Homilia, Reflexión

Responder preguntando

En una ocasión, al salir de misa, un compañero jesuita me dijo de broma, “¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que Jesús, en los evangelios, responde a sus interlocutores con una pregunta?”, y añadió, “parece gallego, nunca aborda la cuestión directamente”.

Más allá de los estereotipos culturales y del hipotético origen galaico de Jesús (descartado por todos los estudiosos), qué duda cabe que el profeta itinerante de Nazaret con mucha frecuencia respondía planteando una nueva pregunta. Este particular modo de dialogar es un rasgo distintivo de su persona y no una mera anécdota o un recurso literario usado por los evangelistas.

Un rasgo del que merece la pena tomar nota, porque preguntar –preguntar bien– es más importante a menudo que tratar de responder. Dicho de otro modo, una pregunta mal formulada no merece ser respondida, sino corregida (o reformulada). Al menos esa parece ser la intención última de las misteriosas respuestas de Jesús: interpelar a su interlocutor, ayudar a desvelar sus motivos y clarificar la formulación de sus preguntas.

Los mejores ejemplos los tenemos en las numerosas polémicas con los fariseos y maestros de la ley. Ante la sorprendente curación de un paralítico y el perdón de sus pecados, los fariseos, escandalizados, exclaman: “¿No es sólo Dios quien puede perdonar los pecados?”. Pero Jesús, sabiendo que la interrogación esconde una acusación implícita, contesta: “¿Qué es más fácil decir, ‘tus pecados te son perdonados’, o decir ‘levántate y anda’?”.

Poco después, de nuevo, al plantear los fariseos por qué los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús remite a la propia tradición de sus interrogadores: “¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?”.

Y algo similar sucede, más adelante, con otro hombre piadoso y rico, cuando éste le dice (esta vez sin intención de tenderle una trampa): “Maestro, ¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?”. Como a los fariseos, Jesús le invita a beber de su propia tradición: “¿Qué dice la ley?”. El final de la historia lo conocemos de sobra. Jesús no rechaza ni minusvalora la importancia de la ley –al contrario, en otro lugar llega a decir: “les aseguro que no quedará ni una coma de la ley sin cumplirse”– sino que ayuda a situarla en un contexto más amplio.

Con sus misteriosas respuestas Jesús muestra que la observancia religiosa puede hacernos, paradójicamente, ciegos e inflexibles; ciegos ante la enorme sabiduría de las Escrituras e inflexibles ante una tradición capaz de abrirse a situaciones nuevas. Preguntar bien, por tanto, ayuda a mostrar la riqueza y la profundidad de la herencia recibida y a defenderla frente a quienes –en su deseo por cumplirla– acaban encorsetándola y empobreciéndola.

Pero Jesús no sólo responde de esta manera en contextos polémicos, desvelando las intenciones y agendas ocultas de sus interlocutores. También lo hace para clarificar aspectos de sus enseñanzas y estimular la imaginación religiosa de sus discípulos y seguidores. Esta segunda intención de sus preguntas-respuesta se ve muy bien en el uso que hace, por ejemplo, de las parábolas, que con frecuencia están enmarcadas también entre interrogantes.

Por ejemplo, cuando el mismo hombre rico que buscaba la vida eterna se pregunta: “¿quién es mi prójimo?”, es respondido con la parábola del buen samaritano, a la que Jesús, a continuación, añade: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”. La respuesta es tan evidente hoy como lo fue entonces para aquel hombre.

En este caso, no se trata tanto de desenmascarar la intención capciosa o la hipocresía religiosa del interlocutor, sino más bien de enmarcar pedagógicamente su pregunta en un nuevo contexto que ayude a responderla.

Pero conviene no olvidar que este modo particular de razonar no es exclusivo de Jesús. Al fin y al cabo, Jesús fue un gran conocedor de la tradición profética y sapiencial de Israel, en la cual encuentra inspiración y a la cual remite constantemente.

En el diálogo más largo y dramático de toda la Biblia –el que sostiene Job con sus tres amigos y con el mismísimo Yahvé sobre el sentido del sufrimiento humano y la doctrina de la retribución– Yahvé se reserva la palabra hasta el final. Para sorpresa de Job y del lector, ante las muchas preguntas y explicaciones formuladas por los protagonistas del drama, Yahvé responde… ¡con una larga batería de preguntas!

Reproducir Job 38-39 resultaría excesivo en el contexto de esta breve meditación. Valga la referencia para ilustrar la tercera de las razones que lleva –a Jesús y a Yahvé– a responder preguntando: la pedagógica o mistagógica.

La función mistagógica (por mistagogía se entiende el proceso de iniciación religiosa o etapa final del catecumenado) de las conversaciones de Jesús se observa, por ejemplo, al final de los evangelios, en la aparición de Jesús a dos discípulos que van camino de Emaús.

Tras un largo diálogo que se inicia con una pregunta dirigida a Jesús –“¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”– los taciturnos discípulos escuchan la larga explicación de aquel peregrino desconocido que concluye afirmando: “¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?”. Después de la conversación y de la cena, los discípulos abren por fin los ojos a la presencia del resucitado y reconocen sorprendidos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras?”.

Responder preguntando, en definitiva, no es un modo evasivo de contestar; todo lo contrario, es una forma pedagógica de corregir nuestras distorsiones religiosas, ayudarnos a buscar y, sobre todo, acercarnos al misterio de Dios.

Jaime Tatay, SJ

 

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Juego de Tronos

Juego de tronos

“El tiempo es superior al espacio”, le gusta repetir al papa Francisco con frecuencia. La frase suena enigmática la primera vez que se escucha, pero resulta mucho más clara cuando la explica: “siempre somos más fecundos cuando nos preocupamos por generar procesos más que por dominar espacios de poder”. El proceso (el tiempo), a la larga, es más fecundo que el poder (el espacio), aunque estemos tentados de pensar que es justo al contrario.

A Jesús el demonio lo tentó, precisamente, con una propuesta similar. Al principio de su vida apostólica, lo condujo a un monte muy alto, como si de un trono se tratase, le mostró todos los reinos del mundo y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. Jesús, por supuesto, no se postró, sino que le contestó duramente: “Apártate, Satanás”.

La tentación del poder, la más clara y provocadora de las tres a las que se enfrenta Jesús, es la tentación a la que se refiere el papa Francisco cada vez que repite su enigmática frase. Y es también la tentación a la que nos enfrentamos todos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Es la tentación de ocupar el “espacio de poder”, es la tentación del juego de tronos, de la solución por la fuerza. O dicho de otro modo, es la tentación del atajo, de las soluciones rápidas que se saltan la tarea humilde y penosa del proceso, que desprecian el valor de los intentos.

En el evangelio reaparece una y otra vez la misma tentación. Años después de la experiencia en el desierto, en plena vida apostólica, Jesús rechaza a Pedro duramente diciéndole, como al demonio del desierto: “¡Apártate de mi vista Satanás!”. Pedro le había reprendido al anunciar su futura pasión y trataba de convencerle de coger un atajo, de evitar el camino de la cruz. Pero Jesús, de nuevo, insiste: el tiempo es superior al espacio, no nos podemos saltar los procesos.

Y hoy recordamos de nuevo la misma tentación en la fiesta de Cristo Rey, el último domingo del tiempo ordinario. Cerca ya del final de la vida de Jesús, el evangelista Juan pone en boca de Pilatos la misma pregunta: “¿Dices tú que eres el rey de los judíos?”. Jesús, una vez más, rechaza el título de Rey y contesta: “Mi reino no es de este mundo”.

Del principio al final de su vida, por tanto, Jesús tiene que aclarar constantemente quién es –o quién no es– y cuál es su verdadera misión: anunciar el Reino de Dios, un reino muy distinto del que imaginaban los hombres de su época.

SeuValenciaPorque el Reino que anuncia Jesús tiene que ver más con el lento proceso de crecimiento de la semilla que con el juego de poder que se ejerce desde un trono. Tiene que ver más con el tiempo que con el espacio.

La mayoría de parábolas del Reino, de hecho, apuntan en esa dirección. Pensemos en la de la mostaza –que siendo tan insignificante llega a convertirse en un arbusto donde se cobijan los pájaros– o mejor todavía, en la del trigo y la cizaña –que crecen juntos, compartiendo el espacio del campo.

La tentación, en el caso de la cizaña, es arrancarla, para asegurarle espacio al trigo, para que crezca, para que dé el máximo fruto. ¡Resulta tan claro y evidente lo que hay que hacer! Pero Jesús, sin embargo, recomienda no hacerlo: por respeto al tiempo, por respeto al proceso, por respeto al propio trigo.

En nuestra vida estamos constantemente tentados de hacer lo mismo: arrancar la cizaña, identificar al culpable, cortar por lo sano, coger atajos, asegurar nuestro espacio, subir al trono. Pero no –aunque parezca evidente, aunque resulte lógico, aunque sea lo más fácil– Jesús dice que no, y nos provoca diciendo: respeta la cizaña, no ocupes todo el espacio, date tiempo. De nuevo, el tiempo supera al espacio.

Porque el Reino de Dios es el reino de lo pequeño, de lo lento, de lo oculto y de lo frágil. Es el reino de la vida que se forma poco a poco, que se teje en lo oculto, que se construye en el silencio. Ese es el Reino que vino a anunciar Jesús, no el reino del trono y sus juegos de poder.

No es casualidad que sean los pobres en el espíritu, de entre todos los bienaventurados, los que heredan el Reino. No es casualidad tampoco que los limpios de corazón son los que ven a Dios. La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu, ¿no tendrán que ver acaso con la capacidad de mirar con profundidad lo pequeño, lo lento, lo oculto y lo frágil? ¿No tendrán que ver con la actitud que rechaza el trono y sus juegos?

La limpieza de corazón y la pobreza de espíritu nos conducen al Reino. O mejor dicho, nos hacen parte del Reino. Porque el Reino, para los cristianos, no es un lugar físico, es un modo de vivir en el mundo.

Que Cristo llegue a ser Rey, el rey de mi vida, el rey de mi historia, será un largo proceso que llevará tiempo. Afirmar que Cristo es Rey lleva, de hecho, toda una vida. Cristo es Rey, sí, pero no es el rey del trono (del espacio), es el rey del tiempo. Dicho con el lenguaje de la Biblia, Él es el alfa y el omega, el principio y el fin. Es Cristo ayer, hoy y siempre. Así sí, y sólo así, podemos decir, por fin, que Cristo es Rey.

Homilía en la fiesta de Cristo Rey.

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Lectura del santo evangelio según san Juan (18,33b-37):

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Palabra del Señor

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