refiere Bauman. Ante una dificultad inesperada, ante un nuevo deseo o ante el mero azar, todo puede cambiar de forma repentina. Los protagonistas de sus películas lo comprueban y lo viven una y otra vez: nada permanece, nada es estable, nada es nunca del todo cierto.

Pero un creyente no puede resignarse a aceptar esta visión del mundo y por eso insiste en que Dios ha sido, sigue siendo y será la tabla de salvación y el fundamento sólido en el que vale la pena permanecer. Aunque andemos sobre arenas movedizas o nos arrastren poderosas corrientes, Dios permanece y acompaña de un modo no siempre fácil de percibir.

Volviendo a la conversación con que iniciamos esta reflexión y al pasaje del evangelio que la motivó: ¿Qué hubiera dicho Jesús respecto de la observación del arquitecto? ¿Hubiese reconocido la posibilidad –e inevitabilidad– de construir sobre arena? ¿Hubiera aceptado que a menudo no queda otra –como afirmaba resignadamente Bauman– que vivir en tiempos líquidos, con muy pocas certezas, expuestos a la imprevisibilidad de la condición humana?

Ciertamente el carpintero de Nazaret fue consciente de la fragilidad de la vida y de la debilidad de los hombres. Oportunidades para comprobarlo no le faltaron, de principio a fin de su vida. Desde la crisis de Galilea en que es abandonado por muchos de sus seguidores hasta el juicio popular y político en Jerusalén en que es injusta y falsamente condenado, comprobó la dificultad de su misión y la aparente inutilidad de sus esfuerzos. En el huerto de los olivos expresó confundido su desconcierto, llegando incluso a pedir al Padre que “pase de mi este cáliz”.

Los creyentes que han vivido situaciones extremas –de persecución, guerra, martirio o degradación profunda de la convivencia– suelen denunciar una visión edulcorada y falsa de la fe que prostituye su sentido más profundo para recordarnos la radicalidad que supone mantenerse fiel a las propias convicciones en medio de la tempestad. Ellos nos muestran que, en las aguas revueltas de la violencia y en las arenas movedizas de la enfermedad y de la duda, sólo podemos agarrarnos al Dios vivo y personal revelado en Jesús. En su aparente ausencia el Espíritu de Dios sigue presente en nuestro interior: consolando, acompañando, dando fuerzas.

Jesús, además de invitarnos a construir sobre roca firme, resistir las tentaciones y servir al único Dios verdadero, nos consuela también ofreciéndonos un ancla: “cielo y tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”, nos recuerda.

Cuando se pierde el sentido, cuando las convicciones fallan, cuando todo se tambalea, cuando no queda otra que seguir caminando en la incertidumbre, nos queda siempre la palabra de Dios.

Construir sobre arena no es fácil ni ideal, pero en muchos momentos de la vida es la única alternativa que tenemos. En esas ocasiones, recordemos las palabras de Jesús y abracémonos a ellas, para que nos sostengan y nos mantengan firmes en la fe.

Jaime Tatay, SJ

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Homilia, Reflexión

El laberinto de la soledad y el hilo de la fe

El poeta y filósofo Jorge Riechmann afirma que las nuevas tecnologías –en especial el smartphone– han conducido a muchos al “laberinto de la cibersoledad”. La expresión, un poco rebuscada, ilustra sin embargo muy bien la conclusión a la que algunos sociólogos han llegado con palabras más sencillas: en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

No hay más que asomarse a la calle, darse un paseo o subirse al autobús para comprobar que hemos dejado de mirar al cielo, al tráfico y –lo que es todavía peor– a la cara de las personas. Abducidos como estamos por las pantallas luminosas de nuestros dispositivos móviles no prestamos atención a lo que pasa a nuestro alrededor.

Llevan razón estos lúcidos observadores de nuestro tiempo: el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha encerrado en nosotros mismos creando personas ensimismadas, perdidas en la “cibersoledad” de la red, aisladas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Esta realidad recuerda el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado el príncipe Teseo se perdiese en el laberinto del minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. “El hilo”, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de dar caza al minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna.

El hilo de la fe

El Adviento, igual que hizo Ariadna con Teseo, pone también en nuestras manos un ovillo, uno capaz de guiarnos a lo largo de todo el año por el laberinto de la vida. En este tiempo, los cristianos recordamos la humanidad de Dios –su encarnación y su sorprendente cercanía– y tratamos de cuidar o retomar el contacto con familiares y amigos. Es el tiempo por excelencia de las comidas, los reencuentros y las celebraciones; es el tiempo de la conversación, la compañía y la relación personal.

Por eso la Navidad contrasta con fuerza con el resto del año. Frente a la prisa, la dispersión y la soledad a la que nos aboca muchas veces el mundo laboral y la vida moderna, la Navidad invita justo a lo contrario: a la estabilidad, al diálogo y a la fraternidad. Invita, en definitiva, a retomar el hilo de lo importante, de aquello que nos humaniza: la amistad, la vida de fe y la celebración sencilla de la vida.

Cuando escuchamos a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación.

La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia. De hecho, igual que le sucedió a Teseo, a lo largo de nuestro peregrinar por este mundo acabamos con frecuencia perdidos y necesitados de orientación. ¿Quién no ha precisado en algún momento de su vida que le “echen un cable”, un hilo que le saque de las dificultades, le reoriente y le permita volver de nuevo a casa?

Como advierte Jesús a sus discípulos, “cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no tengáis pánico […] no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza”. El Jesús adulto e itinerante afirma que al final no nos perderemos –que no se perderá, metafóricamente, ni uno de nuestros cabellos–. Nos asegura su presencia fiel, hasta el extremo, hasta el más oscuro de los laberintos que es la muerte. Pero es ahora, en el Adviento, al inicio, cuando el Dios que se hace humano nos invita a ser acompañante, hilo conductor del año que tenemos por delante.

Escuchemos su invitación, miremos su rostro, fijémonos en los brazos extendidos del niño en los belenes que veremos por todas partes durante estos días. Es Dios mismo quien nos tiende una mano, quien nos echa un cable, quien nos ofrece, como Ariadna, el extremo del ovillo, para que lo cojamos y no nos perdamos.

Durante el Adviento y la Navidad recordamos el inicio de la historia de la salvación, el principio de esa gran narración que es la vida de Jesús, aquella que nos acompañará y que iremos “desenrollando” si la meditamos y la hacemos nuestra. El inicio del ciclo litúrgico coincide con la época en que celebramos nuestra común humanidad y nos deseamos lo mejor unos a otros, el momento en que hacemos propósitos de vida nueva.

¡Y qué mejor propósito que coger el ovillo por el extremo y no soltarlo! No lo soltemos nunca, porque aquel que tira del hilo de la fe, no se perderá.

Jaime Tatay, SJ

Foto: paperblog.com

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Homilia, Reflexión

El Dios ventrílocuo

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”

Estas son las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio de Marcos. Son también el mejor resumen de su mensaje. Y son palabras que, además, nos pueden ayudar a vivir el sentido de la Cuaresma porque, en el tiempo previo a la celebración de la Pascua, lo que necesitamos es convertirnos y creer.

Durante cuarenta días la Iglesia nos ha invitado a revisar nuestra forma de vivir, de pensar, de mirar y de actuar; nos ha invitado a ser más permeables y a prestar más atención al mensaje cotidiano que Dios nos envía. El creyente en Cuaresma afina los sentidos para escuchar ese mensaje y trata de descubrir –como decía Machado– “entre todas las voces, una”.

Es cierto que a menudo no somos capaces de entender lo que sucede a nuestro alrededor, lo que nos sucede a nosotros mismos y, menos todavía, lo que Dios nos puede querer decir en medio de tanto ruido. Pero de lo que sí estamos seguros es que Dios se quiere comunicar y que, de hecho, se comunica constantemente, a lo largo de nuestra vida. El redactor de la carta a los hebreos lo sabía bien y lo expresó de forma inmejorable:

Muchas veces y de muchas formas habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, por quien creó el universo”.

Dios habla “muchas veces y de muchas formas”, se comunica con el ser humano por medio de mensajeros, por medio de la propia experiencia interior del creyente, por medio de la creación y, especialmente, por medio del propio Jesús.

De este Dios locuaz y parlanchín hemos oído todos hablar muchas veces: Él es el Dios creador del universo, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios-Padre de Jesús, el Dios-amor de la carta de Juan, el Dios-con-nosotros de la Navidad, ¿pero por qué no también el Dios-ventrílocuo, el Dios que habla de muchas maneras, en muchas situaciones y por medio de muchas personas?

Un ventrílocuo es alguien capaz de modificar su voz de manera que parezca venir de lejos, alguien que imita bien a otras personas o diversos sonidos. Hace años, José Luis Moreno y Maricarmen nos hacían reír en este país a todos con sus muñecos y sus chistes. En medio de las bromas y de las carcajadas que provocaban, transmitían mensajes importantes sobre cómo somos, sobre nuestras grandezas y nuestras miserias humanas.

¿Y no es algo muy parecido lo que hace Dios para comunicarnos su mensaje? En la Biblia, ¿no aparece acaso como una especie de ventrílocuo que, escondido tras los acontecimientos y las personas, habla al corazón de todo aquel capaz de escuchar, para pedirle que pare, se convierta y crea?

El hilo conductor que atraviesa la Escritura es una única llamada: la de un Dios que pide la conversión sincera del ser humano. Para el pueblo judío ese mensaje se resume en la oración diaria del Shemá, la llamada a la escucha atenta: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor”; para Jesús, esa escucha se concreta en la irrupción constante del Reino de Dios, ese Reino del que tanto hablaba, el Reino que ya está entre nosotros.

El creyente, por tanto, es aquel capaz de reconocer la voz de Dios y acoger su invitación a la conversión. Como nos recuerda el salmista: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”. O como dice Jesús al inaugurar su vida apostólica, pidiendo que le escuchemos y reaccionemos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Ahora bien, si el mensaje (convertíos y creed) es tan claro y el emisor (Dios) tan insistente, ¿por qué unos escuchan y otros no?, ¿por qué a unos les resulta fácil y natural creer, mientras que otros, aunque busquen sinceramente, no encuentran nada?

Reconozco que ésta siempre me ha resultado una pregunta incómoda. Hay quien dice que la pregunta por el mal y el sufrimiento absurdo es la más difícil a la que podemos enfrentarnos los creyentes. Sin embargo, pienso que la pregunta por la fe resulta todavía más complicada. En la Pascua, lo más difícil no es sentir compasión por el sufrimiento injusto de Jesús, sino alegrarse con la alegría de Cristo resucitado.

Quizás tendremos que acogernos a la invitación de Jesús y mirar al cielo más a menudo para comprobar que el sol sigue saliendo y la lluvia sigue cayendo, cada día, para unos y para otros, para buenos y malos, para crédulos e incrédulos, para todos los que estamos en camino de conversión.

Sabemos que el Dios de Jesús sigue comunicándose y hablando, “muchas veces y de muchas maneras”. Sabemos que sigue insistiendo. El Dios misericordioso, como el sol que sale para todos, nunca se cansa de invitarnos a convertirnos y a creer, le escuchemos o no.

Ojalá escuchemos, en este tiempo, su voz; ojalá escuchemos, entre todas las voces, sólo la suya; ojalá identifiquemos, tras cada paso de Semana Santa, el paso de Dios por nuestra vida; ojalá escuchemos al Dios ventrílocuo, cercano y parlanchín, aunque no le veamos; ojalá escuchemos la voz que me dice al oído: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértete y cree en la Buena Noticia”.

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Reflexión

De Belén a Jerusalén hay una senda

Se nos olvida con demasiada facilidad que el nacimiento de Jesús vino precedido por el rechazo y seguido por la muerte y la persecución. El parto miserable en un establo, el asesinato sistemático de niños inocentes y la huida apresurada a Egipto no son un mero adorno navideño: son el recuerdo imprescindible de la cruda realidad con que el Hijo de Dios se encontró, ya desde el principio, al llegar a nuestro mundo. Un mundo herido y roto por el pecado, la envidia y el fratricidio.

Aunque tratemos de edulcorar la historia de la Navidad –y nos fijemos sólo en la belleza del niño recién nacido, en la confianza de José y María, en la generosidad sorprendente de los Reyes Magos y en la cálida acogida de los pastores– la liturgia coloca sabiamente estas otras historias amargas como contrapunto del nacimiento de Jesús.

Pero no lo hace para aguar la fiesta, no, lo hace para ser fiel a la experiencia de fe cristiana y para poder descubrir mejor el sentido de la resurrección y de la vida, que se abren paso –ya desde el principio– en medio del pecado, del odio y de la muerte. Navidad y Pascua, muerte y vida, sufrimiento y resurrección, crecen juntos –como el trigo y la cizaña de la parábola– de principio a fin.

Así fue también a lo largo de la vida de Jesús: la traición, la mediocridad y la violencia que rodean el gran relato de la Navidad –y que tendemos a minimizar– son las que conducirán a la muerte injusta en el Gólgota durante la Pascua, pero también las que provocarán el abandono de buena parte de los seguidores de Jesús y las que generan los constantes conflictos con las autoridades religiosas. Un villancico popular dice que de “Nazaret a Belén” hay una senda, pero no conviene olvidar que de Belén a Jerusalén hay también una senda, una única senda, la que recorre Jesús durante su vida.

Porque los dos grandes relatos del cristianismo –el nacimiento de Jesús y la resurrección de Cristo– no se pueden entender sin la experiencia de muerte y de cruz que les rodea. Experiencias por la que es inevitable pasar, pero que, como bien sabemos, no tienen la última palabra.

Muerte y resurrección son los dos hilos conductores que recorren la vida cristiana de cabo a rabo. En la Pascua tendemos a centrarnos en la pasión, y se nos olvida saborear la alegría desbordante de la resurrección; en la Navidad nos pasa al revés, arrinconamos el exterminio de los Santos Inocentes y la huida a Egipto hasta el punto de ignorar la importancia de estos relatos para entender el misterio de la Navidad. Pero necesitamos ambas historias, las necesitamos para captar el mensaje de las Escrituras. Aunque cada día troceemos la Biblia, seleccionemos un pasaje y celebremos una fiesta, no podemos perder de vista el relato entero.

El Dios cristiano no viene al mundo saltándose la soledad y la dureza de la encarnación (nace en un establo), ni esquivando la prueba (enfrenta las tentaciones del desierto), ni pasando por el mundo de modo mágico y superficial (asume la cruz). El Dios cristiano no es un dios disfrazado de hombre, con poderes de otro mundo. Dios se encarna, entra en la historia, en la experiencia de fragilidad, de pecado y de muerte que atraviesa nuestra vida. Por eso Jesús es perseguido, envidiado, traicionado y, finalmente, asesinado. Y luego, sólo luego, resucita y da vida.

No es casual por tanto que, durante su vida, utilizase de forma recurrente la imagen de la semilla para interpretar el sentido de su misión y el núcleo de su mensaje: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda él solo; si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida de este mundo la conserva para una vida eterna”. En otro lugar –y con una intención similar– invitará a vencer nuestra resistencia natural a creer en el poder de lo pequeño y lo oculto: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas”. Ambas parábolas anuncian la experiencia de la resurrección en medio del ocultamiento y de la muerte.

Y ambas parábolas expresan también, como el relato de la Navidad y de la Pascua, la paradoja del cristianismo: de lo pequeño, de lo muerto y de lo marginal, surge algo grande, surge la vida, surge el Reino. Este es el mensaje central que transmite la fe cristiana y al que volvemos cada año de distintas maneras.

Durante este tiempo de Cuaresma conviene, por tanto, no dejar atrás la Navidad, pero tampoco adelantar la Pascua. Conviene no dejarse arrastrar por la realidad deprimente del pecado ni por la ingenuidad de pensar que nada del sufrimiento del mundo tiene que ver conmigo. Conviene recordar que Navidad y Pascua forman parte de la misma historia, de nuestra historia, de la única historia del cristianismo, una historia en la que trigo y cizaña crecen juntos.

Porque de Belén a Jerusalén hay una senda, una sola senda, la que recorremos cada año.

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