Homilia, Reflexión

Responder preguntando

En una ocasión, al salir de misa, un compañero jesuita me dijo de broma, “¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que Jesús, en los evangelios, responde a sus interlocutores con una pregunta?”, y añadió, “parece gallego, nunca aborda la cuestión directamente”.

Más allá de los estereotipos culturales y del hipotético origen galaico de Jesús (descartado por todos los estudiosos), qué duda cabe que el profeta itinerante de Nazaret con mucha frecuencia respondía planteando una nueva pregunta. Este particular modo de dialogar es un rasgo distintivo de su persona y no una mera anécdota o un recurso literario usado por los evangelistas.

Un rasgo del que merece la pena tomar nota, porque preguntar –preguntar bien– es más importante a menudo que tratar de responder. Dicho de otro modo, una pregunta mal formulada no merece ser respondida, sino corregida (o reformulada). Al menos esa parece ser la intención última de las misteriosas respuestas de Jesús: interpelar a su interlocutor, ayudar a desvelar sus motivos y clarificar la formulación de sus preguntas.

Los mejores ejemplos los tenemos en las numerosas polémicas con los fariseos y maestros de la ley. Ante la sorprendente curación de un paralítico y el perdón de sus pecados, los fariseos, escandalizados, exclaman: “¿No es sólo Dios quien puede perdonar los pecados?”. Pero Jesús, sabiendo que la interrogación esconde una acusación implícita, contesta: “¿Qué es más fácil decir, ‘tus pecados te son perdonados’, o decir ‘levántate y anda’?”.

Poco después, de nuevo, al plantear los fariseos por qué los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús remite a la propia tradición de sus interrogadores: “¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?”.

Y algo similar sucede, más adelante, con otro hombre piadoso y rico, cuando éste le dice (esta vez sin intención de tenderle una trampa): “Maestro, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?”. Como a los fariseos, Jesús le invita a beber de su propia tradición: “¿Qué dice la ley?”. El final de la historia lo conocemos de sobra. Jesús no rechaza ni minusvalora la importancia de la ley –al contrario, en otro lugar llega a decir: “les aseguro que no quedará ni una coma de la ley sin cumplirse”– sino que ayuda a situarla en un contexto más amplio.

Con sus misteriosas respuestas Jesús muestra que la observancia religiosa puede hacernos, paradójicamente, ciegos e inflexibles; ciegos ante la enorme sabiduría de las Escrituras e inflexibles ante una tradición capaz de abrirse a situaciones nuevas. Preguntar bien, por tanto, ayuda a mostrar la riqueza y la profundidad de la herencia recibida y a defenderla frente a quienes –en su deseo por cumplirla– acaban encorsetándola y empobreciéndola.

Pero Jesús no sólo responde de esta manera en contextos polémicos, desvelando las intenciones y agendas ocultas de sus interlocutores. También lo hace para clarificar aspectos de sus enseñanzas y estimular la imaginación religiosa de sus discípulos y seguidores. Esta segunda intención de sus preguntas-respuesta se ve muy bien en el uso que hace, por ejemplo, de las parábolas, que con frecuencia están enmarcadas también entre interrogantes.

Por ejemplo, cuando el mismo hombre rico que buscaba la vida eterna se pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, es respondido con la parábola del buen samaritano, a la que Jesús, a continuación, añade: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta es tan evidente hoy como lo fue entonces para aquel hombre.

En este caso, no se trata tanto de desenmascarar la intención capciosa o la hipocresía religiosa del interlocutor, sino más bien de enmarcar pedagógicamente su pregunta en un nuevo contexto que ayude a responderla.

Pero conviene no olvidar que este modo particular de razonar no es exclusivo de Jesús. Al fin y al cabo, Jesús fue un gran conocedor de la tradición profética y sapiencial de Israel, en la cual encuentra inspiración y a la cual remite constantemente.

En el diálogo más largo y dramático de toda la Biblia –el que sostiene Job con sus tres amigos y con el mismísimo Yahvé sobre el sentido del sufrimiento humano y la doctrina de la retribución– Yahvé se reserva la palabra hasta el final. Para sorpresa de Job y del lector, ante las muchas preguntas y explicaciones formuladas por los protagonistas del drama, Yahvé responde… ¡con una larga batería de preguntas!

Reproducir Job 38-39 resultaría excesivo en el contexto de esta breve meditación. Valga la referencia para ilustrar la tercera de las razones que lleva –a Jesús y a Yahvé– a responder preguntando: la pedagógica o mistagógica.

La función mistagógica (por mistagogía se entiende el proceso de iniciación religiosa o etapa final del catecumenado) de las conversaciones de Jesús se observa, por ejemplo, al final de los evangelios, en la aparición de Jesús a dos discípulos que van camino de Emaús.

Tras un largo diálogo que se inicia con una pregunta dirigida a Jesús –“¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”– los taciturnos discípulos escuchan la larga explicación de aquel peregrino desconocido que concluye afirmando: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Después de la conversación y de la cena, los discípulos abren por fin los ojos a la presencia del resucitado y reconocen sorprendidos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?”.

Responder preguntando, en definitiva, no es un modo evasivo de contestar; todo lo contrario, es una forma pedagógica de corregir nuestras distorsiones religiosas, ayudarnos a buscar y, sobre todo, acercarnos al misterio de Dios.

Jaime Tatay, SJ

 

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En nuestro país el verano es el tiempo de los incendios. A menudos estos fenómenos incontrolados resultan desastrosos, quemando grandes superficies forestales, casas y cultivos, amenazando incluso vidas humanas. Por eso la imagen que tenemos de los incendios es muy negativa y nos gustaría poder suprimirlos de un plumazo para siempre.

Sin embargo, el fuego cumple una función vital en muchos ecosistemas. Una función en apariencia perturbadora, pero que resulta más importante de lo que pensamos. De hecho, sin el fuego muchas especies no podrían reproducirse ni dispersarse y algunos ecosistemas perderían un importante elemento de su dinamismo.

Por ejemplo, en regiones de clima mediterráneo como la nuestra, la sequedad hace que los nutrientes acumulados en la materia orgánica tarden mucho en descomponerse. Sin el fuego, que acelera el lento proceso de mineralización, las plantas no podrían disponer de esos nutrientes. Por otro lado, algunas semillas necesitan el calor del fuego o ser parcialmente quemadas para poder resquebrajar su dura costra protectora. Sin el fuego, no serían capaces de germinar. Es más, aunque resulte paradójico, el fuego puede incluso prevenir… ¡los incendios! En efecto, al reducirse la carga de combustible y romperse la continuidad de la vegetación, los siguientes incendios no son tan extensos ni tan intensos. Sin la función reguladora del fuego, el propio fuego se volvería incontrolable.

Moraleja: las apariencias engañan y lo que a menudo estimamos pérdida, es ganancia.

Y lo que el libro de la naturaleza nos enseña al estudiarlo, podemos también aplicarlo a nuestras vidas: ¿Cuántas veces, volviendo la vista atrás, no hemos reconocido una etapa de crecimiento allí donde solo vimos frustración y pérdida? ¿Acaso la fe cristiana no se sostiene en la esperanza que tras la muerte (aparente) se esconde la vida (latente)?

A la luz de esta experiencia, las palabras de Jesús no suenan ya como una amenaza sino como una oportunidad: “He venido a traer fuego a la tierra”, nos dice, invitándonos a regenerar todo aquello que hay de dormido, seco y muerto en nuestras vidas.

La presencia del Espíritu de Dios entre nosotros se representa en la Biblia de muchas maneras: mediante la imagen del viento, el tabernáculo, la nube o la llama de fuego. Moisés, ante la zarza ardiente, descubre que el Dios que habla tras las llamas es un poder de vida que quiere unirse, comunicarse y propagarse. En el libro de los Hechos se nos narra que los primeros discípulos, asustados y paralizados, experimentaron la llegada del Espíritu Santo como llamas de fuego que se posaban sobre sus cabezas.

El fuego expresa bien la fuerza transformadora de Dios, que quema y abrasa, que reduce a cenizas, pero que lo hace iluminando y renovando. Parafraseando a Pablo, podemos decir que, de la ceniza del hombre viejo y muerto, surge el hombre nuevo y resucitado.

Los místicos cristianos han captado bien la fuerza del símbolo del fuego para expresar la presencia de Cristo resucitado. Para San Juan de la Cruz, aquel que vino “a traer fuego a la tierra” es quien sale a nuestro encuentro como espíritu y vida. Así lo expresa en su conocido poema Llama de amor viva:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro!

 

¡Oh cauterio suave!

¡Oh regalada llaga!

¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!

Matando, muerte en vida la has trocado.

 

¡Oh lámparas de fuego,

en cuyos resplandores

las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,

con extraños primores

calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso

recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras:

y en tu aspirar sabroso,

de bien y gloria lleno

¿cuán delicadamente me enamoras!

 Francisco de Asís, en el Cántico de las criaturas, invita a reconocer en el fuego a un hermano:

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,

por el cual iluminas la noche,

y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

 Los jesuitas, mucho más tarde, hemos recurrido también a la imagen del fuego. Pero no para recordar la labor de regeneración que las llamas realizan, sino –unidos a la experiencia de los místicos– para expresar el deseo misionero que impulsa a comunicar la presencia de Cristo y la buena nueva del Reino.

La última Congregación General nos recordó que estamos llamados a ser “fuego que enciende otros fuegos”, porque la dinámica de la fe es la dinámica del contagio, expresada de forma tan gráfica en la imagen del incendio. Y esto vale no solo para los consagrados: a esa misión están llamados todos los bautizados.

En septiembre, al inicio de curso escolar, cuando volvemos a la rutina y hacemos propósitos de curso nuevo, conviene recordar las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra”.

Que el nuevo curso sea una ocasión para reencontrarnos con Cristo en el día a día, el Cristo bello y alegre y vigoroso y fuerte de los místicos, el Cristo vivo –la llama de amor viva– que nos recuerda cómo es el Dios en quien creemos: un Dios pirómano.

Jaime Tatay, SJ

Homilia, Reflexión

El Dios pirómano

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Homilia

Corpus Christi – La viralidad del mensaje cristiano

Las redes sociales han popularizado un nuevo término de origen inglés: viralidad. Está relacionado con la palabra virus y, aunque todavía no está aceptado por el diccionario de la RAE, podríamos definirlo como “la capacidad que tiene algo para reproducirse, multiplicarse y expandirse como un virus”. En el mundo de la comunicación digital, se refiere a la difusión acelerada de un contenido entre internautas.

Este neologismo nos ayuda a entender por qué la fe en Jesús se extendió de forma viral en su época, hasta llegar a nosotros.

Sabemos que, tras su estrepitoso fracaso y su muerte humillante, Jesús fue reconocido como alguien digno de fe. Los primeros cristianos, a pesar de la dificultad de predicar a un Dios crucificado y a un Mesías pobre, consiguieron transmitir su mensaje con gran éxito, haciéndolo viral. De hecho, la primera comunidad cristiana se propagó a gran velocidad alrededor del mediterráneo, llegando a convertirse en la religión oficial del Imperio Romano.

¿Cómo fue posible? ¿Cómo prosperó una religión, en apariencia absurda, que predicaba a un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado? ¿Cómo triunfó un proyecto condenado al fracaso de antemano?

Una posible manera de responder a estas preguntas es acercándonos a los relatos de la eucaristía. Estas narraciones, en especial el relato eucarístico de la multiplicación de los panes y los peces -el evangelio escogido en el día de Corpus Christi- permiten iluminar las claves del éxito del cristianismo, su sorprendente viralidad.

Las palabras, gestos y acciones de Jesús tenían algo que las hacía contagiosas. En su tiempo, muchos le siguieron, incluso en medio del campo. En una de esas ocasiones, ante la muchedumbre hambrienta, Jesús pronunció tres palabras fundamentales. Tres palabras que aparecen en el relato de la institución de la eucaristía y que el sacerdote repite en la consagración: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.”

Bendecir. Partir. Dar. Tres palabras que ayudan a entender lo sucedido junto a la multitud cansada y hambrienta. Tres palabras que explican la rápida difusión del cristianismo.

Bendecir

A menudo nos cuesta pensar bien, hablar bien y “decir bien” de las personas y de la realidad. Hay demasiadas noticias malas y demasiadas frustraciones acumuladas, tanto hoy como en la Palestina del siglo I. Sin embargo, a pesar de las dificultades, Jesús bendice: espera lo mejor de la realidad, espera contra toda esperanza y “dice bien” (ben-dice). Y pide a los discípulos atravesar la dura costra de la realidad para llevar adelante una misión imposible. “Dad de comer a la gente”, les dice.

No es extraño que los discípulos respondiesen sorprendidos, “no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Aun así, Jesús les pide que no tiren la toalla y busquen alternativas.

Muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra época se parecen al dilema enfrentado por los discípulos: ¿Cómo dar trabajo a millones de parados? ¿Cómo transformar un modelo económico basado en un consumo desenfrenado que degrada el planeta? ¿Cómo devolver la dignidad a millones de refugiados? ¿Cómo reducir las escandalosas diferencias entre ricos y pobres?

Todas estas tareas no son muy diferentes del intento de alimentar multitudes “con dos panes y cinco peces”.

Ahora bien, los discípulos buscaron una solución aquella tarde. Primero, fueron capaces de parar y tomar distancia de lo inmediato. Luego, se organizaron en grupos y miraron la realidad con ojos nuevos. Finalmente, aprendieron a consultar y deliberar. Aprendieron, frente a la maldición de la escasez, a bendecir las posibilidades de una abundancia compartida todavía sin descubrir.

Esta es la primera invitación de la mística eucarística: aprender a decir bien de la realidad (ben-decir)  y a pensar juntos.

Partir

Pero si bendecir nos abre el horizonte y nos ayuda a “mapear” juntos la realidad, partir nos permite explorar nuevas posibilidades, perforar la realidad y descubrir las grietas del muro por las que podemos colarnos.

La palabra compañero significa, literalmente, aquel con quien se comparte el pan. Partir, compartir y compañero se confunden en la misa. Allí se nos invita a partir la realidad y compartirla, como hacemos con el pan y con el vino.

También en estos tiempos nuestros, desesperanzados y desconfiados, no dejan de surgir iniciativas que apuntan en la dirección contraria: vecinos que se organizan para poner en común recursos o protestar ante una injusticia, foros de internet donde la gente regala lo que ya no necesita o aporta conocimientos de forma gratuita, desconocidos que viajan juntos o intercambian sus casas para poder veranear con poco dinero, ciudades y organizaciones que abren sus puertas a los refugiados, etc.

La propuesta de la economía del bien común y el auge de la economía colaborativa posibilitada en parte por las redes sociales, es una de las luces del ambiguo mundo digital. Una luz que invierte la dinámica de la desconfianza y redescubre la abundancia que se genera cuando grupos de desconocidos se atreven a fiarse unos de los otros, “partir” la realidad y soñar caminos alternativos.

Esta es la segunda invitación de la mística eucarística: explorar nuevas posibilidades y perforar la realidad juntos.

Dar

La dinámica del bendecir y del partir lleva, finalmente, al dar. Un dar que es devolver, porque para el cristiano nada es nunca del todo suyo. Aquel que vive bendiciendo aprende a partir la realidad, junto a otros, y no tarda mucho en descubrir la alegría del dar, la alegría de comprobar que todo lo que posee le fue regalado primero.

Como recuerda Pablo en otro lugar, “gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Como nos narra el evangelista Lucas en el relato de la multiplicación, “se los dio a los discípulos, para que se los sirvieran a la gente”. Como escuchamos durante la consagración, “Tomad y comed… tomad y bebed… haced esto en memoria mía”. Cuando vivimos de este modo, dando gratuitamente, la realidad se transforma y multiplica. La escasez se torna abundancia.

Por ello la Doctrina Social de la Iglesia afirma que los bienes tienen “un destino universal” y que sobre ellos grava una “hipoteca social”. Esta es una convicción eucarística que, llevada a la práctica, se contagia y transforma la política y la sociedad.

Esta es, en definitiva, la tercera y última invitación de la mística eucarística: dad (o devolved) lo que se os dio primero. Convertíos en canales, no en presas.

Y al hacerlo, se obrará el milagro: los dones se multiplicarán, la eucaristía se pondrá en práctica y su mensaje se hará viral.

Homilía en la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Lucas 9, 11-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

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Homilia

Dudo, luego creo

“Pienso, luego existo”, decía Descartes en una de las frases más repetidas y comentadas de la historia de la filosofía. El matemático francés, que marca el inicio del periodo que denominamos modernidad, es recordado también por hacer de la duda un elemento clave de su propuesta intelectual. La duda se transformó para él en un método, en una herramienta capaz de cuestionar prejuicios heredados y en un modo de purificar falsos hábitos mentales.

La duda metódica cartesiana proponía cuestionar la tradición recibida para ponerla a prueba y permitir, así, progresar continuamente en la búsqueda de la verdad. Dudar, desde entonces, posee una connotación positiva y juega un papel clave en la investigación científica.

En el ámbito de la fe, sin embargo, la duda no goza de tal prestigio. Al contrario, dudar es sinónimo de una fe débil, insegura y vulnerable. Al creyente le gustaría tener una fe sin fisuras, una fe inquebrantable y firme. Le gustaría tener argumentos sólidos para rebatir las críticas, ejemplos apropiados para contestar las preguntas más difíciles y respuestas acertadas frente al insoportable silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.

Pero con frecuencia no tenemos nada de eso. No tenemos ni argumentos, ni ejemplos, ni respuestas. Más bien tenemos silencio y preguntas, muchas preguntas. Preguntas sobre los miedos, las angustias y las dudas que nos asaltan a diario. La duda es como una compañera incómoda de viaje que con demasiada frecuencia se acerca, se cuela en nuestra vida y nos cuestiona.

¿Y qué hacer con ella? ¿Qué responder cuando aguijonea con sus preguntas?

Meditar la Biblia puede darnos  pistas. Si echamos un vistazo a las escrituras, comprobamos rápidamente que la duda atraviesa de principio a fin todos sus relatos: Adán y Eva dudaron ante la serpiente; Caín cuestionó mortalmente su propia fraternidad asesinando a Abel; el pueblo de Israel no se fiaba de Moisés –ni del propio Yahvé– y una y otra vez en su larga marcha por el desierto adoró al becerro de oro.

Es más, la duda visitó incluso a José y a María. En la anunciación, María pregunta desconcertada al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”; en el templo de Jerusalén, José y María interpelan angustiados a Jesús: “¿Por qué nos has hecho esto?”. Los propios padres de Jesús quedan desconcertados y no acaban de entender quién es su hijo ni qué ha venido a hacer al mundo.

Al final de la vida de Jesús, Pedro y el resto de discípulos –paralizados por el miedo y la duda– le abandonaron también. Pero incluso después de la resurrección la duda siguió acompañando a Tomás:”Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás, símbolo de todos y cada uno de nosotros, reconoce su incredulidad.

Caravaggio_Tomas

Y lo más sorprendente de todo, la duda parece acosar también al propio Jesús a lo largo de su vida: en las tentaciones, en el abandono de los discípulos, en el huerto de Getsemaní y en la crucifixión. De principio a fin, la duda, representada por el demonio, tienta a Jesús.

Ya al final cuando, en lo alto de la cruz, pronuncia las desgarradoras palabras del Salmo 22 en un grito que ha resonado a lo largo de la historia del cristianismo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Cristo crucificado cuestiona a su Padre, poniendo en tela de juicio su fidelidad y su palabra.

Dicho de otro modo, el hijo de Dios parece dudar de Dios.

La duda, por tanto, no parece algo puntual y pasajero. Ha venido para quedarse. Forma parte de la misma estructura de la fe y de la experiencia del creyente. Dudar no es un mal trago que se pasa alguna vez en la vida; dudar y creer forman parte de la misma búsqueda, de la única búsqueda posible hacia una relación más sincera y auténtica con Dios. La duda y la fe, como el misterio de la muerte y la resurrección, van de la mano.

Es más, parafraseando a Descartes, podríamos llegar a decir: “Dudo, luego creo”.

Chersterton lo resumió muy bien cuando afirmó: “una fe sin dudas es una fe dudosa”. Y no le faltaba razón, porque la duda, compañera inseparable de toda fe auténtica, incordia, pero también desenmascara a los falsos dioses, cuestiona sus seguridades y purifica la fe, abriéndola de forma incondicional a Dios.

El relato de Job y la pasión de Jesús son quizás los dos mejores lugares de la Biblia donde se muestra la dinámica de crecimiento que introduce la duda en la vida del creyente. Ambos, tanto Job como Jesús, acaban desnudos y abandonados –en sentido literal y figurado– dudando de todo y de todos, dudando incluso de Dios.

Pero es entonces cuando, solos y abandonados, se desnudan también de toda seguridad, de todo apoyo, de toda compensación, de todo falso dios. La soledad y la duda, al final de la prueba, se muestran en toda su crudeza, pero también permiten que la fe, purificada, se apoye en un fundamento más sólido que el deseo y la voluntad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, exclama Jesús totalmente desarmado antes de expirar.

Las dudas que nos acosan pueden paralizar, desconcertar y llevarnos incluso a abandonar el camino de la fe; o pueden conducirnos a una fe purificada, a la rendición final, al desarme total. Ese desarme lo representa Tomás –símbolo del creyente que duda– al decir, rendido ante Cristo resucitado: “Señor mío y Dios mío”.

Quizás por ello Tomás resulte una figura tan atractiva, tan cercana, tan humana. Él es quien, dudando, empezó a creer. Tomás bien podría haber dicho: “Dudo, luego creo”. Porque creer es dudar y dudar es empezar a creer; dudar de nuestras falsas seguridades y reconocer nuestra falta de argumentos.

La duda puede ser un gran don. Un regalo que nos salva de nuestras seguridades, de nuestros falsos dioses, para hacernos más permeables y conducirnos al único Dios verdadero.

Demos, pues, la bienvenida a la duda, no a la duda enferma y obsesiva de Judas, sino a la duda sana y purificadora de Tomás; la duda que nos conduce a decir: “Señor mío y Dios mío”.

Homilía del Domigno 2º de Pascua

Jaime Tatay, SJ

Foto: La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio (1602)

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Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

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Homilia, Reflexión

Piensa bien y acertarás

“Piensa mal y acertarás”, afirma uno de los dichos más escépticos y ácidos del refranero castellano.

“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”, afirma Jesús en el evangelio, invitando a pensar –en principio– bien de todas las personas, cuestionando así el pesimismo que nos invade a todos de vez en cuando.

Pesimistas y optimistas, realistas e ingenuos, escépticos y confiados. Así podríamos dividir el mundo de una forma un tanto simplona.

Aunque sabemos que la realidad es más compleja y admite muchos matices. Por un lado, razones para pensar mal no nos faltan, dada la historia de la humanidad y las terribles noticias que nos llegan casi a diario desde todos los rincones del mundo sobre las atrocidades que somos capaces de cometer. Por otro lado, esa realidad incontestable no es el único –ni el más importante– de los hilos que tejen la trama de la historia. La fraternidad, la entrega y la confianza que hacen posible la convivencia rara vez alcanzan los titulares de las noticias y a menudo pasan desapercibidas, aunque ello no significa que sean menos reales que las otras.

El evangelio no nos pide que escondamos los problemas haciendo como que no existen o que caigamos en la ingenuidad de pensar que todo el mundo es bueno. Nos pide ser sencillos como palomas y astutos como serpientes. En los evangelios Jesús aborda el conflicto, critica la hipocresía, denuncia la injusticia, lucha contra la mentira y su fidelidad a la misión recibida le conduce hasta la muerte, una muerte cruel e injusta. Oportunidades tuvo, y muchas, para darse cuenta de la existencia del mal y del pecado en el mundo.

Jesús no es un ingenuo, pero tampoco un escéptico. Por ello, consciente de la ambigua condición humana, insiste: “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es más, al final de su vida, antes de morir en la cruz abandonado por sus amigos, afirma: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”.

El mal, parece decirnos, no tiene ni identidad, ni consistencia, ni autoridad, es una mezcla hueca de ignorancia y torpeza.

Dicho de otra manera, Jesús nos pide que sea la realidad la que se desdiga, que no lo hagamos nosotros antes de tiempo y que, cuando lo haga, seamos capaces de compadecernos. Pero, mientras no se demuestre lo contrario, pensemos bien. Pensemos en el otro como un colaborador, pensemos en él y en ella como un potencial amigo, como uno de los nuestros. Confiemos que, en principio, “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Porque la venida del Reino de Dios, de la que tanto le gustaba hablar a Jesús, ¿no consiste acaso en el establecimiento de relaciones de colaboración y confianza mutua, hasta el punto de transformar la forma de funcionar la sociedad y el mundo? Y un requisito para la construcción de ese Reino, ¿no es acaso pensar bien del otro, mirarlo con buenos ojos?

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En estos últimos años han proliferado multitud de iniciativas que permiten intercambiar casas durante las vacaciones, viajar aprovechando los coches vacíos, hacer cursos por internet o asociarse para comprar alimentos. Existen incluso “bancos de tiempo” donde la gente intercambia conocimientos y experiencias. En internet el mejor ejemplo de colaboración gratuita ha sido la creación, en pocos años, de la impresionante enciclopedia virtual Wikipedia, uno de los lugares más visitados de la red.

Todas estas iniciativas –facilitadas por la conectividad de la era tecnológica– ilustran lo que los expertos denominan la “economía colaborativa”, un movimiento todavía marginal que cada vez atrae el interés de más personas. El rasgo fundamental que permite que estos nuevos fenómenos de colaboración entre desconocidos sean posibles –afirman los que han estudiado la cuestión– es la confianza. Sin confianza, dicen, sería imposible que la gente se lanzase a experimentar nuevas formas de viajar, consumir, aprender o disfrutar del ocio.

Es cierto que no es oro todo lo que reluce y que algunas de estas iniciativas no acaban de funcionar o despiertan dudas por sus aspectos legales o por el uso que se acaba haciendo de ellas. Todo es susceptible de corromperse o instrumentalizarse, por supuesto, pero lo que es innegable es que apuntan a un modo nuevo de vivir en sociedad y de imaginar nuestras relaciones.

En el ámbito teológico se popularizó hace ya algunas décadas la expresión “cristiano anónimo” para referirse a tantas personas que viven de forma inconsciente o poco explícita –anónima– los valores del evangelio. Las nuevas formas de economía social que ha facilitado la era digital invitan, de forma similar, a descubrir “colaboradores anónimos” entre la masa de desconocidos con que nos cruzamos cada día en nuestras ciudades y en la ciberesfera.

Quizás estas nuevas formas de aprender, consumir y viajar están indicando nuevos modos de vivir en comunidad y de construir una sociedad más fraterna. En principio, nos dicen estas propuestas alternativas, mientras no se demuestre lo contrario, piensa que “el que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Es decir, piensa bien y acertarás.

Jaime Tatay, SJ

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Juego de Tronos

Juego de tronos

“El tiempo es superior al espacio”, le gusta repetir al papa Francisco con frecuencia. La frase suena enigmática la primera vez que se escucha, pero resulta mucho más clara cuando la explica: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder”. El proceso (el tiempo), a la larga, es más fecundo que el poder (el espacio), aunque estemos tentados de pensar que es justo al contrario.

A Jesús el demonio lo tentó, precisamente, con una propuesta similar. Al principio de su vida apostólica, lo condujo a un monte muy alto, como si de un trono se tratase, le mostró todos los reinos del mundo y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Jesús, por supuesto, no se postró, sino que le contestó duramente: “Apártate, Satanás”.

La tentación del poder, la más clara y provocadora de las tres a las que se enfrenta Jesús, es la tentación a la que se refiere el papa Francisco cada vez que repite su enigmática frase. Y es también la tentación a la que nos enfrentamos todos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Es la tentación de ocupar el “espacio de poder”, es la tentación del juego de tronos, de la solución por la fuerza. O dicho de otro modo, es la tentación del atajo, de las soluciones rápidas que se saltan la tarea humilde y penosa del proceso, que desprecian el valor de los intentos.

En el evangelio reaparece una y otra vez la misma tentación. Años después de la experiencia en el desierto, en plena vida apostólica, Jesús rechaza a Pedro duramente diciéndole, como al demonio del desierto: “¡Apártate de mi vista Satanás!”. Pedro le había reprendido al anunciar su futura pasión y trataba de convencerle de coger un atajo, de evitar el camino de la cruz. Pero Jesús, de nuevo, insiste: el tiempo es superior al espacio, no nos podemos saltar los procesos.

Y hoy recordamos de nuevo la misma tentación en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del tiempo ordinario. Cerca ya del final de la vida de Jesús, el evangelista Juan pone en boca de Pilatos la misma pregunta: “¿Dices tú que eres el rey de los judíos?”. Jesús, una vez más, rechaza el título de Rey y contesta: “Mi reino no es de este mundo”.

Del principio al final de su vida, por tanto, Jesús tiene que aclarar constantemente quién es –o quién no es– y cuál es su verdadera misión: anunciar el Reino de Dios, un reino muy distinto del que imaginaban los hombres de su época.

SeuValenciaPorque el Reino que anuncia Jesús tiene que ver más con el lento proceso de crecimiento de la semilla que con el juego de poder que se ejerce desde un trono. Tiene que ver más con el tiempo que con el espacio.

La mayoría de parábolas del Reino, de hecho, apuntan en esa dirección. Pensemos en la de la mostaza –que siendo tan insignificante llega a convertirse en un arbusto donde se cobijan los pájaros– o mejor todavía, en la del trigo y la cizaña –que crecen juntos, compartiendo el espacio del campo.

La tentación, en el caso de la cizaña, es arrancarla, para asegurarle espacio al trigo, para que crezca, para que dé el máximo fruto. ¡Resulta tan claro y evidente lo que hay que hacer! Pero Jesús, sin embargo, recomienda no hacerlo: por respeto al tiempo, por respeto al proceso, por respeto al propio trigo.

En nuestra vida estamos constantemente tentados de hacer lo mismo: arrancar la cizaña, identificar al culpable, cortar por lo sano, coger atajos, asegurar nuestro espacio, subir al trono. Pero no –aunque parezca evidente, aunque resulte lógico, aunque sea lo más fácil– Jesús dice que no, y nos provoca diciendo: respeta la cizaña, no ocupes todo el espacio, date tiempo. De nuevo, el tiempo supera al espacio.

Porque el Reino de Dios es el reino de lo pequeño, de lo lento, de lo oculto y de lo frágil. Es el reino de la vida que se forma poco a poco, que se teje en lo oculto, que se construye en el silencio. Ese es el Reino que vino a anunciar Jesús, no el reino del trono y sus juegos de poder.

No es casualidad que sean los pobres en el espíritu, de entre todos los bienaventurados, los que heredan el Reino. No es casualidad tampoco que los limpios de corazón son los que ven a Dios. La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu, ¿no tendrán que ver acaso con la capacidad de mirar con profundidad lo pequeño, lo lento, lo oculto y lo frágil? ¿No tendrán que ver con la actitud que rechaza el trono y sus juegos?

La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu nos conducen al Reino. O mejor dicho, nos hacen parte del Reino. Porque el Reino, para los cristianos, no es un lugar físico, es un modo de vivir en el mundo.

Que Cristo llegue a ser Rey, el rey de mi vida, el rey de mi historia, será un largo proceso que llevará tiempo. Afirmar que Cristo es Rey lleva, de hecho, toda una vida. Cristo es Rey, sí, pero no es el rey del trono (del espacio), es el rey del tiempo. Dicho con el lenguaje de la Biblia, Él es el alfa y el omega, el principio y el fin. Es Cristo ayer, hoy y siempre. Así sí, y sólo así, podemos decir, por fin, que Cristo es Rey.

Homilía en la fiesta de Cristo Rey.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

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La Biblia en un tweet

Muchos piensan que el gran invento de nuestra época son las redes sociales. Se equivocan. Las redes sociales se inventaron hace miles de años. De hecho existen desde que las personas empezamos a comunicarnos, aunque no las llamásemos así.

Es cierto que Twitter, por poner el ejemplo de una de las más usadas, se inventó hace tan solo unos pocos años. No existía nada parecido antes a nivel global, excepto Facebook. Sin embargo, la idea de condensar en un mensaje corto y directo (un “tweet” son 140 caracteres) es tan antigua como la comunicación humana.

“Vete al grano y déjate de rodeos”, decimos cuando queremos aclarar una cuestión. “Resúmelo en un tweet”, sería una buena manera de decir lo mismo en la actualidad.

La gran novedad de redes como Twitter consiste en el modo digital de transmitir los mensajes y en la mayor facilidad de acceso e interacción que permiten, aunque su lógica no es nada novedosa. A Jesús, de hecho, hace 2000 años, cuando Twitter ni se podía imaginar, le pidieron que resumiera lo más importante de su mensaje en una frase muy corta.

Lo hizo en varias ocasiones. Las bienaventuranzas, consideradas para muchos el mensaje central de los evangelios, son un buen ejemplo, encajan todas en un tuit. En la biblia judía sucede lo mismo: Moisés, al recibir los diez mandamientos de la ley de Dios, podría haberlos tuiteado (de haber tenido a mano la tecnología adecuada); los salmos y el libro de los proverbios también admitirían ser transmitidos vía Twitter.

Quizás por ello Benedicto XVI se lanzase a tuitear desde @Pontifex y Francisco, el año pasado, dijera refiriéndose a las redes sociales: “las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales”.

Pero vayamos al evangelio de este domingo, escrito muchos siglos antes de la revolución digital. A Jesús le piden que haga un esfuerzo de síntesis y condense la ley de Dios en pocas palabras (en un tuit): “¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?”, le preguntan un grupo de expertos en la ley judía.
Jesús responde (en menos de 140 caracteres):

image1“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Y a tu prójimo, como a ti mismo”.

Si le hubiesen pedido que resumiese la Ley, todavía más, utilizando el hashtag #en6palabras, quizás hubiera dicho:

“amor a Dios, amor al prójimo”.

Lo que hubiese tuiteado Jesús #en6palabras no lo sabremos nunca (aunque seguro alguien lo investigará un día), pero lo que sí sabemos con certeza es que su mensaje central habla del amor y gravita en torno a dos centros: Dios y el prójimo.

spiritRecuerdo que, cuando estudiaba geometría, el profesor explicaba que la suma de las distancias a los dos focos de una elipse se mantenía constante en todos los puntos. Ese era “el secreto” de la elipse. “El secreto” de la vida cristiana, nos recuerdan hoy, consiste también en gravitar en torno a dos focos: el amor a Dios y el amor al prójimo.

En unas épocas de la vida, necesitaremos centrarnos en Dios; en otras, nos volcaremos más en el servicio directo al hermano. Pero la referencia constante a uno y a otro – a Dios y al prójimo – para un creyente, nunca puede faltar.

Cuando los creyentes vivimos centrados solo en Dios, nos volvemos con facilidad unos fundamentalistas y acabamos – como Narciso – reflejados en nuestra imagen deformada de Dios.
Cuando nos volcamos solo en el servicio al prójimo, engrosamos las admirables filas del humanismo laico, pero olvidamos quién nos impulsa.

Dios nos envía al prójimo y el prójimo nos envía a Dios. Esa es la dinámica de la fe cristiana. Amar a Dios implica amar al prójimo; amando al prójimo amamos a Dios. La vida cristiana es elíptica, no circular.

Retuiteemos el mensaje central de nuestra fe, grabémoslo en el corazón, pongámoslo en práctica:

“Amor a Dios, amor al prójimo”.

Homilía del Domingo 30º del Tiempo Ordinario (A)

Mateo 22,34-40
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Éx 22, 20-26
Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Sal 17; Tes 1, 5-10

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